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LO HIZO SU PROPIO SOBRINO: ASÍ CAPTURARON A “EL PONY” TRAS EL MULTIHOMICIDIO EN PUEBLA

Tragedia en la Mixteca Poblana: Codicia y disputas familiares detrás del brutal multihomicidio de diez personas en Teuitzingo

El horror que sacudió a Texcalapa

La tranquilidad de la comunidad de Texcalapa, perteneciente al municipio de Teuitzingo en la Mixteca Poblana, se desvaneció de manera abrupta tras registrarse uno de los crímenes más estremecedores y desgarradores de la historia reciente de la región. Diez personas fueron asesinadas de forma violenta en el interior de un rancho ganadero conocido popularmente como “La Marihuana”. Lo que en un principio generó alarma nacional ante la sospecha de una incursión de los grandes cárteles de la droga, dio un giro inesperado y sombrío cuando las investigaciones de las autoridades ministeriales apuntaron a que la masacre no fue obra del crimen organizado, sino el resultado de severas fracturas, codicia y resentimientos gestados en el propio seno familiar.

El suceso ha conmovido profundamente a la sociedad debido a la crueldad con la que se perpetró el ataque. Entre las víctimas mortales se encuentra una bebé de tan solo un mes y veinte días de vida, cuya madre intentó proteger desesperadamente con su propio cuerpo durante la balacera. El ensañamiento de los agresores no distinguió edades ni ocupaciones, cobrando también la vida de dos adolescentes y de tres trabajadores agrícolas que se encontraban realizando labores cotidianas en el predio, ajenos por completo a las rencillas internas de los propietarios.

Las víctimas de la masacre en el rancho “La Marihuana”

El predio donde ocurrieron los hechos era propiedad de la familia Torres Gervacio, un apellido ampliamente vinculado al trabajo ganadero y al esfuerzo agrícola en la región sur del estado de Puebla. El patriarca y dueño del lugar era Cecilio Torres, de 55 años, quien junto a su esposa, Marcela Aguilar, de 48 años, administraba el negocio de la compraventa de ganado. En la vivienda del rancho también residían sus hijos: Roberto, de 35 años; Gabriela, de 22 años; y José María, de apenas 15 años. Asimismo, habitaba en el sitio Marta Flores, de 29 años, esposa de uno de los hijos de la pareja, junto a su pequeña hija recién nacida.

Además de los miembros de la familia consanguínea, la violencia alcanzó a los empleados del lugar, hombres del campo que compartían la cotidianidad del trabajo ganadero en un ambiente que consideraban seguro. Las víctimas laborales fueron identificadas como Efrén Ventura, de 50 años; José García, de 59 años; y Kevin Solís, un joven de 15 años que había encontrado en el rancho una oportunidad de empleo para apoyar económicamente a su familia. En total, diez vidas fueron truncadas en un espacio que combinaba los lazos de sangre, el trabajo honesto y la confianza mutua.

El factor de la incomunicación y la reconstrucción de los hechos

El aislamiento geográfico de la Mixteca Poblana, caracterizada por sus carreteras estrechas y una infraestructura de conectividad deficiente, jugó un papel determinante en el desenlace y en la demora de la llegada de auxilio. Desde el jueves previo a la masacre, la comunidad de Texcalapa había quedado completamente incomunicada debido a una falla técnica generalizada que suspendió los servicios de telefonía celular y de internet en toda la zona. Esta falta de comunicación, que usualmente representa una molestia comunitaria, se transformó en un elemento trágico que impidió a las víctimas o a los vecinos solicitar ayuda oportuna a las corporaciones de seguridad.

De acuerdo con la reconstrucción cronológica efectuada por los peritos de la Fiscalía General del Estado de Puebla, los hechos comenzaron a desencadenarse la noche del sábado. El movimiento en el rancho era inusual debido a que un camión cisterna llegó tarde para abastecer de agua los contenedores de la propiedad. Tras concluir la descarga, la pesada unidad sufrió una avería mecánica, lo que obligó a la familia a solicitar la presencia de un mecánico local. Con las luces encendidas y la actividad propia de la reparación, el grupo de atacantes aprovechó la vulnerabilidad del momento para ingresar de forma violenta al inmueble.

Una vez dentro de las instalaciones, los agresores sometieron con armas de fuego a todos los presentes. Lejos de tratarse de un altercado fortuito, los delincuentes procedieron a maniatar a las diez personas, dejándolas completamente indefensas y sin posibilidad alguna de huida o resistencia. Acto seguido, abrieron fuego a corta distancia. En la escena del crimen, las autoridades recolectaron un total de 18 casquillos percutidos de calibres 22 y 9 milímetros. Este hallazgo balístico fue fundamental para los investigadores, ya que este tipo de armamento de uso civil difiere notablemente de las armas largas y de ráfaga exclusivas del Ejército que suelen emplear las organizaciones del narcotráfico, reforzando la hipótesis de un crimen de índole local y particular.

Nueve de las personas fallecieron casi de manera instantánea en el lugar del ataque. Una décima víctima, que presentaba heridas de extrema gravedad, logró ser localizada con vida y subida a una ambulancia por los cuerpos de rescate horas más tarde, pero lamentablemente falleció durante el trayecto en un tramo carretero conocido como El Pitayo. Respecto a la menor de edad, el informe forense determinó que no recibió impactos de bala; su deceso ocurrió por asfixia debido al peso del cuerpo de su madre, quien en un último instinto de protección cayó sobre ella tras ser herida de muerte por los proyectiles.

Las líneas de investigación y el móvil económico

El hallazgo de los cuerpos se realizó entre las seis y las ocho de la mañana del domingo, cuando vecinos de la localidad acudieron al rancho y avistaron dos cadáveres en la zona exterior, dando aviso inmediato a las autoridades municipales. Al confirmarse la magnitud de la tragedia, la Fiscalía General del Estado desplegó un equipo multidisciplinario para iniciar las indagatorias. Los primeros indicios descartaron el robo casual o la agresión azarosa debido al conocimiento preciso que los homicidas tenían sobre la distribución del rancho y las rutinas de los moradores.

La principal línea de investigación penal se concentró en un móvil económico combinado con severas disputas familiares. Informes ministeriales revelaron que la familia Torres guardaba en el rancho una cantidad en efectivo que oscilaba entre los 800,000 y el millón de pesos, dinero destinado exclusivamente a transacciones comerciales de ganado. Al ser una información estrictamente privada y no registrada en plataformas bancarias, las sospechas se dirigieron de inmediato hacia el círculo más cercano de la familia, pues solo alguien con acceso directo o confianza plena podía conocer la existencia y la ubicación de dicha suma de dinero.

A la par de las pesquisas en el terreno, un elemento digital complejizó el caso y capturó la atención pública. En diversas redes sociales comenzó a circular un video grabado por un hombre identificado como José Alfredo Torres, hijo mayor de los esposos asesinados. En la grabación, el sujeto expresaba con un tono de voz frío y distante un profundo resentimiento hacia sus padres, acusándolos de haberlo obligado a trabajar jornadas extenuantes desde la infancia, situación que, según sus palabras, lo condujo al consumo de sustancias ilícitas como el cristal y la cocaína. Lo perturbador del material audiovisual radica en que el joven pedía explícitamente que el mensaje fuera entregado a sus padres y hermanos, ignorando o aparentando ignorar que al momento de la difusión del video, toda su familia ya había sido ejecutada.

La captura de “El Pony” y el avance de la justicia

Ante el impacto social provocado por el multihomicidio, las autoridades estatales y federales implementaron un robusto despliegue de seguridad en Teuitzingo y sus municipios colindantes. Elementos de la Policía Estatal, la Guardia Nacional y el Ejército Mexicano establecieron puntos de control y patrullajes permanentes para devolver la tranquilidad a la región mixteca y agilizar la localización de los sospechosos implicados.

La primera acción contundente de la fiscalía se concretó con la detención de Juan Manuel Torres Ventura, de 20 años de edad, conocido criminalmente con el alias de “El Pony”. El detenido resultó ser sobrino directo de Cecilio Torres e hijo de un hermano del ganadero fallecido, además de haber trabajado previamente como peón en el mismo rancho “La Marihuana”. “El Pony” fue interceptado por los agentes policiales mientras transitaba a bordo de una motocicleta en las inmediaciones del municipio. Al momento de su revisión legal, se le encontraron diversas dosis de la droga sintética conocida como cristal, motivo por el cual fue puesto inicialmente a disposición del Ministerio Público por delitos contra la salud, mientras se cumplimentaban formalmente las órdenes de aprehensión en su contra por el delito de homicidio calificado.

Las indagatorias arrojaron que el joven de 20 años contaba con un historial delictivo previo en la región, que incluía retenciones por el robo de animales en el municipio de Piaxtla y una denuncia formal por haber agredido con arma de fuego a un comerciante en el mercado de El Moralillo. Asimismo, las autoridades detectaron vínculos de este sujeto con una banda delictiva originaria del estado colindante de Morelos denominada “Los Chetos”, una organización criminal dedicada principalmente al abigeato y al robo con violencia que opera de manera frecuente en los límites de ambas entidades federativas. La fiscalía mantiene bajo estricto hermetismo los detalles adicionales del proceso para evitar afectaciones al debido proceso, pero confirmó que las investigaciones avanzan de forma paralela para esclarecer el grado de participación de Juan Manuel como presunto autor material y determinar el paradero de José Alfredo Torres, quien permanece bajo investigación para determinar su posible rol en la planeación o ejecución del crimen.

Impacto social y reflexión comunitaria

La masacre de Teuitzingo ha dejado una huella indeleble de dolor e indignación en el estado de Puebla y en todo el territorio mexicano. El sepelio de las víctimas, marcado por la presencia de diez ataúdes y el llanto generalizado de una comunidad agrícola unida por el luto, se convirtió en un símbolo de la urgencia de justicia. Los habitantes del lugar recuerdan a Cecilio Torres como un hombre trabajador y respetado dentro del gremio ganadero, lo que hace aún más difícil para la población asimilar que la violencia provino desde el interior de sus propios lazos consanguíneos.

Más allá de la resolución legal y policial del caso, este trágico suceso ha abierto un debate profundo e impostergable sobre las dinámicas sociales en las comunidades rurales aisladas. Analistas y ciudadanos han señalado la necesidad de abordar con seriedad las problemáticas derivadas de las adicciones, la falta de acceso a servicios de salud mental y el escalamiento de los conflictos familiares en zonas donde la presencia institucional suele verse limitada por la geografía. La historia del rancho “La Marihuana” quedará en la memoria colectiva no como un episodio más de la violencia ligada a los carteles del narcotráfico, sino como un recordatorio sombrío de cómo la codicia y el resentimiento pueden destruir por completo a una familia y arrebatar la vida de personas inocentes.