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El espeluznante misterio sin resolver del duende de Zaragoza

El espeluznante misterio sin resolver del duende de Zaragoza

—Mírame a la cara, Pascuala —dijo doña Pilar Palazón con una calma tan afilada que cortaba más que un grito—. Mírame y dime que no eres tú.

La muchacha, con las manos aún húmedas de fregar los cacharros del desayuno, levantó los ojos desde el suelo de baldosas. Tenía diecisiete años, quizá dieciocho, aunque la pobreza siempre añadía edad al rostro de las chicas que entraban a servir en casas ajenas. Sus mejillas estaban pálidas, su moño mal recogido, su delantal manchado de ceniza. Frente a ella, la familia entera parecía haberse convertido en tribunal: don Antonio con los puños cerrados sobre la mesa, doña Pilar con el rosario apretado entre los dedos, la joven María abrazada a su hermano pequeño, y al fondo, junto al quicio de la puerta, el dueño del edificio observando como si aquello ya no fuera una vivienda, sino un escenario.

—Yo no he hecho nada, señora —susurró Pascuala.

—Entonces, ¿por qué te llama a ti? —preguntó María, con los ojos abiertos de terror—. ¿Por qué dice tu nombre?

La cocina quedó en silencio. El fuego de la estufa de leña había sido apagado minutos antes, pero el hierro todavía respiraba un calor oscuro. Nadie se atrevía a acercarse. Nadie quería ser el primero en mirar dentro de aquel hueco negro.

Don Antonio se pasó la mano por el bigote, intentando parecer dueño de una autoridad que se le escurría. Desde hacía tres semanas, su casa había dejado de pertenecerle. Los vecinos entraban sin pedir permiso, los agentes de policía se instalaban en las sillas, los periodistas esperaban en la calle, los curiosos gritaban desde la acera, y aquella voz —aquella maldita voz— salía de la cocina cuando quería, se reía cuando quería y humillaba a quien quería.

—Pascuala —dijo él—, si esto es una broma, dilo ahora. Si alguien te ha metido en esto, dilo. Si hay un hombre, un novio, un desgraciado escondido por algún sitio…

—No hay nadie.

Entonces la voz habló.

No vino de la garganta de Pascuala, ni de la puerta, ni del pasillo. Brotó de la pared, baja, ronca, burlona, como si alguien estuviera sonriendo dentro de la oscuridad.

—Mentirosos…

María soltó un chillido y se santiguó. Doña Pilar retrocedió hasta chocar con la alacena. El niño empezó a llorar. Don Antonio, que se había jurado a sí mismo que esa mañana pondría fin al asunto, se quedó clavado en el sitio.

Pascuala no se movió. Solo cerró los ojos, como quien reconoce una desgracia que ya viene de camino.

La voz volvió a reír.

—Pascuala… ven aquí.

—¡Cállate! —gritó doña Pilar, pero su grito no sonó como una orden, sino como una súplica.

—Ven aquí —repitió la voz—. Tengo frío. Tengo hambre. Tengo oscuridad.

El dueño del edificio salió al rellano sin decir palabra. En la escalera ya se oían pasos. Alguien había escuchado otra vez. Siempre escuchaban. Siempre acudían.

Y allí, en aquella cocina estrecha de Zaragoza, mientras España entera parecía partirse en dos por las calles, una familia común entendió que había cosas peores que la pobreza, peores que el escándalo, peores incluso que la vergüenza: que tu propia casa dejara de obedecer las leyes del mundo y empezara a hablarte desde dentro.

Todo había comenzado con una risa.

No una risa alegre, ni una carcajada de taberna, ni el eco de unos niños jugando en la escalera. Era una risa larga, histérica, descompuesta, una risa que subía y bajaba por el edificio como si no tuviera cuerpo. La primera en oírla fue una vecina del segundo, una viuda llamada doña Remedios, que vivía pendiente de cada ruido desde que su marido había muerto y la casa se le había quedado demasiado grande para sus pasos.

Aquella noche, al principio, pensó que serían muchachos en la calle. Se asomó al balcón y vio la vía casi vacía, humedecida por una llovizna fina. Zaragoza dormía con ese sueño inquieto de las ciudades que aparentan calma pero guardan discusiones detrás de cada persiana. Se oían carros lejanos, el ladrido de un perro, un tranvía perdiéndose hacia otra calle. Nada más.

Entonces la risa volvió, más cerca.

Doña Remedios abrió la puerta de su piso y salió al rellano con una bata sobre los hombros. La escalera estaba en penumbra. Miró hacia arriba, luego hacia abajo.

—¿Quién anda ahí?

La risa contestó como si la pregunta le hiciera gracia.

Pronto apareció don Vicente, un escribiente que vivía en el tercero y que tenía la costumbre de indignarse antes de entender nada. Luego bajó una costurera, después el hijo del casero, después una mujer con un candil. Las puertas se abrieron una tras otra. En pocos minutos, el edificio entero parecía haber despertado.

—Viene de arriba.

—No, viene de abajo.

—Está en la escalera.

—Está dentro de las paredes.

Aquella fue la primera noche en que los vecinos comprendieron que el sonido no obedecía a las distancias normales. En un momento parecía salir del techo; al siguiente, del hueco de la escalera; luego de la cocina de alguien; luego de ninguna parte. Subieron hasta el último piso, bajaron hasta el portal, miraron tras los armarios, golpearon paredes, abrieron ventanas. Nada.

El casero, don Emilio Calvo, salió con su hijo Arturo de la mano. Arturo era un niño delgado y serio, con esos ojos de los niños que escuchan más de lo que hablan. No entendía por qué los adultos estaban tan nerviosos, pero comprendió enseguida que algo no iba bien. Lo supo porque su padre, hombre de pocas supersticiones y mucha llave en el bolsillo, no regañó a nadie. Simplemente se quedó en medio de la escalera, mirando la oscuridad.

—Esto es una falta de respeto —dijo don Vicente—. Mañana llamo a la policía.

—¿Y qué les dirá usted? —respondió alguien—. ¿Que venga un agente a detener una risa?

No hizo falta. La risa cesó de golpe, sin apagarse poco a poco, sin alejarse, sin convertirse en tos ni en conversación. Cesó como si alguien hubiera cerrado una boca invisible.

Los vecinos permanecieron allí un rato más, incómodos, avergonzados por el miedo que acababan de compartir. Poco a poco regresaron a sus pisos. Las puertas se cerraron. Las camas volvieron a crujir. Pero nadie durmió bien.

Al día siguiente, la risa ya era comentario de portal, de patio, de mercado y de panadería. Unos decían que era una broma de estudiantes. Otros, que el edificio estaba viejo y cualquier ruido se deformaba en la chimenea. Doña Remedios aseguraba que había sentido un aliento frío al pasar junto a la escalera, pero doña Pilar Palazón la mandó callar con una mirada, porque en su casa no se alimentaban cuentos de viejas.

Los Palazón ocupaban uno de los pisos más comentados del edificio. No porque fueran ricos, que no lo eran, sino porque don Antonio cuidaba su reputación con más empeño del que cuidaba sus cuentas. Había heredado un pequeño negocio de suministros, lo suficiente para vestir con decoro, recibir visitas respetables y mirar por encima del hombro a quienes no podían pagar el alquiler a tiempo. Doña Pilar era devota, severa y orgullosa de una limpieza que rozaba la obsesión. Su hija María, de veinte años, vivía en esa edad en la que una joven era tratada como niña cuando opinaba y como mujer cuando convenía casarla. El hijo menor, Luisito, todavía creía que los adultos lo sabían todo.

Pascuala Alcácer había llegado a servir a la casa unos meses antes, recomendada por una prima lejana. Era de manos rápidas y voz baja. Sabía encender la estufa, remendar, subir cubos de agua, callar cuando discutían los señores y hacerse invisible en los momentos adecuados. Pero su invisibilidad no era perfecta. María la observaba a veces con una mezcla de compasión y resentimiento; doña Pilar la corregía por detalles mínimos; don Antonio apenas reparaba en ella, salvo cuando faltaba algo en la mesa.

Aquella mañana, Pascuala entró en la cocina pensando en la risa de la noche anterior solo como se piensa en una tormenta que no nos ha mojado. Otros la habían oído, ella no. Había dormido en un cuarto pequeño, lejos de la escalera, agotada por las faenas del día. Encendió la vieja estufa de leña y esperó a que el fuego prendiera.

Entonces lo oyó.

—No… me haces daño.

La voz era débil, alargada, casi infantil. Pascuala se quedó quieta con un puñado de leña en la mano.

—¿Señorita María?

Nadie respondió.

Asomó la cabeza al pasillo. En el comedor se escuchaban platos y la tos de don Antonio. Doña Pilar hablaba con su hija sobre unas telas. Luisito tarareaba algo desafinado. Nadie estaba en la cocina.

Pascuala regresó despacio. La voz volvió, esta vez más clara.

—Me haces daño.

Venía de la estufa.

Años después, cuando los curiosos le preguntaran qué sintió en aquel instante, Pascuala no sabría decir si fue miedo o vergüenza. El miedo, al menos, habría sido fácil de explicar. La vergüenza era más extraña. Sintió como si hubiese sorprendido a alguien desnudo, encerrado, indefenso. Como si aquella cosa dentro del hierro no quisiera ser oída por todos, sino solo por ella.

Se arrodilló y abrió la portezuela.

El interior estaba oscuro, rojo en el fondo por las brasas recién nacidas. No había nada. Ningún animal, ningún trozo de tela, ninguna mano atrapada.

—¿Quién hay? —preguntó.

El fuego crujió.

Pascuala alargó la mano para apartar un leño.

La voz gritó:

—¡Luz! ¡Luz! ¡No veo!

La muchacha cayó hacia atrás y salió de la cocina dando un alarido.

La familia acudió corriendo. Don Antonio creyó que se había quemado. Doña Pilar la sujetó por los hombros y la sacudió.

—¿Qué pasa? ¿Qué has roto?

—Hay alguien —balbuceó Pascuala—. En la estufa.

Luisito, que hasta entonces se había sentido valiente, se escondió detrás de su hermana.

—¿Alguien? —repitió don Antonio.

Fueron a mirar. Don Antonio, armado con un atizador como si esperara encontrar un ladrón diminuto entre las cenizas, abrió la puerta de la estufa. El humo le irritó los ojos. No vio nada.

—Aquí no hay nadie.

—Ha hablado.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Pascuala —dijo doña Pilar—, no empieces.

Pero entonces sonaron tres golpes. No en la puerta. No en el techo. En la pared junto a la estufa.

Toc. Toc. Toc.

Nadie respiró.

—María… —dijo la voz desde la oscuridad.

La hija de los Palazón se llevó la mano a la boca.

Aquello cambió el tono de todo. Si la voz hubiera dicho cualquier otro nombre, si hubiera pedido agua, si hubiera llorado, quizá aún habría sido posible mantener la calma. Pero al decir “María” convirtió el fenómeno en amenaza doméstica. Ya no era un ruido del edificio; era algo que conocía a la familia.

Don Antonio ordenó revisar la chimenea. Subieron al piso superior, preguntaron a los vecinos, inspeccionaron los respiraderos, miraron el tejado. La hipótesis más razonable era que alguien, desde otro punto del edificio, estuviera introduciendo la voz por el tiro de la estufa. Un estudiante ocioso, un vecino resentido, un bromista de mala entraña. Pero nadie confesó. Nadie se rió. Nadie pareció culpable.

Esa tarde, cuando el asunto ya corría de boca en boca, varios vecinos llamaron a la puerta de los Palazón con excusas ridículas: pedir sal, devolver una fuente, preguntar por una costura. Todos querían escuchar.

La voz no los decepcionó.

Al principio se mostró tímida, casi quejumbrosa. Gemía, suspiraba, pedía luz. Luego empezó a contestar. Si alguien preguntaba “¿estás ahí?”, respondía con una risa baja. Si alguien se acercaba demasiado, decía “quema”. Si doña Pilar rezaba, la imitaba con una entonación grotesca que ponía los pelos de punta. Don Vicente, el escribiente, quiso mostrarse racional y preguntó:

—¿Quién eres?

—El amo —dijo la voz.

—¿El amo de qué?

—De la casa.

La palabra corrió después por el edificio: duende. No fantasma, no demonio, no alma en pena. Duende. Algo de casa, algo escondido entre la madera, el hierro, el hollín y las grietas. Un ser travieso, sí, pero también caprichoso. Una criatura que no necesitaba aparecer porque le bastaba con ser oída.

Durante los primeros días, el miedo convivió con la curiosidad. Las personas se acercaban a la cocina como quien se acerca a la jaula de un animal raro. Don Antonio se enfadaba, pero permitía la entrada porque también él necesitaba testigos. Era mejor que otros escucharan. Era mejor no estar solo con aquello.

—Pregúntale algo —decían.

—Que diga cuántos somos.

—Que diga mi nombre.

Y la voz, a veces, acertaba. No siempre. Algunas veces respondía con burlas, otras con silencios. Pero cuando acertaba, cuando llamaba a alguien por su nombre sin que nadie lo hubiera pronunciado, la cocina entera parecía encogerse.

Pascuala intentaba mantenerse lejos. Cada vez que entraba a preparar la comida, sentía los ojos de la familia sobre ella. Si la voz hablaba, todos la miraban a ella. Si no hablaba, también la miraban, como si su silencio demostrara algo.

Una noche, cuando ya se habían apagado las luces, Pascuala oyó que la llamaban desde la cocina.

—Pascuala…

Se cubrió la cabeza con la manta.

—Pascuala…

El cuarto era pequeño, sin más compañía que una silla y un baúl. La voz no sonaba allí dentro, sino lejos, amortiguada, como si atravesara pasillos y paredes solo para encontrarla.

—Ven.

Ella apretó los dientes.

—No.

La risa que siguió fue tan fuerte que despertó a la familia.

Desde entonces, el edificio dejó de vivir de día y de noche como antes. Los vecinos dormían con un oído despierto. Los niños inventaban historias. Las mujeres hacían la compra en grupos para comentar el último suceso. Los hombres, que al principio se burlaban, empezaron a acudir con más frecuencia al piso de los Palazón. Incluso quienes negaban creer en nada extraordinario se quedaban demasiado tiempo cerca de la cocina.

España, mientras tanto, ardía de otra manera. En los cafés se discutía de política con la misma intensidad con que se hablaba del duende. La República, los obreros, los militares, los curas, los periódicos, los disturbios, los rumores de revolución: todo parecía formar parte de una misma inquietud. En una época en la que el país entero dudaba de su futuro, una voz inexplicable en una estufa resultaba casi natural. Como si la casa hubiera decidido hacer en pequeño lo que España hacía en grande: hablar desde las paredes, reírse de la autoridad, amenazar sin mostrar el rostro.

Cuando la policía llegó por fin, nadie supo si sentirse aliviado o humillado.

Eran dos agentes al principio, acompañados por un superior con bigote fino y gesto de cansancio. Habían oído rumores, claro. Toda Zaragoza los había oído. Pero una cosa era escuchar chismes en la calle y otra entrar en una cocina donde media docena de vecinos esperaban en silencio alrededor de una estufa.

—A ver —dijo el superior—. ¿Dónde está el duende?

La voz respondió desde el hierro:

—Ahí viene el listo.

El agente se quedó inmóvil. Los vecinos se miraron. Don Antonio palideció, no por miedo, sino porque había deseado desesperadamente que la policía entrara, mirara la estufa, encontrara el truco y terminara con su vergüenza. Pero la voz había hablado delante de ellos.

El agente se recompuso.

—¿Quién ha dicho eso?

—Tú lo sabes —respondió la voz.

—¿Cómo me llamo?

La voz soltó una risa breve y dijo su apellido.

El hombre no dijo nada durante unos segundos. Luego ordenó que todos salieran menos la familia y los agentes. Quería controlar la situación, reducir testigos, observar. Apagó la luz de la cocina de golpe.

—¡Luz! —gritó la voz—. ¡Enciende!

El agente volvió a encenderla.

—¿Cuántos somos aquí?

La voz dio el número correcto.

—¿Quieres dinero?

—No.

—¿Quieres comida?

—No.

—¿Quieres trabajo?

La risa llenó la cocina con un desprecio imposible.

—No soy un hombre.

Doña Pilar se santiguó tan rápido que el rosario se le enredó en los dedos.

Para la policía, aquello no podía ser sobrenatural. No debía serlo. La autoridad no tenía procedimientos para duendes, pero sí para bromistas, farsantes y alteradores del orden público. Se organizó una investigación. Arquitectos, albañiles, técnicos y agentes revisaron el edificio. Golpearon muros, midieron huecos, examinaron chimeneas, inspeccionaron el sótano, el tejado, la cafetería de la planta baja, los pisos vecinos. El viejo inmueble de Gascón de Gotor número dos fue abierto como un cuerpo enfermo.

No encontraron nada.

Durante una inspección, un albañil se arrodilló frente al tiro de la cocina para medir la abertura. Sacó la cinta métrica con manos seguras, pues era hombre acostumbrado a confiar en ladrillos, yeso y números.

—No hace falta —dijo la voz—. Setenta y cinco centímetros.

El albañil se quedó helado. Midió de todos modos. Setenta y cinco.

Dejó las herramientas allí mismo y salió sin mirar atrás. No volvió a reclamarlas.

A partir de entonces, la historia escapó definitivamente del edificio. Los periódicos se apoderaron del duende como si fuera un regalo caído del cielo en días de noticias demasiado graves. Publicaban crónicas, dibujos, testimonios, especulaciones. Unos escribían con sorna; otros, con alarma. La voz se convirtió en personaje. “El fantasma educado”, “el duende burlón”, “la voz de Zaragoza”. Los lectores querían detalles. Los periódicos se los daban.

La calle se llenó.

Al principio eran curiosos del barrio. Luego llegaron personas de otras zonas. Después, forasteros. Había quienes acudían con devoción, convencidos de que presenciarían un milagro o una señal del más allá. Había quienes iban por diversión, como si el edificio fuera una barraca de feria. Había jóvenes que se cubrían con sábanas en los tejados cercanos para asustar a las muchachas, hombres que fingían ser funcionarios para intentar entrar, vendedores ambulantes que aprovechaban la multitud para vender castañas, estampas, periódicos, tabaco.

El miedo, cuando se hace público, se parece mucho a una fiesta.

Don Antonio odiaba aquello. Cada grito en la calle le parecía una mancha sobre su apellido. Doña Pilar dejó de asomarse al balcón. María lloraba por las noches, convencida de que nadie la pediría en matrimonio después de aquello. Luisito presumía en la escuela de tener un duende en casa y luego regresaba aterrorizado, porque los otros niños le preguntaban si el duende se metía debajo de su cama.

Y Pascuala empezó a perder peso.

No comía. No dormía. Si caminaba por el mercado, las mujeres dejaban de hablar. Los hombres la miraban con una curiosidad sucia. Algunas personas se acercaban solo para preguntarle:

—¿Es verdad que habla contigo?

—¿Cómo lo haces?

—Dinos una cosa con la voz del duende.

Ella bajaba la cabeza y apretaba el paso.

En la casa, la tensión familiar se volvió insoportable. Doña Pilar empezó a verla como una presencia contaminada. Don Antonio intentaba ser justo, pero su justicia dependía del humor del día y del número de curiosos que hubiera gritado bajo su ventana.

—Desde que llegó ella —dijo una noche doña Pilar, creyendo que Pascuala no escuchaba—, esta casa no conoce paz.

—No digas disparates —respondió don Antonio.

—¿Disparates? La llama por su nombre. Se ríe cuando ella entra. Se calla cuando ella quiere.

—También habló cuando estaba la policía.

—Pero ella estaba allí.

María, que cosía junto a la lámpara, no levantó la vista.

—Madre, ¿y si no fuera culpa suya?

Doña Pilar la miró con dureza.

—En esta vida, hija, las desgracias no entran solas. Alguien les abre la puerta.

Pascuala, desde el pasillo, sintió que aquella frase la atravesaba.

Los investigadores trajeron después médicos y psiquiatras. La modernidad, con sus palabras nuevas, entró en la cocina como antes habían entrado los rosarios y el agua bendita. Uno de aquellos hombres, el doctor Joaquín Gimeno Aira, era conocido por su inteligencia y por esa clase de seguridad que confunde la duda con debilidad. Observó a la familia, hizo preguntas, pidió que nadie interrumpiera. Pero muy pronto su interés se clavó en Pascuala.

—¿Cuándo oyó usted la voz por primera vez?

—En la cocina.

—¿Estaba sola?

—Sí.

—¿Qué decía?

—Que le hacía daño.

—¿A quién le hacía daño?

—No lo sé.

—¿No lo sabe o no quiere decirlo?

Pascuala lo miró, desconcertada.

—No lo sé, señor.

El doctor anotó algo.

—¿Ha tenido usted ataques de nervios?

—No.

—¿Sueños extraños?

—No más que nadie.

—¿Le gusta llamar la atención?

La muchacha se puso roja.

—No.

—¿Ha imitado voces alguna vez?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

El interrogatorio duró más de una hora. Al salir, el doctor habló con don Antonio en voz baja, pero no tan baja como para que Pascuala no entendiera algunas palabras: histeria, sugestión, ventriloquia inconsciente.

El término empezó a circular como una sentencia antes incluso de ser explicación. Ventriloquia inconsciente. Sonaba científico, lo suficiente para calmar a quienes necesitaban una respuesta, y humillante, lo bastante para señalar a una culpable sin demostrar delito. Según el doctor, Pascuala podía estar produciendo la voz sin saberlo, bajo un estado nervioso, proyectándola de tal manera que parecía salir de la estufa o de la pared. La cocina, con sus superficies duras y su chimenea, actuaría como caja de resonancia.

—Pero la voz habló cuando ella no estaba —protestó María una tarde.

—Eso dicen —respondió doña Pilar.

—Yo lo oí.

—Tú estabas asustada.

—Madre, ¿por qué quieres que sea ella?

Doña Pilar dejó de doblar la ropa.

—Porque si es ella, se acaba. Si no es ella, ¿qué nos queda?

Aquella era la verdad que nadie quería decir. Culpar a Pascuala era cruel, pero ofrecía una puerta de salida. Si la criada era la causa, bastaba con echarla. Si no lo era, entonces la casa estaba abierta a algo que no entendían, y ninguna familia respetable podía vivir con eso.

Para probar la teoría, la enviaron un día entero fuera del edificio con un recado inventado. Pascuala caminó por la ciudad con el corazón encogido. Sabía que no se trataba de comprar ni de entregar nada. La estaban apartando como se aparta una pieza para ver si el mecanismo deja de funcionar.

Al regresar, encontró a María esperándola en la escalera.

—Ha hablado —susurró la joven.

Pascuala sintió primero alivio. Luego terror. Si la voz hablaba sin ella, tal vez al fin la creerían. Pero cuando entró en la cocina, el doctor la miró como si el hecho no cambiara nada.

—La sugestión colectiva puede ser muy poderosa —dijo.

—Yo no estaba —respondió Pascuala.

—Precisamente.

Ella no entendió, y quizá esa fue la trampa. Las explicaciones de los hombres instruidos podían acomodarse a todo. Si la voz hablaba con ella presente, era culpa de ella. Si hablaba ausente, también. Si se callaba, era porque ella controlaba el fenómeno. Si se reía, era porque su inconsciente deseaba burlarse. No había salida.

Mientras tanto, el duende parecía disfrutar del cerco. Cuando alguien repetía la teoría del doctor, la voz se reía hasta que los cristales vibraban.

—Pascuala, Pascuala —canturreaba—. Pobre Pascuala.

Una noche, con la cocina llena de agentes, la voz dijo:

—Cobardes. Aquí estoy.

Don Antonio, agotado, golpeó la mesa.

—¿Qué quieres de nosotros?

—Nada.

—Entonces, ¿por qué no te vas?

—Porque me escucháis.

La frase cayó como una piedra en agua quieta.

Porque me escucháis.

Durante días, María no pudo dejar de pensar en aquellas palabras. Empezó a preguntarse si el duende no necesitaba una chimenea, ni una criada, ni un truco. Tal vez solo necesitaba oídos. En una casa donde todos callaban lo importante, donde su madre rezaba para no hablar, donde su padre ocultaba deudas, donde Pascuala tragaba humillaciones, donde ella misma sonreía a pretendientes que no le interesaban, una voz que decía lo que quería resultaba obscena y fascinante.

María empezó a acercarse a Pascuala de otra manera. Una tarde, mientras la muchacha pelaba patatas con movimientos mecánicos, la joven se sentó frente a ella.

—¿Te da miedo?

—Sí.

—¿Crees que es un muerto?

—No lo sé.

—¿Crees que es un demonio?

Pascuala negó despacio.

—Los demonios no piden luz.

María se estremeció.

—¿Y qué pide?

Pascuala dejó el cuchillo sobre la mesa.

—Que me acerque.

—No lo hagas.

—No quiero hacerlo.

—Entonces no lo hagas.

Pascuala sonrió con tristeza.

—Usted no sabe lo que es que toda una casa espere que hagas algo y luego te culpe por hacerlo.

María bajó la vista. Porque sí lo sabía, de otra manera.

El gobernador intervino cuando la situación se volvió insostenible. Las multitudes bloqueaban la calle, la policía perdía autoridad, los periódicos alimentaban el escándalo y el edificio se había convertido en un símbolo ridículo de desorden en una ciudad que ya tenía demasiados problemas. Se ordenó un control más severo. Se colocaron barreras. Se restringió el acceso. Se pidió a la prensa moderación, incluso silencio temporal. Los residentes fueron evacuados durante una nueva inspección.

Aquella mañana, Pascuala salió del edificio con una maleta pequeña. Doña Pilar no la miró al despedirse. Don Antonio le dijo que sería solo por unas horas. María le apretó la mano a escondidas.

—No te vayas lejos.

—No tengo dónde ir —respondió Pascuala.

Los soldados en la calle parecían exagerados, casi teatrales, pero su presencia cambió el ambiente. Ya no era feria. Era asunto de Estado. La casa fue revisada otra vez. Se cortaron posibles comunicaciones, se inspeccionaron huecos, se vigilaron entradas y tejados. Nada.

Durante cuarenta y ocho horas, la voz apenas se manifestó. Los escépticos se sintieron reforzados: sin vecinos, sin criada, sin público, el duende perdía fuerza. Pero cuando un agente, cansado de esperar, entró en la cocina y preguntó en tono burlón si seguía allí, la voz respondió con una carcajada baja.

Luego insultó a la policía.

Después amenazó a la familia Palazón.

—Los mataré. A todos.

Aquella amenaza fue repetida por quienes la oyeron con más adornos cada vez. Algunos dijeron que la voz sonó como un anciano; otros, como una bestia; otros, como un hombre escondido en un pozo. Pero todos coincidieron en el efecto: por primera vez, el duende dejó de ser travieso y se volvió peligroso.

Doña Pilar se negó a volver aquella noche. Don Antonio, presionado por la vergüenza y por la necesidad de demostrar que seguía siendo cabeza de familia, decidió regresar. María no quiso dejarlo solo. Luisito fue enviado con una tía.

Pascuala volvió porque nadie le preguntó si quería.

La cocina estaba fría cuando entraron. Durante un rato no ocurrió nada. Los vecinos, autorizados a regresar, se agolparon discretamente en el pasillo. Don Vicente murmuraba que todo terminaría pronto. Doña Remedios llevaba una medalla en la mano. Arturo, el hijo del casero, observaba desde la puerta con una seriedad impropia de su edad.

Entonces la voz gritó:

—¡Cobardes!

Todos retrocedieron.

—¡Cobardes! ¡Aquí estoy!

La carcajada que siguió pareció sacudir la casa entera.

Arturo no olvidaría jamás aquel momento. Mucho después, cuando ya fuera un hombre viejo y la ciudad hubiera cambiado de rostro, seguiría recordando el olor de la cocina: hollín, humedad, miedo humano. Recordaría a Pascuala de pie junto a la pared, más delgada que nunca. Recordaría a don Antonio intentando proteger a su familia sin saber de qué lado venía el peligro. Recordaría, sobre todo, la sensación de que la voz no salía de un lugar, sino de una intención. Como si la casa hubiera aprendido a despreciarlos.

Días después, llegó el veredicto informal que todos esperaban y temían. Las autoridades aceptaron la explicación del doctor: ventriloquia inconsciente de Pascuala Alcácer. No había duende. No había fantasma. No había enemigo oculto. Había una joven nerviosa, impresionable, quizá enferma, convertida sin saberlo en origen de la perturbación.

La ciudad respiró.

No porque creyera del todo la explicación, sino porque necesitaba una.

Los periódicos cambiaron el tono. Donde antes había misterio, empezó a haber burla. La criada ventrílocua. La muchacha que engañó a media Zaragoza sin saberlo. La pobre histérica. La culpable involuntaria. Para algunos, fue un final divertido. Para otros, una decepción. Para la familia Palazón, una posibilidad de recuperar la normalidad. Para Pascuala, una condena.

Doña Pilar la llamó una tarde al comedor. No la hizo sentarse.

—Comprenderás que no puedes seguir aquí.

Pascuala asintió. Había imaginado esa frase tantas veces que, cuando llegó, apenas la sintió.

—No es castigo —añadió don Antonio, aunque sonó exactamente como castigo—. Es por el bien de todos. También por el tuyo.

María quiso protestar, pero su madre la silenció con una mirada.

—Se te pagará lo debido —dijo doña Pilar—. Y una recomendación… prudente.

Prudente quería decir inútil. Nadie contrataría fácilmente a la criada del duende.

Pascuala subió a su cuarto, guardó sus pocas cosas y bajó sin llorar. En la escalera, Arturo la vio pasar.

—¿Te vas? —preguntó el niño.

—Sí.

—¿Volverá si te vas?

Pascuala lo miró con una tristeza infinita.

—No lo sé.

—Yo creo que no eres tú.

Ella se agachó un poco, hasta quedar a su altura.

—Entonces acuérdate de eso cuando seas mayor.

Arturo no entendió por qué aquellas palabras le sonaron a despedida definitiva.

La voz continuó algunos días después de la partida de Pascuala. No con la misma frecuencia, no con el mismo vigor, pero se oyeron risas, golpes, murmullos. Algunos vecinos lo contaron. Otros prefirieron callar. Para entonces, la ciudad ya había aceptado la versión oficial y no quería complicaciones. Si el duende hablaba sin Pascuala, era mejor no decirlo demasiado alto. Las verdades que llegan tarde suelen estorbar.

Después, de pronto, cesó.

No hubo despedida, ni gran manifestación, ni última amenaza. Una mañana, la estufa simplemente volvió a ser estufa. La pared volvió a ser pared. La cocina recuperó sus ruidos normales: cazuelas, leña, pasos, respiraciones. Durante semanas, cada pequeño crujido hizo que todos se quedaran inmóviles. Pero la voz no regresó.

El edificio siguió en pie muchos años, aunque nunca volvió a ser exactamente el mismo. Para algunos vecinos, fue una anécdota que contar con el tiempo, exagerándola o reduciéndola según la compañía. Para otros, una herida. Los Palazón cambiaron de piso al cabo de un tiempo. María se casó con un comerciante de Huesca, no por amor apasionado, sino por una necesidad de empezar en un lugar donde nadie señalara su antigua cocina. Luisito creció negando que hubiera tenido miedo. Doña Pilar envejeció rezando por cosas que jamás nombraba.

Don Antonio murió convencido de que lo peor del duende no había sido la voz, sino la multitud. Que una familia podía sobrevivir a un misterio, pero no a convertirse en espectáculo.

Pascuala, en cambio, no sobrevivió del todo.

Se marchó de Zaragoza durante un tiempo. Trabajó en casas pequeñas, siempre con otro nombre cuando podía. Pero la historia la perseguía. Alguien la reconocía por un periódico viejo, por una fotografía, por una descripción repetida. “¿Tú eres la del duende?” “Haz la voz.” “Di algo desde la pared.” “¿Era verdad?” Al principio lo negaba con energía. Luego con cansancio. Después dejó de responder.

La culpa ajena se le pegó como humedad. No importaba que ella jurara no haber hecho nada. La gente prefería una criada extraña a una casa inexplicable. Y cuanto más negaba, más sospechosa parecía. Se volvió reservada, desconfiada, silenciosa. El mundo le enseñó que una muchacha pobre podía ser condenada no por lo que hacía, sino por lo que otros necesitaban que hubiera hecho.

Pasaron los años. España cayó en heridas más grandes que una voz en una estufa. Llegó la guerra, llegaron pérdidas, llegaron silencios más hondos. El duende de Zaragoza se convirtió en rareza de hemeroteca, en historia para curiosos, en nota pintoresca de una ciudad que había conocido tragedias mucho más visibles. El edificio fue demolido con el tiempo. En su lugar se levantó otro, moderno, limpio, sin la vieja cocina, sin la chimenea, sin la escalera donde los vecinos habían perseguido una risa.

Pero alguien decidió conservar el nombre.

Duende.

Así se llamó el nuevo edificio, como si la ciudad, incapaz de resolver el misterio, hubiera optado por convertirlo en adorno.

Décadas más tarde, un periodista joven, obsesionado con historias olvidadas, encontró a Pascuala en una habitación modesta de las afueras. Ya era anciana. Tenía las manos deformadas por el trabajo y los ojos aún alertas, como si una parte de ella siguiera esperando que alguien la llamara desde otra habitación.

El periodista no esperaba que aceptara hablar. Muchos antes habían intentado obtener de ella una confesión, una explicación, una frase vendible. Pero aquel hombre no le pidió que imitara voces ni le preguntó si había engañado a la ciudad. Solo dejó sobre la mesa una copia amarillenta de un periódico y dijo:

—Creo que le hicieron daño.

Pascuala miró el papel sin tocarlo.

—Los papeles siempre dicen lo que les conviene.

—¿De dónde venía la voz?

La anciana tardó en responder. Afuera, una persiana golpeaba suavemente con el viento. En la habitación olía a sopa, cera y ropa guardada.

—De la pared —dijo al fin.

—¿Nada más?

Pascuala sonrió apenas.

—Usted quiere que le diga de qué pared vienen las cosas. Pero hay paredes que no están hechas de ladrillo.

El periodista guardó silencio.

—En aquella casa todos tenían miedo —continuó ella—. La señora tenía miedo de la vergüenza. El señor, de perder el respeto. La hija, de quedarse encerrada en una vida que no quería. Los vecinos, de que el mundo no fuera como les habían dicho. La policía, de parecer inútil. Los médicos, de no tener palabras. Y yo… yo tenía miedo de que todos decidieran que el miedo era mío.

—¿Cree que era sobrenatural?

Pascuala miró hacia la ventana.

—Creo que habló. Eso es lo único que sé.

—¿Y por qué se detuvo?

La anciana cerró los ojos. Durante un instante, el periodista pensó que se había dormido.

—Porque ya había conseguido lo que quería.

—¿Qué quería?

—Que alguien pagara.

El periodista sintió un escalofrío.

—¿Y pagó usted?

Pascuala abrió los ojos.

—Toda mi vida.

No dijo mucho más. Murió al año siguiente, sin hijos, sin familia cercana, sin haber confesado jamás nada. En sus pocas pertenencias se encontraron delantales viejos, una medalla de la Virgen, dos cartas sin enviar y un recorte de periódico doblado con cuidado. En el margen, escrito con letra temblorosa, había una frase:

“No era mi voz.”

Arturo Calvo, el niño del casero, supo de aquella entrevista cuando ya era un hombre mayor. Había pasado la vida intentando ordenar sus recuerdos. A veces se convencía de que todo había sido exageración, sugestión, miedo colectivo. Otras noches, al escuchar una tubería vieja, volvía a estar en la cocina de los Palazón, oyendo aquella voz decirle: “No estoy loco, pequeño.”

Arturo fue al nuevo edificio una tarde de invierno. La fachada ya no tenía nada del inmueble antiguo. Personas modernas entraban y salían sin mirar la placa. Nadie parecía sentir que bajo aquellos suelos hubiera existido una cocina donde media ciudad había contenido la respiración.

Se quedó ante el nombre: Duende.

No rezó. No se santiguó. No llamó a nadie. Solo apoyó la mano en la pared exterior, fría y lisa.

Durante muchos años había pensado que el misterio consistía en averiguar quién produjo la voz. Si Pascuala, un bromista, un vecino oculto, un fenómeno psicológico, una entidad, una trampa acústica. Pero con la edad había llegado a otra conclusión, más amarga y más clara: el misterio no era solo la voz. El misterio era la rapidez con que todos estuvieron dispuestos a sacrificar a una muchacha para recuperar la tranquilidad.

Porque una casa puede crujir. Una chimenea puede engañar. Una multitud puede imaginar. Un periódico puede adornar. Un médico puede equivocarse. Una ciudad puede mentirse a sí misma.

Pero una vida arruinada es real.

Arturo apartó la mano de la pared.

Por un instante, creyó escuchar algo. No una palabra. No una risa. Apenas un susurro del viento entre los balcones, un ruido sin importancia que cualquier hombre sensato habría ignorado.

Aun así, se quedó quieto.

—Pascuala —murmuró—, yo me acuerdo.

El viento cesó.

Y por primera vez desde su infancia, Arturo no sintió miedo. Sintió vergüenza. Sintió compasión. Sintió que, tal vez, todos los duendes de este mundo nacen cuando una casa guarda demasiados secretos y nadie se atreve a decir la verdad en voz alta.

Luego se alejó despacio, mezclándose con la gente de la calle.

El edificio permaneció en silencio.

Esta vez, para siempre.