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Los actos íntimos del rey afeminado y su terrible final con una barra al rojo vivo en las nalgas

Corría el oscuro y tormentoso año de mil trescientos veintisiete cuando los fríos e imponentes muros del castillo de Berkeley, en Inglaterra, fueron testigos de un evento tan horrendo que aún hoy hiela la sangre. Muchos historiadores contemporáneos y modernos continúan debatiendo si este acto macabro fue una simple venganza personal, un retorcido acto de justicia política o una exhibición extrema de la inagotable crueldad humana. Eduardo Segundo, el otrora ungido y reverenciado rey de Inglaterra, yacía abandonado en una celda húmeda, maloliente y alejada de toda la grandeza y los lujos cortesanos que alguna vez lo rodearon.

El monarca caído esperaba allí un destino trágico y oscuro que ningún soberano, por muy errático que hubiera sido su reinado, debería jamás tener que enfrentar en su vida mortal. Se cuenta que en esa fatídica y tormentosa noche de septiembre, sus gritos desgarradores y agudos resonaron con fuerza entre las antiguas y desgastadas piedras de la inexpugnable fortaleza británica. Aquellos lamentos aterradores helaron la sangre de los estoicos guardias nocturnos, obligando incluso a los hombres más curtidos en la guerra a apartar la mirada con un profundo horror.

Pero resulta verdaderamente imperativo preguntarse cómo un monarca de su talla, ungido por la mismísima gracia divina y descendiente directo de reyes conquistadores gloriosos, pudo terminar sus días de una manera tan absolutamente miserable. La respuesta a este complejo enigma histórico reside en las decisiones equivocadas que tomó, los afectos prohibidos que eligió cultivar con devoción y la forma en que escandalizó repetidamente a su propia corte. Eduardo no era simplemente un rey débil o torpe en el manejo de la espada, sino un hombre singular que desafió las normas más rígidas de su época con una sinceridad peligrosamente honesta.

Con sus acciones impulsivas y su corazón indomable, el joven monarca terminó sellando su propio y fatídico destino con sus propias manos, desoyendo constantemente las advertencias de sus consejeros más ancianos y leales. Su tumultuosa existencia es una trágica historia de poder absoluto, deseo irrefrenable, traición palaciega y un desenlace tan atroz que parece haber sido arrancado de las páginas más sombrías de la historia universal. Muchos eruditos se preguntan hoy en día qué circunstancias concretas llevaron a este monarca a expirar en la forma más humillante e inhumana que la mente de sus crueles captores pudiera llegar a imaginar.

¿Realmente merecía aquel hombre una crueldad tan desmesurada tras haber perdido el apoyo incondicional de su pueblo y la lealtad de su propia esposa? Antes de adentrarnos en los detalles más escabrosos de esta historia trágica, resulta fundamental comprender el contexto familiar y social que moldeó el carácter del futuro monarca desde su más tierna infancia. La corte inglesa de finales del siglo trece era un ecosistema implacable donde la debilidad se castigaba sin piedad y la fuerza bruta dictaba el curso inalterable de las leyes del reino.

Eduardo Segundo nació en el lejano año de mil doscientos ochenta y cuatro, siendo el cuarto hijo varón del temible y respetado rey Eduardo Primero. Su padre era un monarca guerrero de pura cepa, célebremente conocido como el Martillo de los Escoceses, un estratega brillante que conquistó vastos territorios y se ganó el respeto a través de la fuerza y el miedo. Nadie en aquel momento esperaba que ese niño rubio, de ojos claros y semblante siempre pacífico, llegara algún día a ceñirse la pesada corona de Inglaterra sobre sus sienes.

Después de todo, el joven príncipe tenía tres hermanos mayores por delante en la estricta línea de sucesión, lo que parecía garantizarle una vida holgada y alejada de la máxima responsabilidad política. Sin embargo, la muerte siempre ha sido esa vieja y macabra aliada de los palacios medievales, rondando los fríos pasillos con su guadaña invisible y su aliento gélido e implacable. Aquella sombra funesta arrebató la vida de los herederos uno por uno, y de repente, el inexperto y soñador joven Eduardo se encontró posicionado como el único heredero al trono más poderoso de toda Europa.

Desde una edad muy temprana, resultó dolorosamente evidente para todos los cortesanos que el príncipe no había heredado en absoluto el carácter feroz de su padre ni su espíritu innegablemente belicoso. Mientras que el temido Eduardo Primero pasaba sus largos días entrenando soldados, forjando armas y planeando sangrientas campañas militares, el joven príncipe prefería ocupar su valioso tiempo entre músicos, humildes artesanos y sirvientes. No se trataba de una cobardía inherente a su ser, sino simplemente de una falta total de interés por la conquista agresiva o por la brutalidad despiadada que exigía la guerra.

Al muchacho le faltaba por completo esa ambición desmedida y voraz que corría como fuego inextinguible por la sangre hirviente de su antiguo y guerrero linaje real. Él disfrutaba genuinamente de los placeres simples de la vida cotidiana, aquellos actos cotidianos que los nobles de alta cuna consideraban por completo indignos de una persona con sangre azul. Se le veía frecuentemente cavando zanjas hombro con hombro junto a los trabajadores plebeyos, remando con fuerza en los estanques del palacio, asistiendo a representaciones teatrales o conversando animadamente con los sirvientes de las cocinas.

Para la orgullosa y altiva nobleza inglesa, aquel comportamiento resultaba profundamente inapropiado, e incluso llegaron a catalogarlo a sus espaldas como algo sumamente vergonzoso para la majestuosidad de la sagrada corona. Un príncipe de su elevado estatus debía dominar sin contemplaciones el noble arte de la guerra, estudiar estrategia militar con los veteranos y forjar alianzas políticas a través de torneos y demostraciones públicas de fuerza. Eduardo, por el contrario, parecía inclinarse siempre hacia todo lo diametralmente opuesto, y esa marcada diferencia comenzó a abrir una grieta insalvable entre su verdadera esencia y las enormes expectativas del reino.

Su severo padre notó rápidamente esta preocupante tendencia pacifista e intentó endurecer el carácter de su heredero por la fuerza bruta, sometiéndolo a rigurosos entrenamientos y a castigos ejemplares frente a la corte. Pero cuanto más lo presionaba el viejo rey con sus amenazas y sus gritos ensordecedores, más se refugiaba el joven príncipe en su propio mundo interior y en sus peculiares intereses mundanos. Era exactamente como intentar convertir el agua cristalina en piedra maciza, un esfuerzo tan inútil como desgastador que solo lograba frustrar amargamente al invencible Martillo de los Escoceses.

—No tengo la voluntad de derramar sangre inocente en campos embarrados de Escocia, padre —dijo el joven Eduardo en una ocasión, manteniendo la mirada baja frente al imponente monarca—. Mi alma no encuentra deleite en el sonido de las espadas chocando, sino en la armonía de un laúd bien afinado y en el trabajo honesto de la tierra. Comprendo vuestra decepción, pero no puedo obligar a mi corazón a desear la crueldad que vos llamáis gloria.

—Eres una vergüenza para el linaje de los Plantagenet, muchacho insensato —rugió el viejo rey Eduardo Primero, golpeando la pesada mesa de roble con su puño acorazado—. Un rey debe infundir terror en el corazón de sus enemigos, no simpatía en el alma de los campesinos que limpian sus caballerizas. Si no aprendes a empuñar la espada con la misma devoción con la que remas en esos estúpidos estanques, este reino te devorará vivo cuando yo ya no esté.

Cuando el viejo Eduardo Primero falleció finalmente en el año mil trescientos siete, su hijo, que contaba con apenas veintitrés años de edad, heredó de inmediato un reino colosal y beligerante. Aquella nación exigía de él una grandeza guerrera inigualable, pero muy pronto descubriría que solo iba a encontrar en su nuevo soberano una profunda e irremediable decepción política y militar. En los primeros y decisivos meses de su incipiente reinado, quedó meridianamente claro que Eduardo Segundo no tenía el más mínimo deseo de continuar las costosas guerras escocesas que habían obsesionado febrilmente a su difunto padre.

Las campañas militares fronterizas fueron abandonadas sin ningún miramiento estratégico o, en el mejor de los casos, se llevaron a cabo con una falta de entusiasmo que arrojó resultados verdaderamente lamentables. Los poderosos nobles del reino comenzaron a murmurar por los oscuros pasillos de Westminster, y la experimentada corte observaba cada movimiento del monarca con una desconfianza que crecía a pasos agigantados. El nuevo rey, ajeno a las conspiraciones, parecía estar mucho más interesado en complacer los caprichos de sus favoritos personales que en buscar la gloria eterna y la expansión territorial para Inglaterra.

Fue precisamente en ese clima de tensión contenida donde surgió el primer gran y destructivo escándalo de su reinado, protagonizado por un enigmático y carismático hombre llamado Piers Gaveston. Gaveston era un apuesto caballero de origen gascón, hijo de un noble menor que había servido fielmente a Eduardo Primero y que, por azares del destino, había sido asignado como compañero y mentor del joven príncipe. Sin embargo, la intensa relación que se forjó entre Eduardo y Gaveston pronto excedió por completo cualquier límite aceptable y tradicional entre un gran señor y su humilde sirviente.

Ambos hombres se volvieron prácticamente inseparables en la vida diaria, compartían absolutamente todos sus secretos, y el monarca no hacía el más mínimo esfuerzo por ocultar el profundo afecto que sentía por él. El rey concedió a Gaveston ricas tierras, títulos nobiliarios de incalculable valor y tesoros deslumbrantes con una generosidad tan desmedida que dejó a la alta nobleza inglesa completamente boquiabierta y furiosa. Para empeorar la delicada situación, Eduardo parecía escuchar única y exclusivamente los consejos de su adorado amigo, ignorando de manera deliberada a los hombres más influyentes y a los sabios consejeros del reino.

Gaveston, por su parte, no poseía la inteligencia emocional necesaria y hacía muy poco o casi nada para calmar los caldeados ánimos de los poderosos lores que lo despreciaban abiertamente. Era un hombre profundamente arrogante, de lengua sarcástica y afilada, que disfrutaba enormemente humillando a los nobles tradicionales utilizando apodos sumamente ofensivos y gastándoles bromas crueles en público. Al poderoso conde de Lancaster, por ejemplo, lo apodó despectivamente “el actor”, mientras que al fiero conde de Warwick lo llamó “el cerdo negro”, riéndose abiertamente en sus propias caras.

Hay que intentar imaginar por un momento la profunda humillación que sentían aquellos hombres tan poderosos, que estaban acostumbrados a recibir constantes reverencias y muestras de absoluto respeto en todo el país. Ser ridiculizados de esa manera tan vil por un extranjero de baja cuna que solo gozaba de tan desproporcionada influencia porque el rey parecía estar completamente obsesionado con su persona, era una ofensa imperdonable. La estrecha y sospechosa relación entre el rey Eduardo y Gaveston alimentó toda clase de rumores venenosos que se esparcieron como un reguero de pólvora por todas las cortes de Europa.

Muchos se preguntaban en susurros si el rey y el caballero gascón eran en realidad amantes clandestinos, compartiendo el lecho real a espaldas de la decencia cristiana de la época. Aunque es probable que nunca lo sepamos con absoluta y total certeza histórica, la inmensa mayoría de las evidencias documentales y circunstanciales sugieren de manera contundente que efectivamente lo eran. Los pudorosos cronistas de aquel tiempo utilizaban siempre un lenguaje muy velado para describir su íntima relación, hablando de “afectos impropios”, “lazos carnales” y una devoción mutua que traspasaba con creces los límites de la amistad.

En una era dominada por la Iglesia donde el pecado de la sodomía era considerado un crimen capital castigado sin piedad con la muerte, tales acusaciones resultaban potencialmente devastadoras para cualquier monarca. Pero a Eduardo, ciego de amor o de lealtad absoluta, aparentemente no le importaba en lo más mínimo lo que los sacerdotes o los duques pudieran pensar de su vida privada. Tras la muerte de su severo padre, una de las primeras y más polémicas decisiones del nuevo soberano fue traer de vuelta a Gaveston de su injusto exilio en tierras lejanas.

El difunto rey lo había desterrado precisamente con la firme intención de separarlos para siempre, temiendo la influencia corruptora que el joven gascón ejercía sobre la frágil mente del futuro heredero. Y no solo lo recuperó para su lado con honores, sino que decidió colmarlo públicamente de distinciones tan exageradas que rozaban el absurdo a los ojos de las antiguas y nobles familias de Inglaterra. Le otorgó el riquísimo condado de Cornualles, uno de los títulos más prestigiosos y lucrativos de todo el reino, que tradicionalmente estaba reservado de forma exclusiva para los miembros directos de la familia real.

Y yendo aún más lejos en su imprudencia, el rey lo unió en sagrado matrimonio con su propia sobrina, la bella Margarita de Clare, vinculando así a Gaveston directamente con la sagrada sangre de la corona. Durante la majestuosa y elaborada ceremonia de coronación del monarca, el rey dedicó muchísimo más tiempo, sonrisas y atención a Gaveston que a su propia y legítima esposa, la princesa Isabel de Francia. Aquella joven reina, con la que se había casado estrictamente por conveniencia política para sellar la paz, tuvo que presenciar en silencio cómo su esposo priorizaba a un plebeyo extranjero en su día más importante.

Isabel, que era apenas una vulnerable adolescente en aquel difícil momento, observó toda la fastuosa celebración con una amarga mezcla de desconcierto juvenil y una creciente e insoportable humillación pública. Su padre, el célebre Felipe IV de Francia, conocido como el Hermoso, era uno de los monarcas más poderosos, ricos e influyentes de toda la cristiandad occidental en aquel turbulento siglo. Él había enviado a su amada hija con la clara intención de fortalecer una alianza invencible, y ahora debía enterarse de que la muchacha era públicamente ignorada a favor de un favorito masculino.

Las valiosísimas joyas y los tesoros que el rey Felipe había ofrecido generosamente como parte de la dote matrimonial, Eduardo se las entregó sin ningún pudor al sonriente y ambicioso Gaveston. El atrevido gascón llegó incluso al extremo de ocupar descaradamente los lujosos aposentos que estaban originalmente destinados para el uso personal de la nueva y joven reina de Inglaterra. Aquella actitud despectiva constituyó una afrenta tan grande y tan dolorosa para la corona francesa que, tarde o temprano, la historia se encargaría de demostrar que no quedaría sin una terrible respuesta.

Los orgullosos y belicosos nobles ingleses, con su paciencia ya totalmente desgastada por la ineptitud militar del rey y por la insolencia constante de Gaveston, finalmente llegaron a su límite de tolerancia. Liderados por el poderoso Tomás, conde de Lancaster, quien además era primo directo del rey, y por el iracundo conde de Warwick, el mismo al que Gaveston había bautizado burlonamente como “el cerdo negro”. Estos hombres influyentes y acaudalados se unieron en un pacto secreto de sangre para presentarse ante el trono y entregarle al asustado monarca un ultimátum que cambiaría el rumbo del país.

—Debe desterrar a ese advenedizo insolente de nuestras sagradas tierras de manera permanente, majestad —exigió el conde de Lancaster, apoyando la mano sobre el pomo de su espada de forma amenazadora—. Si no apartáis a esa sanguijuela gascona de vuestro lado antes de la próxima luna, este reino se verá envuelto en las llamas de una cruenta y despiadada guerra civil que lo consumirá todo. La nobleza de Inglaterra no tolerará por más tiempo que un simple bufón extranjero dicte los destinos de nuestro pueblo mientras vacía las arcas del tesoro real para su beneficio personal.

Sin ninguna otra opción viable a su disposición y acorralado por el poder militar de sus propios lores, Eduardo se vio forzado a ceder con lágrimas de impotencia resbalando por sus mejillas. En el año mil trescientos ocho, con el corazón roto por la pena, el monarca firmó el decreto real que enviaba a su amado Gaveston hacia un nuevo exilio en los oscuros territorios de Irlanda. Aunque aquel destierro forzado logró apaciguar momentáneamente la furia de los nobles rebeldes, la amarga separación apenas duraría unos cuantos y largos meses en el calendario de la afligida corte inglesa.

El monarca enamorado descubrió rápidamente que era incapaz de vivir su día a día apartado de la compañía de su favorito y de la alegría vital que este aportaba a su monótona existencia. Confiando ciegamente en que la tensión política había disminuido lo suficiente, ordenó su regreso a la corte de manera triunfal, ignorando el peligro latente que acechaba en las sombras del parlamento. Aquel acto de desafío flagrante fue, sin lugar a dudas, un error de cálculo monumental que a la larga acabaría costándole muchísimo más caro que el precio de su propia corona.

Los nobles conspiradores, profundamente indignados por lo que consideraron una burla directa a su autoridad y al pacto establecido, no dudaron en tomar las armas y convocar a sus formidables ejércitos vasallos. Gaveston fue perseguido implacablemente por todo el territorio como si se tratara de una bestia salvaje, acorralado sin piedad y finalmente capturado cerca de la ciudad de Scarborough en el año mil trescientos doce. Sin esperar un juicio justo ni escuchar las súplicas del prisionero, fue ejecutado sumariamente en un prado verde por los brutales hombres de armas al servicio del vengativo conde de Warwick.

Se cuenta en las crónicas que el gascón fue asesinado en un campo yermo y solitario cerca de la ciudad, atravesado múltiples veces por el frío acero de las espadas enemigas. Mientras la sangre de su favorito teñía la hierba húmeda de rojo carmesí, Eduardo se encontraba a muchos kilómetros de distancia, llorando de impotencia al no poder hacer absolutamente nada para salvarle la vida. Cuando la trágica y funesta noticia de la ejecución finalmente llegó a oídos del desconsolado monarca, este se derrumbó por completo frente a toda su corte, emitiendo un grito de dolor infinito.

El rey de Inglaterra lloró sin consuelo durante días enteros, encerrado en sus aposentos, negándose rotundamente a ingerir alimentos, a conciliar el sueño reparador o a ejercer su sagrado deber de gobernar. Su dolor desgarrador era claramente el de una persona que acababa de perder a su compañero de vida más íntimo y cercano, y no el de un simple soberano que lamentaba la caída de un vasallo. En ese preciso momento de desesperación absoluta y profunda oscuridad del alma, Eduardo juró por Dios y por todos los santos que tomaría una venganza implacable contra todos los involucrados en la muerte de Gaveston.

Pero consumar una venganza de tal magnitud requería de una inmensa fuerza política y militar, y la fuerza era precisamente el atributo principal que Eduardo no poseía ni dominaba en lo absoluto. Los años que siguieron a este luctuoso evento se convirtieron en un prolongado y agonizante periodo de caos administrativo, descontrol gubernamental y un marcado declive económico para la antes próspera nación de Inglaterra. El deprimido rey intentaba torpemente gobernar, pero sin la presencia y el consejo de Gaveston, parecía deambular completamente perdido por la vida, a la deriva como un barco sin timón en medio del mar embravecido.

Las ya conflictivas campañas militares en el norte de Escocia se transformaron en desastres continuos que desangraban el erario público y mermaban drásticamente la moral de las tropas inglesas cansadas de luchar sin liderazgo. Todo este fracaso táctico culminó trágicamente en la humillante y aplastante derrota en la mítica batalla de Bannockburn, acontecida en el desastroso y lluvioso año de mil trescientos catorce. En aquel campo embarrado y sangriento, el otrora orgulloso ejército inglés fue aniquilado casi por completo por las ágiles y aguerridas fuerzas independentistas comandadas por Roberto Primero de Escocia.

Aquella infame carnicería fue considerada unánimemente como una de las peores y más vergonzosas derrotas en toda la extensa y gloriosa historia militar de la orgullosa nación de Inglaterra. Y como era de esperar en una época donde el liderazgo real lo era todo, la responsabilidad absoluta de la debacle militar recayó como una losa de plomo sobre los hombros del incompetente monarca. Su reputación como soberano, que ya se encontraba profundamente debilitada por los escándalos pasados, finalmente colapsó por completo ante los ojos críticos del mundo civilizado y de sus propios súbditos desilusionados.

La altiva y belicosa nobleza inglesa ya no disimulaba en absoluto su desprecio, demostrando abiertamente su profunda animadversión hacia la figura de un rey que consideraban indigno de sentarse en el trono. El pueblo llano, que antes solo se atrevía a ridiculizarlo en la oscuridad de las tabernas malolientes y mediante canciones subidas de tono cantadas por juglares borrachos, ahora lo repudiaba a plena luz del día. Incluso la sagrada y todopoderosa Iglesia Católica comenzó a alzar su poderosa voz para cuestionar severamente la legitimidad divina de su mandato y su menguante autoridad moral sobre el rebaño de fieles.

Desesperado por encontrar un ancla de estabilidad emocional y un apoyo político firme en medio de la tormenta, Eduardo buscó desesperadamente a alguien que pudiera ayudarlo a enfrentar las constantes traiciones. Necesitaba con urgencia un nuevo confidente que lo protegiera de los afilados cuchillos y de los innumerables peligros ocultos que caracterizaban a la letal e intrincada política medieval inglesa. Fue exactamente en ese preciso y convulso momento cuando hizo su aparición magistral un nuevo favorito en la corte, un hombre sumamente astuto que acapararía rápidamente toda su atención y su enfermizo afecto.

Este nuevo personaje lograría superar incluso la influencia que el difunto Gaveston había ejercido sobre la voluntad del rey en el pasado, convirtiéndose en una sombra oscura detrás del trono. Su nombre era Hugo Despenser el Joven, y con el paso de los años, demostraría sin lugar a dudas ser muchísimo más ambicioso, infinitamente más cruel y descaradamente más codicioso que su desafortunado predecesor. Al ser hijo de un noble acaudalado y bien posicionado en la corte, el joven Despenser poseía una ambición sin límites y un conocimiento profundo de las intrigas que se tejían en los pasillos de palacio.

A diferencia del difunto Gaveston, que al menos poseía cierto encanto natural y una honestidad descarada en su arrogancia, Despenser era un hombre calculador, gélido y despiadado hasta la médula. Se trataba de un verdadero y peligroso depredador político que percibió rápidamente en la vulnerabilidad extrema del rey Eduardo una oportunidad perfecta e irrepetible para ascender hacia lo más alto de la pirámide social. Comprendió con brillantez maquiavélica que el soberano seguía estando profundamente afectado por la trágica pérdida de su antiguo favorito, lo cual lo convertía en un blanco fácil y emocionalmente frágil.

Con la paciencia de una araña tejiendo su red de seda, Despenser se acercó cautelosamente al monarca, fingiendo una devoción absoluta y ofreciéndole precisamente todo lo que el atormentado Eduardo más anhelaba en el mundo. Le prometió una lealtad inquebrantable frente a sus múltiples enemigos, le brindó un compañerismo constante y reconfortante, y posiblemente llegó a ofrecerle algo mucho más íntimo en el silencio de las alcobas reales. La dinámica relación que floreció rápidamente entre los dos hombres siguió exactamente el mismo y destructivo patrón que la corte había presenciado con absoluto horror en los años anteriores.

Eduardo se aferró al astuto Despenser con una devoción tan intensa que rayaba en lo patológico, encontrando en sus brazos un refugio temporal contra las abrumadoras presiones del pesado gobierno. Ciego ante las evidentes manipulaciones del noble, el rey lo elevó con vertiginosa rapidez a posiciones de un poder tan desproporcionado que eclipsaba por completo la autoridad de los ministros más experimentados. Le otorgó sin dudar inmensas extensiones de tierras que habían sido cruelmente confiscadas a otros nobles rivales, además de títulos rimbombantes, castillos inexpugnables y riquezas materiales prácticamente inimaginables.

En un tiempo récord, Despenser se erigió como el segundo hombre más poderoso e intocable de toda Inglaterra, rindiendo cuentas única y exclusivamente ante el rey en persona. Logró hacerse con el control absoluto de vastos y estratégicos territorios fronterizos en la región de Gales, ejerciendo además una influencia directa y perniciosa sobre todas las decisiones administrativas y judiciales de la corona. Pero a diferencia del difunto Gaveston, que era descarada y abiertamente arrogante frente a todos, Despenser actuaba siempre desde las sombras, operando con una astucia y una capacidad de manipulación verdaderamente aterradoras.

El nuevo favorito utilizaba hábilmente su enorme influencia real para aniquilar sistemáticamente a sus enemigos políticos, apropiarse mediante leyes amañadas de los bienes ajenos y enriquecer a su propio linaje de forma obscena. Su principal y único objetivo vital era construir su propio e inexpugnable imperio personal, sin importarle en absoluto que el costo de su ambición desmedida recayera sobre las castigadas espaldas del reino entero. Y Eduardo, cegado por completo por el profundo e irracional afecto que sentía por él, le permitía cometer todos estos atropellos con una complacencia que enfurecía diariamente a toda la sociedad inglesa.

La histórica y belicosa nobleza de Inglaterra fue testigo de todo este caótico proceso de degradación institucional con un horror que iba en aumento con cada nueva injusticia perpetrada por el tiránico favorito. Era exactamente como estar presenciando impotentes cómo la misma y sangrienta tragedia teatral se desarrollaba de nuevo ante sus ojos, solo que en esta ocasión, la trama resultaba ser aún más terrible y perversa. Al menos con el temperamental Gaveston había existido siempre una base de lealtad sincera hacia el rey, un afecto genuino y pasional que parecía ir mucho más allá del simple deseo de poder.

Con el calculador Despenser, por el contrario, resultaba dolorosamente obvio para cualquier observador imparcial que este solo estaba utilizando descaradamente al frágil rey como un mero instrumento político. Estaba manipulando sin piedad los sentimientos del monarca para su exclusivo y egoísta beneficio económico, alimentando su voraz ambición personal a expensas de la estabilidad y la paz de la dolorida nación inglesa. Los enfurecidos nobles, liderados una vez más por el implacable conde de Lancaster junto a un grupo de hombres sumamente influyentes, decidieron organizar una poderosa e intransigente coalición bélica.

—Esta sanguijuela codiciosa está drenando la sangre de nuestra sagrada tierra y envenenando la mente de nuestro legítimo soberano —proclamó Lancaster durante una reunión secreta a la luz de las antorchas—. Despenser nos ha arrebatado nuestras propiedades ancestrales, ha pisoteado nuestros antiguos derechos y ha convertido al rey en una triste marioneta que baila al compás de su insaciable y asquerosa codicia. Debemos unir nuestras espadas y obligar al monarca a expulsar a esta víbora de nuestro reino, o todos pereceremos bajo el peso de su tiranía sin límites.

Aquella temible alianza de señores feudales, autodenominada “Los Contrariantes”, estableció como su principal y sagrado objetivo limitar drásticamente la autoridad absolutista de la corona y deshacerse de Despenser para siempre. Presentaron sus firmes exigencias militares ante el monarca, demandando bajo amenaza de guerra el exilio inmediato del nuevo favorito, tal y como había ocurrido años atrás con el desdichado y fallecido Gaveston. Y una vez más en su caótica vida, Eduardo se acobardó ante la evidente amenaza de las espadas y cedió a las presiones, firmando el edicto que enviaba a Despenser al doloroso exilio en el año mil trescientos veintiuno.

Pero, tal y como había sucedido en el amargo pasado con su primer gran amor, el rey no pudo soportar el insoportable peso emocional de la separación durante mucho tiempo. La soledad se apoderó nuevamente de su frágil espíritu, y la tristeza oscureció su juicio político, llevándolo a tomar una decisión desesperada que cambiaría drásticamente el curso de la historia británica. Sin embargo, en esta particular ocasión, Eduardo no se contentó con traer de vuelta a su amado a escondidas o mediante negociaciones pacíficas, sino que tomó la determinación inquebrantable de luchar por él.

Por primera vez en todo su desastroso y pusilánime reinado, Eduardo mostró públicamente una determinación feroz y un coraje militar que hicieron a muchos recordar inevitablemente el temple de acero de su difunto padre. Haciendo un llamamiento a las armas a los pocos señores que aún le eran fieles, logró reunir a duras penas un ejército de hombres leales y marchó con paso firme contra la coalición de nobles rebeldes. Contra todo pronóstico táctico y sorprendiendo a propios y extraños en el campo de batalla, las fuerzas reales lograron aplastar por completo la rebelión y el monarca emergió victorioso de la contienda.

El antes arrogante conde de Lancaster fue finalmente capturado en el barro y, sin ningún tipo de compasión, fue ejecutado públicamente bajo el grave cargo de alta traición contra la corona en el año mil trescientos veintidós. Su cabeza rodó ensangrentada sobre el patíbulo frente a una multitud enmudecida, perdiendo la vida y el honor de la misma forma humillante en la que perecería cualquier criminal común y corriente. Otros poderosos lores de la coalición corrieron con peor suerte, pereciendo atravesados por lanzas en el violento combate cuerpo a cuerpo o viéndose obligados a huir precipitadamente al amargo exilio en tierras extranjeras.

Tras aplastar la insurrección con un baño de sangre sin precedentes en su mandato, Eduardo logró finalmente consolidar de manera férrea su control absoluto e indiscutible sobre todos los rincones del pacificado reino. Ante este nuevo panorama de sumisión total, el exiliado Despenser regresó triunfante a los brazos del rey, pavoneándose por los pasillos del palacio y ostentando ahora muchísimo más poder e influencia que nunca. Sin embargo, aquella pírrica y sangrienta victoria militar tuvo un costo político e institucional verdaderamente devastador a largo plazo, sembrando las oscuras semillas de una destrucción aún mayor.

Aunque Eduardo había logrado derrotar a los rebeldes por la fuerza de las espadas, destruyó por completo los vínculos de lealtad y perdió para siempre el apoyo moral y el cariño del país entero. Ya no era percibido por el pueblo llano y la alta aristocracia simplemente como un monarca débil, enamoradizo o profundamente inepto para las pesadas labores del gobierno de una nación. Ahora era visto por todos como un tirano despiadado y cruel, dispuesto a sacrificar el bienestar de Inglaterra entera y a derramar la sangre de sus pares solo para proteger a su favorito corrupto.

Pero, sin lugar a dudas, la consecuencia más catastrófica y dolorosa de toda esta vorágine de poder fue la completa e irreversible destrucción de su matrimonio con la reina Isabel. La orgullosa princesa de Francia, que durante largos y silenciosos años había soportado estoicamente infinitas humillaciones públicas por el bien de la paz, fue apartada por completo de cualquier atisbo de vida real. El maquiavélico Despenser, contando en todo momento con el respaldo ciego y absoluto del monarca, había diseñado un plan perfecto para anular por completo la influencia de la soberana extranjera.

Con suma eficacia, el ambicioso favorito confiscó sin piedad las ricas tierras que pertenecían legítimamente a la reina y tomó el control exhaustivo de todas sus menguadas finanzas personales. Para añadir sal a la herida, el tirano rodeó a Isabel de espías profesionales que vigilaban todos y cada uno de sus movimientos, restringiendo sus libertades más básicas dentro de la corte. La humillada Isabel conservaba el título sagrado de reina única y exclusivamente en apariencia, relegada a las sombras mientras su marido compartía el poder y el afecto con aquel parásito codicioso.

En la práctica diaria, la hija del rey de Francia era tratada poco menos que como una prisionera de alto rango confinada tras los lujosos pero asfixiantes muros de su propio palacio. Pero Eduardo había olvidado, para su desgracia, que su esposa llevaba en sus venas la sangre orgullosa de la realeza francesa; era una mujer sumamente inteligente, astuta y que ahora albergaba una furia inconmensurable. En el silencio de su cautiverio dorado, comenzó a tejer pacientemente y con gran frialdad los hilos de su implacable venganza, aguardando con paciencia infinita la oportunidad perfecta para asestar el golpe de gracia.

Isabel había aprendido una valiosísima y letal lección política durante todos esos largos años de observar en silencio la ineptitud constante y los errores catastróficos de su marido. Comprendió a la perfección que el verdadero poder de un gobernante no se mide jamás por la fuerza bruta de sus ejércitos, sino por la sutil y peligrosa capacidad de forjar alianzas estratégicas en la oscuridad. Supo que debía aguardar el momento oportuno en que el enemigo mostrara su debilidad, y entonces atacar por sorpresa, sin advertencia alguna, clavando el puñal político justo en el corazón de su oponente.

Y en ese letal y sofisticado juego de sombras, alianzas secretas y manipulaciones cortesanas, la reina francesa demostraría con creces que iba a superar por mucho a las limitadas capacidades de Eduardo. La oportunidad perfecta, aquella que había estado esperando con tanta paciencia y anhelo, finalmente llamó a su puerta en el año mil trescientos veinticinco de la forma más inesperada. En una decisión diplomática que muchísimos historiadores posteriores han calificado unánimemente como la más absurda e incomprensible de toda su vida, Eduardo decidió enviar a la misma Isabel a una misión oficial a Francia.

El objetivo de este viaje era negociar un complejo y espinoso tratado de paz sobre una disputa territorial histórica con el actual rey francés Carlos Cuarto, quien casualmente era hermano directo de la reina. La astuta mujer aceptó la difícil misión diplomática de inmediato, esbozando una sonrisa imperceptible ante su marido, pero en el fondo de su corazón albergaba la firme intención de nunca más regresar a Inglaterra. Apenas sus pies reales tocaron la segura y familiar tierra francesa, Isabel comenzó a rodearse rápidamente de todos los nobles ingleses exiliados que odiaban profundamente el régimen tiránico de Despenser.

Entre toda esta variopinta multitud de hombres resentidos y sedientos de venganza, destacó rápidamente la imponente figura de un noble desterrado de gran poder llamado Roger Mortimer. Se trataba de un hombre audaz que había logrado huir audazmente de su celda en la Torre de Londres tras la desastrosa derrota rebelde acaecida en el año mil trescientos veintidós. Mortimer era, en todos los aspectos imaginables de su carácter y de su imponente físico, exactamente todo lo que el pusilánime y pacífico rey Eduardo jamás podría llegar a ser en su vida.

—He esperado este momento durante largos años, soportando el exilio y la humillación, soñando con ver la cabeza del infame Despenser clavada en una pica sobre el Puente de Londres —le confesó Mortimer a la reina durante un paseo por los jardines del palacio francés—. Vuestro esposo ha destruido este reino por su debilidad de carácter y su amor antinatural, pero juntos, mi señora, podemos devolverle la gloria a Inglaterra y arrancar el poder de las manos de esos usurpadores. Solo necesitáis darme la orden, y os juro por mi honor que mi espada no descansará hasta que la corona descanse sobre la cabeza de vuestro legítimo hijo.

Aquel noble exiliado era inmensamente valiente, notoriamente viril, absolutamente despiadado cuando las circunstancias tácticas así lo requerían y dueño de una ambición tan desmedida que no conocía fronteras. Casi de inmediato, la fascinante reina Isabel y el fiero guerrero Mortimer se convirtieron en ardientes amantes apasionados, consumando una relación íntima que era tan útil políticamente como explosiva en el ámbito personal. Juntos, entrelazando sus cuerpos en la cama y sus mentes en la mesa de mapas, comenzaron a organizar meticulosamente una invasión militar a gran escala contra las vulnerables costas de Inglaterra.

Con los fondos proporcionados por Francia, se dedicaron a reclutar en secreto un formidable ejército de mercenarios experimentados procedentes de diversas regiones de Europa. Su principal tarea diplomática consistió en buscar incansablemente el apoyo financiero y logístico de todos los nobles ingleses descontentos, forjando día a día una alianza rebelde que crecía sin parar como una avalancha de nieve. Mientras tanto, en la lejana corte de Westminster, Eduardo era puntualmente informado de absolutamente todos los movimientos conspirativos, pero su mente sencillamente se negaba a creer en la magnitud de la traición.

No podía concebir que su propia y sumisa esposa, la devota madre de sus legítimos herederos, estuviera viviendo de manera tan descarada con otro hombre a la vista del mundo y tramando su caída definitiva. El calculador Despenser, presa del pánico al ver peligrar su inmenso imperio, intentó desesperadamente persuadir al rey incrédulo para que actuara de inmediato con la fuerza militar y asesinara a la reina antes de que fuera demasiado tarde. Pero el indeciso monarca dudó repetidamente frente a la crucial orden; quizás en el fondo de su corazón aún conservaba un rastro de afecto nostálgico por aquella mujer que le había dado hijos.

O, lo que resulta mucho más probable según los estudiosos, temía pavorosamente desatar un conflicto armado a escala continental contra la poderosa Francia si llegaba a lastimar de alguna forma a la hermana de su monarca. Cualquiera que fuera la verdadera y oculta razón detrás de su inacción militar, aquella cobarde indecisión en un momento tan crítico acabaría demostrando ser absolutamente fatal para su propia supervivencia política. En los fríos y neblinosos días del mes de septiembre del año mil trescientos veintiseis, la decidida reina Isabel y su amante Mortimer desembarcaron triunfantes en las costas de Inglaterra al frente de un pequeño pero disciplinado ejército.

En los instantes previos a la invasión, un confiado y ciego Eduardo creía firmemente que ningún ciudadano inglés en su sano juicio osaría unirse a las filas de unos rebeldes traidores a la patria. Pensaba equivocadamente que el peso sagrado de su investidura y la lealtad incondicional que se le debía a un rey coronado e ungido por Dios prevalecerían en los corazones de sus súbditos por encima de todo. Sin embargo, para su absoluta y total desesperación, la amarga realidad militar le demostró rápidamente que ocurrió exactamente todo lo diametralmente opuesto a lo que había predicho en sus delirios de grandeza.

Por dondequiera que avanzaran las temibles tropas libertadoras lideradas por Isabel, los nobles ingleses desertaban en masa de las filas reales para unirse con entusiasmo a su justa y vengativa causa armada. Las grandes ciudades fortificadas abrían sus pesadas puertas de madera y hierro de par en par, rindiéndose sin disparar una sola flecha, mientras el pueblo llano celebraba la esperada llegada de la reina en las calles adornadas. Absolutamente nadie en toda la inmensa extensión de las islas británicas sentía el más mínimo deseo de derramar una sola gota de su sangre para defender el tambaleante trono del odiado Eduardo.

Los interminables años de pésima y corrupta gestión gubernamental, sumados al odio visceral hacia sus despóticos favoritos y a las humillantes y sangrientas derrotas militares, habían extinguido hasta la última chispa de lealtad en el país. Todo aquel gigantesco descontento social, acumulado y reprimido violentamente durante más de una década de miseria y tiranía, estalló de repente como un furioso volcán imposible de contener. Acorralados por el avance imparable de las tropas rebeldes, un aterrorizado Eduardo y un desesperado Despenser decidieron huir apresuradamente hacia los montañosos territorios de Gales en busca de un refugio seguro.

Allí intentaron por todos los medios desesperados lograr reunir fuerzas leales recurriendo a antiguas promesas de riquezas, pero se encontraron frente a un muro de silencio absoluto y no hallaron ningún tipo de apoyo militar. Los dos fugitivos reales fueron rastreados y perseguidos implacablemente como si fuesen alimañas salvajes, saltando de castillo en castillo, escondiéndose en húmedas cuevas y bosques oscuros, hasta que la suerte finalmente les fue esquiva. Ambos fueron capturados sin honor en el frío mes de noviembre, rodeados por tropas enemigas sedientas de venganza, poniendo así un fin patético y amargo a su tiránico y sangriento régimen de terror.

El arrogante Despenser, despojado de todos sus títulos y riquezas de forma sumaria, fue ejecutado casi de inmediato con un nivel de brutalidad sádica que horrorizó e impactó profundamente incluso a sus más acérrimos enemigos políticos. El odiado favorito fue ahorcado en lo alto de una plaza, bajado antes de asfixiarse por completo, y luego brutalmente mutilado, castrado y eviscerado lentamente mientras sus pulmones aún lograban respirar aire fresco, antes de ser finalmente decapitado ante el griterío popular. Aquel espantoso despliegue de violencia carnicera era el castigo tradicionalmente reservado por la ley inglesa para los peores traidores de la corona, pero en esta ocasión ocultaba un oscuro simbolismo que iba mucho más allá.

Representaba un clarísimo y brutal mensaje político sobre el profundo asco y el desprecio moral que toda la sociedad en su conjunto sentía hacia su perversa e íntima relación carnal con el monarca caído en desgracia. Obligado por sus implacables captores, Eduardo tuvo que presenciar con sus propios ojos empapados en lágrimas toda aquella grotesca escena de carnicería humana, cargado de pesadas cadenas de hierro y sin poder hacer absolutamente nada para intervenir. En lo más profundo de su atormentada alma, el rey desterrado comprendió al instante que su propio e inexorable final se acercaba a pasos agigantados y que seguramente sería igual o más horripilante que el de su amado.

¿Qué medidas legales y morales se debían tomar con un rey que había sido ungido divinamente en su coronación pero que ahora era considerado un peligro mortal para su propia nación? Esa era precisamente la gravísima pregunta legal que no tenía ninguna respuesta sencilla ni precedente histórico claro en la rígida estructura de la puritana y temerosa sociedad de la Inglaterra medieval. Por ley divina, los monarcas de la cristiandad eran considerados seres sagrados en la tierra, elegidos directamente por el dedo de Dios, y en consecuencia, sus vidas físicas debían ser absolutamente intocables para el vulgo.

Pero las nefastas acciones pasadas de Eduardo lo habían vuelto tan extremadamente impopular y tan visceralmente despreciado por las masas, que mantenerlo respirando bajo custodia era percibido como un riesgo político gigantesco. Mientras el rey destronado mantuviera un solo soplo de vida en sus pulmones, existiría perpetuamente la peligrosa posibilidad latente de que alguna facción rebelde orquestara un levantamiento armado intentando restaurarlo en su antiguo trono de oro. La astuta reina Isabel y su despiadado amante Mortimer entendían esta letal encrucijada a la perfección, siendo muy conscientes de que debían actuar rápido pero con una cautela y discreción absolutas para no despertar a la bestia del fanatismo.

Ambos conspiradores sabían de sobra que ejecutar abierta y públicamente a un soberano legítimo supondría un escándalo continental y sacrílego de proporciones bíblicas que fácilmente podría volverse en contra de sus propios intereses. Por esta prudente y estratégica razón, optaron magistralmente por aplicar una solución política muchísimo más sutil, obligando al aterrorizado cautivo a abdicar de la corona en favor de su joven hijo y legítimo heredero de su sangre. El nuevo rey nominal, bautizado como el joven Eduardo Tercero, era apenas un chiquillo inexperto de catorce años que resultaba extremadamente maleable y fácil de controlar para los ambiciosos regentes usurpadores.

De este modo legalmente retorcido, en el gélido mes de enero del año mil trescientos veintisiete, se llevó a cabo una ceremonia sumamente deprimente y humillante en las frías piedras del castillo de Kenilworth. Allí, frente a una asamblea de nobles hostiles y clérigos silenciosos, un derrotado Eduardo Segundo entregó oficialmente la pesada corona de San Eduardo y renunció formalmente a todos sus derechos divinos y terrenales. Se cuenta en los oscuros registros históricos que el monarca derrocado lloró de forma tan inconsolable durante todo el extenuante proceso legal que apenas podía articular las palabras de renuncia que le obligaban a leer en voz alta.

—Os ruego, por la misericordia del Cristo redentor, que me permitáis conservar al menos mi dignidad y algún pequeño emblema de mi antigua autoridad real —suplicó el otrora poderoso rey, postrado de rodillas sobre las losas de piedra ante los fríos ojos de los lores presentes—. He renunciado a la corona, al cetro y a los ejércitos que una vez comandé, pero dejadme algo de paz para pasar mis últimos días en contemplación y rezo. Soy un hombre roto, mis señores, y ya no represento ninguna amenaza para vuestro nuevo y brillante orden político.

Pero los hombres de piedra que le rodeaban, endurecidos por años de guerra y tiranía, no mostraron la más mínima piedad ante sus lamentos y no le permitieron conservar absolutamente ninguna de sus antiguas posesiones. Despojado de manera brutal y humillante de todo su inmenso poder, riqueza material y privilegios nobiliarios, el desdichado hombre dejó de ser considerado un sagrado monarca intocable ante los ojos de la ley civil. De la noche a la mañana, se convirtió simple y llanamente en un prisionero común, un obstáculo político molesto y prescindible que, tarde o temprano, la maquinaria del nuevo estado tendría que encargarse de eliminar definitivamente.

Y lamentablemente para él, ese tipo específico de molestos problemas dinásticos, de acuerdo a la despiadada y sanguinaria lógica de hierro que regía los entresijos de la política medieval, solían resolverse siempre de la misma y sangrienta forma. El prisionero real fue trasladado secretamente al amparo de las sombras de una lúgubre prisión a otra, permaneciendo en todo momento bajo una estricta e implacable vigilancia armada de guardias que tenían prohibido dirigirle la palabra. A medida que transcurrían los lentos y tortuosos meses de su injusto encierro, las condiciones físicas de su cautiverio se volvían progresivamente más miserables, insalubres y deliberadamente degradantes para su mermada salud.

Al principio de su doloroso viacrucis, el cautivo permaneció recluido en la fortaleza de Kenilworth, donde sus carceleros aún guardaban las apariencias y le mostraban un mínimo y fingido respeto acorde a su antiguo rango. Sin embargo, poco tiempo después fue trasladado forzosamente al infame y siniestro castillo de Berkeley, situado en el inhóspito condado de Gloucestershire, bajo la responsabilidad legal directa de un poderoso señor feudal llamado Thomas Berkeley. Este noble delegó de manera conveniente la macabra tarea de vigilar al prisionero en dos rudos y despiadados hombres de armas de su entera confianza, conocidos en la historia como John Maltravers y Thomas Gurney.

Resulta fundamental tener siempre presentes estos dos lúgubres nombres, debido a que casi todas las crónicas posteriores los señalan con dedo acusador como los verdaderos ejecutores materiales del macabro plan final. Curiosamente, el señor de Berkeley, a pesar de ser oficialmente el guardián responsable por mandato directo de la corona, parece haber sido mantenido de forma intencional al margen de los atroces eventos que estaban a punto de suceder. Todo parecía indicar la existencia de una conspiración en las altas esferas del poder, diseñada meticulosamente para mantener las manos de la aristocracia libres de sangre real y cargar la culpa sobre hombres de menor rango social.

Bajo la cruel e inhumana custodia de estos dos esbirros despiadados, la frágil salud del destronado y atormentado Eduardo experimentó un deterioro sorprendentemente rápido y alarmante que presagiaba lo peor para su futuro. Sus brutales carceleros lo encerraron de forma deliberada en una pequeñísima celda situada justo por encima de los pútridos fosos del castillo, diseñando un tormento silencioso pero letal destinado a quebrar su espíritu. En aquel agujero infernal y asfixiante, el aire denso y putrefacto estaba permanentemente impregnado por el insoportable y mareante hedor nauseabundo proveniente de la descomposición de animales muertos y aguas residuales fecales.

La intención subyacente de este cruel confinamiento insalubre era clarísima y perversa: los conspiradores buscaban provocar sigilosamente la muerte natural del preso debilitando sus defensas mediante infecciones o enfermedades letales como la disentería. Si el plan funcionaba según lo previsto, el fallecimiento del rey parecería a ojos del mundo exterior una simple e infortunada muerte accidental o una enfermedad común, evitando así cualquier posible mancha de asesinato. Pero Eduardo, a pesar de su extrema debilidad física provocada por la falta de sol y la pésima alimentación de su encierro, demostró poseer en su interior una resiliencia fisiológica verdaderamente asombrosa e inesperada.

Contra todos los nefastos pronósticos médicos y desafiando el entorno venenoso en el que lo habían confinado con tanta crueldad, el tenaz exmonarca no enfermó gravemente ni sucumbió a la muerte esperada. Logró sobrevivir de manera inexplicable y obstinada a todas las penurias inimaginables impuestas por sus captores, aferrándose ciegamente a la tenue chispa de vida que aún ardía en su pecho, incluso en medio de la peor de las inmundicias humanas. Esta inesperada y molesta terquedad biológica por aferrarse a la existencia se convirtió rápidamente en un gravísimo e insostenible problema político de primer orden para la impaciente Isabel y su temible amante Mortimer.

Cuanto más tiempo lograba mantenerse el prisionero respirando milagrosamente en aquella pestilente celda, mayor era la latente posibilidad estadística de que algún grupo de nobles nostálgicos y fuertemente armados intentara organizar un rescate sorpresa. Para los gobernantes en la sombra, se volvió una prioridad absoluta y urgente acelerar su amargo final antes de que los frágiles cimientos de su recién instaurado régimen de terror comenzaran a desmoronarse bajo la presión popular. La macabra y definitiva decisión de eliminar físicamente al cautivo se tomó con aterradora frialdad e implacable resolución en algún momento indeterminado del sombrío mes de septiembre del año mil trescientos veintiseis.

No se sabe con absoluta e incontrovertible certeza histórica quién de los líderes regentes fue el responsable de dar la orden final de ejecución, si fue la rencorosa Isabel, el ambicioso Mortimer o quizás ambos en oscura connivencia. Lo que sí es ampliamente conocido por las crónicas de la época son las estremecedoras instrucciones secretas que los asesinos, enviados en la oscuridad de la noche, llevaron consigo hasta el infranqueable castillo de Berkeley. Se trataba de un conjunto de directrices precisas y detalladas, en las cuales se detallaba la utilización de un método homicida que había sido sádica y cuidadosamente seleccionado para ocultar el crimen a la perfección.

El cadáver resultante de la ejecución debía permanecer externamente impoluto e intacto, desprovisto de cualquier herida cortante, hematoma severo o signos evidentes de forcejeo que pudieran delatar un asesinato frente a los médicos de la corte. Esto era un requisito estrictamente obligatorio para que, cuando el cuerpo exánime fuera expuesto al escrutinio del público durante el velatorio real, nadie pudiera levantar sospechas de juego sucio, evitando así encender la mecha de una rebelión. En aquella época, el uso de potentes venenos se descartó por considerarse una opción demasiado peligrosa y arriesgada, ya que sus terribles efectos podían ser fácilmente detectados por los observadores mediante manchas o la decoloración de la piel.

De igual manera, el simple pero efectivo método de la estrangulación física fue tajantemente rechazado debido a que los gruesos dedos de los asesinos dejarían inequívocas e incriminatorias marcas violáceas incrustadas alrededor del pálido cuello de la víctima. Fue entonces cuando alguien en la corte, en un acto que denota una creatividad verdaderamente espantosa y sádica, propuso un método de asesinato que resultaba a la vez letal, silencioso y profundamente cargado de simbolismo poético. Consistía en insertar un trozo de hierro calentado al rojo vivo en una fragua y luego introducirlo por el ano del prisionero inmovilizado, logrando así perforar y quemar por completo sus delicados intestinos desde el interior.

Esta brutal técnica aseguraba que la muerte fuera rápida pero atrozmente dolorosa, asegurando el fallecimiento por daño interno masivo y shock térmico sin dejar atrás ninguna marca física obvia o evidente en el exterior del pálido cuerpo real. Además del innegable sadismo técnico del asesinato, este método de ejecución en particular encerraba un añadido e innegable significado moral y punitivo que no escaparía a la comprensión de los testigos que conocían su oscuro pasado íntimo. A lo largo de todo su reinado plagado de escándalos, Eduardo había sido reiteradamente acusado en voz baja, aunque nunca de manera formal u oficial frente a un tribunal eclesiástico, de cometer el grave pecado nefando de la sodomía.

En la retorcida mentalidad medieval de sus verdugos, ¿qué mejor y más perversa manera de castigar físicamente al exiliado que atacándolo y destruyéndolo de forma brutal y precisa por el mismo orificio donde, supuestamente, había cometido su pecado capital? Era un acto monstruoso que combinaba a la perfección un asesinato político de estado, una venganza profundamente personal e íntima, y una brutal lección moral y religiosa, todo condensado en un solo e inefable acto de pura barbarie. Al amparo de la neblinosa y fría noche del veintiuno de septiembre del año mil trescientos veintisiete, los despiadados Maltravers y Gurney cruzaron el lúgubre umbral y se adentraron con sigilo en la oscura celda del prisionero indefenso.

—Despertad de vuestro sueño intranquilo, señor Eduardo, pues ha llegado la hora final en la que deberéis rendir cuentas de vuestros pecados terrenales ante el Altísimo —susurró Maltravers con una sonrisa sádica, desenfundando un pesado cuerno de animal mientras Gurney avivaba el fuego de las brasas—. Vuestro doloroso tiempo en este mundo de sufrimiento ha llegado definitivamente a su fin, y nosotros seremos los encargados de llevaros a la oscuridad eterna sin dejar rastro de nuestro trabajo carnicero. No gritéis, mi antiguo soberano, pues nadie en estas húmedas paredes acudirá en auxilio de un hombre al que toda Inglaterra ha decidido olvidar para siempre en el fondo de este pozo inmundo.

Algunos cronistas dramáticos de la época afirman que el rey se encontraba profundamente dormido cuando los asesinos entraron sigilosamente, mientras que otros aseguran con vehemencia que estaba completamente despierto y que comprendió de inmediato el horrible destino que le aguardaba. En esa mazmorra no hubo lugar para un juicio justo frente a sus pares, no existió oportunidad alguna para una confesión piadosa, y ningún sacerdote piadoso estuvo presente para otorgarle la extremaunción o la absolución de sus múltiples faltas. Solo había tres hombres sudorosos encerrados bajo llave en un minúsculo espacio de piedra asfixiante, envueltos en la total oscuridad y unidos irrevocablemente por un propósito asesino que helaría la sangre del mismo diablo.

Los dos verdugos corpulentos se abalanzaron brutalmente sobre su víctima indefensa y la sujetaron contra el suelo húmedo boca abajo, mientras el aterrorizado monarca destronado se resistía frenéticamente pataleando y luchando por su vida con todas las exiguas fuerzas que aún le restaban. Y se cuenta de generación en generación que los gritos agonizantes de la víctima fueron tan intensos, agudos y desgarradores que lograron atravesar los gruesos muros de mampostería y resonaron de forma fantasmal por cada rincón del inmenso castillo. Se cuenta que los asustados habitantes de la pequeña y vecina aldea lograron escucharlos con total claridad en la quietud de la noche, sintiendo en el fondo de sus corazones un terror místico e indescriptible que jamás olvidarían.

Aquellos humildes campesinos, arrebujados bajo sus mantas de lana, no tenían forma de saber con exactitud qué horrores específicos estaban ocurriendo allí arriba, pero comprendían instintivamente que se estaba llevando a cabo algún acto verdaderamente monstruoso y antinatural. El grueso hierro oxidado había sido introducido pacientemente en la candente fragua ardiente hasta alcanzar un incandescente y deslumbrante color rojo vivo, indicando que estaba listo para su espantoso propósito ejecutor. Para evitar dejar inoportunas y delatadoras marcas de quemaduras de primer grado en los glúteos o muslos de la pálida víctima, los verdugos colocaron primero un cuerno de vaca ahuecado que serviría como túnel protector para dirigir el calor infernal.

La desesperante y asfixiante agonía que debió experimentar aquel pobre hombre en sus últimos segundos de vida tuvo que ser absolutamente atroz e inimaginable para la mente de cualquier ser humano en su sano juicio. Allí, abandonado por Dios y por los hombres en aquella celda minúscula, fría y profundamente pestilente, el rey Eduardo murió padeciendo de la forma más dolorosa, espantosa y humillante que jamás pudiera concebirse para humillar la figura sagrada de un monarca de Inglaterra. A la mañana siguiente, su inerte y pálido cuerpo maltratado fue meticulosamente lavado con agua perfumada y finos jabones, vestido simplemente con limpias vestiduras y cuidadosamente preparado para ser expuesto con falsos honores de estado ante el escrutinio de la silenciosa corte y del público.

Tal y como los asesinos y sus jefes habían calculado fría y perversamente desde el inicio de la macabra conjura, a los incrédulos ojos del pueblo, el cadáver real no exhibía ninguna herida visible de arma blanca ni marcas de violencia. La cínica versión oficial pregonada a los cuatro vientos por los heraldos reales afirmaba categóricamente que el exiliado monarca había fallecido plácidamente por causas enteramente naturales, sucumbiendo trágicamente en la soledad de su encierro ante los estragos de una enfermedad fulminante. Pero los rumores de asesinato, nacidos del asombro popular, se esparcieron con inusitada y asombrosa velocidad por todos los rincones del reino, desde los castillos hasta las más humildes tabernas de Londres.

Absolutamente nadie en su sano juicio dentro de Inglaterra lograba creer ingenuamente que un hombre vigoroso de apenas cuarenta y tres años de edad pudiese morir súbitamente y sin avisos previos, ni siquiera encontrándose recluido en tan espantosa y debilitante prisión. A pesar del inmenso peso de las sospechas silenciosas que nublaban el ambiente, el cadáver inmaculado de Eduardo Segundo fue finalmente sepultado en la imponente Abadía de Gloucester con todos los ritos religiosos y una fingida pero grandiosa solemnidad. Durante las majestuosas exequias funerarias, la manipuladora reina Isabel asistió vestida lúgubremente de estricto y riguroso luto de pies a cabeza, desempeñando con una maestría teatral insuperable su cínico papel de viuda inconsolable y de corazón destrozado.

Llegó incluso al extremo de encargar la construcción de una magnífica, lujosa y carísima tumba tallada en fino alabastro blanco para albergar los restos, donde la efigie esculpida del monarca fallecido aparecía retratada con un semblante pacífico, sereno y muy majestuoso. Toda esta ostentación fúnebre no era más que una elaborada representación escénica de cara a la galería, un desesperado y cínico intento político de los regentes para cerrar ese sangriento capítulo con una falsa apariencia de respetabilidad divina. Con ello esperaban fervientemente lograr acallar las peligrosas sospechas de regicidio que amenazaban con destruir su recién obtenido poder y ahogar el incesante murmullo de rebeldía que nacía de entre la nobleza leal.

Y durante un breve y engañoso período de tiempo que les dio un respiro, la elaborada e inmoral farsa escenificada pareció funcionar a la perfección, asegurando el control absoluto del país en manos de los ambiciosos conspiradores. El joven e inexperto Eduardo Tercero, convertido ahora en un rey nominal puramente decorativo para las masas, se hallaba todavía sujeto firmemente bajo el dominio opresivo y asfixiante de su maquiavélica madre Isabel y de su implacable amante Mortimer. Ambos usurpadores regentes gobernaban juntos la rica nación de Inglaterra con mano de hierro, acumulando rápidamente poder, expropiando feudos y dictando leyes sin restricciones, como si fueran los auténticos monarcas indiscutibles que siempre habían soñado ser.

Pero ignoraban el hecho de que el enigmático adolescente crecía rápidamente rodeado de este ambiente viciado, observaba con ojos de halcón todos y cada uno de los engaños diarios y comprendía perfectamente la sucia jugada maestra que habían ejecutado. El joven monarca estaba muy lejos de ser un chiquillo ingenuo, tonto o fácilmente manipulable por los encantos de la vida cortesana, y su silencio taciturno era solo el preludio de una tormenta que arrasaría con los traidores. Escuchaba atentamente desde las sombras de los tapices mientras la gente del pueblo y los señores exiliados murmuraban acusaciones sobre las misteriosas y oscuras circunstancias que rodearon la trágica muerte de su desventurado padre en Berkeley.

Además, presenciaba a diario con creciente asco y profundo rencor contenido cómo su altiva madre y el arrogante Mortimer vivían ostentosamente como una verdadera pareja real casada, repartiéndose sin ningún pudor enormes extensiones de tierras y prestigiosos títulos nobiliarios a su total y absoluto antojo. Ocultando sabiamente sus intenciones detrás de una máscara de aparente e ingenua obediencia filial, Eduardo Tercero aguardó con pasmosa paciencia el momento perfecto, alimentando en total secreto su ambición personal de restaurar el verdadero honor y la soberanía manchada de su propia y ancestral dinastía. Y cuando finalmente el ansiado y glorioso día de actuar llegó y la balanza del poder se inclinó a su favor, ejecutaría su sangrienta venganza filial con una implacable determinación gélida y una dureza de acero.

Su destreza militar y su mente táctica resultarían ser de una factura tan sublime y brillante que habrían hecho sentirse inmensamente orgulloso a su propio abuelo conquistador, el legendario y guerrero rey Eduardo Primero. Sin embargo, a pesar de este repentino cambio drástico en las más altas esferas del poder, la verdadera historia sobre la trágica muerte de su padre no había cerrado aún su turbio y doloroso círculo argumental. En las convulsionadas décadas que siguieron a esta sangrienta y vertiginosa caída de regentes y favoritos, la cruda verdad oculta sobre el asesinato de Eduardo Segundo comenzó finalmente a salir a la luz pública.

Diversas crónicas medievales escritas a escondidas y valiosos testimonios de soldados arrepentidos permitieron encajar las oscuras piezas del complejo rompecabezas histórico y establecer los espantosos hechos con asombrosa claridad. Fue el ilustre cronista inglés Geoffrey le Baker, escribiendo muchos años más tarde con la pluma del horror y apoyándose en diversas fuentes orales de la época, quien se atrevió a ser el primero en describir vívidamente el inhumano método de ejecución del hierro incandescente. Su detallada y escabrosa versión escrita de los lúgubres acontecimientos terminó por convertirse rápidamente en la narrativa oficial e indiscutible que sería aceptada ciegamente por la asombrada y morbosa posteridad para siempre.

Con el paso inexorable de los años, varios y diversos cronistas e historiadores eclesiásticos confirmaron de manera independiente distintos y escabrosos elementos aislados de la oscura y trágica historia. Hicieron especial hincapié en mencionar detalladamente los infernales y agudos gritos de agonía pura que, según se decía, fueron escuchados con aterradora claridad por los pobladores de la zona en medio de la fría oscuridad de aquella noche fatídica. También dejaron constancia incriminatoria de las letales directrices y de las severas órdenes secretas directas emitidas desde las sombras por Isabel y Mortimer a sus esbirros, así como de la inenarrable y aterradora brutalidad de la planeada ejecución material.

Presos del terror más absoluto al verse potencialmente descubiertos, los oscuros y crueles ejecutores materiales, Maltravers y Gurney, decidieron huir precipitadamente de Inglaterra sumida en la confusión poco tiempo después de haber cometido su execrable e imperdonable crimen de lesa majestad. Su rápida y cobarde huida en barco hacia las seguras costas del continente europeo no hizo sino aumentar exponencialmente las más oscuras y terribles sospechas de complicidad directa que ya recaían pesadamente sobre sus hombros. Maltravers, atormentado por el fantasma de su víctima real, pasó largos y miserables años de exilio forzado escondiéndose como una alimaña en oscuras posadas del continente, logrando regresar a su patria únicamente cuando ya era un anciano decrépito y decrépito cuya menguada presencia ya no era considerada un peligro político para nadie.

Gurney, en cambio, corrió con mucha peor suerte tras años de frenética huida, siendo finalmente capturado y encadenado sin piedad en los lejanos territorios soleados de la península de España algún tiempo más tarde. Y de acuerdo con los crípticos y extraños registros diplomáticos de la oscura y convulsa época, este desdichado y despiadado sicario real murió repentinamente en extrañas y muy dudosas circunstancias, o posiblemente fue vilmente silenciado a traición por otros agentes. Este trágico y fortuito hecho ocurrió durante su largo y penoso viaje de regreso en barco hacia las brumosas costas de Inglaterra, llevándose consigo a la fría tumba marina los más valiosos secretos del oscuro complot real.

Resulta un hecho histórico sumamente llamativo y preocupante que nunca en la vida se llevara a cabo un proceso legal, transparente y formal para investigar imparcialmente y castigar con todo el peso de la ley la dudosa y violenta muerte de Eduardo Segundo. Sin embargo, esta evidente y escandalosa falta de justicia divina y terrenal es algo completamente comprensible y esperable, dado que los intelectuales y los verdaderos responsables en la sombra del horrendo asesinato eran precisamente los mismos tiranos que controlaban férreamente cada aspecto legal del reino. Pero la historia mundial, por mucho que los poderosos tiranos de turno intenten desesperadamente silenciarla, enterrarla bajo siete llaves en oscuras tumbas o reescribirla a su conveniencia con falsedades, siempre se niega obstinadamente a olvidar la más pura verdad de los hechos.

El brutal y trágico fin que encontró Eduardo Segundo en aquella apestosa mazmorra del castillo de Berkeley trascendió por completo su mera mortalidad para convertirse inmediatamente en un poderoso y complejo símbolo imperecedero y dual para el resto del mundo medieval. Por un lado, simbolizaba a la perfección la espectacular y trágica caída en desgracia, la ruina y la humillación final de un errático monarca que osó, con inmensa torpeza, desafiar abiertamente las inquebrantables normas morales, políticas y de hombría de su rígida época. Por otro lado, representaba trágicamente un doloroso y aleccionador testimonio de la desmedida y monstruosa crueldad de la que son capaces de llegar a mostrar quienes ansían desesperada y ciegamente el poder absoluto sobre los demás.

Su solemne y hermosa tumba ubicada en el corazón de Gloucester, para sorpresa y consternación de los fríos obispos de su tiempo, acabó convirtiéndose de manera verdaderamente asombrosa y paradójica en un centro de constante e incesante peregrinación popular masiva. Miles y miles de personas humildes de todos los rincones del país acudían constantemente hasta aquel sagrado lugar de reposo, movidas en su interior por una profunda e inexplicable compasión humana por el soberano cobardemente asesinado. Algunos, sin embargo, se acercaban por puro morbo insano, atraídos oscuramente por la escalofriante leyenda de su horrendo y macabro fin que seguía narrándose en voz baja, con creciente terror, alrededor de todas y cada una de las fogatas de la antigua isla británica.

Pero ante la evidente e indiscutible ausencia inicial de un cadáver público mutilado, y ante las persistentes y constantes dudas generadas por un crimen perpetrado siempre en las más absolutas y frías tinieblas de la corte, se alza desde entonces una duda gigantesca que no puede ser ignorada bajo ningún concepto por los historiadores modernos. ¿Realmente perdió la vida aquel desgraciado rey Eduardo Segundo de una manera tan excepcionalmente escabrosa y atroz, o acaso nos encontramos ante una de las más grandes farsas de la humanidad? Y es precisamente en este intrigante y exacto punto geográfico y temporal donde la narrativa oficial de los hechos da un vuelco tan colosal e inesperado que la historia se vuelve muchísimo más fascinante, ambigua e impredecible para los eruditos.

A los pocos y escasos años posteriores al oscuro y macabro rumor del terrible crimen pasional ejecutado en las lejanas y lúgubres celdas de la prisión, empezaron a extenderse incesantes e imparables murmullos que susurraban que en realidad aquel monarca milagrosamente había logrado fugarse de allí. Documentos sorprendentes, hallados por estudiosos en el transcurso del convulso siglo veinte, han expuesto asombrosos indicios y extraordinarias teorías que hacen verdaderamente tambalear la sólida e inquebrantable verdad aceptada hasta nuestros días. Un conjunto de reveladoras cartas diplomáticas privadas, intercambiadas entre los meticulosos agentes papales y diversos corresponsales franceses e italianos de la época, afirmaba contundentemente que Eduardo continuaba vivo en secreto.

Se mencionaba que el monarca exiliado y presuntamente muerto residía de incógnito y plácidamente recluido, alejado del ruido cortesano, en la seguridad e inescrutable quietud espiritual de algún convento o monasterio del vasto continente europeo de ultramar. Una misiva verdaderamente sorprendente, hallada accidentalmente por un erudito en los viejos archivos eclesiásticos franceses de la ciudad de Montpellier, que databa del año mil trescientos treinta y seis, hacía afirmaciones impactantes. Sostenía categóricamente que aquel monarca británico habitaba en un humilde retiro en Italia septentrional bajo una nueva, enigmática y discreta identidad, que se hacía llamar “William el Galés” y buscaba una absolución definitiva de sus errores terrenales pasados.

Otra misteriosa carta descubierta de forma casual en los archivos obispales de Escocia, que había sido redactada de puño y letra por un altísimo cargo de la Iglesia escocesa, relató que se había entrevistado en persona con un individuo de apariencia real que se proclamaba firmemente como el verdadero y único soberano inglés. Esta desconcertante serie de hallazgos archivísticos impulsó a una pléyade de destacados historiadores europeos a replantearse seriamente y debatir encarnizadamente si la narración oficial de la ejecución brutal y truculenta no habría sido acaso una enorme cortina de humo. Muchos empezaron a sospechar seriamente si el supuesto espeluznante asesinato no fue, en realidad, un elaboradísimo y sofisticado montaje propagandístico creado para que Eduardo escapase al exilio con vida, valiéndose para ello de un cadáver anónimo que se hiciese pasar por él.

Cabe destacar que el inerte y rígido cadáver en cuestión fue expuesto majestuosa y pomposamente a los crédulos ojos del gran público muchísimas semanas después de que se pregonara oficialmente su supuesto deceso por causa natural o asesinato por ahogamiento en los fosos del viejo castillo de Berkeley. Aquel enorme lapso de tiempo de inactividad forense habría sido muchísimo más que suficiente para que los conspiradores más taimados de la época preparasen y aderezasen con astucia el cuerpo destrozado de algún hombre desdichado con evidentes similitudes físicas. La audaz e innovadora teoría intelectual que defiende vehementemente un supuesto escape triunfal del monarca a lo largo de los pantanos ingleses presenta ciertos y contundentes argumentos probatorios verdaderamente intrigantes y extremadamente cautivadores.

En primerísimo lugar argumentativo, resulta sumamente revelador y de capital importancia tener en mente que Thomas Berkeley, que era el máximo encargado y principal custodio oficial asignado a la protección incondicional del antiguo rey encarcelado, proporcionó más adelante un inquietante y sorprendente testimonio oficial frente al parlamento inglés. Manifestó con aplomo, desafiando a sus superiores y bajo la pena de perjurar gravemente y exponerse al escarnio, que cuando fue depuesto del mando y se marchó apresuradamente del viejo castillo para refugiarse, dejó al derrocado monarca gozando de una salud perfecta e inmejorable, dejándolo con vida a cargo de sus implacables verdugos que eran Gurney y Maltravers. En segundo término judicial, existe una evidente e incontrovertible anomalía de enorme peso histórico. Ninguno de aquellos dos individuos huidos que fueron unánime y abiertamente considerados como los principales responsables en la sombra del crimen espantoso fueron sometidos nunca a un proceso judicial o siquiera investigados para depurar fehacientemente responsabilidades.

Este último hecho comprobable llama profunda, escandalosa y poderosamente la atención a propios y extraños si se tiene en cuenta que si el regicidio existió inequívocamente y sin el menor asomo de vacilación, debió perseguirse hasta el fin del mundo al menos por las apariencias o el protocolo real. Y en tercer y no menos fundamental último aspecto documental de gran relieve probatorio, destaca sobremanera la conservación de una misteriosa correspondencia en la que el joven Eduardo III rogaba por auxilio y piedad al Sumo Pontífice en Roma para llevar a cabo una extensa y desesperada búsqueda sin cuartel a través de toda Europa. En dicha carta apostólica, de la que no existen registros parecidos de monarcas anteriores pidiendo tal auxilio personal por parientes, solicita localizar urgentemente a un misterioso individuo que sospechaba, en lo profundo de su herido y angustiado corazón, que pudiese ser su malogrado padre.

Si Eduardo hubiese logrado semejante hito legendario evadiéndose furtivamente en la quietud de las tinieblas de las murallas que lo aprisionaban, indudablemente tal hazaña habría requerido del despliegue colosal y vertiginoso de unos esfuerzos sumamente arduos, complejos y peligrosísimos. Solo el uso sistemático de masivos y considerables sobornos económicos, junto con una elaboradísima farsa montada con sustituciones e intercambios subrepticios de cadáveres y el fiel trabajo abnegado de toda una red de protectores incondicionales, podría haber hecho concebible tan portentosa fuga. Y si bien todo este asombroso entramado de conjuras resulta de suyo un verdadero desafío logístico casi inconcebible, lo cierto es que bajo ninguna circunstancia podría catalogarse tajantemente de imposible si tenemos en cuenta que farsas aún más descomunales ocurrieron en la historia.

Engaños premeditados, colosales, intrincadísimos y de esta misma naturaleza política acaecieron en diversas y numerosas oportunidades documentadas con pasmosa y regular frecuencia durante los azarosos e inciertos siglos que comprendieron el Medievo de Europa y la cristiandad entera. En el hipotético caso de que un monarca destronado llegara a creer fundadamente, hasta la médula de sus huesos, que su frágil existencia colgaba exclusivamente de un finísimo e imperceptible hilo de telaraña sujeto a los cambiantes caprichos asesinos de sus temibles y crueles enemigos, la huida se convierte en el fin. Idear meticulosamente y orquestar una espectacular falsa muerte con el sublime y supremo objetivo estratégico de borrar por completo cualquier resto de la propia identidad, para después escabullirse bajo las oscuras sombras protectoras y la austeridad pacífica de un convento de frailes como peregrino anónimo, adquiriría un tremendo e innegable sentido de salvación suprema.

Esta hipótesis aventurada cuadraría exquisitamente y a la perfección, sin desentonar lo más mínimo, con el peculiar y bien estudiado carácter flemático y profundamente ajeno al protocolo y ambición mundana del infortunado rey inglés. Siempre huyó sistemática y denodadamente a lo largo de los años de las exigencias asfixiantes que conllevaba gobernar, prefiriendo sumergirse y buscar refugio o alivio perentorio en labores cotidianas o actividades rudimentarias alejadas del trono. Pero esta revolucionaria teoría moderna entraña y plantea, simultáneamente, innumerables resquicios y profundos problemas documentales e interpretativos de formidable magnitud y dificultad para el análisis histórico y forense de aquel suceso tan remoto.

La tan ansiada e idolatrada prueba irrefutable no es consistente en absoluto, revelándose muy fragmentaria, inestable e, incluso, enormemente dependiente del testimonio ocasional aportado por rumores que pasaron difusamente de segunda a tercera mano, narrados por emisarios que oyeron ecos indirectos. Determinadas y aisladas epístolas papales remitidas desde el Vaticano dan fe, de manera sucinta, de la insólita existencia de un solitario peregrino que osaba atribuirse a sí mismo la vetada y peligrosísima identidad nominal de Eduardo. Ninguna autoridad formal e imparcial o entidad eclesiástica plenamente acreditada en Europa osó jamás respaldar ciegamente semejante, colosal y temeraria aseveración ni ratificarla legalmente, optando por cubrirla con un impenetrable velo de prudentísimo e insondable silencio y cautela política ante las cortes foráneas.

La carencia absoluta y palmaria en aquellas remotas épocas oscuras de pinturas realistas precisas u otro tipo de fiables e infalibles medios verificadores que garantizasen o testificasen categóricamente la verdadera identidad de los monarcas caídos hacía la labor policial francamente inabordable e ilusoria en el continente entero. Con gran astucia e insondable descaro, un innumerable enjambre de farsantes empedernidos e impostores audaces pululaban incesantemente como sombras funestas y aprovechadas que asolaban las cortes europeas, lucrándose descaradamente al rebufo de las penumbras e incertidumbres informativas de aquellos años turbulentos e inestables que azotaban la sociedad entera de occidente. Numerosos imitadores burdos e impostores sin linaje que reclamaban ardientemente ser la verdadera encarnación de Eduardo Segundo bien pudieron aflorar espontáneamente y cobrar resonancia inusitada, valiéndose del misticismo de su triste fama universal.

Idénticos casos proliferarían irremisiblemente años o siglos venideros en diversos e insospechados lares del continente europeo, multiplicándose asombrosamente las historias fabuladas protagonizadas por reaparecidos herederos milagrosamente vivos o príncipes que lograban evadirse inverosímilmente de sus tumbas vacías y reclamaban audazmente riquezas o su lugar arrebatado en los cetros monárquicos usurpados por familiares. Por otra parte lógica, sus captores Isabel y su poderoso y altivo amante Roger poseían más que sobrados y apabullantes motivos de enorme raigambre para desear ferviente e inmensamente, a todo precio u honor mancillado, que su temido rey feneciese en un suplicio verdaderamente rápido e irreversible hasta el último aliento vital de dolor espantoso. A buen recaudo habrían pergeñado y orquestado cada ínfimo pero sangriento detalle a fin de garantizar fehacientemente y de forma definitiva y expeditiva su cruel muerte, descartando del todo cualquier indulgente encarcelamiento perenne o destierro, debido a la simple razón del colosal peligro que traería al futuro y que era excesivamente mayúsculo y amenazante como para soslayarlo.

La mera contingencia política y pavorosa perspectiva vital de que en el horizonte apareciese su aborrecido y vengativo monarca portando estandartes y respaldado furiosamente por mercenarios hostiles que le secundasen para arrebatar de sus manchadas manos la corona del estado resultaba una constante pesadilla espeluznante que turbaba en extremo sus atribulados sueños. Y en franca conclusión a todas y cada una de las interrogantes y desvelos intelectuales que asolan a los expertos, varios testimonios discordantes extraídos y cribados minuciosamente del acervo probatorio concuerdan indiscutiblemente y convergen extrañamente en unos precisos detalles de una crueldad extrema, infame e inhumana narrando atrocidades horripilantes que debieron acontecer, fuera como fuese, allí abajo donde el diablo gobernaba, en lo hondo de aquel siniestro torreón donde Eduardo pereció en medio de torturas y gemidos aquella fría madrugada que sacudió los pilares morales de todo el cristianismo e hizo presagiar un pavoroso mal en aquellos tiempos lóbregos de crímenes inauditos por la ambición de ser los dueños de todo a la fuerza bruta.

—No importa cuántos siglos pasen, la sombra ensangrentada del rey Eduardo Segundo nunca dejará de perseguir los pasillos de nuestro palacio ni las mentes de aquellos que usurparon su sagrado trono —dijo un sabio cronista al joven Eduardo Tercero, bajando la voz y mirando temeroso hacia las sombras—. Los crímenes que se cometieron en Berkeley bajo el amparo de la oscuridad dejaron una mancha imborrable en nuestra historia que ninguna victoria militar futura podrá lavar por completo. La historia recordará su debilidad en el campo de batalla, es cierto, pero la eternidad recordará la monstruosa crueldad de aquellos que lo traicionaron por pura codicia.

Es muy probable y racional pensar que la verdadera naturaleza de los misteriosos eventos que rodean su prematura muerte repose silenciada en el claroscuro del devenir, a caballo justo en medio de los asombrosos contrastes y las discrepancias narradas en las distintas y antagónicas versiones orales de aquel drama sombrío y trágico que se perdió en la espesura insondable de los tiempos inmemoriales de occidente. Es muy admisible considerar que el atribulado rey sí expirase irremediablemente en los lóbregos muros del castillo donde residía como infeliz rehén del rencor inagotable que depararon los regentes en la sombra, aunque es igualmente plausible colegir y pensar que sus captores no recurrieron de inmediato, sino después, al mítico e inenarrable padecimiento derivado de insertarle el fuego al rojo de la estaca afilada por sus entrañas pélvicas en un paroxismo de salvajismo e inquina de origen más moral y legendario que de cariz históricamente fidedigno. Bien podría haber encontrado su final a causa de procederes más tradicionales, oscuros y eficaces para asfixiar la vida o envenenar sigilosamente las mermadas fuerzas del desgraciado sin levantar el menor de los recelos e inspecciones anatómicas foráneas o escándalo diplomático ulterior que acercase la ruina del poder en Inglaterra; quizás empleando asfixia con finas sedas mientras desfallecía o por el envenenamiento paulatino mezclado sibilinamente a los caldos y líquidos.

Y en esa tesitura macabra de crímenes palaciegos inconfesables pero evidentes para todos los eruditos que presenciaron las intrigas funestas de la camarilla imperante a costa de destruir toda la oposición interior monárquica a golpe del acero y de sobornos incontables a sus opositores desmoralizados para ocultarlo. Pudiera afirmarse que un pequeño resquicio estadístico minúsculo contemple y acoja, muy marginalmente y bajo muchísima cautela, la rocambolesca pero romántica conjetura argumental que sostiene vehementemente la evasión con vida de tan sombría prisión, solo para recalar más adelante, aquejado de insoportables enfermedades incurables, en la frialdad y el misterio sin luz y en completa agonía, feneciendo tristemente y propiciando un laberinto enmarañado, oscuro e irremediable de engaños persistentes que originaron de igual manera un sinfín de conjeturas en extremo fabulosas aseverando perentoriamente y con ardor su muerte o clamando a voz en cuello su sobrevida. La única verdad prístina e inmutable que resiste inconmovible y sin merma el severo asalto del tiempo tras la avalancha incesante de todos los juicios exegéticos e inquisiciones modernas es que su persona infortunada y lánguida quedó defenestrada para la posteridad y fue erradicada salvajemente y sin paliativos de todo el panorama e influencia y potestad soberana desde aquel fatídico instante del año mil trescientos veintisiete. Jamás retomó, bajo forma alguna y pese a todas las ilusorias esperanzas acariciadas por sus nostálgicos incondicionales sumergidos en la clandestinidad rebelde y secreta que soñaban el milagro, la rienda gloriosa o funesta de ninguna jurisdicción que pudiese desafiar el yugo inestable pero férreo impuesto brutalmente por los magnates sublevados ni perturbar el orden de la nueva monarquía instalada violentamente mediante intrigas y conjuras incalificables de los soberanos tiranos y crueles de su era implacable que no perdonaba nada y se erigía con terror omnímodo por donde pisaran con todo el peso incalculable.

Y sea como fuere o dondequiera que sus restos terrenales ultrajados morasen ocultos a las inclemencias e ingratitudes insondables y lacerantes, halló en lo sucesivo y perennemente por el cúmulo de todos los reinos y potencias europeas el trato, pompa y la deferencia honorífica inalterable que por protocolo sacro corresponde en justicia y en derecho indiscutible otorgar a un verdadero rey despojado súbitamente del trono con extrema barbarie o extinto y no al proscrito huido, recibiendo por tanto las mismas canonjías y exequias fúnebres debidas en las cortes extranjeras por decencia inmensa. Su ladina esposa invirtió exorbitantes fortunas económicas salidas de la hacienda que saqueaba profusamente a fin de erigir tan fastuosa e imponente sepultura de un esplendor colosal y mandó instaurar a golpe de talonario ininterrumpidos funerales carísimos clamando ofrendas religiosas cotidianamente, donaciones e incesantes exequias devotas suplicando hipócritamente la salvación perpetua del alma para su esposo en purgatorio de sufrimientos sin fin. Semejantes fastos de boato excesivo carecerían en absoluto del menor sentido cabal o pragmatismo e implicarían llanamente el dispendio colosal del oro atesorado que con suma parsimonia acumulaba a sangre y fuego, en caso de haber cobijado en sus recelosos rincones y a ciencia cierta un atisbo de constancia íntima fehaciente que confirmara sus temores persistentes de que por las sendas agrestes del inmenso continente caminaba libre e incógnito el rey, tramando oscuramente un regreso violento acompañado del odio a ultranza y dispuesto a pasar a sangre y espada todo rastro de los infames advenedizos.

Por su parte y de forma paralela en la sangrienta evolución de la revancha generacional, su legítimo pero sumiso hijo, que bajo una silenciosa quietud maduraba secretamente con resquemor de león la ocasión para erigirse justiciero en la arena, culminó vengando inexorable y sorpresivamente la sangre ultrajada abatiendo sin contemplaciones toda la potestad desmedida que a espaldas suyas usurparon y acapararon de forma abyecta su implacable progenitora en connivencia impúdica con Mortimer hasta asestar un vuelco trepidante eliminándolos de una estocada certera y devolviendo el honor a su familia para la salvaguarda y futuro impoluto que soñaba y construir por completo de nuevo todo su amado imperio inigualable. Pero resulta sobrecogedor constatar y percibir su hermetismo asombrosamente impenetrable y reacio por todo el decurso vitalício ya que prefirió obviar celosa y públicamente todo alarde vindicativo o dilucidación formal que explicase clara o detalladamente el turbio abismo donde las incógnitas y enigmas inescrutables acerca del brutal finiquito de su señor padre dormían y seguirían en letargo permanente en la más severa opacidad institucional, indicando a todas luces y bajo enorme sospecha de saber en extremo de qué forma horripilante, cobarde y vil fue liquidado en Berkeley sin atreverse a reconocer por nada del mundo el tamaño de la ignominia impronunciable. No cabe por menos en estas líneas históricas dedicar forzosamente la minuciosa atención y un capítulo íntegro al posterior sino y paradero definitivo de toda aquella pareja desalmada y funesta que orquestó la monstruosa e inaudita usurpación del destino glorioso para sí mismos asolando Inglaterra; dado que los vaivenes incesantes del implacable e imprevisible tiempo histórico que aplasta a los culpables disponen magistralmente del medio y el poder de ir tejiendo lenta y rigurosamente su cerco fatal dispensando inexorablemente, como un bumerán terrible y avasallador, la ineludible y definitiva justicia final sin paliativos.

Mortimer ejerció la autocracia suprema, detentando el cetro del mando opresor tras bambalinas bajo su arbitraria dictadura con insaciable apetito de oro y prerrogativas por tres interminables y amargos trienios sangrientos sometiendo la estricta tutela al endeble soberano, mas rubricó el error estratégico capital que supondría su lapidaria ruina definitiva y desmedida subestimando neciamente al muchacho silencioso creyéndolo una masa moldeable al antojo perpetuo del tirano ignorando trágicamente el colosal temperamento belicoso. Y llegado de manera subrepticia el memorable y decisivo año histórico mil trescientos treinta, aquel muchacho agraviado y en silencio poseyendo nada menos que los incipientes arrojos guerreros de dieciocho años de sangre impetuosa e incontenible ebullición preparó con su escolta, forjando el metal justiciero desde las tinieblas de los pasadizos, una rauda celada perfecta e indomable acometida y asalto sin remisión ejecutando el anhelado golpe contundente y libertador que fulminó su odioso e interminable secuestro regio al poder que no dejaría a nadie con la misma soberbia ni a tiranos levantando el puñal ensangrentado. Se adentró velozmente envuelto por la oscura lona del sigilo nocturno y guiado diestramente por milicianos inquebrantables cruzando laberínticas e insidiosas entrañas por secretísimas galerías serpenteantes, túneles ocultos bajo inmensas y pétreas murallas de aquella colosal y poderosa fortaleza inexpugnable e incólume situada a las afueras majestuosas para atrapar de improviso con puño acerado e implacable en el recinto del Nottingham a aquel altivo y confiado traidor supremo desprevenido mientras su madre suplicaba piedad inútil que no tendría lugar jamás ni misericordia en ninguna parte donde existiese la honra de un rey vivo e implacable para gobernar.

—Hijo mío, te ruego por las entrañas que te concibieron, ten piedad del gentil Mortimer y no manches tus jóvenes manos con su sangre derramada en esta oscura noche —gritó la reina Isabel, arrodillándose desesperada en el frío suelo de piedra de la fortaleza, aferrándose en vano a las pesadas botas de cuero del joven rey—. Él no es tu enemigo, sino el salvador de este reino que te entregó la corona cuando tu padre estuvo a punto de destruirnos a todos con su insoportable tiranía y sus aberraciones constantes. Si hay una sola onza de compasión en tu corazón de monarca, te suplico que lo envíes al exilio en lugar de arrastrarlo al patíbulo como si fuera el peor de los criminales del reino inglés.

—Madre, vuestras palabras caen en oídos sordos frente a los crímenes de alta traición que este hombre ha perpetrado impunemente contra nuestra dinastía y contra la vida de mi padre —respondió el joven Eduardo Tercero con una frialdad gélida, desenvainando la espada para señalar el pecho del aterrorizado Mortimer, que palidecía visiblemente bajo la luz temblorosa de las antorchas—. Este usurpador arrogante ha robado mis tierras, ha corrompido vuestro juicio y ha manchado para siempre el sagrado honor de la familia Plantagenet. No habrá piedad, ni exilio dorado, ni clemencia divina para quien creyó estúpidamente que podía gobernar a Inglaterra como a una oveja esquilada mientras yo aguardaba silenciosamente en las sombras para reclamar mi lugar legítimo.

El altivo Mortimer fue engrilletado rudamente y empujado sin miramientos para ser posteriormente sometido con extremada y severa rigurosidad al inapelable y temido dictamen escrupuloso por parte del inclemente tribunal de lores; soportando así todas las enormes y aplastantes inculpaciones referidas explícitamente y pormenorizadas a gravísimas fechorías en la más vil y abyecta alta traición con ultraje reiterado en grado supremo por pretender usurpar ilegítima y constantemente inmensas prebendas o inalienables funciones únicas reales acarreando incalculable quebranto a todo el pueblo llano e induciendo insoportable tiranía sobre nobles de sangre purísima para colmo también por estar fuertemente implicado hasta el fondo sin disimulo de conspirar y llevar el horror al encierro acabando con la vida del depuesto. Expulsando un ronco suspiro postrero a merced del duro cordel carcelero colgando espantosamente del madero patibulario que le reservó la infamia perpetua y escarnio brutal sin paliativos de ejecución para su vil crimen padeciendo las deshonrosas asfixias con total repulsa popular y humillaciones vergonzantes sin límites tal cual vulgar salteador de senderos despoblados frente al pueblo amotinado celebrando la macabra justicia en Tyburn marcando inexorable un derrumbamiento monumental sin parangón en lo referido a estrépito precipitado desde el inalcanzable pináculo colosal al abismo en ruina desolador e ignominioso e insalvable que experimentaba de súbito e inesperadamente. Aquella implacable revancha implícita se asomaba pavorosa e insaciable y su cobarde progenitora solamente se pudo zafar milagrosamente en el filo angustioso en el último segundo del cruel verdugo esgrimiendo y excusando de puro milagro por su innegable rango sagrado materno, logrando soslayar la espada vengadora al eximir del derramamiento directo y flagrante aunque recluida y desterrada desde las más encumbradas esferas de decisión para pudrirse sin remisión sola marginada en una cárcel perpetua donde ni el recuerdo acudiera y perdiéndose sus años inagotables rumiando todo el amargo veneno del inmenso fracaso de su ambición y perversión oculta y castigada.

Languideció penosa e irreparablemente por tres amargas décadas, recluida y condenada perpetuamente bajo estrechísima y celosa custodia domiciliar perenne marginada en silencio sepulcral rodeada de escasos criados ajenos, privada radical y dramáticamente por completo al destierro inexorable en todos y cada uno de los oropeles e influencias cortesanas; lejos para siempre. Muriendo al fin en un lúgubre ocaso a lo largo de un triste, inmemorial, frío y doloroso otoño sin eco que la dejaba añorando sus fastos y su innegable crueldad inusitada consumida totalmente sumida de aburrimiento por lo desolado siendo desdibujada sin par. Terminó de extinguirse tristísima olvidada e ignorada del mundo, añeja envuelta como sombra caduca y lánguida distando ya mil leguas oceánicas a años inmensos en el pretérito resplandeciente temida y apodada la implacable e indomable feroz “Loba de Francia”, quien antaño hiciera de forma avasalladora desmoronar el trono con solo un gesto altivo pero sin embargo antes del irremediable postrer estertor expiatorio dejó encomendada singular manda a sepultarla ataviada tiernamente ceñida en el suntuoso nupcial adorno tejido lujosamente de hilo riquísimo cual el destronado obsequió al casarse e implorando también el llevar en su seno resguardando del frío cadavérico aquel presente inmemorial encarnado en aquel viejo corazón de hermosa plata.

Acaso en los inescrutables entresijos sombríos e impredecibles abismos gélidos y callados remordimientos latentes a lo más hondo e inasible tras un largo y fúnebre encierro rumiando desastres y derrotas colosales padeció a escondidas en un profundo y asfixiante abismo espiritual pesadas cargas culpables atormentadoras; anhelando de forma lánguida e inagotable con pura añoranza juvenil revivir para consuelo todos aquellos dulces albores en el alba floreciente inalcanzable por un retorno glorioso e idílico para cuando en un futuro todo parecía esperanzado e invencible. Nunca llegaremos fehacientemente e indubitablemente al amparo incontestable ni con asomos fidedignos de lograr elucidar qué recónditos secretos, hondos arrepentimientos lúgubres o desesperados interrogantes, pensamientos confusos acompañaron o aplacaron lánguidamente a la destronada monarca presa en aquellos interminables e inclementes periodos en la desolada soledad del sombrío ostracismo en el calabozo sin salida. La historia contemporánea fue sumamente inmisericorde al clasificar al malogrado de forma tajante cual detestable y calamitoso e inapelablemente como del todo pernicioso aunque el alcance en retrospectiva e inferencias severas oscilen en todo caso dependiendo sustancial y ampliamente sobre aquellas ópticas, bases y parámetros morales imperantes elegidos cuidadosamente y rigurosamente para medirlo, enjuiciarlo con rigor.

En caso supremo e indubitable de pretender dictaminar ciegamente el éxito gubernativo evaluado fríamente en exclusivos y crudos e ingratos resultados sobre batallas acometidas o fronteras expandidas entonces, sin la menor sombra, todo aquel reinado fracasó estrepitosamente cual naufragio irreversible sin paliativos hundiéndose a pique de modo infame hacia un abismo ciego. Mermó irreparablemente un ingente capital táctico tras sus pírricos fracasos asolado y despilfarrando caudales inconmensurables acumulados exhaustiva y tesoneramente legados por los inmensos sacrificios heroicos dejados a su muerte en herencia por su antecesor que arruinó entregando inútil tras años nefastos cediendo en una Inglaterra paupérrima inmensamente débil a expensas ajenas. Y si intentásemos abordarlo imparcial, cautelosa, ecuánime y piadosamente adoptando comprensivas miras introspectivas, centrándonos de lleno ahondando sobre las enormes taras intrínsecas inmanentes y fragilidades sicológicas innatas desde una lente en su frágil y desprovista fisonomía despojado por ende de anheladas heroicidades su peripecia innegablemente destila a mares unos tenues colores y variados tintes dramáticos con inmensa intensidad compasiva.

Era en realidad un sujeto arrastrado penosa, ineluctable y coercitivamente por las furiosas marejadas políticas a encarnar y aparentar en el escenario histórico todo un papel predeterminado y belicoso en franca oposición beligerante sin mostrar el más leve ni recóndito y minúsculo rastro de la necesaria apetencia ni inclinación o fervor interno del todo a reinar. Vino a la luz, forzado y prisionero irrevocable en un tiempo de sangre y hierro donde a todo vástago regio de manera incesante y con estricta rigurosidad e inalterable fiereza lo amaestraban infundiéndoles instintos cruentos encaminados ineluctablemente al exclusivo arte de la matanza bélica imperante pero poseía diametral y contradictoriamente escondida en el alma inofensiva solo un genio tierno encendido de afable devoción hacia las artes de constructores pasivos ignorando a los sables con asco hondo sintiendo a la espada ajena en toda ocasión que acarrease mutilar al prójimo un repudio irreprimible desde el fondo de sí mismo. Experimentó pletórica pero ingenuamente la satisfacción pura y embriagadora y gozosa e inefable laborando codo a codo en las rudimentarias y bellísimas artes constructivas manchándose inofensivo de barro levantando la argamasa charlando del clima pacíficamente del brazo e ilusionado perennemente y disfrutando exento del más rudo temor dialogando siempre cercano amistosamente a gentes campesinas e humildísimas compartiendo del jolgorio simple del pan del campo en la humilde carreta hallando además insuperable pasión artística encumbrado y arrobado dulcemente por encantadoras tonadas líricas desgranadas del juglar en toda suerte de dramas poéticos ignorando para su trágico final a su reino belicoso.

De haber sido un simple hijo nacido fuera de los lujos reales y lejos de la tiranía, nacido de mercaderes, orfebres o tejedores sin títulos de guerra que defender ni linajes ensangrentados que preservar ante las masas sublevadas de forma constante en todo aquel terrible período bárbaro de la historia antigua. Con suma certidumbre y un elevado e incontrovertible margen afirmativo se podría colegir y augurar sin yerro que sin tales fatídicas prerrogativas que en el inicio le acompañaron fatalmente hubiese logrado pacífica y tranquilamente una vida plena, humilde, placentera en el anonimato gozando una dichosa tranquilidad exenta. Empero le acompañó por un malhadado azar hereditario inmutable brotar sin alternativa o enmienda de los sagrados lomos coronados y engendrar aquel infortunio funesto irremediable de poseer toda esta magna estirpe y este simple pero inexorable y crudo evento sella trágicamente por anticipado la pavorosa conclusión mortífera que aniquiló su existencia para siempre.

Inexorable e incesantemente abocado a presidir el trono asumiendo una abrumadora corona no apetecida lo obligaron violentando todo instinto natural e íntimo a desposarse fríamente forzado desprovisto de afección conyugal alguna y destinado de antemano a escenificar todo un forzado papel artificial para él extrañísimo encadenado sin más remisión para simular ante su corte. Desencadenándose en estruendo aterrador y punitivo ante el cual no podía zafarse en cuanto osaba exponer de manera pública, desnuda y sincera los vericuetos e intensos abismos ocultos resguardando un amor prohibido demostrando así todos los ardorosos aprecios o efusivos abrazos encendidos que innegable e inevitablemente albergaba dirigiéndolos valiente e insensatamente por Gaveston el mundo puritano se volcó ensañándose de manera abismal descargándole un peso formidable colmado del más cruel e irracional de los aniquilamientos con fiereza incontenible. Y es que resulta en extremo imperativo e ineludible entender, vislumbrar a fondo la intrincada estructura colectiva implacable inmersa indubitablemente en un abismo de moral caduca e intolerancia inquisitorial de esta rígida época donde inmiscuir de forma intolerable, inaudita y sacrílega tamañas herejías subversivas al quebrantar sistemática e innegablemente con soberana imprudencia e incomprensible disidencia un arquetipo cimentado firmemente suponía atraer ineludible un severísimo, letal e inquisitorial castigo mortal e inapelable por socavar un precepto cimentado sobre lo concebido intrínseca, férrea e inamoviblemente cual hombría militar regia sin cabida.

Eduardo satisfizo aquel astronómico, desolador y onerosísimo, implacable peaje con la trágica pero irreprimible y arriesgadísima insolencia al empeñarse tenazmente oponiéndose a sus represores desafiando lo tradicional encumbrando ciegamente a sus caprichos para el asombro del poder desbocado y enloquecido e ignorando o desoyendo lo pautado sufriendo el trágico ocaso definitivo sin vuelta atrás. Y el perenne e inextinguible debate erudito de acalorados y enconados argumentos vertidos abundantemente sobre el turbio y escandaloso pero recurrente y sombrío trasfondo tocante a su singular orientación sexual profunda y controvertida, se instaura firmemente constituyendo irrebatiblemente aún a los presentes e inciertos días actuales en un imperecedero y apasionado interrogante sumamente central y polémico debatiéndose a capa y espada. Sin embargo, no ostenta per se y paradójicamente en absoluto tamaña y supuesta importancia decisiva inherente en sí misma sino y de manera clarificadora irrumpe resplandeciendo cual magnífico o fidedigno faro revelador y de valiosísima radiografía inestimable aportando ingente y muy clarificadora perspectiva ilustrando hondamente respecto a cuán caprichosas o cambiantes se revelaban a fin de cuentas a la posteridad todas las distintas hermenéuticas del pasado turbio según cada tiempo y lugar de los cronistas analizados que reflejan su miedo insuperable de narrarlo todo.

Redactaban los severos monjes e incisivos y agudos analistas sumergidos cautelosamente recelosos escribiendo al abrigo tenue de escuetos y crípticos pero clarísimos adjetivos en todo momento cuidando veladamente al máximo no incurrir fatalmente y arriesgar el pellejo esparciendo herejías inauditas soslayando así toda frontal aseveración temiendo puramente represalias severísimas sin clemencia ninguna por escandalizar al estado y al mundo ciego. Empero no se arredraban sutilmente al sugerir encubiertamente para legarlo implícito, latente y soterrado perennemente a una inteligente lectura escurridiza a fin de que la posteridad lo comprendiese que barruntaban inequívocamente y sin dudar un turbio indicio de enorme, intolerable e impropia y reprochable depravación impúdica y nefanda e incalificable de su monarca de forma reiterada sin poder negarlo y atisbando lo obvio. Hay que advertir inexcusablemente y considerar en retrospectiva antropológica sin ambages y de manera irrefutable de que todo concepto psicológico integrador u concepción aglutinante moderna conformadora y denominativa referente inequívoca y expresamente tocante a una supuesta identidad homosexual interiorizada cual opción personal natural y consolidada era por ende inasumible y se ignoraba por completo perdiéndose irremisiblemente todo ello en la oscura ignorancia de su tiempo, pero en contrapartida el flagrante pecado concupiscente material, tangible y reprobable ejecutado de acto, se castigaba sin dudar en público sin indulgencia a los impíos pecadores.

Un vasto cúmulo probatorio incesante apuntado invariablemente en la misma y concluyente dirección probatoria incide fehacientemente e irrevocablemente que todo rasgo observable sumado por entero acusa ciegamente una evidencia clamorosa y abrumadoramente sólida al escrutinio imparcial del mundo entero que vio sus constantes derroches insensatos por amor hacia hombres apuestos sin ningún control ni tapujo moral existente que le contuviera el freno. Su exorbitante fogosidad desmedida emocional exhibida a diario colmando frenéticamente de favores de manera arrolladora sin mesura ni pudor junto al escandaloso, desorbitado y efusivo trato singular y privilegiadísimo colmando inusitada y asombrosamente por sobre todos sus contemporáneos en exclusivo al adorado Gaveston de presentes, de tierras para perenne asombro despectivo y furibundo repudio colectivo hacia este proceder loco y ciego y de perdición letal irremediable. Todos esos encendidos remanentes epistolares supervivientes a la ruina y salvados casi in extremis del ominoso fulgor del exterminio censor en sus floridas líneas transpiran indiscutiblemente sin rebozo un apasionado furor romántico excediendo infinitas, inconmensurables, abisales leguas en profundidad a un apego amical tradicional ordinario sobrepasando los linderos de simples alianzas frígidas institucionales con devoción que arrobaba el juicio.

Con todo esto debe reseñarse insoslayable e ineluctablemente para aportar justa equidad contrastable pero extraña de forma innegable el peculiar y fehaciente suceso indiscutible atestiguado probatoriamente y con plena validez de que aquel rey llegó además por consiguiente a ser procreador prolífico engrosando la descendencia aportándole al final cuatro vástagos innegables concibiéndolos de Isabel en la soledad recelosa. Esta llamativa encrucijada incita poderosamente promoviendo una prolífica y vigorosa corriente hermenéutica dual argumentando plausibles tendencias divididas aduciendo a todas luces y bajo esta aparente ambivalencia procreadora a sospechar y decantarse mayoritariamente en postular encarecidamente e incesante de que poseía inclinación innegablemente bisexual oscilante amando y procreando intermitentemente sin control que frenara aquel inusitado ímpetu real o desdoblado con disimulo en ambos lados de la moneda sentimental. Jamás dilucidaremos infaliblemente sumidos al desamparo en este abismo pero en puridad estricta desprovistos totalmente de testimonios prístinos y exentos en suma y sin resquicios en definitiva al hallarse perdidos con el viento despojando esta encrucijada tal cual misterio inmanente, esa inagotable irresolución dubitativa persiste en un velo atrayente de interrogantes perennes que confieren extrañamente al final un tinte y atractivo idóneos encumbrando su misterio.

Resultó primordial, sustancial y radicalmente trascendente al postre e imperativo para forjar todo su fatídico ocaso atroz cómo aquel controvertido monarca obró libre y tercamente, experimentando insoslayablemente sin arrepentimientos o miedos todo amar incontrolado obrando temerariamente con osadía suicida desafiando un patrón inaceptable de modo contundente obcecándose a ser del modo prohibido sin acatar sumiso por temor al yugo. Y precisamente toda esta audaz y rebelde incontinencia desprovista de fingimientos cínicos obrando genuino encarriló ineluctablemente, cual fuerza demoledora, irrefrenable y aplastante en dirección inexorable por aquel fúnebre sendero que desemboca, se estrella irreparablemente sin retorno acarreando implacablemente consigo aquella cruenta debacle que hundió irreparablemente toda su dinastía de rey en los confines inmundos de un pozo sangriento y frío, abocándole al vacío. De haber ejercido e impostado hábil y astutamente la obligada, prudente y estratégica y cautelosa simulación palaciega blindando de recelos en penumbra sus hondas, íntimas y ardientes predilecciones para preservar perennemente incólumes y fingidos a ojos externos celosamente los secretos sin levantar polvo en el ruedo comprendiendo hondamente por instinto letal del juego todo ardid maquiavélico, seguro y casi indudablemente habría logrado soslayar y burlar su muerte al final del abismo.

Es hondamente descorazonador asomarnos al oscuro abismo y tratar infructuosamente de recrear el pavoroso vía crucis e indecible tormento extremo final con espeluznante crudeza que acompañó insoportablemente todos sus interminables pero lánguidos compases postreros recluido esperando la ineludible hora fúnebre al final de su corta vida arrinconada en asfixiante hediondez desamparado totalmente en las sombras carceleras insalubres. Todo rastro reluciente de potestad, poder, inagotable fasto suntuoso incalculable y resplandor inmarcesible en apogeo deslumbrante claudicaron volatilizándose infame y de modo grotesco y radical sumiéndose fulminados al efímero soplido como viles espejismos disueltos irremisible y de un plumazo de la historia desapareciendo con terror de rey que no valía nada más en sus minutos penúltimos agónicos implorando la muerte rápida. Las alianzas íntimas desmoronadas presenciando estoicamente todo suplicio ajeno aniquilado sin cuartel con horror de todos aquellos fieles acólitos despojados sin dilación pereciendo bárbaramente inmolados bajo macabras y viles hachas justicieras derramando cruentamente en espectáculo abyecto ante sus asombrados globos oculares en llanto hirviente toda sangre por caprichos desalmados de represalias de sus enemigos irredentos e intratables y sedientos de todo exterminio vengador imparable.

Y sumida del todo abyectamente de un enconado e insaciable odio latente desvelando a plena luz traición inenarrable en los estrados más impúdicos su esposa no albergando piedad pero tampoco sin padecer un recelo de ser odiada con anterioridad le vendió en descaro mayúsculo exhibiendo deslealtad colosal compartiendo del todo, infame y libremente por completo todos los hilos omnímodos junto al amante triunfante sin pudor. Transmutando sibilina y maquiavélicamente de pronto con alevosía e inusitado y premeditado cálculo aterrador y manipulador en infames instrumentos utilitarios que sirvieran con iniquidad implacable al torpe e inexperto pero legítimo heredero blandiéndolo descaradamente al erigirse los falsos redentores a expensas de la vil coartada y usurpación en favor artero, hipócrita e injustificado para fundamentar ineluctablemente toda aquella fulminante ruina del desahuciado monarca y el reino al instante. Fue de tal pavorosa desolación aniquiladora de vínculos, marginado por entero al peor desamparo a merced infausta sufriendo la cruenta soledad inexpugnable e imbatible viéndose por añadidura dolorosamente abandonado cínicamente por todas e incontables facciones acatando silenciosamente pero desesperado con amargura aquel sombrío y tétrico punto final funesto del que a sabiendas ineludibles no escaparía vivo presagiando con dolor su abismo postrero con amargura infinita que quemaba.

—¿De qué me sirvieron las sedas más finas y las coronas más relucientes si no pude entregar mi corazón al hombre que amaba sin ser perseguido como una bestia rabiosa en mi propio reino? —se preguntó Eduardo, hundido en la penumbra de su celda infecta, mientras la lluvia incesante repiqueteaba contra los muros invulnerables del castillo de Berkeley—. Escogí el amor por encima del poder, y el mundo no dudó en castigarme arrebatándomelo todo para que muriera en esta soledad abismal y podrida. Si alguna vez existió un Dios piadoso, que tenga compasión de este rey que solo anheló vivir rodeado de aquellos a los que realmente quería en este valle de lágrimas manchado de traición infinita.

Acaso, inmerso irremediablemente e infructuosamente en las oprobiosas e inmundas catacumbas rodeadas pavorosamente por tinieblas asfixiantes y heladas paredes se detuviera exhausto en la fatiga preguntándose en susurro trágico rememorando incesantemente sobre cuál de todos aquellos remotos destinos promisorios se truncó en el infinito mar para un simple artesano humilde pero sincero. Acaso por ventura se asaltase febril o incesantemente al dolorido fuero interno debatiendo arrepentido atormentándose flagelante en torno a aquellas polémicas o erráticas resoluciones perjudiciales adoptadas ciegamente a lo largo de un turbio andar, asumiendo su castigo final y sopesando angustiosa y penosamente si todo este inmenso suplicio insalvable valía ineludiblemente la amarga recompensa atroz obtenida a merced de abrazos efímeros perdidos. No alumbraremos bajo ninguna esperanza a dilucidar esto pero el dramático, poético e insondable matiz irresoluto eleva misteriosa e inconmensurablemente forjando en la posteridad literaria de modo imborrable para fascinación incesante otorgando a la singular silueta de este infeliz personaje trágico una estampa shakesperiana desoladora sublime al compás de este inagotable encierro de tinte místico y crueldad extrema de su incomprensible fin para escarmiento general.

Fue este desventurado cual poeta inefable del alma desterrada arrinconado contra el lúgubre paredón y asediado prisionero cautivo, encorsetado pavorosamente constreñido al interior, aprisionado del robusto andamiaje y la hostil coraza real colapsando aniquilado infaustamente por colosal irresolución imposible, infranqueable e inviable para su frágil y desnuda esencia incapaz totalmente de compaginar la candidez natural del íntimo clamor chocando trágica, brutal y funestamente topando de bruces por todo con las crueles exigencias implacables del fiero poder abocado irremisible y de un zarpazo a ser inmolado en holocausto terrible ante un inminente cadalso que ahoga en sangre inagotable para advertir y dominar. Encierra del mismo modo poética e indudable perversidad retorcida aquel aterrador instrumento mortífero incandescente e inconcebible, infiriéndose inequívocamente y atesorando una pavorosa, encriptada, letal e ineluctable condena alegórica infamando hasta más allá al rebasar sobremanera y desbordar incesante del execrable acto físico de ensañamiento y barbarie sádica para tornarse asombroso estigma doctrinal religioso inconfundible de advertencia lúgubre que trascendía. Subyacía latente de manera indiscutible en la arraigada ortodoxia de escarnio e inveterada raigambre colectiva medieval puritana la fiera convicción inexpugnable e incólume disponiendo inapelablemente dictaminar punitivo resarcimiento al dirigir las penas inmolando y castigando de lleno ininterrumpida y dolorosamente los miembros pecadores envilecidos destruyendo purificadoramente con fiereza atroz las vísceras implicadas de raíz extirpándolas con pavor para sanar con miedo todo.

Por ende ineludible resultaba meridiano a la obtusa ceguera y crueldad enconada imperante que sí era hallado en silencio condenado y señalado cual vil esclavo al vicio horrendo concupiscente e intolerable el reo sodomita ameritaba irremediable la letal justicia divina del castigo supremo y no existía justiciero escarmiento con visos más adecuados, lícitos e irreprochables que ajusticiarlo dantescamente y quemando las ascuas infernales en el mismísimo reducto físico imputado de consumar el sacrílego o abominable ultraje carnal horripilante, expiándolo sin cesar con sangre. Semejó aquel horrísono e indescifrable fin y colofón abyecto la materialización perversa más elocuente y escabrosamente palmaria encarnada e inequívoca e indiscutible que de la cruda justicia poética se fraguase elevando por demás un adusto y pavoroso toque macabro esgrimido impunemente a modo espeluznante advirtiendo sin vacilar al que soñase osado, insensato e insurrecto en infringir impunemente y burlar toda pauta instituida soñando ampararse en impunidad en palacios con amantes. Cumpliéndose inexorable y funestamente de forma cabal a la perfección aterrorizando por siglos el crudo escarmiento infame proyectado disuasoriamente amordazando del todo y sometiendo de temor asfixiante con tremenda y sobrecogedora pavor a infinidad aterrada de disidentes al observar inermes tan macabra lección que apagó rebeliones enteras subyugadas a la sangre perpetua sin remisión durante siglos en los tiempos que vinieron por temor a compartir tal destino de llamas abismales en el horror de los cadalsos inenarrables para su castigo terrible.

Se labró Eduardo Segundo la funesta y perniciosa innegable notoriedad en la desastrosa crónica rememorado perpetuamente siendo blanco vilipendiado sin piedad a escrutinio universal figurando infamemente tachado y señalado cual paradigma indecoroso aborrecido tildándole por todos y por la religión como abanderado infiel del abyecto e ignominioso mal proscrito esgrimiendo con asco perenne un inigualable ejemplo impúdico demostrando a toda luz pavorosa las dantescas, irremediables y funestas e incurables derivaciones aniquiladoras recayendo ineludibles al quebrantar los castos y sagrados frenos purificadores cediendo del todo, ciego de lujuria a insaciables e imperiosos desenfrenos pasionales concupiscentes arrastrando todo. Pregoneros, doctrinarios ensotanados del clero exacerbados y furibundos esgrimían implacables con elocuencia inagotable y fanática en ardorosos púlpitos colmados amedrentando muchedumbres esgrimiendo la horripilante crónica desastrosa inyectando terror indescriptible, cimentando el horror a pecar de modo inexorable remarcando y subrayando asombrosamente macabras y dantescas alegorías ilustradas de todo este infernal y espeluznante suplicio aterrador inyectando un temor visceral al fuego final para quienes flaquearan en el deber o el sagrado matrimonio y se desviaran al deseo impuro sin ataduras cayendo para el desastre perpetuo. Hasta que paulatinamente advinieron inexorables siglos transformadores propiciando al cabo paulatinos e incontestables aires renovadores flexibilizando pautas y visiones modernas reblandeciendo del todo las vetustas intransigencias de la historia logrando abrir espacios nuevos a la compasión universal con respecto a lo diferente sin censuras implacables logrando disolver progresivamente en el aire todo dogma opresor arcaico cimentado durante un doloroso y prolongado e intolerante período pretérito de fanatismo oscurantista disolviendo las inquisiciones.

Solo bajo tales auspicios novedosos desprovistos de vendas dogmáticas al fin resplandeció asombrosamente su controvertida figura destilando de inusitado y esclarecedor, inédito y reparador cariz exegético rescatándolo piadosamente sin denuestos del fango infame propiciando al cabo rehabilitadora óptica compasiva redimiéndole póstumamente el honor ultrajado ante un nuevo y perplejo juicio final retrospectivo. Hoy en la posteridad del presente se vislumbra por gran número a su semblante pálido encarnando innegablemente el rol fatídico ostentando del todo el símbolo imborrable enarbolando del mártir a contracorriente sin pedirlo asumiendo a costa funesta de la existencia inmolada por defender heroica y terca pero honestamente una íntima verdad existencial colisionando sin reparo estrellándose fatalmente frente al muro ciego de su inclemente y feroz entorno intolerante e incomprensible de toda esa sociedad que jamás de los jamases iba a contemporizar lo opuesto ni perdonarle tal desvío y falta moral bajo pena imperdonable de tortura letal. Evidenciando este insondable escrutinio y revisión piadosa cuán inmensa y definitoria e ineludiblemente refleja inexorable un radiográfico testimonio actual descifrando inusitadamente todos los intrincados contornos ideológicos contemporáneos iluminando abismalmente a toda nuestra era presente casi asombrosamente de modo idéntico, innegable y paralelo al escrutinio revelador aplicable al desvelar las penumbras arcaicas y descifrar cabalmente las claves ignotas del mundo y de las gentes desaparecidas.

La incesante crónica universal abunda pródiga e inconmensurable y sombríamente rebosante e innumerable exhibiendo un abanico atroz en perfiles nefastos jalonando la desgracia exhibiendo monarcas desastrosos incapaces a todas luces y colmados repletos del más horripilante ensañamiento cruel desatando espantosas olas de muertes e iniquidades atroces de las que ninguno querría enterarse al caer la noche sin temblar por toda la historia oscura. Empero resulta casi prodigiosamente único y escaso advertir perplejos cómo a duras penas algún otro infortunado y soberano destronado propicie tan abrumadora e inquietante o perturbadora amalgama inasible provocando incesante repudio profundo pero a la vez una lástima desgarradora desatando perennemente insospechadas empatías al explorar de lleno las heridas desgarradoras del desgraciado rey sumido en este patético horror al que llamaron Eduardo para dolor incesante de aquellos corazones rotos en pena que buscan un consuelo. Porque rebasando y trascendiendo con insoslayable e innegable rotundidad abrumadora sus catastróficas ineptitudes administrativas que no tenían excusa o paliativo ninguno en el desastre público aflora un pálpito invencible despojando impostergable toda reticencia y emergiendo de raíz una compasión sincera del todo imperativa fluyendo inexorable e instintiva inusitada volcada inmensa abrazando tiernamente conmovida hacia tan penoso, roto, desangrado y vapuleado semblante oculto desamparado de forma espantosa y doliente parapetado lánguidamente a la lúgubre sombra tétrica del maldito cetro abrumador en infortunio ciego sin consuelo ni calor ni un solo momento.

Un ser tan abrumadoramente frágil que padeció con honda, desgarrada e incesante intensidad pasional prodigando amores encendidos vertiendo torrencialmente sentimientos ciegos sin freno, abocándose de lleno a la total, implacable, atroz y rotunda inmolación viéndose infame y vilmente despojado en su agonía despojado con alevosía atroz de toda defensa a merced de su calvario entregado sin escrúpulos vendido y engañado sangrantemente apuñalado por la mano traidora sin compasión en la espalda de quien con amor incalculable entregó antes su plena confianza total incondicionalmente a cambio de todo el desdén ingrato abismal. Subsiste inquebrantable, serena y misteriosamente perenne su fúnebre cenotafio inalterable erigido allí resistiendo incólume erigido a modo de sepultura portentosa e inviolable atrayendo increíble e irónicamente forjándose asombrosamente sin cesar de modo insólito atrayendo una devoción e incesante peregrinación fervorosa, asombrosa y colectiva popular y masiva del vulgo a las frías y centenarias lápidas silentes con la devoción reverencial acudiendo las muchedumbres inagotables al templo en silencio buscando de un modo enigmático una especie extrañísima de absolución con su visita. Acudía rauda en masa anónima, compungida de inmenso pesar por el doliente arrodillándose fervorosa volcando piadosos ruegos, letanías constantes no persiguiendo enarbolar inusitada alabanza ni glorificando las hazañas inútiles perdidas ni otorgándole de modo heroico al monarca postrado atributos gloriosos en lid a que la posteridad loará para orgullo general del país.

Se acercaban más bien a su frío y regio sepulcro empujados internamente con una irresistible miscelánea emocional donde la compasión y el morbo se mezclaban irremediablemente de manera inseparable conformando una extraña fascinación popular verdaderamente insólita y difícil de clasificar por los perplejos estudiosos. Transcurría el tiempo lento e inalterable, y pronto los monjes locales empezaron a pregonar milagros supuestos esgrimiendo con fervor y vehemencia a los cuatro vientos prodigios curativos sanadores asegurando con ceguera inamovible todo vínculo directo atribuible al exiliado mártir y pálido Eduardo atrayendo peregrinos. A pesar de que las muy altas y severas jerarquías dogmáticas eclesiásticas desoyeron, ignoraron sistemáticamente cualquier clamor sin oficializar lo devoto de tan santificada figura rebelde se presagió indiscutible cuán hondo se sintió encumbrando a un referente entrañable, profundamente humanizado a un hombre de dolor y lágrimas póstumas lloradas incesantemente en todo tiempo a solas.

No reverenciaban en él la distante, soberbia e inmaculada majestad de un ungido regio descendido celestialmente de los cielos, sino a un igual doblegado injustamente y arrojado a la desesperación víctima aplastada por la fatalidad bajo oscuras maquinaciones brutales y letales conjuras de palacio a las que no pudo hacerles frente y sucumbiendo a traición y sin honor ninguno asesinado al despuntar el alba para acallar el secreto para la eternidad. Aquella postrera e imperecedera herencia simbólica desgarradora permanece latente, ineluctable y resonante siendo de manera indeleble muchísimo más hondo en significado asombroso y no constituyéndose a simple vista cual reliquia u obituario del derrocado y difunto monarca extirpado y olvidado del poder absoluto con sangre vertida inútil en fango inmundo para aplauso cortesano. Consiste inequívocamente y trascendiendo enormemente todas las lúgubres esferas y desastres fácticos abocándose de modo incuestionable erigido insoslayable portador trágico simbolizando de un incalculable espectro y dimensión poética aglutinadora a la infinita y universal indefensión inmanente humana arrollada fatídicamente sin piedad por gélidos y ciegos infortunios letales arrastrando a todas luces una enseñanza y una moraleja y advertencia desgarradora sumiendo a su nombre para asombro de nuestra asolada civilización de manera imperecedera pero aterradora con sangre infinita.

El glorioso e implacable mandato del joven y victorioso Eduardo Tercero que despuntaba arrasador, bélico y fiero despuntó estratégicamente a modo innegable fraguado deliberada e irrefutable y calculadamente diseñado desde su génesis renegando de forma abierta de los bochornosos fantasmas oscuros sepultando en absoluto y desterrando del todo cualquier rastro sombrío o fracaso vergonzante que estigmatizara irremediablemente con horror funesto arrastrado a la ruina infame y pusilánime de todo lo protagonizado, aborrecido e infortunado y enlodado irrevocablemente por su aciago y desgraciado progenitor exiliado del trono de oro británico con humillación perpetua. Empeñó su fiero y joven brío irrefrenable el novel pero decidido y fiero caudillo obstinado proyectando e inyectando incesante con pulso avasallador retratar para lo porvenir la silueta marcial y heroica erigiendo inescrutable una majestuosa y encumbrada estampa soberbia enarbolando un temple invencible preñado en perenne bravura beligerante inmolando enemigos para ganar un honor de conquistador que pasmase al occidente abocado al fuego perenne arrasador. Encendió implacablemente en el continente la colosal conflagración eterna y dantesca que la posteridad lúgubremente bautizaría espeluznante y con inusitado terror como interminable Guerra de Cien Años enfilando todas sus aguzadas flechas letales sumiendo de terror y con inusitado e imparable tesón sangriento a su fiero rival eterno asolando implacable la orgullosa, soberbia y temida Francia para conquistar su trono vacío a fuerza del plomo y lanzas rompiéndose a cada paso hasta morir en liza perenne para resarcirse del todo.

—La debilidad que pudrió los cimientos de nuestra gran y poderosa nación bajo el reinado de mi padre termina aquí y ahora de forma definitiva —proclamó Eduardo Tercero, alzando su brillante espada hacia el cielo gris frente a sus disciplinadas y enfervorecidas tropas antes de la batalla—. Nuestro destino no es escondernos en castillos oscuros derramando lágrimas inútiles, sino cruzar este mar embravecido para aplastar a la orgullosa Francia y demostrar que la sangre de los conquistadores corre pura, indomable y fiera por nuestras venas reales. Por el fuego sagrado de San Jorge y por la honra manchada de Inglaterra, os juro que esta espada no conocerá el descanso hasta que nuestros enemigos se arrodillen y supliquen nuestra piedad absoluta o perezcan bajo el inexorable avance de nuestro poder inigualable.

Logró rubricar heroicamente y con asombrosa tenacidad triunfos inmortales forjando con destreza inaudita glorias ineludibles sumando encarnizadas victorias como las legendarias de Crécy asombrando y aniquilando con inmensa proeza esgrimiendo arco e instalando majestuosa en hito incomparable también la inmortal presea honorífica al instituir e infundir esplendor asombroso dotando con resplandeciente boato creando de la nada portentosa y de gran realce caballeresco y emblema sin igual en virilidad militar e innegociable lealtad a la famosísima y temida por todos excelsa y loada universalmente y poderosa Orden de la Jarretera dorada inmaculada que deslumbraría al mundo. Trataba inequívocamente y sin descanso con denodada y afanosa ansia ciega sumido del todo al esfuerzo infructuoso intentar encubrir infatigable ahogando perenne o soterrar desesperadamente amordazando del todo el desolador, ignominioso y espantoso rescoldo o funesto recuerdo oprobioso paterno empeñando desmesurado por un desorbitado afán enmascarándolo a golpe brutal esgrimiendo y eclipsándolo valiéndose de sus propias hazañas inconmensurables a fuerza de desmesurado e incontenible triunfalismo castrense intentando desesperadamente probar sin reposo para callar todos los ruines susurros maliciosos afirmando tajante en lo íntimo que el sacrosanto raudal carmesí y pujante innegable que ostentaba era indomable a pesar de su desdichado predecesor ahogado y muerto. Y que indubitable, prístina y cabalmente encarnaba del todo al genuino y aguerrido, inexorable e implacable heredero glorioso infundiendo orgullo y restaurando incontestable en un resurgir asombroso reencarnando innegablemente todo ese épico e indiscutible espíritu avasallador redivivo portentosamente del inquebrantable e invencible Eduardo Primero alejándose infinitamente y con asco absoluto distanciado mil leguas abisales distando años luz renegando innegablemente y sin piedad de los fúnebres e insondables abismos de incapacidad o fracasos rotundos del infortunado e incompetente rey difunto inmerecido oprobio de Inglaterra humillada a las rodillas.

Y consumó innegablemente su formidable y ardua meta superando con creces inalcanzables abrumadoramente las inmensas expectativas acrisolando indeleble su gloriosa memoria pasando de este modo al fulgor brillante perpetuo e inmortalizándose gloriosamente en el inmarcesible mármol alzándose imponente resplandeciente erigido indubitable en loor soberano cual uno entre todos aquellos magnos e invencibles monarcas insignes de inagotable y portentosa memoria en las vastas anales medievales de Inglaterra dominando para gobernar triunfal. Mas palpita latente con tenaz pero ineluctable y profundo matiz nostálgico, melancólico sumergido íntimamente al desentrañar incesante tanta afanosa inmensidad, aquella necesidad irrefrenable asfixiante obsesiva de ocultar febrilmente denegando a toda hora con vehemente y dolorosa contumacia aborreciendo de paso a su depuesto predecesor soslayando referir, citar aludir sin cuartel eludible e intencionalmente en toda ocasión su nombre proscrito prohibiendo con censura y evitando toda alusión pública e histórica arrinconada únicamente con desdén si se trataba en ceremonias protocolarias en que inevitablemente e irremediablemente emergía a regañadientes de lo sepultado con desgana imperiosa ocultándolo por su temor. Obligado sin escapatoria ineluctable forzando levantar inusitado con colosal esmero el resplandeciente e imponente y regio coloso edificado y cimentando su apogeo triunfal de gloria y renombre victorioso utilizando innegablemente cimentando en sus entrañas edificadas precisamente los escombros macabros, ruinas insalvables caídas a fuego del infame e irreparable pero pavoroso desastre heredado y el caos insalubre de la ineluctable, bochornosa y sangrienta debacle de quien le diera la frágil sangre.

Sobrellevó inexorable e íntimamente aplastado por el silencioso y fúnebre peso de los estigmas ineludibles por su procedencia y padeciendo a perpetuidad innegablemente por todo su transitar portando angustioso a sus espaldas con pesar la abyecta letanía infamante asediándolo dolorosamente de ostentar indudablemente en sus venas al mancillado vástago portador innato de todo fúnebre infortunio abocado del extinto soberano arrastrando ineludible un oscuro fardo incesante con pena indecible atormentadora que escondió a solas rumiando en las batallas de gloria para callar los fantasmas de Berkeley. Y resulta enigmático y poéticamente asombroso inferir de manera especulativa innegable cuán posible pero inexorable e impulsivamente pudo ser precisamente aquel letal apremio asfixiante abrumador operando sin descanso aguijoneando con fuerza de tormento incesante presionando infatigable espoleándolo y acicateándolo irreprimible en la soledad a fin de anhelar incansable e indomablemente escalar incansable alzándose con tesón invencible logrando cumbres colosales rozando grandezas sobrehumanas mitigando de este modo por gloria heroica su pesar de nacer en sombra. Configurando innegable un fúnebre drama generacional forjando esplendorosamente insólita epopeya irrumpiendo majestuosa brotada del lúgubre pozo inmundo revelando en puridad inexorable y asombrosa aquellas amargas pero caprichosas, enrevesadas, paradójicas e inusitadas pero inexorables y singulares y sarcásticas piruetas imprevisibles con crueles y aleccionadoras y mordaces ironías incomprensibles en donde todo ineluctable el ciego devenir de forma irónica e hilarante o espantosa al mismo instante delinea incesante, gozando cruelmente al fraguar con el barro putrefacto inauditos y excelsos destinos en gloria brillante encumbrados gloriosamente y aplastando a otros.

Aquellos detestados e insolentes elegidos favorecidos por tan desafortunado monarca erigidos como sus odiados y ambiciosos favoritos en especial los repudiados e infames y altivos encarnados en la figura de Gaveston sumado también Despenser imprimieron del mismo modo pernicioso e indeleble un sombrío sello abrumador impregnando lúgubre y definitivamente en gran medida el sombrío e ineluctable folclore enraizado popular acervo o la vasta cultura inglesa estigmatizada. Instituyéndose perennemente y con fuerza colosal cristalizando metamorfoseados en arquetipos funestos invariables consolidándose en paradigmas indubitables y letales símbolos abyectos de todo rastrero y malvado consejero corrupto parasitario en inquina encarnando ineludible al pernicioso advenedizo intrigante abocado sistemáticamente cual rémora destructiva incesante a hundir e infamar atrayendo inevitable un cataclismo ciego e inconmensurable ruina estrepitosa y humillación atroz sobre todo iluso rey ciego enamoradamente arrastrándole fúnebre al despeñadero atroz aniquilando para espanto. Por dilatadas e incontables centurias inagotables diversos literatos inmortales prolíficos dramaturgos escarbando plumas sin reposo incesante acudieron subyugados ineluctables, retomando asombrados ahondando incesantes y reescribiendo o reciclando una vez más asombrados esta misma insólita, cruda, fúnebre crónica escabrosa y truculenta sumergiéndola e inmortalizándola maravillosamente plasmada en asombrosos montajes deslumbrantes representados con clamor ineludible e hipnótico en teatros o en relatos sublimes y extensas y fúnebres novelas o prosas ensalzadas al olimpo mundial inagotable.

Christopher Marlowe en los estertores y postrimerías del asombroso pero fecundo siglo dieciséis desentrañó y alumbró magnífica innegociable con pericia incalculable su afamada y laureada e imperecedera obra teatral de gran tragedia inmensa titulada con austeridad pero contundencia indiscutible inmortalizándola simplemente de forma asombrosa para la eternidad de los siglos titulándola en honor y desdicha del rey como majestuosa y fatal obra teatral llamada rotundamente Eduardo Segundo ahondando allí con pavor desolador inagotable. Retratando esplendorosa y descarnadamente al desgraciado rey ungido con inmensa, frágil e incuestionable aura de trágico dolor humano asolado en fúnebre laberinto pasional y a su amado e inquebrantable Gaveston encarnado en esplendor seductor ineluctable forjado como letal personificación tentadora simbolizando a todas luces aquel dulce inefable pero peligrosísimo, letal y arrasador e imparable e ineludible afecto prohibido irrefrenable desatando pasiones que indefectible y fúnebremente inmoló devorando incesante y con tragedia al reino entero sin dejar títere con cabeza. A pesar, no obstante, de que el celebérrimo y grandioso poeta inmortal por excelencia Shakespeare obvió incomprensiblemente o rehuyó curiosa y deliberadamente escenificar con inusitado o indudable rigor en forma frontal e histórica a todas luces este mismo e ignominioso e intrincado abismo fúnebre omitiendo inescrutable abordarla directamente al dedillo al esquivar o eludir tratar el escabroso relato trágico prefiriendo no quemarse con la infame historia en sus letras inmortales.

Resulta evidente indubitable, prístino y cabal aflorando incesante con palmaria e incuestionable y avasalladora claridad incontestable que ineludible asimiló absorbiendo infatigable asombrosas y muy poderosísimas lecciones letales y hondas e innegables influencias sicológicas asombrosamente extraídas e insoslayables logrando inspirarse fuertemente con la savia del dolor bebiendo asombrado ahondando de su tragedia innegablemente e inexorable y con desbordante maestría al esculpir de la nada maravillosamente al crear perfiles atribulados, endebles monarcas tristes asediados. Engendrando asombrosamente caracteres imperecederos torturados e ineluctables asumiendo la piel, moldeando sublime al trágico infortunado encarnado asombrosamente para deslumbrar incesante a todos con Ricardo Segundo forjando allí indeleble un pálido calco o réplica de lúgubre, taciturno inoperante o lánguido soberano vacilante inmolado y defenestrado asombrosamente y fatalmente traicionado hundido con saña por las implacables envidias o crueles acechanzas palaciegas, codiciosas ambiciones ineluctables e incansables allegados ávidos de arrebatar el sagrado poder. Este amargo fúnebre derrotero vital y ocaso de Eduardo transmutó de este innegable e inconmensurable modo consolidado erigiéndose irremediablemente metamorfoseado afianzándose universal a manera de canon narrativo indiscutible forjado inescrutable operando incesante en asombroso y paradigmático pilar deslumbrante e inagotable erigido maravillosamente como insuperable patrón, fértil y lúgubre arquetipo e inconmensurable manantial para lograr explorar infinita, honda y fúnebre y pavorosamente descarnando a lo largo del tiempo las temáticas del dolor.

Asediando incesante analizando con pavor y agudeza implacable inescrutables entresijos escabrosos o desatados pasionales oscuros en torno ineludible diseccionando a las brutales ansias incontenibles, esgrimidas y referidas desbordando a lúgubres esferas asfixiantes o abismales ahondando desentrañando descarnadamente las locas ambiciones abocadas en fatal choque de poder, indomables ciegos y letales deseos e incontenibles desenfrenos fúnebres arrolladores trayendo infames engaños dolorosos desencadenantes de ineluctable y aparatosa, estruendosa precipitación asolando a la irreparable ruina incalificable. Específica, indiscutible e innegablemente su tan espantoso inenarrable trance final agónico mortífero incesantemente a lo largo incalculable abismando pavorosamente en pánico a las huestes incontables ha logrado insoslayable fascinar asombrando de forma inescrutable atrapando irremediablemente subyugando cautivando generaciones enteras inagotables por siglos envueltas atraídas incesantemente subyugadas y atrapadas inescrutablemente fascinadas contemplando horrorizadas esta escalofriante lúgubre mixtura atroz ineluctable aunando magistral, macabra e inusitada en un punto final amalgama siniestra fusionando indeleble un insoportable e inenarrable padecer sádico y el terror desbordado. Se murmura todavía incesante con pavor en oscuras tabernas o solitarias y oscuras mazmorras y claustros asombrados discurriendo con asombro en crónicas inenarrables transmitiéndose desentrañado y plasmado asombrosamente perpetuado e inmortalizado profusamente detallando el pavor ahondando ineludibles por eruditos escrutinios descritos con asombrosa e incesante atención incansable inmersos escudriñando todo esto desgranando pormenorizados minuciosamente a los históricos mamotretos antiguos desempolvados o exagerándolo todo a grandes voces sin ningún recato a modo de cuentos y fábulas horripilantes o en abultados anales o asombrosas y sensacionalistas crónicas espeluznantes inventando detalles macabros a placer perverso.

Transmutado del mismo modo irreversible, inexorable e indudablemente instituido encarnado de forma incesante con lúgubre asombro instaurando inescrutable e incólume erigido férreamente constituyéndose inalterable un elocuente aleccionador hito punitivo o dolorosa pauta de modo concluyente encumbrado erigiéndose paradigma asolador o espeluznante ejemplo implacable ilustrando innegable castigo aleccionador de pretendida mística y colosal furia castigadora de raigambre implacable y fúnebre letal y supuesta omnímoda cólera o justicia celestial arrasadora aplastando sin piedad todo a su paso. O tal vez y de forma innegable e ineludible en contraposición radical desvelando asombrosamente de lleno evidenciando incontestable reflejando irrebatible asombrosas honduras descarnadas, abismales profundidades inescrutables de insondable perversidad inagotable, despiadada e implacable inhumanidad sádica, feroz ensañamiento atroz intrínseco destapando todo a la crueldad desmedida, infinita, letal y bárbara crueldad y vesania del monstruo humano exhibiéndose sin tapujos al arbitrio exclusivo e inescrutable ineludible capricho retorcido o perspectiva e interpretación sesgada del fúnebre relator asombrado contando los horrores. Muy contadas pero ineluctables e inapelables fúnebres ejecuciones letales agónicas documentadas atrozmente acaecidas a la par en inagotables anaqueles escrutados de crónica universal, albergan albergando indiscutible ostentando perennemente atesorando inescrutables y encerrando en lo oscuro, asombroso, espeluznante carga conceptual amoldando innegable e ineludible inmensa y avasalladora magnitud portadora simbólica inescrutable esgrimiendo un inagotable peso tan abrumador sombrío e insoportable resonancia o fúnebre halo luctuoso sobrecogedor que erice la nuca del oyente de inmediato en el silencio de las tumbas abandonadas.

Dictaminar justiciera, ineluctable y objetivamente si en su desolador laberinto el abrumado infortunado Eduardo merecía arrostrando irremediable pagar incesante y con sangre inusitada experimentando padeciendo en calvario ineluctable o acarrear resignado sin paliativos inmerso, expiando ciegamente tan inenarrable y espeluznante horror pavoroso y sangriento inmolado sufriendo su letal ocaso fúnebre de forma inescrutable; constituye un inmenso debate. Reposa insoslayable descansando ineludible sustentándose enmarañada y estrechísimamente dependiendo condicionada de manera indudable fluctuando oscilante por completo subordinado indiscutible y atado rigurosamente acorde innegable en la incierta y oscilante forma asombrosa u óptica relativa o parámetros variables inescrutables en los cuales nosotros abordemos entendiendo descifrando a nuestro modo desvelando o interpretando pavorosos entresijos ineluctables conceptuando la carga insoportable ineludible evaluando qué significa abrumadora y éticamente incesante al amparo y peso sutil referidos ineludibles al juzgar pormenores, conceptos o acepción asombrosa de inescrutable oprobio culpabilidad y la responsabilidad o eximente condicional e ineludible dictando ciegamente el peso de toda una serie indómita inagotable abrumadora sopesando inescrutables determinantes encrucijadas fácticas atenuantes de las más diversas pero ineludibles y acuciantes opresiones inescrutables y dolorosas incesantes insalvables apremiantes u omnímodas de aquellas letales, fatídicas o fúnebres e insoslayables circunstancias oscuras y abismales aprisionando de manera ineluctable enredando sin escape a su monarca caído perennemente en el desastre sin fin y de modo perpetuo y horroroso sin luz ninguna en sus mazmorras ciegas. Fue asombrosamente indiscutible ineludible, patético un fúnebre inoperante e incapaz soberano, funesto malísimo, errático pernicioso administrador fracasando rotundo asombrando indigno al gobernar con pésimo rigor en el innegable sitial de un desastre arrollador e inepto, asolando Inglaterra perennemente desangrada ciegamente arruinada; eso es indudable.

Sí, ostensible innegable fehacientemente e indudable afirmándolo categórico y con ineluctable estrépito y contundencia, asumiendo e infiriendo sin albergar ínfima reticencia o atisbo dudoso obvio sin vacilación que inescrutable inoperante olvidó incesante, con ineludible e imperdonable apatía soslayando descuidado y marginando de modo constante inaudito su mandato omitiendo todos y sin excepción e íntegramente las irrenunciables, primordiales, ineluctables hondas o apremiantes exigentes encomiendas obligadas desoyendo responsabilidades acuciantes ineludibles ignorando con ceguera y abandonando incesante o menospreciando olímpicamente desasistidas o despreciadas de antemano el innegable fardo y gravísimo cumplimiento del monarca sumiendo en debacle fatal abocado irreparablemente hundido el trono arrojándolo al abismo por amor indebido. Consintió asombrosa irresponsablemente e ineludible amparando con inoperancia o ceguera cómplice condescendiente tolerando incesante amparándolos impunemente a sus detestados fúnebres favoritos arrolladores obrando insoslayable consintiendo con locura autorizando descaradamente ineludibles dejándolos expoliar incesante a placer avaricioso abocado incesante expropiar incansables saqueando impunemente y diezmando empobreciendo el asolado país saqueado ciegamente hasta su ruina arruinando de modo irreversible empobreciendo inescrutable inagotable mermando y vaciando el reino sin la más mínima tregua, escrúpulo o contención arruinando el tesoro innegable de forma abrumadora atrozmente para asombro. Echó a perder fracasando ineludible a todas luces de forma estrepitosa o fúnebremente naufragando inoperante de modo estrepitoso dilapidó abrumadoras fuerzas malogrando de modo innegable incontestables derrochó lúgubre en derrotas, malogrando, perdiendo fúnebres encarnizadas ciegamente arruinando de forma inescrutable campañas ineludibles abocadas y dilapidando cruciales y vitales batallas decisivas e imperativas y de manera inexorable acarreando infames estragos atrayendo fúnebres reveses asoladores sin fin y por ende irremediablemente finiquitó su mandato concluyendo abocado a precipicio ciego hundido ganándose hostil innegable en un repudio e inquina inescrutable al ganarse infamemente e insalvable el odio unánime o convirtiéndose ineludible al postre de todos perennemente en inescrutable odiado enemigo enconado perenne asombrando acarreando odio hostil frente a su altiva asombrada e irascible o furibunda fiera y levantisca antigua casta de la nobleza encolerizada rebelde arrojada al despeñadero atroz amotinándose sublevada indómita a un rey desastre, propiciando desatando a la par indiscutible originando a su vez o provocando estallidos rebeldes e insurrecciones mortales o alzamientos sublevados a rebelión abierta a cuchillo por el reino con pavor inagotable.

Bajo este inescrutable estricto, ineludible inexorable prisma o asombrosa lupa ineludible con inescrutable baremo o marco incesante ciñéndonos en suma valorándolo fríamente acotado evaluado y calibrando de pleno ineludible con arreglo a un juicio o parámetros fácticos asombrosos analizados inescrutable juzgados según aquellas pautas, baremos lúgubres del contexto desentrañado bajo estas innegables rigurosas reglas de juego del Medievo su inexorable destitución fulminante abrumadora, el derrocamiento fúnebre su ineluctable y aparatosa, estruendosa deposición y apartamiento forzoso del sagrado poder omnímodo erigido inescrutable ostenta asombrosamente indiscutible encajaba ostentando a todas luces destilando indudablemente asombroso e incontestable aspecto poseyendo aura o visos racionales de enorme de aparente innegable irrefutable asombrosa lógica letal o inescrutable racionalidad punitiva ineludible inserto, arraigado abocando inmerso en la inescrutable e incólume lúgubre fúnebre espiral del cruento entramado y enmarañado laberíntico escenario y asombroso y sangriento e indescifrable abrumador inescrutable despiadado marco ciego en el ruedo y ajedrez político ineludible de su tan salvaje época inmerso implacable asombrando. Pero se impone forzosamente y de forma perentoria asombrosa o irrefutable indiscutible alzar la voz cuestionando y plantearse de modo irreprimible inexorable o preguntarse indudable e ineludible desentrañando inescrutable dudar incisivamente al punto de preguntarse o reflexionar con ineludible desasosiego incesante si por añadidura asombrosa a tamaña destitución, merecía en rigor verdaderamente innegable este infortunado sufriendo incesante arrostrar expiando fúnebremente inmolado sin piedad o ameritaba inescrutable sucumbiendo innegable e ineludible con asombroso padecer sin piedad padeciendo o terminar su vida ineluctable pagando espantosamente agonizando irremediable expirando el aliento de forma atroz en un final ineludible abrumador inenarrable muriendo de modo asombrosa lúgubre tan aterradora o infame o escabrosa y espeluznante espantosamente inenarrable padeciendo lo indecible espantosa agonía abyecta gélida o inhumana de esa perversa o monstruosa espantosa vía o macabra forma. ¿Ameritaba irremediablemente o fue justo dictamen o fúnebre ineludible innegable escarmiento sádico inescrutable castigo sufrir martirio ineludible torturado inmolado agonizando asombroso y de modo inescrutable desangrado padeciendo desmesuradamente ensañamiento atroz atormentado ineludible asolado en suplicio con ensañamiento sin fin incesante cruelmente o abocado inescrutable desgarrado sin compasión torturado a muerte ahogado en lúgubre asfixiante padecimiento ineludible siendo castigado en asombrosa cruel, insalubre innegable encierro o arrojado sepultado vivo confinado y martirizado inescrutable perennemente a fuego arrojado confinado encadenado sufriendo tormento en hedionda infecta nauseabunda inescrutable y asolada apestosa asquerosa y lúgubre prisión putrefacta apestosa e inmensa fúnebre lúgubre y repugnante de su ineludible pestilente celda?

Constituye asombrosa e ineludiblemente exacto e innegable precisamente ineludible inescrutable recayendo asombroso indiscutible en este delicadísimo inescrutable e insondable pavoroso oscuro crucial vértice donde se asienta radicando inescrutable allí justo en ese abismal lúgubre doloroso y controversial o escurridizo insoslayable e innegable e incesante oscuro recodo encrucijada donde ineludible se origina inescrutable brotando la espinosa dubitativa formulando inescrutable interrogante innegable e ineludible y fúnebre pavoroso dilema aporía donde esta lúgubre espinosa o asombrosa incógnita aporética la irresoluta y fúnebre incógnita asombrosa y desconcertante o lacerante lúgubre y amarga ineludible respuesta esgrimiéndose incesante o perfilándose inexorable desentrañada torna transformándose metamorfoseándose asombrosamente innegable irrumpe o se reviste inescrutable e ineluctable transmutando de manera asombrosa en abrumadora lúgubre o abismalmente inescrutable y pavorosa complejísima, insondablemente pavorosa y asombrosa y abrumadora incesante volviéndose ineludible mucho más espinosa arrojando innegablemente irrefutablemente asombrosamente mucho más ardua oscura ambigua intrincada espeluznante e indudable infinitamente infinitas leguas abismales e insoslayables enmarañada inescrutable perennemente y sin contención con dolor incesante en muchísima o ineluctablemente de modo desmesurado y asombroso u abrumador incalculable pavoroso infinitamente mucho más colosal abismal laberíntica inescrutable arrojando insondable complejísima perplejidad lúgubre. Ninguno ineludible, ni uno solo innegable, de la vastísima sarta o retahíla inescrutable de fúnebres asombrosos resbalones perjudiciales, la ingente montaña e inagotable ristra de monumentales ineludibles traspiés o inoperantes y catastróficas calamidades incontables y fúnebres dislates colosales en suma ineluctable ninguno de sus pavorosos de la ingente y fúnebre retahíla inescrutable sarta letal de incontables de todos aquellos ineludibles fatídicos pavorosos monumentales incontables y desastrosos asombrosos