Hay 18 años en la vida de Jesús que los cuatro evangelios del canon occidental no describen: 18 años del capítulo en que tiene 12 años y es encontrado en el templo discutiendo con los doctores de la ley hasta el capítulo en que aparece a los 30 siendo bautizado por Juan en el Jordán. Son 18 años de silencio absoluto en los textos que el mundo cristiano recibió como la narración completa de su vida.
Ese silencio no es accidental y no existió siempre, porque hubo textos que describían esos años; textos que circulaban en las primeras comunidades cristianas con la misma autoridad que los evangelios que conocemos. Textos que describían la infancia de Jesús, sus palabras de niño, sus actos de niño, lo que hizo entre los dos y los 12 años, y lo que ocurrió en los años que siguieron al episodio del templo.
Textos que en algún momento del proceso de formación del canon fueron sacados de circulación; algunos quemados, algunos escondidos. Algunos sobrevivieron en colecciones privadas y en monasterios hasta llegar a nosotros. El más importante de todos ellos acaba de ser publicado en una traducción completa que no había estado disponible en español hasta ahora. Se llama El evangelio de la infancia de Tomás.
Lo que contiene sobre el Jesús niño es tan perturbador, tan extraño, tan radicalmente diferente de la imagen mansa y serena que la iconografía cristiana ha construido durante siglos, que resulta imposible leerlo sin preguntarse por qué estuvo oculto durante tanto tiempo.
Pero hay algo más que ese evangelio contiene, algo que los académicos que lo conocen llevan décadas discutiendo en voz baja y que ningún sermón dominical toca: una descripción de lo que el niño Jesús era capaz de hacer antes de los 12 años que, cuando la lees con ojos del siglo XXI, no suena a relato piadoso, suena a otra cosa completamente. Suena a una descripción de algo real que el lenguaje del primer siglo no tenía categorías para procesar y que, por eso mismo, fue narrado de la única manera en que podía serlo.
Y hay algo más, porque el evangelio de la infancia de Tomás no está solo. Hay al menos cuatro textos adicionales sobre la infancia de Jesús que también fueron suprimidos del canon occidental; textos que se complementan entre sí, que describen al mismo niño desde ángulos distintos y que juntos forman un retrato que es tan coherente internamente, tan consistente en sus detalles, tan ajustado a lo que la arqueología y la historia del primer siglo confirman sobre el entorno en que Jesús creció, que la pregunta de por qué no están en tu Biblia ya no puede responderse simplemente diciendo que son tardíos o inventados. Te lo cuento todo desde el principio.
Empecemos por entender exactamente qué es el evangelio de la infancia de Tomás y de dónde viene, porque sin ese contexto lo que el texto dice no tiene el peso que tiene. El texto existe en al menos cuatro versiones manuscritas distintas en griego, dos en siríaco, una en latín, una en etíope y fragmentos en copto. Los manuscritos más antiguos que se conservan datan del siglo cuarto, pero los académicos que han estudiado su vocabulario, su estilo y su estructura gramatical estiman que el texto original fue compuesto en el siglo segundo, probablemente entre los años 150 y 185 de la era cristiana. Eso lo hace casi contemporáneo de los evangelios canónicos en términos de distancia temporal respecto a los eventos que describe; no más tardío ni más inventado que Mateo o Lucas en términos de cronología.
El texto fue conocido, citado y usado por comunidades cristianas durante siglos. Ireneo de Lión lo menciona en el siglo segundo, Hipólito de Roma lo conoce, Orígenes, el teólogo más erudito de los primeros siglos del cristianismo, lo cita no como texto marginal o sospechoso, sino como parte del corpus de textos sobre Jesús que circulaba en las comunidades de su tiempo.
Fue en el proceso de formación del canon en el siglo cuarto cuando el texto comenzó a ser excluido, no porque fuera denunciado como falso, sino porque lo que describía era demasiado difícil de integrar en la imagen de Jesús que la institución necesitaba construir para sus propósitos. Un Jesús niño que hace cosas que un niño no debería poder hacer, que dice cosas que ningún maestro de la ley habría dicho, que tiene una relación con el poder que las instituciones eclesiásticas no querían que los creyentes comunes supieran que existía.
Lo que el texto describe en su primera escena ya es suficiente para entender por qué fue suprimido. El niño Jesús tiene 5 años, está jugando junto a un arroyo en un día de sábado. Con sus manos modela barro del lecho del arroyo y forma de ese barro 12 gorriones, 12 pájaros de barro. Y un niño que pasa lo ve y va a contárselo a José, su padre, porque modelar barro en sábado viola la ley judía del descanso. El padre llega y le reprende, y Jesús, el niño de 5 años, aplaude con sus manos y les dice a los pájaros de barro:
— Idos.
Y los 12 gorriones se van volando.
Esa escena es la apertura del texto y la primera reacción de muchos lectores modernos es clasificarla automáticamente como un milagro edificante de un niño divino. Pero cuando la lees en su contexto completo con lo que viene después, la escena tiene una dimensión diferente que la lectura piadosa no captura. El texto no dice que Jesús hizo eso para demostrar algo. No hay audiencia preparada, no hay discurso de enseñanza que lo acompañe. No hay ninguna intención edificante que el texto mencione. Un niño de 5 años hace pájaros de barro en sábado y, cuando su padre lo reprende, los convierte en pájaros reales y los hace volar.
El texto lo describe como algo que Jesús hizo con la misma naturalidad con que cualquier niño juega; sin énfasis especial, sin solemnidad, sin que el texto sugiera que Jesús consideraba lo que estaba haciendo como extraordinario. Eso es lo desconcertante, no el acto en sí, sino la naturalidad con que se describe, como si para Jesús niño esa capacidad fuera tan ordinaria como caminar.
Pero detente en el número: 12 gorriones, no siete, no tres, 12. El mismo número que los discípulos, el mismo número que las tribus de Israel, el mismo número que las estrellas en el sueño de José en el Génesis. En el pensamiento simbólico del primer siglo judío, el 12 no era un número aleatorio, era el número de la completud del pueblo de Dios. Un niño de 5 años que modela 12 pájaros y los hace volar no está jugando al azar o, si lo está haciendo al azar, el texto que lo narra no lo está narrando al azar.
Lo que viene después en el texto es más perturbador todavía. Poco después de la escena de los gorriones, un niño del vecindario choca accidentalmente con el hombro de Jesús mientras juegan en la calle. Y Jesús, el niño de 5 años, se vuelve hacia él y le dice:
— No terminarás tu camino.
Y el niño cae muerto en ese momento.
El texto no dice que Jesús lo mató de manera consciente o con intención de hacerle daño. Dice que el niño que chocó con él cayó muerto, y describe la reacción del vecindario. Los padres del niño muerto van a quejarse a José porque el hijo de ese carpintero mató a su hijo.
Esa escena ha escandalizado a lectores de todos los siglos y la reacción más frecuente de los teólogos que la conocen es intentar explicarla, suavizarla, contextualizarla de manera que resulte teológicamente aceptable. Pero el texto no la suaviza, la narra con la misma sequedad con que narra todo lo demás. Y lo que produce en el lector honesto no es edificación, sino una pregunta que no desaparece fácilmente: ¿Qué tipo de niño era Jesús?
No era claramente el niño manso y obediente de las estampas navideñas. No era un niño que contenía su naturaleza en una docilidad perfecta esperando el momento de revelarla. Era un niño en quien la capacidad y el criterio para ejercerla todavía no estaban completamente alineados; un niño cuyo poder superaba su madurez para administrarlo. Y eso, más que cualquier otra cosa que el texto diga, es lo que lo vuelve humano de una manera que los textos canónicos rara vez alcanzan.
Hay un tercer episodio en el texto que complica todavía más ese retrato. Un maestro llamado Zaqueo ofrece enseñar a Jesús a leer. Le pide que repita el alfabeto hebreo comenzando por la primera letra, el alef. Y Jesús, en lugar de repetir el alfabeto, le dice al maestro que primero él le explique qué significa el alef y luego él le enseñará a él qué significa el bet. El maestro lo reprende por su impertinencia y Jesús lo maldice, y el maestro colapsa, incapaz de hablar, incapaz de moverse.
El padre José llega corriendo y el maestro le dice que ese niño no tiene 5 años, que ese niño puede apagar el fuego o levantar al muerto o mover el viento con sus palabras. Que ese niño es algo que ningún maestro de la ley sabe cómo clasificar.
Lo que Zaqueo dice en esa escena no es simplemente la queja de un maestro herido en su orgullo; es el reconocimiento de alguien que estuvo en presencia de algo que sus categorías no pueden contener. Y cuando José llega y Zaqueo le describe lo que acaba de ocurrir, la reacción de José no es la del padre orgulloso, es la del hombre que ya sabe lo que tiene en casa y que cada día se enfrenta de nuevo con la imposibilidad de manejarlo de la manera ordinaria.
Esas tres escenas en secuencia —los pájaros de barro que vuelan, el niño que muere al chocar con Jesús, el maestro que colapsa al intentar enseñarle— forman el retrato de un niño que no corresponde a ninguna categoría religiosa existente. Y lo que hace más significativa esa incomodidad es que el texto no intenta resolverla; no añade al final de cada escena una explicación teológica que la haga digerible, la deja abierta, deja que el lector viva con el retrato complejo sin la red de seguridad de una interpretación que lo simplifique.
Y luego el texto hace algo que resulta todavía más inesperado. Después de esas primeras escenas de poder ejercido sin aparente control, el texto narra una transformación gradual, lenta, como si el niño que en sus primeros años ejercía ese poder de manera instintiva y sin mediación de ningún criterio ético fuera aprendiendo, a través de las reacciones de su entorno, a relacionarse con lo que podía hacer de una manera diferente.
El episodio que marca ese giro en el texto es uno que los académicos que conocen el evangelio de la infancia de Tomás señalan como el más teológicamente denso de todos. Un niño cae de un tejado y muere. Los padres del niño, sabiendo ya por entonces lo que Jesús es capaz de hacer, lo llevan ante él. Y Jesús no actúa de inmediato. Se acerca al niño muerto, le habla y le dice:
— Cenón, levántate y dime si fui yo quien te tiró.
El niño se levanta y dice:
— Señor, tú no me tiraste.
Y cae muerto de nuevo. Y Jesús lo resucita de manera permanente.
Lo que esa escena añade al retrato del texto no es simplemente otro milagro. Es un Jesús niño que, ante la acusación de haber causado una muerte, se preocupa por la verdad de lo que ocurrió; que antes de actuar investiga; que distingue entre lo que hizo y lo que no hizo; que tiene ya en esa infancia un sentido de la justicia que en las primeras escenas del texto estaba completamente ausente. El niño que en el episodio del compañero de juegos simplemente actuó sin considerar las consecuencias es ahora un niño que pregunta antes de actuar.
Ese desarrollo no es teológicamente menor, es central, porque lo que el texto está describiendo, si lo lees sin el sesgo de lo que se supone que debe decir, es el proceso por el cual la inteligencia divina aprende a habitar la forma humana. No la inteligencia divina que llega perfectamente adaptada desde el primer instante, sino la inteligencia divina que llega con todo su poder pero que necesita el tiempo de la infancia para aprender las reglas del mundo en el que ha llegado; que necesita el choque con las consecuencias para desarrollar el criterio que hace sabio el poder.
Los académicos que han estudiado el texto en profundidad señalan que esa progresión no es accidental, que el texto está describiendo el proceso de una conciencia que se va ajustando a las limitaciones del mundo en que opera. Un proceso de aprendizaje; no el aprendizaje de alguien que no sabe, sino el aprendizaje de alguien que sabe demasiado y que necesita aprender cómo vivir con ese saber en el contexto de un mundo que no está equipado para procesarlo.
Esa interpretación tiene implicaciones teológicas que ningún concilio del siglo cuarto podía aceptar cómodamente, porque implica que la humanidad de Jesús no fue una humanidad completa desde el primer instante de su vida, sino que fue algo que se desarrolló. Que el niño que aparece en las primeras páginas del evangelio de la infancia de Tomás no tiene todavía la madurez humana del Jesús que predica el sermón de la montaña; que hay un proceso, que hubo un Jesús que necesitó crecer no solo en estatura, como dice Lucas, sino en algo más fundamental.
Y eso, precisamente eso, es lo que el canon occidental no podía permitir que circulara libremente, porque una de las afirmaciones centrales de la cristología desarrollada en los concilios del siglo cuarto es que Jesús fue completamente divino y completamente humano desde el primer instante de su concepción. Un Jesús niño que aprende a relacionarse con su propio poder a través de las consecuencias de sus actos desafía esa doctrina de una manera que ningún decreto conciliar puede resolver simplemente ignorando el texto.
Ahora necesito contarte algo sobre la relación de Jesús con su padre José que el texto describe con una honestidad que ningún texto del canon occidental iguala, porque esa relación no es la que la iconografía cristiana ha construido. No es la del niño obediente y el padre amoroso que guía y protege; es algo más complejo y más humano que eso.
El texto describe repetidamente cómo José intenta manejar a su hijo, cómo intenta calmar a los vecinos que se quejan, cómo intenta explicar lo inexplicable y cómo en cada episodio queda expuesto el abismo entre lo que José puede ofrecer como padre y lo que su hijo necesita. En un momento del texto, José le agarra la oreja al niño como castigo y el texto dice que Jesús lo mira y le dice:
— Te basta.
And José siente que la mano que tenía en la oreja del niño queda inmovilizada durante un momento; no como milagro de sanación, sino como recordatorio de quién es el que está siendo castigado.
Esa imagen de José intentando disciplinar a su hijo y experimentando en su propia carne la imposibilidad de hacerlo de la manera ordinaria dice algo sobre la paternidad adoptiva de José que la tradición cristiana ha preferido no articular. El hombre al que los villancicos honran como el padre protector y tranquilo de la Sagrada Familia vivió su paternidad en un territorio para el que no existía ningún mapa. No había ningún libro que le explicara cómo criar a ese niño, ninguna tradición que lo preparara, ningún otro padre al que pudiera consultar que hubiera pasado por algo remotamente comparable.
El texto describe que José amaba a Jesús, eso está claro en su comportamiento, pero también describe que le tenía miedo; no el miedo que produce el peligro físico, sino el miedo que produce la presencia de algo que supera completamente tu capacidad de comprensión y que al mismo tiempo depende de ti para alimentarse, vestirse y crecer.
Y luego el texto describe a varios maestros más que intentan enseñar a Jesús a lo largo de su infancia. La secuencia es siempre la misma: el maestro ofrece enseñarle, Jesús lo interroga sobre el significado de lo que le está enseñando con preguntas que el maestro no puede responder, el maestro reacciona con frustración o con miedo y, en todos los casos, termina diciéndole a José que su hijo no necesita maestro porque ya sabe más que cualquier maestro que exista.
Un segundo maestro al que José lleva a Jesús con esperanza explícita de que esta vez la experiencia será diferente, le pide a Jesús que repita el alfabeto y el niño le pregunta:
— Si no conoces la naturaleza del alef, ¿cómo puedes enseñar el bet?
El maestro levanta la mano para golpearlo y cae inconsciente. Jesús lo revive y el maestro, al recobrar el conocimiento, le dice a José:
— Llévate a este niño, no puedo soportar la mirada de sus ojos. Su mirada es como la del fuego.
Como la del fuego. Esa descripción de la mirada del niño Jesús aparece en varios manuscritos del texto con pequeñas variaciones pero con el mismo elemento central: hay algo en sus ojos que los adultos que lo miran no pueden sostener. No porque sea aterrador en el sentido ordinario de esa palabra, sino porque produce en quien lo mira una sensación de ser visto con una profundidad que ninguna mirada humana ordinaria tiene, de ser conocido completamente. Y esa sensación que en otros contextos podría ser reconfortante, en el contexto de estar intentando enseñar a ese niño resulta insoportable para los que la experimentan.
Lo que esa descripción de la mirada dice sobre la naturaleza de Jesús niño es algo que la teología doctrinal no sabe cómo manejar, porque implica que ya en ese niño de cinco o seis años hay algo que percibe a los demás seres humanos en su totalidad, sin las limitaciones que la percepción humana ordinaria impone, y que los seres humanos que son percibidos de esa manera lo sienten. Que la mirada que te ve completamente produce algo diferente que cualquier mirada ordinaria, aunque el que mira no diga nada.
Hay una escena en el texto que es la más debatida de todas y que ninguna de las versiones que normalmente se presentan al público general suele incluir. Ocurre cuando Jesús tiene aproximadamente 8 años. Un niño rico muere en el vecindario y los padres vienen a Jesús sabiendo ya por entonces lo que es capaz de hacer. Le piden que resucite a su hijo y Jesús lo hace.
Pero el texto describe que, antes de resucitarlo, mientras el niño muerto yace ante él, Jesús permanece en silencio durante un periodo que el texto describe como largo; no orando con palabras visibles que los presentes puedan escuchar, sino en silencio. Y luego habla. Lo que dice es lo que hace de esa escena la más extraña de todo el texto. Le habla al niño muerto en un idioma que los presentes no reconocen. El texto dice que las palabras que pronuncia no son griego ni hebreo ni arameo, que son palabras que nadie en la escena había escuchado antes y que el niño, ante esas palabras, se levanta.
Un idioma que nadie reconoce, pronunciado por un niño de 8 años sobre un muerto que luego se levanta. Eso ha producido interpretaciones de todo tipo. La interpretación mística dice que Jesús habló en el idioma del alma, el idioma que precede a todas las lenguas humanas, el idioma que el libro de Enoc describe como la lengua de los ángeles. La interpretación académica más cautelosa dice que el pasaje es un añadido posterior de alguna comunidad que tenía su propia teología sobre los idiomas sagrados.
Pero lo que ninguna interpretación puede hacer es eliminar el detalle del texto. El niño habla en un idioma que nadie reconoce y el muerto se levanta. ¿Qué hace la mente del siglo XXI con ese detalle? Puede descartarlo como invención, puede aceptarlo como milagro o puede hacer lo que resulta más difícil y más honesto: reconocer que el texto describe algo que el que lo escribió no sabía cómo explicar con las categorías que tenía disponibles y que lo narró tal como lo recibió, sin intentar hacerlo más comprensible de lo que le fue transmitido.
Esa honestidad narrativa, la de un texto que no intenta suavizar lo que describe ni adaptarlo a ninguna teología preestablecida, es lo que hace al evangelio de la infancia de Tomás tan diferente de los textos del canon occidental. Los evangelios canónicos, especialmente los sinópticos, están escritos con una conciencia constante del auditorio al que se dirigen y del mensaje que necesitan comunicar; tienen una agenda teológica que estructura lo que incluyen y lo que omiten. El evangelio de la infancia de Tomás parece no tener esa agenda de la misma manera; narra lo que narra, incluyendo los episodios más incómodos, sin intentar que el conjunto produzca una imagen coherente y edificante.
Ahora necesito contarte algo sobre otro texto que durante décadas fue tratado como paralelo al evangelio de la infancia de Tomás y que en realidad es algo diferente y más antiguo. Se llama el protoevangelio de Santiago. Y lo que describe no es la infancia de Jesús sino los años anteriores, los años de María antes de la concepción. Lo que ocurrió en el templo cuando María era niña, cómo fue educada, y lo que el texto dice sobre la naturaleza de esa educación es tan específico que resulta imposible reconciliarlo con la imagen estándar de María como una joven ordinaria de Galilea.
El protoevangelio de Santiago dice que María fue llevada al templo de Jerusalén cuando tenía 3 años y que allí fue criada y educada por los sacerdotes hasta que tuvo 12, cuando fue entregada a José. Eso no es simplemente una historia de devoción piadosa. En el contexto del judaísmo del primer siglo, una niña criada en el recinto del templo habría recibido una educación que ninguna mujer de ninguna familia ordinaria recibía. Habría tenido acceso a los textos más sagrados, a las tradiciones más reservadas de la enseñanza sacerdotal, a conocimientos que en la estructura social del primer siglo no eran accesibles a ninguna mujer que no estuviera en esa posición específica.
El texto describe que desde los 3 años María tejía en el templo, no telas ordinarias, sino la cortina del Sanctasanctórum, el velo que separaba la presencia de Dios del resto del mundo. La niña que más tarde sería la madre de Jesús pasó sus años formativos tejiendo literalmente el tejido que separaba lo divino de lo humano. Si eso es metáfora, es la más precisa que cualquier texto bíblico haya construido; si es historia, lo que describe sobre la preparación de María supera cualquier versión devocional que se enseña en las iglesias.
And el texto añade algo más sobre María en el templo que es lo que más directamente conecta con lo que el evangelio de la infancia de Tomás describe sobre su hijo. Dice que María recibía comida de manos de un ángel, no de los sacerdotes, no de los servidores del templo, sino de un ángel que descendía hasta ella. Los sacerdotes del templo que observaban esto sabían que algo ocurría en esa niña que estaba fuera de cualquier categoría normal de santidad o de devoción.
Cuando lees el evangelio de la infancia de Tomás con ese contexto, la pregunta sobre de dónde venía el conocimiento que el niño Jesús tenía desde antes de cualquier educación formal adquiere una dimensión adicional: no solo divina en el sentido sobrenatural, también heredada, transmitida, formada en el entorno familiar de una madre que había sido educada en los textos más profundos de su tradición desde los 3 años y que había vivido experiencias que ninguna educación convencional produce.
El protoevangelio de Santiago no fue simplemente ignorado en el proceso de formación del canon, fue activamente combatido. Eusebio de Cesarea, el historiador eclesiástico del siglo cuarto que tuvo más influencia en la formación del canon que cualquier otro individuo, lo menciona explícitamente entre los textos que deben ser rechazados. No porque fuera denunciado como falso en términos históricos, sino porque la imagen de María que presenta es incompatible con la imagen que la institución necesitaba. Una María formada en la sabiduría más profunda del templo, capaz de recibir la visita de un ángel desde los 3 años, no necesita que ningún sacerdote le explique lo que le ocurre cuando el ángel Gabriel le anuncia la concepción. Esa María ya sabe. Y ese saber previo, esa capacidad de recibir lo que viene sin necesitar mediación institucional para procesarlo, es exactamente lo que las instituciones del siglo cuarto no podían permitir que circulara como modelo en manos de creyentes comunes.
Hay un tercer texto sobre la infancia de Jesús que es menos conocido que los dos anteriores pero que en muchos sentidos es el más extraño de todos. Se llama el evangelio árabe de la infancia. Existe en manuscritos siríacos y árabes y su composición se estima en algún momento entre los siglos quinto y séptimo, aunque preserva tradiciones que los académicos datan en el periodo más antiguo. Lo que hace a este texto diferente de los otros es que describe episodios de la infancia de Jesús que ocurren durante el periodo que los evangelios canónicos sí mencionan brevemente: el viaje a Egipto.
Mateo describe que José, María y el niño Jesús huyeron a Egipto para escapar de Herodes. El texto canónico no dice cuánto tiempo estuvieron allí, no describe lo que ocurrió durante ese periodo. El evangelio árabe de la infancia llena ese vacío con una serie de episodios que tienen una calidad narrativa diferente de todo lo que rodea el periodo de Judea. En Egipto, el niño Jesús entra en contacto con una cultura radicalmente diferente, con tradiciones espirituales que no tienen nada que ver con el judaísmo en que fue criado.
Y lo que el texto describe es que Jesús, el niño que en Judea producía reacciones de miedo y de asombro en los adultos que lo rodeaban, en Egipto produce algo diferente, produce reconocimiento. El texto narra que, cuando llegaron a cierta ciudad de Egipto, los sacerdotes del templo local se acercaron a José y le dijeron que el niño que traía era conocido por ellos; no en el sentido de que lo hubieran visto antes, sino en el sentido de que lo reconocían, de que había en ese niño algo que correspondía a lo que sus tradiciones más antiguas describían como una presencia que vendría. El texto dice que los sacerdotes egipcios le rindieron homenaje al niño sin que nadie se los pidiera.
Eso tiene implicaciones sobre la universalidad del reconocimiento de lo que Jesús era que ningún texto del canon occidental desarrolla. La tradición cristiana estándar dice que Jesús fue el cumplimiento de las profecías del judaísmo, que el pueblo judío tenía las escrituras que anunciaban su llegada, que los gentiles, los no judíos, no tenían ese marco para recibirlo. Pero el evangelio árabe de la infancia describe sacerdotes egipcios que lo reconocen con su propio marco de referencia, completamente diferente al judío, antes de que ninguna enseñanza cristiana existiera para explicárselo, como si la señal que Jesús representaba fuera legible desde más de un sistema de comprensión de la realidad. Eso no es teológicamente conveniente para ninguna institución que necesite ser el único canal por el que Dios es accesible, pero es lo que el texto dice.
Hay un episodio en el mismo evangelio árabe de la infancia que resulta especialmente llamativo para lectores del siglo XXI. Durante el periodo en Egipto, una mujer del lugar tiene un hijo poseído por un espíritu que lo hace peligroso para quienes lo rodean. El niño ataca, destroza cosas, los médicos no han podido hacer nada y la madre, desesperada, lleva al niño ante Jesús. El texto dice que Jesús se sienta junto al niño perturbado, que no pronuncia palabras en voz alta, que simplemente lo mira durante un tiempo y que el espíritu sale, que el niño queda en paz. Que la madre llora y dice que el agua que había lavado al niño Jesús esa mañana, y que ella había guardado en un recipiente, fue lo que usó para ungir a su hijo perturbado y que eso había sido parte del proceso de curación. Sin palabras pronunciadas, solo la mirada y el agua que había estado en contacto con el cuerpo de Jesús como agente sanador.
Esas dos cosas juntas producen en el lector moderno una sensación que es difícil de clasificar como simplemente religiosa, porque la descripción funcional de lo que ocurre —una presencia que produce transformación en otro ser humano solo con su mirada— es una descripción que las tradiciones chamánicas de todas las culturas del mundo hacen con vocabulario diferente pero con una estructura muy similar. Y eso es exactamente lo que hace que estos textos sean perturbadores en el sentido más productivo de esa palabra; no porque contradigan la fe, sino porque la amplían hacia territorios que el pensamiento doctrinal estándar no ha cartografiado y que, sin embargo, corresponden a experiencias que seres humanos de todas las culturas y todas las épocas han reportado como reales.
Ahora voy a contarte algo sobre el contexto histórico y geográfico de la infancia de Jesús que la arqueología de los últimos 50 años ha confirmado y que añade una dimensión completamente diferente a lo que estos textos describen. Nazaret, la ciudad donde Jesús creció, no era en el primer siglo el pueblo pequeño y aislado que la narrativa estándar sugiere. La arqueología moderna ha confirmado que Nazaret estaba a 4 kilómetros de Séforis, una de las ciudades más cosmopolitas de la región de Galilea, que durante la infancia de Jesús estaba siendo reconstruida y expandida por Herodes Antipas con un programa de construcción masivo. Séforis tenía un teatro grecorromano, un ágora, termas públicas. Era un centro de intercambio cultural en el que convivían influencias judías, griegas, romanas y de culturas más lejanas.
Un carpintero de Nazaret en esa época, con el tipo de trabajo de construcción que el programa de Herodes demandaba, habría trabajado casi con certeza en las obras de Séforis, lo que significa que el taller de José no era el taller aislado de un artesano rural, era el taller de un hombre con acceso a uno de los centros culturales más activos de la región. Y el niño que creció en ese entorno tenía acceso, aunque fuera indirecto, a un mundo intelectual y cultural enormemente más amplio de lo que la imagen estándar de la infancia de Jesús sugiere.
¿Por qué importa eso para leer el evangelio de la infancia de Tomás? Porque uno de los elementos del texto que resulta más difícil de aceptar para los lectores con una imagen rural y aislada de la infancia de Jesús —la sofisticación de sus preguntas a los maestros, la familiaridad con categorías de pensamiento que van más allá del judaísmo estándar de su tiempo— adquiere en ese contexto arqueológico una plausibilidad que no tenía sin él. Un niño criado a 4 kilómetros de Séforis, por una madre con la formación que el protoevangelio de Santiago describe, en un hogar que el texto del evangelio árabe de la infancia sugiere que tuvo contacto directo con las tradiciones espirituales de Egipto durante los años de la huida, es un niño con un horizonte de experiencias y de conocimientos que ninguna descripción de aldea palestina ordinaria puede contener.
Y ahora llego a algo que el evangelio de la infancia de Tomás describe en sus páginas finales y que conecta todo lo que hemos visto con el Jesús adulto que aparece en los evangelios canónicos, y es lo más importante de todo lo que contiene. El texto termina con el episodio del templo a los 12 años, el mismo episodio que aparece en Lucas. María y José buscan a Jesús y lo encuentran en el templo discutiendo con los doctores.
Pero la versión del evangelio de la infancia de Tomás incluye un detalle que Lucas no incluye. Dice que, cuando sus padres lo encuentran, Jesús no está simplemente respondiendo las preguntas de los doctores, está interrogándolos sobre el significado de las secciones de la ley que ningún maestro ordinario habría tocado en presencia de un niño: relacionadas con la naturaleza del alma, con lo que ocurre después de la muerte, con la estructura del tiempo antes y después de la creación. Y que los doctores, los hombres más sabios del judaísmo de su época, estaban respondiendo a sus preguntas con la sensación de estar siendo conducidos hacia algo que no podían ver completamente pero que sentían que estaba ahí. El texto añade que uno de los doctores se acercó a María y le dijo:
— Dichosa tú entre las mujeres porque este niño de quien eres madre no fue engendrado de padre terrestre.
Esa observación de boca de un doctor de la ley judío en el templo de Jerusalén no es simplemente una confirmación de la concepción virginal que Lucas también describe. Es el reconocimiento de un experto en los textos sagrados de que lo que tiene delante no corresponde a ninguna categoría que esos textos hayan producido antes; que hay algo en ese niño que está fuera del mapa de lo conocido.
Y luego el texto dice que, cuando sus padres lo llevan de vuelta a Nazaret, algo cambia. Que en Nazaret, en la vida ordinaria del taller de José, el niño que hacía volar pájaros de barro y resucitaba muertos con palabras en un idioma que nadie reconocía se vuelve ordinario. Trabaja en el taller, aprende el oficio del carpintero, ayuda a su madre. Vive durante 18 años la vida más ordinaria que un ser humano puede vivir.
El texto no explica esa transición. No dice que sus poderes desaparecieron, no dice que los ocultó deliberadamente, simplemente describe que la vida ordinaria comenzó y que en esa vida ordinaria no hay registro de nada extraordinario durante 18 años. Y luego dice que, cuando llegó el tiempo, fue al Jordán.
Ese silencio de 18 años de vida ordinaria después de una infancia extraordinaria es el elemento del evangelio de la infancia de Tomás que los estudiosos encuentran más significativo de todos, porque sugiere algo que ninguna teología del siglo cuarto podía articular cómodamente y que, sin embargo, resulta, cuando lo piensas, perfectamente coherente con la naturaleza del mensaje que el Jesús adulto predicó.
Un ser de poder puro, sin la densidad que da la vida ordinaria, sin el conocimiento que solo se adquiere viviendo como vive cualquier ser humano, sin haber experimentado el cansancio del trabajo físico repetido día tras día, sin haber conocido la frustración de los proyectos que no salen como uno quiere, sin haber vivido la experiencia del duelo por alguien querido, sin haber sentido el peso de los años pasando sobre un cuerpo que envejece, ¿ese ser podría haber predicado el sermón de la montaña?
No podría haber sentido compasión por la multitud como la que siente alguien que ha sido parte de ella. No podría haber llorado ante la tumba de Lázaro de la manera en que llora alguien que sabe lo que es el duelo desde adentro y desde los huesos. El Jesús adulto que aparece en los evangelios canónicos lleva esos 18 años en el cuerpo, y el evangelio de la infancia de Tomás muestra lo que fue necesario recorrer para llegar a ellos; no como preludio, sino como parte esencial del proceso. Como el periodo en que la conciencia, que en la infancia actuaba desde un poder que superaba su criterio para ejercerlo, aprendió a través del trabajo y del tiempo ordinario a habitar completamente la condición humana que había elegido.
Hay una última conexión que este texto produce y que resulta imposible de ignorar para quien lo lee con atención. El Jesús que en el evangelio de la infancia de Tomás maldice a los que lo contrarían sin considerar las consecuencias, que hace morir al niño que choca con él de manera aparentemente impulsiva, que paraliza al maestro que lo reprende, ese Jesús es el mismo que en el evangelio de Marcos, el más antiguo de los cuatro, a veces reacciona con irritación; que en Juan expulsa a los mercaderes del templo volcando las mesas; que dice a los fariseos cosas que no tienen ningún tono de mansedumbre tranquila.
El Jesús adulto tiene en los textos canónicos, si los lees sin el filtro de la imagen que siglos de iconografía piadosa han construido, destellos de algo que el evangelio de la infancia de Tomás muestra en su forma más cruda y más sin filtrar. Es el mismo temperamento. Hay una transformación enorme entre el niño que hace morir al vecino y el adulto que perdona desde la cruz, pero el adulto que perdona desde la cruz no habría tenido el peso de ese perdón si no hubiera comenzado como el niño que en sus primeros años no entendía completamente las consecuencias de lo que hacía. La magnitud de lo que llegó a ser solo es comprensible si entiendes lo que fue antes.
Y lo que fue antes está en el texto que la Iglesia no quiso que leyeras. Eso es lo que el evangelio prohibido describe: no el catálogo de prodigios de un semidiós en miniatura, sino el retrato de una conciencia en proceso de hacerse completamente humana sin dejar de ser lo que era antes de ser humana. Un proceso que tuvo lugar en la infancia, en el taller de un carpintero, en las calles de Nazaret, en 18 años de los que no quedó registro visible porque lo más importante que ocurrió en ellos no dejaba huella exterior: ocurría por dentro, en el silencio del trabajo repetido, en la acumulación de días ordinarios, en el aprendizaje de que vivir completamente como ser humano, con todas las limitaciones y toda la densidad que eso implica, no es el obstáculo al desarrollo espiritual, es su condición más fundamental. Que la vida más sagrada posible puede vivirse en un taller de carpintería durante 18 años sin que nadie lo sepa y que el hecho de que nadie lo sepa no le quita un gramo de su peso.
Eso no vende misas, no construye la necesidad de un intermediario, no da a ninguna institución poder sobre la relación entre el creyente y lo que Dios es. Dice que el camino más profundo hacia lo divino pasa por la vida más ordinaria vivida con la presencia más completa posible, y que ese camino está disponible para cualquier ser humano sin excepción, sin intermediario, sin que ningún sistema externo pueda cerrar el acceso a él. Eso es lo que fue suprimido. No los milagros de los pájaros de barro ni la resurrección de Cenón, sino el proceso que esos milagros enmarcaban: la historia completa de cómo alguien se convierte en lo que fue y la implicación silenciosa de que ese proceso, en sus formas propias para cada ser humano, está disponible para todos.
El texto lleva siglos esperando ser leído sin el filtro de lo que se supone que debe decir. Ahora está aquí. Y la pregunta que deja abierta no es sobre Jesús, es sobre ti: sobre lo que haces con los años ordinarios que tienes, sobre lo que se está construyendo en el taller donde vives tu vida cuando nadie está mirando y cuando no ocurre nada que parezca extraordinario. Porque si el texto tiene razón, eso es exactamente el lugar donde ocurre lo más importante. Hasta ahora. Yeah.