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Mel Gibson BORRA la Escena de los Ángeles Caídos de su Película

Hubo una noche en Roma, faltaban tres semanas para empezar a rodar, en la que me senté delante del guion final y supe que tenía que cortar la escena de la caída. Siete años trabajando en ella, siete años leyendo a Enoc, Los Jubileos, La Caverna de los Tesoros, los manuscritos del Mar Muerto; siete años hablando con teólogos que me decían lo mismo: hay cosas que no se deben filmar. No porque estén prohibidas, sino porque hay imágenes que, una vez que entran en tu cabeza, ya no salen, y yo estaba a punto de meter esas imágenes en una pantalla de veinte metros para que millones de personas las vieran al mismo tiempo. Aquella noche en Roma casi la corté, y lo que voy a contarte ahora es por qué no lo hice, por qué decidí dejar dentro del guion final la escena más perturbadora que jamás he escrito. La escena que abre la película, la escena que ningún cineasta antes de mí se ha atrevido a filmar con las técnicas que vamos a usar nosotros: la escena de la caída de los ángeles, tal y como la describen los textos que la Iglesia oficial decidió no incluir en su canon.

Pero antes de seguir, necesito que entiendas una cosa: cuando hablo de la caída de los ángeles, no estoy hablando de un episodio menor, no estoy hablando de un cuento; estoy hablando del momento exacto en el que el mal entró en el mundo. Y si quieres entender por qué la resurrección importa, por qué la tumba vacía importa, por qué los tres días entre la cruz y la luz del domingo importan, tienes que empezar por ahí. Tienes que empezar por el momento en el que doscientos seres que no debían estar aquí descendieron sobre una montaña concreta, en una fecha concreta, y rompieron algo que nadie ha podido reparar desde entonces. Por eso casi la corté, porque cuando empecé a entender lo que realmente había pasado en el monte Hermón, empecé a entender también por qué la mayoría de las películas religiosas del último siglo han evitado este tema. No es que no se haya querido contar, es que no se puede contar suavemente; no existe una versión ligera de la caída, y yo no hago películas ligeras. Te voy a llevar paso a paso: vas a entender lo que dicen los textos antiguos, vas a entender por qué la Biblia etíope conserva libros que la Iglesia romana eliminó en el siglo cuarto y vas a entender por qué la escena que casi corté es exactamente la escena por la que esta película existe. Quédate hasta el final, porque lo que viene en la última parte cambia completamente la forma en que vas a ver la resurrección. Empecemos.

La pregunta que nadie quiere hacer en una sala de guion católica es esta:

«¿De dónde viene el mal?»

Los teólogos llevan dos mil años respondiendo con frases circulares del libre albedrío, de la rebelión del corazón humano, del pecado original, y todas esas respuestas son verdaderas hasta cierto punto, pero ninguna de ellas explica por qué hay algo que ya estaba aquí esperándonos cuando llegamos. ¿Por qué hay una inteligencia anterior? ¿Por qué hay algo que parece haber tomado decisiones antes de que nosotros pudiéramos siquiera tener la capacidad de pecar? Esa pregunta tiene una respuesta, y la respuesta no está en la Biblia católica estándar; la respuesta está en un texto que se llama el Libro de Enoc.

El Libro de Enoc fue escrito en hebreo y en arameo en algún momento entre el siglo tercero antes de Cristo y el siglo primero. Algunos fragmentos son aún más antiguos. Se encontraron once copias en las cuevas de Qumrán, junto al Mar Muerto. Eso significa que los esenios, la comunidad judía que vivía a orillas del Mar Muerto en tiempos de Jesús, consideraban este libro sagrado; no periférico, sagrado. Jesús lo leyó, eso no es opinión, es deducción a partir de la lengua que usa en los evangelios: cuando habla del juicio final, cuando habla del Hijo del Hombre, cuando habla de los ángeles caídos, está usando vocabulario que aparece directamente en el Libro de Enoc. El apóstol Judas lo cita textualmente en su carta, capítulo uno, versículo catorce:

«De estos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: “He aquí, el Señor viene con sus santas decenas de millares”».

Esa cita exacta está en el Libro de Enoc, capítulo uno. La iglesia primitiva leía a Enoc: Tertuliano lo defendió en el siglo segundo, Orígenes lo consideró inspirado en el siglo tercero, Clemente de Alejandría lo citó como autoridad. ¿Y qué pasó entonces? En el siglo cuarto, en una serie de concilios entre los años 300 y 400 de nuestra era, los obispos del Imperio Romano decidieron qué libros entraban en la Biblia oficial y qué libros no. Enoc no entró, no porque fuera falso, no porque estuviera desacreditado; entró en una lista de libros que la jerarquía consideraba demasiado peligrosos para ser leídos por la gente común, demasiado explícitos, demasiado descriptivos sobre el origen del mal.

Y aquí hay un dato que tienes que escuchar bien, porque la decisión no fue solo doctrinal, fue política. El Imperio Romano acababa de cristianizarse; Constantino había hecho del cristianismo la religión oficial pocas décadas antes, y la Iglesia que emergía bajo la protección imperial necesitaba una narrativa estable. Una narrativa que pudiera predicarse en cualquier rincón del imperio sin generar pánico, sin generar interpretaciones desviadas, sin generar movimientos espirituales que escaparan al control de los obispos. El Libro de Enoc no encajaba en esa narrativa: hablaba de seres celestes traicionando su función, hablaba de conocimiento prohibido enseñado a los humanos, hablaba de gigantes consumiendo la tierra, hablaba de un juicio final con detalles concretos, hablaba de los nombres de los Vigilantes; hablaba de cosas que un obispo en una ciudad fronteriza del imperio no quería tener que explicar a campesinos asustados. Así que se decidió guardarlo, no destruirlo: guardarlo, mantenerlo accesible a una élite ilustrada, pero retirarlo del uso litúrgico, de la predicación pública, de las lecturas dominicales.

Con el tiempo, en Occidente esa decisión derivó en el olvido. La mayoría de los cristianos europeos del siglo décimo no sabían que el libro había existido nunca; para el siglo decimoquinto, la palabra Enoc, fuera de algunas referencias pasajeras en el Génesis, había desaparecido del horizonte cultural común. Pero hubo una iglesia que no obedeció esa decisión, una iglesia que estaba demasiado lejos, una iglesia en un reino africano que llevaba siglos copiando el Libro de Enoc en ge’ez, su propia lengua sagrada. Una iglesia que guardó las ochenta y una escrituras canónicas mientras Roma se quedaba con sesenta y seis: la Iglesia Ortodoxa Etíope. Esa es la Iglesia que conserva el Libro de Enoc completo; esa es la única razón por la que hoy podemos leerlo. Si los monjes de Aksum, de Debre Damo, del lago Tana no hubieran seguido copiándolo durante dieciséis siglos en sus celdas de piedra, este libro habría desaparecido, la caída de los ángeles habría desaparecido, el nombre de los Vigilantes habría desaparecido, y la escena que casi corté de mi película no existiría como recuerdo posible.

Voy a darte un dato más sobre esto, porque la mayoría de la gente no entiende la magnitud de lo que hicieron los etíopes. Durante dieciséis siglos, mientras Europa caía en la Edad Oscura, mientras el Imperio Bizantino se desmoronaba, mientras los reinos cristianos del Medio Oriente eran arrasados por sucesivas conquistas, mientras Alejandría perdía su biblioteca y Damasco pasaba de manos cristianas a manos musulmanas, y Constantinopla finalmente caía en 1453, los monjes etíopes seguían copiando, aislados en sus mesetas, protegidos por la geografía. Copiando una página al día, una página al día durante años para terminar un solo manuscrito; cada celda de monasterio funcionaba como una pequeña fábrica de memoria.

Cuando los académicos europeos del siglo decimonoveno empezaron a darse cuenta de que existía una iglesia africana con un canon distinto, la reacción inicial fue desestimar lo que tenían: «folclore local», dijeron, «tradiciones tardías, adiciones legendarias al cristianismo verdadero». Pero entonces, en 1773, un explorador escocés llamado James Bruce trajo a Europa un manuscrito del Libro de Enoc en ge’ez; lo había conseguido en un monasterio etíope. Era una copia íntegra de un texto que en Europa solo se conocía por menciones fragmentarias en los padres de la Iglesia. Cuando ese manuscrito se tradujo, los académicos comprendieron lo que tenían: no era una invención posterior, no era folclore; era el texto original completo que Jesús y los apóstoles habían leído, el texto que se había perdido en Occidente y que durante todos esos siglos había estado a salvo en una meseta africana donde nadie había venido a destruirlo. Eso cambió la historia del cristianismo, aunque la mayoría de la gente todavía no lo sepa. Pero existe, está ahí, lo he leído y ahora voy a contártelo.

Capítulo seis del Libro de Enoc, estas son las palabras exactas traducidas del ge’ez:

«Y aconteció que cuando los hijos de los hombres se hubieron multiplicado, les nacieron en aquellos días hijas hermosas. Y los ángeles, los hijos del cielo, las vieron y las desearon, y se dijeron unos a otros: “Vamos, escojamos para nosotros mujeres entre las hijas de los hombres y engendremos para nosotros hijos”».

Detente ahí un momento, lee otra vez esa frase: «los ángeles las desearon». No hablamos de seres asexuados con túnicas blancas y aureolas doradas tocando trompetas en cuadros del Renacimiento; hablamos de seres conscientes, voluntarios, con apetito, con la capacidad de tomar decisiones, con la capacidad de querer algo que les estaba prohibido. ¿Y qué les estaba prohibido? Esto: mezclarse, cruzar la frontera, salir del lugar que les correspondía. El texto sigue:

«Y eran en total doscientos».

Doscientos no es un número simbólico, el Libro de Enoc da nombres, da rangos, da la jerarquía completa. Estos son algunos de los nombres que aparecen en el capítulo seis: Semjaza, el líder; Araquiel, Ramiel, Cocabiel, Tamiel, Daniel, Ezequel, Baraquiel, Azazel, Armaros, Batral, Ananel, Saquiel, Samsapel, Satarel, Turel, Yomiel, Sariel. Cada uno de esos nombres tiene un significado en hebreo, cada uno de esos seres tenía una función específica. Semjaza significa «el que ve el nombre»; Araquiel significa «el de la luna sobre la tierra»; Cocabiel significa «estrella de Dios»; Ramiel significa «el trueno de Dios». Cada nombre lleva en sí mismo la atribución original, la tarea celeste para la que fueron creados, y cada uno de ellos, según el libro, traicionó la función exacta para la que existía: el que veía el nombre lo usó mal, el que custodiaba la luna sobre la tierra cruzó la frontera, el que era estrella de Dios cayó del cielo, el trueno se convirtió en arma. Cada caída fue específicamente la corrupción del don que cada uno había recibido.

Eso también está en el guion, lo verás en los rótulos: cada Vigilante con su nombre, cada nombre con su función original tachada, cada función original tachada con su corrupción al lado. Es un detalle sutil, la mayoría del público no lo va a notar conscientemente, pero los teólogos sí, los académicos sí, y para los que conozcan los textos, esos seis segundos de planos cortos van a contar una historia entera: la historia de cómo la traición no es nunca un rechazo desde fuera, la traición es siempre la deformación de un don que ya se tenía.

Cuando los doscientos descendieron a la Tierra, lo hicieron en un lugar concreto, en una fecha concreta, según el calendario que el Libro de Enoc preserva con detalle obsesivo. El lugar fue el monte Hermón. Es una montaña real, está en la frontera entre el Líbano, Siria e Israel; tiene 2814 metros de altura, sigue allí, puedes ir y mirarla. Yo he estado al pie de esa montaña y te puedo decir una cosa: cuando uno sabe lo que se supone que pasó allí, mirar esa montaña no es agradable. Doscientos descendieron en la cumbre del Hermón y se juraron un pacto entre ellos. Esto también está en el Libro de Enoc, capítulo seis: se juraron que cumplirían su decisión, que ninguno se echaría atrás, que todos cargarían con la responsabilidad juntos. La etimología del nombre del monte Hermón en hebreo viene de la raíz que significa «juramento»; la montaña lleva en su nombre el recuerdo de lo que pasó en su cumbre.

Y entonces empezó la mezcla, y empezaron los nacimientos, y empezó lo que el texto llama con palabras casi clínicas «la corrupción de la tierra». Tengo que parar aquí un momento porque cuando empecé a escribir esta escena, cuando estaba en mi despacho con las páginas extendidas y los textos abiertos, había algo que no podía resolver y era esto: los ángeles, según la teología tradicional, no tienen cuerpo, son seres espirituales; ¿cómo pueden engendrar hijos con mujeres humanas? Esa pregunta me tuvo bloqueado tres meses, y la respuesta llegó cuando empecé a leer otros textos antiguos que dialogan con el Libro de Enoc: el Libro de los Jubileos —otro libro que solo conserva completo la Iglesia etíope—, el Testamento de Rubén, La Caverna de los Tesoros —un texto siríaco del siglo sexto—. Todos describen el mismo fenómeno: los Vigilantes no eran espíritus, los Vigilantes eran una clase de seres celestes que sí tenían materialidad; una materialidad distinta a la nuestra, pero materialidad al fin y al cabo. La tradición rabínica los llama Bene Elohim, hijos de Dios. El Génesis, capítulo seis, los menciona explícitamente:

«Los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y las tomaron por mujeres».

Esa frase está en tu Biblia ahora mismo, Génesis 6, versículo 2; la puedes leer cuando termines de ver esto. Los Vigilantes engendraron hijos con mujeres humanas, y los hijos no eran como nosotros, los hijos no eran como ellos: los hijos eran algo nuevo, una raza intermedia. El Libro de Enoc los llama por su nombre: los gigantes, en hebreo Nefilim, que viene de la raíz que significa «los caídos». Estos gigantes alcanzaban, según el texto, alturas imposibles; «tres mil codos», dice el Libro de Enoc en una versión, aproximadamente 1300 metros. Eso es claramente una exageración literaria; otras versiones del texto hablan de codos en una unidad más razonable. Lo importante no es la altura física exacta, lo importante es el efecto que tenían sobre la tierra. Y aquí es donde se complica: los gigantes consumían, eso es lo que dice el texto; consumían los recursos, consumían los animales, y cuando los recursos se agotaron, consumían a los seres humanos. El Libro de Enoc literalmente, capítulo siete:

«Devoraban a los hombres y empezaron a pecar contra las aves, las bestias, los reptiles y los peces, y a devorarse unos a otros la carne, y a beber la sangre».

Esa frase yo la tuve que leer veintisiete veces antes de poder escribirla en el guion. Veintisiete veces, porque cada vez que la leía me daba cuenta de algo: esta no es una metáfora, esto es un testimonio. Alguien escribió esto porque alguien recordaba esto. Y aquí hay otra cosa que la mayoría de la gente no sabe: el Libro de los Jubileos, otro libro que la Iglesia etíope conserva completo y que la Iglesia romana excluyó del canon, dice que los gigantes pelearon entre ellos antes incluso de la decisión de Dios de mandar el diluvio. El capítulo cinco dice literalmente que los gigantes empezaron a matarse unos a otros porque ya no había suficiente alimento en la tierra para sostenerlos a todos. Imagina la escena: criaturas enormes, hijas de una naturaleza imposible, devorándose entre sí porque el planeta ya no podía sostener su apetito. Esa es la imagen que el texto nos deja, esa es la imagen que durante siglos los monjes etíopes han copiado a mano sin atreverse a cambiar una sola palabra.

Y la pregunta que la arqueología moderna no ha respondido del todo es esta: ¿hay algún rastro físico de aquello? ¿Hay alguna evidencia material que conecte el relato con algo concreto en la Tierra? La respuesta honesta es que hay muchos huesos antiguos de gran tamaño que llevan siglos siendo encontrados en distintas partes del mundo y que la arqueología unconventional explica como restos de mamíferos prehistónicos. No voy a entrar en territorio sensacionalista, no voy a contarte historias de huesos gigantes encontrados por la institución Smithsonian y luego ocultados porque no son verificables, pero sí te voy a decir esto: en múltiples culturas que jamás tuvieron contacto entre sí, desde el norte de Europa hasta los Andes, desde Mesopotamia hasta la Polinesia, existe el recuerdo de una era anterior a la nuestra en la que la Tierra fue habitada por seres más grandes, más fuertes y finalmente destruidos. Los griegos los llamaron Titanes, los nórdicos los llamaron Jotun, los hebreos los llamaron Nefilim. Y en cada cultura el patrón es el mismo: cayeron del cielo o vinieron de los dioses, se mezclaron con los humanos, engendraron descendientes y fueron finalmente exterminados en una catástrofe. Eso no demuestra nada, pero también es difícil ignorarlo cuando culturas que no se conocían entre sí terminan contando la misma historia. El patrón pide al menos una pausa, pide al menos preguntarse si no estaremos ante un recuerdo compartido, un eco lejano de algo que pasó cuando aún no había escritura para registrarlo con precisión, pero sí había memoria oral capaz de mantener el contorno.

¿And qué hicieron los Vigilantes en paralelo? Porque mientras sus hijos estaban devorando el mundo material, ellos estaban haciendo otra cosa: estaban enseñando. Capítulo ocho del Libro de Enoc, te lo voy a leer porque no quiero parafrasearlo:

«Y Azazel enseñó a los hombres a hacer espadas, cuchillos, escudos, corazas, y les mostró los metales de la tierra y el arte de trabajarlos, y los brazaletes y los ornamentos, y el uso del antimonio y los cosméticos para los ojos, y todo tipo de piedras preciosas y todas las tinturas de color».

Pausa. ¿Has notado lo que acabas de leer? El texto agrupa juntos en la misma frase armamento militar y cosméticos; espadas y maquillaje; corazas y joyas. ¿Por qué los agruparía juntos? ¿Por qué un libro escrito en el siglo tercero antes de Cristo pondría en la misma línea esas dos categorías que para nosotros son tan distintas? Yo creo que la respuesta tiene que ver con la dirección de la mirada: las armas se dirigen al otro; el maquillaje se dirige al otro a través del propio cuerpo. Las dos cosas, según el texto, son técnicas de manipulación, técnicas de dominación, técnicas que no debían existir todavía; conocimiento que se les dio a los seres humanos antes de tiempo, antes de que estuvieran preparados para gestionarlo. Y la lista sigue, sigue y sigue:

«Y Amézarák enseñó toda clase de encantamientos y el cortar raíces; Armaros enseñó la disolución de los encantamientos; Baraquiel enseñó la astrología; Cocabiel los signos; Ezequiel los signos de las estrellas; Sariel los signos de la luna».

Hechicería, farmacología, astrología, adivinación… cada uno de los Vigilantes principales tenía un campo de conocimiento que se suponía debía permanecer fuera del acceso humano y lo introdujo. Y aquí está lo que durante meses mi impidió dormir: cada una de esas disciplinas que el Libro de Enoc menciona como conocimiento prohibido es una disciplina que sigue existiendo hoy, cada una. La farmacología, la metalurgia, la astrología, la cosmética, las técnicas de seducción, la adivinación, la química… No estoy diciendo que la química moderna sea pecado, no soy ingenuo; estoy diciendo que el Libro de Enoc tiene una teoría sobre el origen del conocimiento técnico humano que es radicalmente distinta a la teoría ilustrada moderna. La teoría moderna dice que el conocimiento es neutro, que depende del uso; la teoría de Enoc dice que ciertos conocimientos vienen contaminados desde su origen, que no son neutros, que llevan en sí mismos una intención, una dirección, una caída. Te dejo esa idea ahí mientras seguimos.

Vuelvo a la noche en Roma, la noche en que casi la corté. Te dije al principio que iba a contarte por qué la mantuve, pero antes tienes que entender qué era exactamente lo que estaba en la mesa. Lo que casi quité del guion no era una escena, era una pieza musical de seis minutos sin diálogo, solo imagen, solo sonido, solo descenso: doscientos seres atravesando la atmósfera, la cumbre del Hermón ardiendo, la luz de la luna apagándose por el polvo, las primeras mujeres saliendo de sus tiendas y mirando hacia arriba, y luego silencio. Eso era lo que iba a abrir la película, eso era lo que durante siete años había estado escribiendo, y aquella noche pensé: «La gente no está preparada; la gente que va a entrar al cine a ver una película sobre la resurrección no espera empezar con esto. Van a salir corriendo, van a llamar a sus pastores, van a escribir cartas a los obispos, van a decir que he convertido la fe en una película de terror».

Pero pasó otra cosa. Volví a abrir el Libro de Enoc esa noche, volví a leer el capítulo nueve, y el capítulo nueve cambia todo, porque el capítulo nueve no habla de los Vigilantes, habla de la respuesta del cielo a los Vigilantes. Te lo leo:

«Y entonces Miguel, Uriel, Rafael y Gabriel miraron desde el cielo y vieron mucha sangre derramada sobre la tierra y toda iniquidad que se cometía en ella, y se dijeron unos a otros: “La voz del clamor de los hombres llega hasta las puertas del cielo”. Y dijeron a su Señor, el Rey: “Tú eres Señor de señores, Dios de dioses, Rey de reyes”».

Cuatro ángeles, cuatro nombres concretos mirando hacia abajo, viendo la sangre, llevando el clamor de los humanos ante el trono. Esa es la respuesta, esa es la promesa: el cielo no se queda quieto cuando los Vigilantes corrompen la tierra; el cielo escucha, el cielo actúa. Y aquí es donde se conecta todo, donde se conecta esta escena con la película entera, donde se conecta la caída con la resurrección: porque lo que Miguel, Uriel, Rafael y Gabriel hacen en el capítulo nueve del Libro de Enoc es prefigurar exactamente lo que el Hijo va a hacer dos mil años después en la cruz: asumir el clamor, cargar con la sangre derramada, cerrar el ciclo abierto por la caída. Esa fue la noche en que entendí que no podía cortarla, que la escena de la caída no era el principio de una película de terror, era el principio de la película más esperanzadora que he intentado hacer jamás. Porque sin caída no hay rescate, sin enfermedad no hay médico, sin la noche del Hermón no hay la mañana del sepulcro vacío. A veces, para entender por qué la luz importa, hay que filmar la oscuridad sin disfrazarla, sin suavizarla, sin pedir disculpas.

Esa noche no la corté, y al día siguiente llamé al director de fotografía y le dije una cosa que él no esperaba; le dije que íbamos a alargarla, que iba a durar siete minutos en lugar de seis, que el descenso iba a ser tan lento que el espectador iba a tener tiempo de pensar. Le dije que necesitaba que el público comprendiera lo que estaba a punto de pasar antes de verlo pasar, porque el verdadero terror no es la imagen, el verdadero terror es la conciencia: la conciencia de que esto pasó, la conciencia de que esto sigue pasando.

Sigamos. Ahora necesito contarte algo que solo los lectores cuidadosos del Libro de Enoc conocen, algo que mucha gente que ha oído hablar de los Vigilantes nunca llega a saber, porque la mayoría de los resúmenes que circulan se quedan en los capítulos seis al ocho: la caída, la mezcla, el conocimiento prohibido. Pero hay un detalle en los capítulos diez al catorce que es absolutamente crucial y es esto: Dios no aniquila a los Vigilantes. Léelo otra vez: Dios no aniquila a los Vigilantes. Lo dice el Libro de Enoc explícitamente. Cuando llega el momento del castigo, Miguel y Rafael reciben instrucciones distintas para cada uno: a Rafael se le ordena atar a Azazel de pies y manos y arrojarlo a un valle del desierto que el texto llama Dudael, cubrirlo de oscuridad, hacerlo permanecer allí hasta el día del gran juicio; a Miguel se le ordena hacer lo mismo con Semjaza y sus asociados, atarlos, confinarlos, hacerlos esperar. El texto dice, capítulo diez, versículo doce:

«Encadénalos por setenta generaciones bajo las colinas de la tierra, hasta el día de su juicio y de su consumación, hasta que el juicio eterno se haya cumplido».

¿Por qué setenta generaciones? ¿Por qué no aniquilarlos? ¿Por qué no hacerlos desaparecer? Esto es lo que casi me hace cortar la escena por segunda vez, esto es lo que me obligó a llamar a teólogos a las tres de la madrugada, porque si Dios podía simplemente borrarlos del mapa y no lo hace, entonces los Vigilantes siguen ahí: encadenados sí, limitados sí, pero existentes, conscientes, esperando. Y aquí es donde el Libro de Enoc conecta con el Nuevo Testamento de una forma que ningún sermón de domingo te ha explicado, porque la Segunda Carta de Pedro, capítulo dos, versículo cuatro, dice esto:

«Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio…»

Pedro está citando el Libro de Enoc directamente sin atribuirlo, pero está usando el mismo vocabulario: reservados, encadenados, prisiones de oscuridad, esperando un juicio que aún no ha llegado. Y la Carta de Judas, versículo seis, dice exactamente lo mismo:

«Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad en prisiones eternas para el juicio del gran día».

Dos cartas del Nuevo Testamento, dos referencias explícitamente al confinamiento de los Vigilantes. Esto no es teoría, esto está en tu Biblia ahora mismo; lo que pasa es que la mayoría de la gente lee esas líneas y no entiende a qué se refieren porque nunca le han contado de dónde vienen: de dónde viene el lenguaje, de dónde viene la imagen, de dónde viene la idea misma de unos ángeles caídos esperando juicio. Vienen de aquí, vienen del Libro de Enoc.

Y eso me llevó a la pregunta que durante meses no pude resolver: si los Vigilantes están encadenados pero siguen existiendo, ¿qué hicieron sus hijos? ¿Qué pasó con los gigantes después del diluvio? Aquí el texto de Enoc, capítulo quince, versículo ocho:

«Y ahora, los gigantes que han sido engendrados de los espíritus y de la carne serán llamados espíritus malignos sobre la tierra, y sobre la tierra estará su morada. Espíritus malignos han salido de sus cuerpos porque están hechos de los celestiales arriba y de los hombres, y son santos Vigilantes su comienzo y su primer origen. Espíritus malignos serán llamados sobre la tierra y espíritus malignos serán su nombre».

Lee eso despacio: los espíritus malignos, según el Libro de Enoc, vienen de los gigantes, no de los Vigilantes. Los Vigilantes están encadenados, pero sus hijos, los gigantes Nefilim, cuando murieron físicamente en el diluvio, sus espíritus quedaron sueltos: sin cuerpo, sin atadura, buscando. ¿Y qué hacen los espíritus sueltos? Buscan cuerpos, buscan habitar. Esa es la base teológica detrás de cada exorcismo, esa es la base detrás de cada relato de posesión, esa es la base detrás de los demonios que Jesús expulsa una y otra vez en los evangelios. Cuando Jesús expulsa un demonio, según esta teología, no está luchando contra un Vigilante; está luchando contra el espíritu de un gigante caído cuyo cuerpo murió hace miles de años, pero cuyo espíritu no tiene a dónde ir. Está luchando contra un descendiente de la caída del Hermón.

Mira cuántas piezas se acaban de conectar. Por eso los demonios en los evangelios reconocen a Jesús de inmediato:

«¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?»

Marcos, capítulo uno, versículo veinticuatro. Antes de tiempo, antes del juicio, antes del gran día; saben que su tiempo está contado, saben que pertenecen a una historia que empezó en una montaña hace miles de años, saben quién es el que tiene autoridad para cerrar esa historia. Y mira otro detalle: cuando Jesús expulsa a la legión de demonios en el episodio de los cerdos de Gadara, los demonios le piden algo muy específico, le piden que no los envíe al abismo. Lucas, capítulo ocho, versículo treinta y uno:

«Y le rogaban que no les mandase ir al abismo».

El abismo, esa palabra es importante: la palabra griega original es ábyssos, la misma palabra que el Apocalipsis usa para describir el lugar donde están encadenados los espíritus rebeldes, la misma palabra que el Libro de Enoc había descrito mil años antes. Los demonios sabían exactamente cuál era su destino final y le pedían a Jesús a la cara que no los enviara ahí todavía, que aún no había llegado el día, que les diera un poco más de tiempo. ¿And qué hace Jesús? No los aniquila, no los envía al abismo; permite que entren en una piara de cerdos que se arroja al mar. Es decir, retrasa, permite el aplazamiento porque sabía que el día del juicio definitivo aún no había llegado, que él mismo aún no había sido crucificado, que el descenso al Sheol aún no había ocurrido, que la operación cósmica que iba a cerrar el ciclo todavía estaba en curso.

Y cuando ese mismo Jesús desciende al Sheol entre la cruz y la resurrección, no es una visita de cortesía: es la consumación. Es el momento en que el Hijo desciende al lugar donde están encadenados los Vigilantes y proclama su victoria. La Primera Carta de Pedro lo dice, capítulo tres, versículos diecinueve y veinte:

«En el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé…»

Lee esa última frase: «en los días de Noé». ¿Por qué los días de Noé? Porque los espíritus encarcelados a los que Jesús va a predicar entre la cruz y la resurrección son los Vigilantes, los que cayeron antes del diluvio, los que llevan miles de años encadenados esperando este momento exacto: el momento en que el Hijo del Hombre, del que profetizó Enoc, entra en su confinamiento y les muestra que la historia ha terminado.

Y aquí déjame que te describa cómo planteamos esa secuencia del descenso al Sheol en la película, porque es la escena más larga del guion: dura casi quince minutos, y la idea visual viene directamente de los textos etíopes que la Iglesia romana nunca canonizó. Empieza con una caída, un descenso por un túnel de piedra que no parece tener fondo; la cámara va con él, no se queda fuera, va con él hacia abajo, y a medida que desciende, las paredes del túnel cambian. Al principio son piedra normal, luego se vuelven más oscuras, luego empiezan a tener inscripciones; inscripciones en lenguas que el espectador no va a reconocer, lenguas anteriores al hebreo, anteriores al sumerio, lenguas que no han existido nunca en la historia académica, pero que podrían haber existido si los Vigilantes hubieran traído consigo sistemas de escritura propios de los reinos celestes.

Y al final del túnel, una llanura; una llanura inmensa, gris, llena de figuras paradas en filas. Miles de figuras, decenas de miles, cientos de miles: almas de los justos que murieron antes de la encarnación: Adán y Eva, Abel, Set, Enoc mismo, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob, Moisés, David, los profetas, Juan el Bautista que acababa de llegar pocas semanas antes… todos esperando. Y entre ellos también los Vigilantes encadenados, pero no en la misma sección: apartados en un valle inferior, con cadenas que el texto de Enoc describe con detalle; cadenas que no son metálicas, cadenas que son el peso mismo de su decisión, cadenas hechas con la materia del juicio.

Cuando él aparece en lo alto de la llanura, sale luz; una luz que el texto del Libro de Enoc anticipa cuando describe el día en que el Hijo del Hombre será revelado. Y los justos lo reconocen; lo reconocen porque algunos de ellos lo habían visto en visión antes: Adán lo reconoce porque, según la tradición etíope que recoge el Conflicto de Adán y Eva con Satanás, Dios le había prometido a Adán un descendiente que vendría a rescatarlo, y Adán esperaba esa palabra. Esperaba, mil generaciones esperando en el Sheol; mil generaciones de almas justas esperando. Y ahora él aparece, y por debajo, en el valle inferior, los Vigilantes encadenados también lo ven, pero ellos no salen corriendo a recibirlo; ellos se quedan callados, saben quién es, saben que viene y, por primera vez en milenios, según describe el texto, hay silencio entre ellos. Silencio absoluto: el silencio del momento en que el reo ve al juez entrar en la sala.

Esa es la escena, esa es la consumación. Por eso la caída tenía que estar al principio: porque sin la caída, esta escena no tiene peso; sin saber que esos seres encadenados son los doscientos del Hermón, sin saber que su decisión fue voluntaria, sin saber que la historia empezó en una cumbre montañosa hace miles de años, este descenso al Sheol se queda en un gesto estético. Con la caída delante, este descenso es la última página de una historia que ha tardado todo el libro humano en escribirse. Eso es lo que voy a filmar, eso es lo que la escena de la caída prepara: por eso no podía cortarla, porque sin la caída no hay descenso, sin Vigilantes no hay prisión que abrir, sin las cadenas no hay liberación que mostrar. La película no va de tres días; la película va de toda una historia que empezó cuando doscientos seres tomaron una decisión en una montaña y termina cuando uno solo desciende a una prisión subterránea y la ilumina.

Sigamos. Hay un dato más sobre el Libro de Enoc que quiero darte antes de cerrar este bloque, porque hay una pregunta que la gente nunca se hace: ¿por qué se llama Enoc? ¿Quién era Enoc? Y la respuesta a esa pregunta es uno de los detalles más extraños de toda la Biblia. Génesis, capítulo cinco, versículo veinticuatro:

«Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque se lo llevó Dios».

Esa frase está en la Biblia. Enoc desaparece, Dios se lo lleva. La tradición judía y la cristiana han discutido durante dos mil años qué significa eso exactamente, pero el Libro de Enoc, atribuido tradicionalmente a este mismo personaje, lo explica con detalle: Enoc, llevado a los cielos, vio el trono, vio a los ángeles, vio el lugar donde los Vigilantes serían castigados, vio la prisión que les esperaba y se le ordenó volver a escribir todo lo que había visto para los hombres futuros. Por eso el libro existe, porque Enoc lo escribió; eso es lo que dice la tradición. Y si esa tradición tiene razón, lo que estás leyendo cuando lees el Libro de Enoc, escrito en el siglo tercero antes de Cristo, es el testimonio de alguien que vio. Yo no soy ingenuo, sé que muchos académicos consideran que el libro fue compuesto en varias etapas, que tiene varias capas literarias, que no fue escrito por una sola persona en una sola época; lo sé. Pero también sé que el contenido del libro es coherente, que las imágenes son específicas, que los nombres son consistentes, que los detalles encajan con otros textos antiguos que aparecieron en lugares geográficamente lejanos: el Libro de los Jubileos confirma muchos detalles, La Caverna de los Tesoros confirma otros, el Testamento de los Doce Patriarcas confirma otros más.

Y luego está la cosa más extraña de todas: cuando los manuscritos del Mar Muerto fueron descubiertos a partir de 1947, los académicos esperaban encontrar copias del Antiguo Testamento, y las encontraron, pero también encontraron otra cosa: encontraron once copias del Libro de Enoc en arameo. Once. Eso es más copias que de algunos libros del canon hebreo. Los esenios, la comunidad religiosa que escondió esos manuscritos en cuevas hace dos mil años para protegerlos de la destrucción romana, consideraban el Libro de Enoc como algo sagrado. Esa información es lo que cambió mi forma de mirar todo esto, porque los esenios estaban escribiendo en el siglo primero, en la época exacta en la que Jesús predicaba, a pocos kilómetros de donde Jesús predicaba, y lo consideraban un libro sagrado. Si los esenios lo consideraban sagrado, si Judas lo cita en su carta, si Pedro usa su vocabulario, si Jesús emplea sus conceptos, entonces lo que pasó después en el siglo cuarto, cuando los concilios romanos lo excluyeron del canon, no fue una decisión teológica neutra: fue una decisión política, una decisión sobre qué imágenes podía manejar la gente común y qué imágenes era mejor mantener guardadas. Yo respeto esa decisión, yo entiendo por qué la tomaron, pero soy cineasta y mi trabajo no es proteger a la gente de las imágenes; mi trabajo es mostrar las imágenes que faltan, las imágenes que la historia oficial dejó fuera, las imágenes que están en los márgenes de los manuscritos antiguos pero que explican todo lo demás.

Por eso esta película existe, por eso no corté la escena y por eso ahora tengo que hablarte de algo que aún no he mencionado: la Biblia etíope. Porque hasta ahora he hablado del Libro de Enoc como si fuera un libro suelto, una curiosidad antigua, pero no lo es: es una sola pieza de un canon mucho más amplio que sigue vivo en este mismo momento en un solo país del mundo. Etiopía es el único país que conserva una Biblia con ochenta y un libros; quince más que el canon católico, doce más que el protestante. Y entre esos libros adicionales están los que reescriben completamente la historia que pensábamos conocer: el Libro de Enoc, el Libro de los Jubileos, la Ascensión de Isaías, El Pastor de Hermas, la Doctrina Apostólica, el libro de Adán y Eva —que la Iglesia etíope llama el Conflicto de Adán y Eva con Satanás—. Cada uno de esos libros añade detalles que la Biblia occidental no contiene; cada uno de esos libros añade nombres, fechas, lugares, conexiones. Y todos esos libros han sido copiados a mano durante dieciséis siglos en monasterios etíopes, en condiciones que harían llorar a un bibliotecario moderno: celdas frías, velas, tinta de hollín mezclada con agua, pergamino de piel de cabra, y monjes que pasan toda su vida copiando una sola página al día. Una página al día durante años para terminar un solo manuscrito.

Cuando llegué por primera vez a Aksum, en el norte de Etiopía —una de las ciudades más antiguas del cristianismo—, los monjes me mostraron uno de esos manuscritos. Lo abrieron sobre una mesa baja; las letras en ge’ez todavía visibles, todavía legibles después de seis siglos, y uno de ellos me dijo algo que no se me ha olvidado, me dijo:

«Esto no es nuestro, esto es lo que se nos pidió guardar».

Esa frase: «lo que se nos pidió guardar». Como si los monjes etíopes hubieran entendido desde el principio que su tarea no era poseer estos textos, su tarea era custodiarlos, mantenerlos vivos para un momento en el que el mundo los necesitara otra vez. Ese momento es ahora, y por eso mi película no puede empezar en otro sitio que no sea la cumbre del Hermón.

Voy a hacer una pausa aquí porque necesito que respires, necesito que asimiles lo que acabas de oír, porque lo que viene en la última parte de este video es más fuerte que todo lo anterior: va a cambiar la forma en que ves la película entera, va a cambiar la forma en que ves cada exorcismo del evangelio, va a cambiar la forma en que ves el descenso de Jesús a los infiernos. Pero antes, una pregunta: si has llegado hasta aquí, déjamelo saber; escribe en los comentarios la palabra «Hermón», solo eso, Hermón. Quiero saber cuánta gente ha entendido por qué esa montaña importa. Y suscríbete al canal si todavía no lo has hecho, porque lo que viene en los próximos videos sobre la película es información que no he compartido en ningún otro sitio.

Sigamos. Te dije al principio que había una escena que casi corto, te he contado por qué la mantuve, pero no te he contado todo porque hay un detalle de la escena que aún no he revelado, y es el detalle más importante: la escena empieza con los doscientos descendiendo, pero termina con uno solo. Uno solo de los Vigilantes no participa en la caída, su nombre es Uriel. Y en el Libro de Enoc, Uriel es el ángel que advierte a Noé, Uriel es el ángel que mantiene la lealtad, Uriel es el ángel que demuestra que la rebelión no era inevitable, que se podía elegir, que los otros doscientos eligieron mal cuando habrían podido elegir bien. La existencia de Uriel destruye la teoría de que la caída era un destino; la existencia de Uriel demuestra que cada Vigilante tomó una decisión individual: que doscientos miraron hacia abajo y desearon, y que uno, al menos uno, miró hacia arriba y permaneció. Por eso la escena termina con un plano de Uriel solo, inmóvil, mirando al cielo mientras los doscientos descienden alrededor de él, sin decir nada, sin hacer ningún gesto, solo permaneciendo.

Y déjame que te cuente cómo se filmó ese plano, porque hay algo en él que vale la pena entender. Le pedí al actor que interpreta a Uriel que no actuara, le dije literalmente: «No actúes, no interpretes, no hagas nada; solo quédate ahí, mira hacia arriba y siente lo que es no caer cuando los demás están cayendo. Siente la soledad, siente la tentación, siente la pregunta interna de por qué tú no, por qué los otros sí. Y deja que esa pregunta pase por tu cara sin que intentes mostrarla, solo deja que pase». Hicimos esa toma diecisiete veces. Diecisiete. La toma final dura cuarenta y dos segundos. Cuarenta y dos segundos sin diálogo, sin música, solo una cara mirando hacia arriba mientras a su alrededor, fuera de campo, los demás descienden. Cuando vi el primer corte de ese plano en la sala de edición no pude hablar durante varios minutos, porque no era una cara actuando: era una cara conteniendo una pregunta, y la pregunta que contenía era la pregunta que cada espectador va a tener que hacerse en algún momento de su vida:

«¿Yo qué hago cuando los demás caen? ¿Yo qué hago cuando lo fácil es ceder y lo difícil es permanecer? ¿Yo qué hago cuando el costo de quedarme firme es la soledad?»

Esa imagen, la imagen del que no cae, es la que conecta la primera escena de la película con la última. Porque la última escena no es el descenso al Sheol; la última escena es la mañana del domingo, y la mañana del domingo es lo mismo que Uriel pero a escala humana: es el hombre que no cayó, es el segundo Adán, es el que vino, vivió, murió y, a pesar de todo, no cedió, no se mezcló, no se vendió, no descendió del lado equivocado del Hermón. Esa es la película, eso es lo que estoy intentando filmar: la distancia entre el Hermón y el Calvario, la distancia entre los doscientos que cayeron y el uno que no cayó, la distancia entre el conocimiento prohibido que mancha y la palabra de Dios encarnada que limpia. ¿Lo ves ahora? ¿Ves por qué casi la corto y por qué no podía cortarla? Porque sin caída no hay redención, sin oscuridad no hay luz, sin la montaña del juramento roto no hay la colina del juramento cumplido.

Hay una cosa más: cuando los Vigilantes descendieron al Hermón, según el Libro de Enoc, lo hicieron en la cima; una cima que mira hacia el norte de Israel, hacia el lago de Galilea, hacia el pueblo de Cesarea de Filipo. Cesarea de Filipo es importante porque Cesarea de Filipo es el lugar donde Jesús, según el Evangelio de Mateo, capítulo dieciséis, le hace a Pedro la pregunta más famosa:

«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?»

Y Pedro responde:

«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».

Y Jesús le dice:

«Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella».

Las puertas del Hades… ¿por qué las puertas del Hades? ¿Por qué en Cesarea de Filipo? Porque Cesarea de Filipo está al pie del monte Hermón; porque Cesarea de Filipo tiene una gruta enorme que en tiempos antiguos se consideraba una de las entradas al mundo subterráneo; porque Cesarea de Filipo era el lugar donde los paganos sacrificaban a sus dioses justo en el sitio donde dos mil años antes los Vigilantes habían descendido. Y aquí hay algo que la mayoría de los predicadores nunca explican: la gruta de Cesarea de Filipo era un santuario al dios Pan, el dios griego con piernas de cabra; Pan, asociado al pánico, al miedo irracional, al desorden sexual, a la lujuria desbordada. ¿Por qué en ese lugar específico se había levantado un templo a Pan? Porque la tradición pagana también recordaba algo, sabía que aquel lugar tenía algo, que aquella gruta era una puerta, que la roca al pie del Hermón vibraba con una historia que los pueblos paganos intentaban honrar con rituales que la tradición bíblica calificaría de abominación: templos a Pan, templos a Baal, templos a Astarté… todos concentrados en la misma franja geográfica, todos en torno al Hermón, todos sobre el mismo punto donde los doscientos habían descendido.

Jesús hizo esa declaración ahí, en el sitio exacto, mirando hacia la montaña de la caída, mirando hacia la gruta del mundo de los muertos, mirando hacia los altares paganos que llevaban siglos intentando reproducir el contacto perdido entre dimensiones, y diciendo:

«Sobre esta roca, aquí mismo, en este lugar donde todo empezó, voy a empezar algo nuevo; las puertas del Hades no prevalecerán».

Léelo otra vez: «las puertas del Hades no prevalecerán». Las puertas, no los muros; no el ejército: las puertas. La imagen es clara: las puertas son lo que un ejército atacante intenta derribar para entrar en una fortaleza. Jesús no está diciendo que el Hades vaya a atacar a la Iglesia; está diciendo que la Iglesia va a atacar al Hades y que las puertas, las puertas mismas, no van a poder resistir. Esa es otra escena que también está en el guion: la declaración en Cesarea de Filipo, y es la escena que cierra el círculo, la que conecta la primera con la última, la que demuestra que la película no es una secuencia de episodios, sino un solo gesto narrativo que empieza en una montaña y termina en una tumba vacía a doscientos kilómetros de distancia y dos mil años después.

Ya casi terminamos. Necesito hablarte de algo más, de algo que apareció durante el rodaje y que no estaba en el guion. Porque cuando filmas algo así, cuando te metes en estos textos durante años, empiezan a pasar cosas en el set que no se pueden explicar fácilmente. Yo no soy supersticioso, soy una persona pragmática que ha trabajado en cine durante más de cuatro décadas; sé lo que es real y lo que es leyenda urbana de rodaje, pero te puedo decir esto: hubo días en Matera, en Italia, mientras filmábamos las escenas exteriores, en los que el equipo entero notó algo: una presión en el aire, una sensación de estar siendo observados, un silencio raro entre tomas. No estoy diciendo que fuera sobrenatural; estoy diciendo que cuando una historia es tan antigua, tan densa, tan cargada de significado, te afecta; te afecta a ti y te afecta al equipo. Y los actores que están interpretando a los Vigilantes salieron del rodaje cansados de una forma distinta. Una de las actrices que interpreta a una de las mujeres del relato me dijo que no podía dormir en las semanas posteriores al rodaje de su escena, que veía imágenes cuando cerraba los ojos; no pesadillas, imágenes claras que después se atenuaron, pero que mientras duraron fueron intensas. Yo no sé qué significa eso, pero sé que cuando empezamos La Pasión hace veinte años pasó algo parecido: la gente que estuvo en el rodaje contó después que aquella experiencia los cambió; algunos volvieron a la fe que habían perdido, algunos perdieron la fe que tenían, pero nadie salió igual. Mi sospecha es que cuando una historia es verdadera de verdad, cuando una historia describe algo que pasó realmente, no se puede contar sin que algo del eco original se cuele en la propia narración. Eso es lo que tiene de poderoso el cine: cuando se hace bien, es una forma de invocación; no mágica, no supersticiosa, pero invocación al fin al cabo. Estás pidiendo a la realidad que muestre algo que pasó, y la realidad responde.

Por eso esta película va a costar lo que va a costar, por eso vamos a tardar lo que vamos a tardar, por eso necesitamos cámaras IMAX y un presupuesto enorme, y un equipo dispuesto a entrar en territorio que casi nadie ha pisado antes en una pantalla de cine: porque hay que hacerlo bien, porque solo hay una oportunidad de hacerlo bien.

Te voy a confesar otra cosa que casi nadie sabe: hubo una noche en la sala de edición en Roma en la que, mientras revisábamos el primer corte de la escena de la caída, se nos cortó la electricidad. Toda la sala se quedó a oscuras: las pantallas se apagaron, las luces se apagaron y, durante unos diez segundos antes de que entrara el generador de emergencia, mi montadora y yo nos quedamos sentados en silencio absoluto, sin vernos ni a ella ni a las pantallas, solo escuchando nuestra propia respiración. Y los dos pensamos lo mismo a la vez, aunque tardamos en decírnoslo: los dos pensamos que la escena no quería ser vista, que algo sin causa identificable había intervenido para apagar la pantalla en ese momento exacto. Cuando volvió la luz nos miramos, y mi montadora, que es una profesional con veinticinco años de experiencia, una mujer que ha trabajado en docenas de películas, una persona que no se pone nerviosa por nada, me dijo:

«Seguimos».

Y yo le dije:

«Seguimos».

Y volvimos a darle play al corte y vimos la escena entera sin que se cortara otra vez, sin que pasara nada raro, sin más interferencias. Probablemente fue solo un fallo eléctrico, probablemente fue solo coincidencia, pero estuvimos los dos pensando lo mismo, y desde aquella noche en el equipo esa escena tiene un sobrenombre que solo usamos entre nosotros: «la escena que no quería ser vista». La llamamos así porque nos hace sonreír, porque le quita peso, porque después de meses trabajando con material como este hace falta un poco de humor; pero también la llamamos así porque en el fondo los dos sabemos que algo en aquella sala de edición esa noche fue un poco raro. Y los dos sabemos que cuando filmamos La Pasión hace veinte años pasaban cosas parecidas, y los dos sabemos que cuando metes la cámara dentro de una historia tan antigua, la historia se defiende un poco: no te ataca, no te hace daño, pero te recuerda que estás tocando algo que tiene un peso propio.

And aquella noche en Roma, cuando estuve a punto de cortar la escena de la caída, lo que finalmente me decidió a mantenerla fue una idea muy simple: la idea de que si los monjes etíopes han pasado dieciséis siglos copiando estos textos a mano, una página al día, en condiciones que la mayoría de nosotros no toleraríamos ni un mes, no fue para que un cineasta del siglo veintiuno con todos los recursos del mundo decidiera que era demasiado fuerte para enseñarlo. Ellos lo guardaron para nosotros; es nuestro turno de mirarlo.

Y la última pieza, la pieza que cierra todo esto, viene del propio Libro de Enoc, capítulo uno, los primeros versículos del libro, los versículos que se leen como una bendición:

«Esta es la palabra de bendición de Enoc con la cual bendijo a los elegidos y a los justos que estarán presentes en el día de la tribulación, cuando todos los malvados y los impíos sean removidos».

El día de la tribulación… es el lenguaje que Jesús usa, es el lenguaje que el Apocalipsis usa, es un lenguaje que aparece en muchos textos del primer siglo, pero aquí en el Libro de Enoc parece escrito el libro pensando en alguien muy específico, como si lo hubiera escrito pensando en quien lo está leyendo ahora mismo: «los elegidos y los justos que estarán presentes en el día de la tribulación». ¿Y si ese eres tú? ¿Y si yo? ¿Si nosotros somos los lectores para los que esto se escribió? ¿Y si todo el sentido de que estos manuscritos sobrevivieran tantos siglos era para llegar a este momento exacto? ¿Para que un cineasta los leyera, para que un canal en español los explicara, para que tú, mientras escuchas esto, recibieras la información que durante dieciséis siglos ha estado esperando ser recibida? Yo no sé si eso es así, pero te puedo decir una cosa: no tomes esto como entretenimiento, no tomes esto como una curiosidad histórica; léelos. Lee el Libro de Enoc, lee Los Jubileos, lee la Ascensión de Isaías; están disponibles, están traducidos, están a un clic de distancia.

Y si lo haces, si tomas en serio lo que esos libros dicen, vas a entender la historia del mundo de una forma que el cristianismo institucional moderno ha dejado de explicar. Porque la versión moderna del cristianismo, especialmente en Occidente, se ha vuelto cómoda, se ha vuelto terapéutica, se ha vuelto un suplemento espiritual para gente cansada del trabajo. Y la historia que estos textos cuentan no es cómoda, no es terapéutica, no es suplemento de nada: es una historia cósmica de guerra entre fuerzas que existieron antes que tú y que existirán después de ti. Una guerra que pasa por tu vida sin que tú lo sepas, una guerra cuya última batalla decisiva ya se libró y se ganó en una colina en las afueras de Jerusalén el viernes catorce del mes de Nisán del año 33 de nuestra era. Esa es la historia, esa es la película, y la escena de la caída es la primera nota de esa sinfonía: la nota más grave, la nota que sostiene todas las demás.

Te dejo con esto: el monte Hermón sigue ahí, puedes verlo desde Galilea en un día claro; la nieve en la cumbre durante el invierno, la sombra que proyecta sobre el valle… Es solo una montaña, geográficamente solo una montaña. Pero si alguna vez tienes la oportunidad de ir, ve, quédate al pie, mira hacia arriba y piensa en lo que pasó allí: en los doscientos que descendieron, en el uno que no cayó, en el clamor que subió hasta las puertas del cielo. Y después gira la mirada hacia el sur, hacia Jerusalén, hacia el monte de los Olivos, hacia el Calvario, hacia la tumba que estuvo vacía un domingo por la mañana hace casi dos mil años. Esa distancia entre las dos montañas es la película, esa distancia es lo que estoy intentando filmar, esa distancia es la historia del rescate más caro que se ha pagado nunca.

Y dentro de poco más de un año vas a poder verlo en pantalla: vas a entrar en una sala de cine, vas a sentarte, las luces van a apagarse y la primera imagen va a ser la cumbre del Hermón antes del descenso. Y si he hecho bien mi trabajo, durante seis minutos, sin diálogo, sin música melodramática, sin trucos de montaje fáciles, vas a sentir algo que muy pocas películas te han hecho sentir: vas a sentir el peso de una historia que no empezó cuando tú llegaste y no va a terminar cuando tú te vayas; vas a sentir el peso de la oscuridad de la que necesitábamos ser rescatados, y solo entonces, después de eso, la película puede contarte de verdad lo que significa una tumba vacía.

Antes de cerrar, déjame decirte una cosa más, porque sé que algunos de los que están escuchando esto se van a quedar con preguntas, se van a quedar con dudas, se van a quedar con la sensación de que esto suena demasiado a lo que algunos llamarían mitología. Y a esas personas les digo lo siguiente:

«Yo no te pido que creas, yo te pido que leas. Abre el Libro de Enoc, está disponible en español, hay traducciones decentes, las hay académicas y las hay devocionales; léelo entero, tarda unas horas, y después saca tus propias conclusiones. No me hagas caso a mí, no le hagas caso a ningún predicador, no le hagas caso a ninguna autoridad eclesiástica; léelo tú mismo y mira lo que te dice ese texto que durante dieciséis siglos los monjes etíopes guardaron en celdas de piedra esperando este momento exacto».

Y si después de leerlo sigues pensando que es mitología, perfecto, por lo menos habrás tomado una decisión informada, por lo menos habrás visto la fuente directa, por lo menos habrás formado un juicio personal sobre uno de los textos religiosos más influyentes de la historia. Un texto que Jesús leyó, que los apóstoles citaron, que los primeros padres de la Iglesia consideraron inspirado y que durante siglos se conservó en una sola lengua africana porque nadie en Occidente quiso o pudo seguir copiándolo. Y si después de leerlo piensas que hay algo más que mitología, también perfecto, porque entonces vas a entrar al cine en marzo de 2027 con el contexto adecuado: vas a entender por qué la primera imagen es esa cumbre y no otra, vas a entender por qué la escena dura lo que dura, vas a entender por qué se decidió hacer la película así y no de la forma fácil.

Estamos viviendo un momento extraño: la gente está volviendo a preguntar, la gente joven especialmente; la gente joven está buscando respuestas que la cultura dominante no les está dando. Y los textos antiguos, los textos que durante décadas fueron tratados como reliquias polvorientas, están volviendo a tener sentido, están volviendo a tener tracción, están volviendo a importar. Mi trabajo no es convencer a nadie de nada; mi trabajo es poner imágenes delante, hacer películas que duren, películas que la gente vea una vez y se las quede dentro, como pasó con La Pasión hace veinte años, como va a pasar con esta dentro de poco.

Hasta ahora.