En el año cuatrocientos sesenta y cinco antes de la era común, el sol ardía implacable sobre la antigua ciudad. Una mujer fue arrastrada sin piedad hacia el inmenso patio central del palacio más magnífico que existía en la tierra. La piedra pulida quemaba su piel mientras los guardias tiraban de ella con una fuerza brutal y completamente desmedida.
Lo que ocurrió a continuación en aquel recinto sagrado fue un acto de una brutalidad tan incomprensible y oscura. Incluso los soldados más curtidos en la batalla, aquellos que habían visto la muerte, temblaban de miedo al recordarlo. Su único crimen había sido tener el valor de pronunciar la palabra no ante el hombre más peligroso del imperio.
Pero aquí radica verdaderamente lo que hace que esta historia antigua sea tan profundamente perturbadora y horripilante para nosotros. Este trágico evento no fue en absoluto un incidente aislado o un momento de locura pasajera en la corte. Fue simplemente un día más dentro de la implacable maquinaria de dominación que gobernaba aquel vasto e imponente palacio real.
Aquel inmenso complejo arquitectónico se había transformado, a lo largo de décadas de tiranía, en una verdadera cámara de tortura. El hombre responsable de todo este sufrimiento sistemático y silencioso es alguien cuyo nombre probablemente ya conoces muy bien. Has visto a sus inmensos ejércitos representados en películas modernas, pero no tienes idea de quién era él en realidad.
La historia oficial siempre ha querido que recuerdes al gran rey Jerjes primero de Persia exclusivamente como un temible guerrero. Se nos enseña a verlo como el líder implacable que guio a millones de hombres contra las fuerzas de Grecia. Lo recordamos como el visionario constructor de monumentos colosales que desafiaban la imaginación y la capacidad humana de la época.
Esa es exactamente la narrativa heroica que nos contamos a nosotros mismos porque resulta mucho más fácil de digerir. Pero la realidad histórica nos obliga a preguntarnos qué sucedía realmente detrás de aquellos inmensos e impenetrables muros de oro. Una guerra completamente diferente, silenciosa y constante, se estaba librando en las sombras de los amplios pasillos del palacio.
Era una batalla oscura y psicológica donde no se utilizaban espadas afiladas ni escudos de bronce para defenderse. En este campo de batalla palaciego, las víctimas no tenían ningún lugar hacia donde correr ni forma de luchar. No podían siquiera atreverse a decir su verdad en voz alta sin arriesgar inmediatamente todo lo que más amaban.
¿Qué pasaría si la mayor atrocidad cometida durante todo el reinado de Jerjes no tuviera absolutamente nada que ver con Grecia? ¿Qué pasaría si el verdadero terror estuviera ocurriendo bajo su propio techo, repitiéndose de manera implacable cada nuevo día? Las víctimas eran precisamente aquellas personas que, según todas las leyes humanas, deberían haber estado más seguras en su presencia.
Acompáñame en este profundo viaje hacia el pasado, porque lo que estás a punto de aprender cambiará todas tus perspectivas. Cada concepto que creías conocer sobre la antigua y majestuosa Persia será cuestionado y derribado por la cruda realidad histórica. Al final de este relato, comprenderás exactamente por qué esta oscura historia fue enterrada intencionalmente durante más de dos milenios.
Comencemos nuestra exploración histórica planteando una pregunta fundamental que los eruditos y los historiadores convencionales raramente se atreven a formular. ¿Qué efecto tiene realmente sobre la mente y el alma de un ser humano cuando su entorno niega su humanidad? ¿Qué sucede cuando todos a tu alrededor insisten fanáticamente en tratarte como si fueras un dios intocable e infalible?
Retrocedamos en el tiempo hasta el mes de octubre del año cuatrocientos ochenta y seis antes de la era común. Nos encontramos en el majestuoso e imponente salón del trono de la deslumbrante y poderosa ciudad de Persépolis. Un hombre de treinta y seis años llamado Jerjes se prepara para recibir el poder absoluto sobre sus súbditos.
En ese momento solemne, él recibe la pesada corona del imperio más grande y vasto que el mundo haya visto. Su padre, el legendario y temido Darío el Grande, acaba de fallecer, dejando un vacío inmenso en el trono. A partir de este preciso instante, la vida de Jerjes cambiará para siempre de una manera profunda e irreversible.
Desde el momento en que la corona toca su cabeza, Jerjes jamás volverá a experimentar una interacción humana genuina. Te pido que reflexiones profundamente sobre las implicaciones de este aislamiento absoluto por un breve pero significativo segundo de tu tiempo. Cada individuo que desee acercarse a él deberá someterse estrictamente a un elaborado y humillante ritual de sumisión total.
Este estricto protocolo de la corte imperial era conocido por los antiguos griegos bajo el nombre de la proskynesis. Consistía en caer con el rostro apretado contra el suelo polvoriento, besando literalmente la tierra antes de dirigirle la palabra. No se trataba simplemente de hacer una reverencia educada o de arrodillarse en señal de respeto hacia el monarca.
Era una postración física y psicológica completa, arrojándose al suelo exactamente como si estuvieran ante una verdadera deidad celestial. Absolutamente nadie en todo el imperio tenía permitido darle la espalda al rey bajo ninguna circunstancia o excusa posible. Cometer semejante error, aunque fuera por un simple descuido accidental, significaba enfrentar una sentencia de muerte inmediata y brutal.
Además, ninguna persona podía atreverse a mirar directamente a los ojos del soberano sin haber recibido un permiso explícito. El silencio en su presencia era una ley inquebrantable, y nadie podía hablar a menos que el rey hablara primero. El famoso historiador griego Heródoto dejó un registro escrito que revela detalles verdaderamente escalofriantes sobre este protocolo de la corte.
Si un mensajero tenía que acercarse al rey para entregarle noticias urgentes sobre el destino de la nación, debía esperar. Primero, tenía que permanecer de pie fuera de las enormes puertas del salón del trono durante largos y agonizantes días. A veces, esta espera tortuosa se prolongaba durante semanas enteras, aguardando con ansiedad el permiso real para poder entrar.
Incluso si las fronteras del imperio estuvieran ardiendo en llamas bajo el ataque de enemigos extranjeros, el mensajero debía esperar. Incluso si las ciudades más importantes estuvieran cayendo y la población estuviera siendo masacrada, la paciencia era la única opción. Perturbar al rey dios en un momento inoportuno era un crimen que indudablemente te costaría la vida en el acto.
Pero aquí es donde encontramos el aspecto psicológico verdaderamente insidioso y destructivo de toda esta estructura de poder absoluto. Jerjes no nació con la creencia innata de que era un ser divino superior al resto de los seres mortales. Él fue sistemáticamente condicionado desde su más tierna infancia para aceptar y exigir esta reverencia divina por parte de todos.
Su madre, la formidable e inteligente reina Atosa, comprendía la naturaleza del poder mucho mejor que cualquier otra persona viva. Ella llevaba en sus venas la sangre real, siendo la hija directa de Ciro el Grande, el fundador del imperio. A lo largo de su vida, había sido testigo de cómo su propia familia se destrozaba en sangrientas guerras de sucesión.
Atosa había visto con sus propios ojos cómo los hermanos envenenaban a sus propios hermanos por alcanzar el codiciado trono. Había presenciado cómo linajes enteros de la nobleza eran borrados de la faz de la tierra de la noche a la mañana. Todas estas experiencias traumáticas le habían enseñado una verdad política que era tan fundamental como brutalmente despiadada y fría.
En el oscuro y traicionero entorno de la corte persa, los lazos familiares no eran en absoluto una fuente de amor. Por el contrario, la propia sangre y los parientes cercanos representaban la amenaza más constante y peligrosa de todas. Por lo tanto, ella se propuso enseñarle a su amado hijo una lección de supervivencia que terminaría envenenando su alma.
Ella le susurraba en las sombras que no debía confiar absolutamente en nada ni en nadie en este mundo. Le inculcó la necesidad obsesiva de controlar cada aspecto de su entorno, cada mirada, cada palabra y cada respiro. Le enseñó que jamás, bajo ninguna circunstancia imaginable, debía mostrar el más mínimo indicio de debilidad ante los demás.
«Porque en el momento en que te perciban como a un ser humano mortal, estarás perdido.»
«En el instante en que te vean como a alguien vulnerable, puedes darte por muerto.»
Las antiguas fuentes históricas griegas nos aseguran que Atosa ejercía una influencia verdaderamente enorme y desproporcionada sobre la mente de Jerjes. Su control sobre los pensamientos y las decisiones del monarca superaba con creces al de cualquier figura paterna o consejero militar. Lo que esta reina madre terminó creando con sus enseñanzas no fue simplemente un rey capaz de gobernar una nación.
Ella moldeó pacientemente a un ser humano hasta convertirlo en algo infinitamente más peligroso, impredecible y destructivo para la humanidad. Creó a un hombre que llegó a creer genuina y profundamente que los demás seres humanos no tenían valor propio. En su mente perturbada, las personas existían única y exclusivamente como simples herramientas creadas para cumplir su voluntad divina.
Ahora, debemos detenernos a analizar minuciosamente el escenario físico donde todo este drama de poder y sumisión se desarrollaba diariamente. Vamos a hablar detalladamente sobre el funcionamiento interno y los secretos ocultos de la propia casa real del monarca. La industria del cine de Hollywood ha interpretado y representado este lugar histórico de una manera espectacularmente errónea y fantasiosa.
Cuando cerramos los ojos e imaginamos a los antiguos reyes persas, nuestra mente suele evocar imágenes de lujos desenfrenados. Nos imaginamos una especie de fiesta de solteros eterna, llena de excesos, música seductora y un flujo interminable de vino. Visualizamos un harén repleto de cientos de esposas complacientes, viviendo en una fantasía de indulgencia absoluta y placer sin límites.
Pero la cruda realidad histórica de estos espacios privados era infinitamente más compleja, estructurada y, en muchos sentidos, profundamente perturbadora. La casa real persa, conocida en su idioma original bajo el nombre de Anderun, no era un simple burdel glorificado. En verdad, funcionaba como una institución política y económica altamente sofisticada, con reglas estrictas y jerarquías implacables de poder.
Contrario a la creencia popular y a los mitos esparcidos por la cultura moderna, Jerjes mantuvo un patrón matrimonial inusual. Los registros históricos sugieren que él parece haber estado casado legalmente con una sola mujer durante toda su vida adulta. El nombre de esta figura central en la corte y en la vida del rey dios era la reina Amestris.
Tómate un momento para pensar profundamente en las inmensas implicaciones políticas y sociales que se derivan de este hecho histórico. Este lugar no era un harén genérico lleno de mujeres desechables que el rey pudiera ignorar a su antojo. La reina Amestris era una presencia permanente e ineludible en el palacio, una fuerza de la naturaleza imposible de ignorar.
Ella era, por derecho propio y por su inmensa astucia política, una mujer dotada de un poder verdaderamente incalculable. Amestris era la dueña absoluta de vastas propiedades territoriales que se extendían a lo largo y ancho del imperio persa. Ella comandaba personalmente a sus propias tropas militares, las cuales formaban una guardia privada dedicada exclusivamente a proteger sus intereses.
Además, esta poderosa monarca no se limitaba a permanecer oculta en las sombras de las habitaciones destinadas a las mujeres. Ella celebraba importantes audiencias diplomáticas donde recibía formalmente a dignatarios, embajadores y enviados especiales de naciones extranjeras y conquistadas. Los registros burocráticos de la antigüedad demuestran claramente que ella también supervisaba y financiaba enormes proyectos de construcción estatal.
Pero aquí es precisamente donde encontramos la trampa psicológica que convierte a todo este sistema en algo tan retorcido y oscuro. Absolutamente todo ese poder, esa riqueza desmesurada y esa influencia política existían única y exclusivamente por la gracia de Jerjes. Él era la fuente suprema de la autoridad, y el destino de la reina dependía completamente de su estado de ánimo.
Con solo pronunciar una palabra desde su trono dorado, el monarca podía arrebatarle a Amestris absolutamente todo lo que poseía. La casa real servía como el hogar dorado de las mujeres más ricas e influyentes de todo el vasto imperio. Allí residían la venerada madre del rey, su esposa principal, sus hermanas de sangre, sus hijas y otras parientes nobles.
Todas estas mujeres de la realeza y la alta nobleza vivían rodeadas de un nivel de lujo sencillamente inimaginable. Se vestían con túnicas elaboradas y bordadas cuyas sedas y tintes valían mucho más que los ingresos de ciudades enteras. Se alimentaban diariamente con los manjares más exóticos y deliciosos, traídos expresamente para ellas desde cada rincón del mundo conocido.
Para satisfacer hasta el más mínimo de sus caprichos, contaban con la asistencia constante de cientos de sirvientes obedientes. Estos esclavos y asistentes vivían bajo la premisa de que su única razón de existir era complacer a las damas. Sin embargo, a pesar de todo este esplendor material y esta aparente autoridad sobre sus subordinados, ellas eran verdaderas prisioneras.
El famoso médico griego Ctesias, quien sirvió profesionalmente en la corte persa varias décadas después de la muerte de Jerjes, documentó esto. Él nos dejó descripciones detalladas sobre el funcionamiento interno de la casa real que parecen extraídas de una oscura pesadilla. Sus textos revelan la sofocante atmósfera de encierro y vigilancia perpetua que dominaba la vida cotidiana de las mujeres nobles.
Las lujosas habitaciones destinadas a las mujeres estaban completamente aisladas del resto del palacio y del mundo exterior bullente. Se encontraban protegidas y encerradas tras muros de piedra masivos e impenetrables, asegurados constantemente por pesadas puertas de bronce cerrado. El acceso para cualquier visitante masculino estaba estricta y terminantemente prohibido bajo pena de sufrir una ejecución pública e inmediata.
Las únicas excepciones a esta regla de hierro eran el propio rey y un grupo cuidadosamente seleccionado de sirvientes especiales. Estos eran los eunucos, hombres que habían sido castrados y mutilados físicamente de manera específica para poder servir en el Anderun. Su condición física garantizaba la pureza del linaje real, convirtiéndolos en los únicos guardianes masculinos permitidos en aquellas estancias cerradas.
Las mujeres de la corte tenían la posibilidad de mirar hacia afuera a través de ventanas ubicadas en lo alto. Desde esa posición privilegiada pero limitante, podían observar el bullicio y la vida de la gran ciudad que se extendía abajo. Sin embargo, a pesar de poder contemplar el mundo exterior con sus propios ojos, les estaba totalmente prohibido abandonarlo físicamente.
Desde sus balcones enrejados, podían escuchar con claridad los sonidos vibrantes de la vida desarrollándose más allá de sus muros. Escuchaban los mercados, los caballos, los gritos de la gente común, pero no tenían permitido participar en esa vida humana. En su jaula dorada poseían absolutamente todo el lujo material, excepto la única cosa que verdaderamente importa en la existencia.
Esa única cosa que les faltaba cruelmente era la agencia, la capacidad de tener control y libertad sobre su propia existencia. Y aquí es donde descubrimos el aspecto más terrorífico y desolador del funcionamiento de esta opresiva sociedad palaciega antigua. Todo este encierro sistemático y esta anulación de la voluntad no eran vistos por ellas como una forma de opresión.
Por el contrario, este aislamiento extremo era considerado un gran honor, una protección divina y la mayor señal de respeto. Se les enseñaba que estar confinadas lejos de las miradas de los hombres comunes era el privilegio femenino más alto. Las mujeres de la nobleza habían sido criadas y adoctrinadas desde el mismo momento de su nacimiento para aceptar esto.
Se les había lavado el cerebro para que vieran esta prisión de piedra y oro como un majestuoso e inigualable palacio. Habían aprendido a interpretar su absoluta falta de poder e independencia como la verdadera y más pura forma de influencia. Creían fervientemente que su aislamiento forzado del mundo representaba un grado de intimidad inalcanzable con la propia divinidad del monarca.
Esto es exactamente lo que hace que el control psicológico sistémico y la opresión institucionalizada sean armas tan peligrosas e insidiosas. Las víctimas de este sistema terminan internalizando profundamente las reglas de sus opresores hasta hacerlas parte de su propia identidad. Llegan al extremo de defender apasionadamente los mismos muros que las mantienen encerradas y separadas de la libertad verdadera.
Están tan inmersas en esta realidad construida que sus mentes ni siquiera pueden llegar a imaginar una forma de vida alternativa. Durante largas décadas, esta compleja maquinaria de aislamiento, lujo y obediencia funcionó exactamente de la manera en que fue diseñada. Los registros oficiales del imperio persa, meticulosamente tallados en enormes monumentos de piedra en cada provincia, cuentan una historia perfecta.
Estos registros propagandísticos hablan única y exclusivamente de un orden inquebrantable, de una prosperidad sin fin y de una armonía divina. En la versión oficial grabada en la roca para la eternidad, todo en el vasto imperio de Jerjes era simplemente perfecto. Cada persona ocupaba el lugar que le correspondía, cada recurso estaba administrado magistralmente, y absolutamente todo estaba bajo control.
Y entonces, en medio de esta aparente perfección inamovible, algo comenzó a salir catastrófica y profundamente mal en la corte. Es en este preciso momento de tensión oculta donde el historiador Heródoto entra finalmente en el desarrollo de nuestra historia. Escribiendo aproximadamente treinta años después de que ocurriera la muerte de Jerjes, el griego registró un incidente oscuro y perturbador.
El evento que él plasmó en sus escritos es tan escandaloso y macabro que los eruditos nunca han dejado de analizarlo. Durante más de dos milenios, los académicos de todo el mundo han debatido acaloradamente sobre la veracidad y autenticidad del relato. Y en este punto de nuestra narración, quiero ser completamente transparente y directo contigo acerca de nuestras fuentes históricas.
Heródoto era un ciudadano de Grecia que escribía sus historias pensando específicamente en agradar e interesar a un público griego. Sus lectores pertenecían a una nación que tenía todas las razones políticas, militares y culturales para odiar profundamente al imperio persa. Por lo tanto, debemos admitir la posibilidad de que su relato pueda estar teñido con oscuros matices de propaganda nacionalista.
Podría tratarse de una exageración dramática diseñada para hacer quedar a los reyes persas como monstruos crueles e incivilizados. Incluso cabría la posibilidad de que todo el incidente fuera una obra de completa ficción inventada para entretener a sus oyentes. Sin embargo, los oscuros detalles que el historiador proporciona en su texto son tan dolorosamente específicos y tan psicológicamente precisos.
Esta riqueza de detalles perturbadores hace que su relato merezca nuestra atención completa y nuestro análisis más exhaustivo y cuidadoso. Según la versión de los hechos narrada por Heródoto, esta tragedia ocurrió en algún momento a finales de la década de los setenta. Más específicamente, en los años cuatrocientos setenta antes de la era común, después de un evento militar de proporciones desastrosas.
Todo comenzó tras el humillante fracaso y la devastadora derrota de la inmensa campaña militar persa contra los estados griegos. Después de que sus flotas fueran destruidas y sus ejércitos masacrados, Jerjes se vio obligado a regresar a Persia envuelto en humillación. Fue en este estado de fragilidad mental, con su orgullo herido y su ego divino destrozado, que desarrolló una nueva fijación.
El monarca, buscando quizás reafirmar su poder absoluto sobre sus súbditos, desarrolló una intensa y morbosa obsesión amorosa y carnal. El objeto de este nuevo y peligroso deseo no era otra que la legítima esposa de su propio hermano de sangre, Masistes. Trágicamente, el verdadero nombre de esta noble mujer ni siquiera quedó registrado en los anales de la historia humana.
La historia oficial, escrita siempre por los vencedores y los hombres de poder, simplemente no se molestó en preservar su identidad. Por lo tanto, ante el silencio de los textos antiguos, debemos llamarla exactamente por lo que realmente fue en esta tragedia. Ella fue una víctima inocente atrapada en la despiadada red de las intrigas palaciegas y los deseos incontrolables del rey.
Esta mujer anónima estaba casada legalmente con uno de los comandantes militares más respetados, leales y poderosos de todo el rey. Su esposo, Masistes, era un príncipe de sangre real que dirigía enormes ejércitos victoriosos y gobernaba con mano firme provincias enteras. Ella había cumplido con su deber dinástico al convertirse en madre, asegurando la continuidad y el prestigio de su noble linaje.
Según todos los recuentos y testimonios disponibles de la época, ella llevaba una vida pacífica, honorable y relativamente normal. Por supuesto, su normalidad existía siempre dentro de los rígidos y estrictos límites impuestos por la opresiva cultura de la realeza. Pero Jerjes, el hombre que creía ser un dios en la tierra, la vio, se obsesionó con ella y simplemente la deseó.
Ahora bien, es en este preciso punto donde la historia da un giro fascinante y se vuelve profundamente reveladora a nivel psicológico. Jerjes no actuó como el tirano brutal que normalmente era; no se limitó simplemente a arrebatar por la fuerza lo que deseaba. Debemos recordar en todo momento su profunda y arraigada convicción interna de que él era un ser de naturaleza verdaderamente divina.
Él había sido educado para creer firmemente que absolutamente todas las cosas y todas las personas existían únicamente para su placer. Pero, de manera sorprendente, incluso con todo ese condicionamiento megalomaníaco, una pequeña y vanidosa parte de su mente aparentemente buscaba consentimiento. Él todavía albergaba el narcisista deseo humano de ser genuinamente deseado por una mujer, y no simplemente de ser obedecido por terror.
Así que el rey dios descendió de su pedestal imaginario y se acercó a su cuñada en los pasillos del palacio. Le hizo insinuaciones veladas, le ofreció regalos espléndidos, le hizo promesas de poder y riquezas, y, contra todo pronóstico, ella se negó. Piensa por un instante en la magnitud del valor y el coraje inquebrantable que requirió pronunciar esa simple y letal palabra.
«No, mi señor, soy fiel a mi esposo.»
Él era, sin lugar a dudas, el hombre vivo más temido y poderoso de toda la faz de la tierra. Ostentaba una autoridad legal y divina absoluta que le permitía tomar cualquier cosa o a cualquier persona que deseara en el mundo. Él era el mismo soberano que había ordenado la ejecución de miles de personas por crímenes infinitamente menores que el de rechazarlo.
Y, sin embargo, conociendo perfectamente el riesgo de muerte que corría, ella se mantuvo firme y lo miró fijamente a los ojos. Con una dignidad que desafiaba al mismísimo imperio persa, le dijo que no, rechazando sus avances y protegiendo su propio honor matrimonial. Para la inmensa mayoría de los hombres, incluso aquellos con mucho poder, ese rechazo frontal habría significado el humillante final del asunto.
Incluso para la mayoría de los tiranos crueles de la historia antigua, habría habido castigos y consecuencias rápidas y violentas. Pero después de ejecutar a la mujer por su atrevimiento, la obsesión habría terminado y el oscuro asunto se habría dado por concluido. Pero Jerjes no pertenecía a la categoría de la mayoría de los tiranos; su mente funcionaba de una manera mucho más retorcida.
El intenso y constante condicionamiento psicológico al que fue sometido por su madre le había enseñado a interpretar el mundo de una manera aterradora. Había aprendido que sus caprichos personales y sus oscuros deseos sexuales no eran simples impulsos humanos, sino verdaderos imperativos cósmicos e innegables. Cualquier forma de resistencia u oposición a su divina voluntad era vista por él como una abominable forma de desorden en el propio universo.
Para el rey dios, que le dijeran que no era un fallo en la estructura misma de la realidad que necesitaba ser corregido. Así que, movido por un ego herido y una crueldad metódica, el monarca no se rindió en su intento por destruir a esa familia. Simplemente, y con una frialdad espeluznante, decidió cambiar el foco de sus maquinaciones y dirigió su atención depredadora hacia la hija de la mujer.
Esta joven princesa, cuyo nombre era Artaynte, se encontraba probablemente en el final de su adolescencia o a principios de sus veinte años. Era una muchacha inexperta en las crueles artes de la guerra psicológica palaciega, y además, era la propia sobrina de sangre de Jerjes. A diferencia del férreo carácter moral que había demostrado su valiente madre, ella aparentemente carecía de la fuerza interior necesaria para resistirse al poder.
O tal vez, dada su juventud e ingenuidad, simplemente no poseía la conciencia política suficiente para atreverse a rechazar al todopoderoso rey del imperio. De esta manera sombría y manipuladora, la aventura prohibida entre el tío y la sobrina comenzó a desarrollarse en las sombras del palacio. Y es precisamente en esta etapa de los eventos donde la historia desciende hacia profundidades aún más oscuras y psicológicamente retorcidas de la mente humana.
Jerjes, que había sufrido el ardoroso e inolvidable rechazo por parte de la madre, ahora se deleitaba teniendo el control total y absoluto sobre la hija. Y alguna parte oscura y vengativa de su herido ego divino sentía la necesidad imperiosa y urgente de demostrar físicamente ese control. Necesitaba exhibir su inmenso poder de una forma visible y humillante que lograra herir profundamente el corazón de la mujer que se había atrevido a rechazarlo.
Según el detallado relato que nos dejó el historiador Heródoto, Jerjes recurrió a una táctica de manipulación basada en la promesa de favores ilimitados. Le juró solemnemente a su joven sobrina y amante, Artaynte, que le concedería absolutamente cualquier cosa material o privilegio que su corazón pudiera desear.
«Cualquier tesoro en el imperio, tan solo nómbralo, y será tuyo inmediatamente.»
Y la joven Artaynte, ya fuera porque había sido hábilmente manipulada por el rey para pedirlo, o porque genuinamente codiciaba el objeto, hizo su petición. Ella no pidió montañas de oro, ni tierras fértiles, ni joyas preciosas; pidió un objeto de inmenso valor simbólico y poder político. Solicitó que se le entregara una túnica real específica, una majestuosa y única prenda de vestir que no tenía igual en todo el mundo.
Esta túnica no era una simple pieza de tela lujosa fabricada por los sastres del palacio; era una obra de arte sin precedentes. Había sido laboriosa y personalmente tejida por las manos de la formidable e imponente Reina Amestris, la legítima esposa del monarca. En su intrincado tejido se habían incorporado gruesos hilos de oro macizo y el exclusivo y carísimo tinte conocido como púrpura real persa.
La vestimenta no era simplemente ropa; funcionaba como un símbolo sagrado e inconfundible del estatus supremo, el poder y la autoridad de la reina. Era una pieza absolutamente única en todo el mundo conocido, y portarla significaba reclamar visualmente un lugar de máxima importancia en la jerarquía imperial. Conociendo todo esto, y en un acto de suprema y calculada maldad, Jerjes cumplió su promesa y le entregó la invaluable prenda a su sobrina.
Ahora, es de vital importancia que hagamos una breve pausa en el relato para reflexionar profunda y analíticamente sobre el significado de esta acción. Jerjes, a pesar de su arrogancia y paranoia, no era un hombre estúpido ni ignoraba las intrincadas reglas no escritas de su propia corte. Él sabía exacta y perfectamente lo que estaba haciendo cuando tomó la prenda de su esposa para entregársela a su joven e ingenua amante.
Comprendía a la perfección que regalar la prenda personal más preciada de su legítima esposa a su amante era un insulto público, deliberado y sumamente calculado. Sabía sin lugar a dudas que esta afrenta visual y simbólica provocaría la ira más profunda y destructiva en el corazón de la reina Amestris. Y, en algún nivel profundo y perturbado de su psique, es muy probable que él deseara provocar esa misma reacción de caos y violencia.
Porque esto es exactamente lo que el ejercicio del poder absoluto y sin restricciones le hace a la empatía humana y a la moralidad. El poder desmedido no se limita a disminuir la capacidad de sentir compasión por los demás; de hecho, logra invertirla por completo. El inmenso sufrimiento físico y emocional de otras personas se transforma gradualmente en una macabra forma de entretenimiento para el tirano aburrido.
Los conflictos mortales y las intrigas que destruyen familias nobles se convierten en un simple deporte o un pasatiempo para pasar las horas en el palacio. Contemplar el agudo dolor ajeno se vuelve una prueba tangible, un recordatorio constante e incuestionable de tu propia superioridad y de tu inmunidad ante las leyes terrenales. Cuando la temible Reina Amestris vio por primera vez su valiosa e irrepetible túnica puesta sobre los hombros de la joven Artaynte, la sangre se heló en sus venas.
Ella, con su aguda mente política, comprendió inmediatamente y sin necesidad de palabras la magnitud de la humillación que acababa de tener lugar en la corte. Y, en lugar de estallar en gritos de rabia o desesperación, comenzó a planear su respuesta con una precisión helada y absolutamente aterradora. Actuó con la frialdad implacable y el cálculo letal de alguien que había pasado toda su existencia navegando exitosamente por las brutales y traicioneras corrientes políticas persas.
Pero aquí es precisamente donde descubrimos lo que hace que esta oscura historia logre trascender la categoría de una simple y mundana intriga de palacio amorosa. En su brillante y retorcido plan de venganza, la reina Amestris no dirigió su inmensa furia y su castigo letal hacia la joven amante, Artaynte. Con una crueldad lógica que desafía la comprensión moderna, ella fijó como objetivo a la madre de Artaynte, la mujer que había rechazado inicialmente las insinuaciones de Jerjes.
Amestris decidió castigar y destruir a la mujer que, en todos los sentidos lógicos y morales posibles, era completamente inocente de esta aventura en particular. Según los escalofriantes relatos preservados por Heródoto, la reina Amestris contuvo su furia y esperó pacientemente a que llegara el momento perfecto e ineludible. Ese momento crucial e irrevocable en el calendario imperial no era otro que la gran celebración oficial del cumpleaños del rey, un evento de proporciones colosales.
Era un banquete masivo, opulento y desmesurado, donde las antiquísimas y sagradas costumbres persas dictaban una ley irrompible respecto a los deberes del monarca en su día. La tradición obligaba al rey a conceder de manera pública y solemne cualquier petición o favor que le fuera requerido durante las festividades. Era una obligación casi divina, un deber ineludible que era presenciado atentamente por todos los nobles y generales más poderosos e influyentes de las distintas provincias del imperio.
Y fue allí, en medio del esplendor del salón de banquetes y frente a miles de testigos silentes, donde la imponente Amestris formuló su terrible petición.
«Mi señor, deseo que me entreguéis hoy mismo a la esposa del príncipe Masistes, para que quede bajo mi absoluta custodia y disposición personal.»
Jerjes, al escuchar esas gélidas palabras salir de los labios de su reina, comprendió de manera inmediata y aterrorizada el oscuro y sangriento significado de la solicitud. Sabiendo la masacre que se avecinaba, el todopoderoso rey de reyes se rebajó a rogarle desesperadamente a Amestris que modificara su deseo y eligiera alguna otra recompensa.
Con voz temblorosa, le ofreció regalarle el dominio absoluto sobre ciudades ricas y prósperas, le prometió inmensas montañas de oro y ejércitos enteros bajo su mando directo. Pero Amestris, con la mirada fría como el acero, se mantuvo impasible, pues sabía que estaba respaldada y atada por el mismo estricto código de honor que obligaba al rey.
La aterradora solicitud había sido pronunciada y formalizada en público, frente a la nobleza, y las leyes sagradas de Persia dictaban que no podía ser negada bajo ninguna circunstancia. Así fue como la valiente e inocente mujer, madre de la amante del rey y esposa fiel de su hermano, fue entregada sin defensa a la oscura custodia de la reina. Lo que sucedió a continuación en las frías y silenciosas mazmorras de las habitaciones de la reina es un acto de crueldad tan brutal e indescriptible.
El propio Heródoto, un historiador acostumbrado a relatar guerras sangrientas y masacres a gran escala, lucha genuinamente por encontrar las palabras adecuadas para la descripción. La implacable Amestris no se contentó con asesinarla; ordenó que la mujer fuera torturada y mutilada sistemáticamente en formas específicamente diseñadas para destruir su humanidad. Los ejecutores cortaron despiadadamente sus senos, cercenaron su nariz, arrancaron sus orejas y le cortaron los labios y la lengua para que nunca más pudiera hablar.
Y luego, en un acto final de burla y sadismo incomprensible, los restos sangrantes y desfigurados de esta noble mujer fueron enviados de regreso a la casa de su amado esposo en esa espantosa condición. Permítanme ser absolutamente claro y enfático en este punto de la narración histórica que estamos analizando y desgranando juntos en este momento. Este evento representa, sin lugar a dudas, uno de los actos de crueldad más espantosos, gráficos y horrorosos que jamás hayan sido registrados en la literatura del mundo antiguo.
Es casi imposible para nuestra mente moderna procesar o siquiera imaginar el insondable nivel de sadismo y de maldad pura involucrado en esta mutilación sistemática. Pero si queremos comprender verdaderamente la historia, necesitamos imperiosamente analizar y entender la compleja y retorcida psicología que se esconde detrás de semejante acto. La reina Amestris no estaba simplemente castigando a una supuesta rival amorosa en un arranque incontrolable de celos femeninos; sus motivos eran mucho más fríos y políticos.
Con la sangre de su víctima, ella estaba emitiendo una declaración pública, brutal y definitiva sobre quién ostentaba realmente el poder dentro de la casa real. El mensaje macabro enviado a toda la corte y al propio rey era innegablemente claro y no dejaba lugar a ninguna mala interpretación o duda.
«Yo soy la reina indiscutible de este imperio, y mi autoridad en este oscuro y sagrado dominio de las mujeres es absoluta y no puede ser cuestionada.»
Cualquier persona que ose convertirse en objeto del deseo carnal del rey, incluso si lo hace de forma completamente involuntaria y forzada, será aniquilada. Serán destruidos y desfigurados de manera tan completa, tan pública y tan horripilante, que sus cuerpos mutilados servirán como una advertencia imborrable para las futuras generaciones de mujeres de la corte.
Pero hay otra capa de significado en este horrible castigo que resulta ser incluso más perturbadora y moralmente desoladora para nosotros al analizarla. Al elegir como objetivo a la madre inocente en lugar de castigar a la hija culpable y consentidora, la implacable Amestris estaba castigando a la mujer específicamente por su virtud moral. Estaba castigando cruelmente su valentía al haber rechazado al rey, y estaba pisoteando su lealtad inquebrantable a los votos matrimoniales que la unían a su legítimo esposo.
El mensaje subyacente y venenoso detrás de esta decisión era que en el palacio persa, la moralidad era un defecto mortal, y la mujer debería haberse sometido de inmediato.
«Tu dignidad humana, tu inquebrantable código moral, tu valiente resistencia ante los caprichos del tirano; todas esas cosas no son consideradas virtudes en este lugar.»
«En los oscuros pasillos de este palacio, tales actos de honor son percibidos únicamente como esquemas traicioneros que merecen ser castigados con la aniquilación total.»
El esposo de la infortunada y desfigurada mujer, el orgulloso y valiente príncipe Masistes, reaccionó ante la llegada del cuerpo de su esposa exactamente como cualquiera podría esperar. Al ver los restos destrozados del amor de su vida, fue consumido por una furia absoluta, un dolor insoportable y una sed de venganza ciega contra su propio hermano. Inmediatamente, partió hacia sus provincias, reunió a sus poderosas fuerzas militares y lideró un desesperado y sangriento intento de rebelión armada contra el trono del mismísimo rey Jerjes.
Pero la revuelta, nacida del dolor y la desesperación, no tuvo éxito frente al abrumador poderío militar del imperio persa y fue aplastada sin piedad en el campo de batalla. Masistes, el valiente hermano que intentó vengar el honor destruido de su amada esposa, fue capturado y toda su extensa e inocente familia sufrió las peores consecuencias posibles. Sus jóvenes hijos, sus hermosas hijas, y todos aquellos que compartían su sangre, fueron perseguidos implacablemente como animales de presa y ejecutados de manera sumaria y brutal.
La mujer que había tenido el coraje de decir que no al rey, la ingenua hija que no pudo decir que no, y un linaje real entero, simplemente fueron borrados para siempre de la existencia. Y todo este inmenso océano de sufrimiento y muerte ocurrió, única y exclusivamente, porque un solo hombre, educado en el narcisismo más extremo, creía que sus deseos personales eran órdenes divinas del universo.
Llegados a este punto sangriento del relato, nos enfrentamos a la gran y difícil pregunta que los historiadores tradicionales detestan responder, pero que nosotros tenemos la obligación moral de hacer. ¿Acaso fue este espeluznante episodio de mutilación y fratricidio un incidente extraño y aislado dentro de un reinado que de otro modo podríamos calificar como normal? ¿O acaso este baño de sangre familiar funcionaba en realidad como una ventana transparente hacia una verdad sistémica mucho más oscura, profunda y aterradora en el corazón del imperio persa?
El problema fundamental con el que lidiamos los estudiosos es que los monumentales registros reales persas fueron meticulosamente diseñados como instrumentos de propaganda estatal para proyectar una imagen de perfección. Estas enormes inscripciones talladas en piedra en las montañas solo registraban gloriosas victorias militares, inmensos e impresionantes proyectos de construcción e interminables actos de devoción religiosa hacia el gran dios Ahura Mazda. Jamás utilizaron esos preciosos espacios en la roca para registrar los sórdidos y humillantes escándalos que ocurrían a diario a puertas cerradas dentro del palacio.
Por supuesto, nunca se atrevieron a registrar de manera oficial los sangrientos y constantes conflictos familiares por el poder ni los brutales asesinatos de parientes. Y, por encima de todo, los escribas imperiales tenían terminantemente prohibido registrar cualquier palabra, acción o evento que pudiera humanizar o atreverse a criticar la figura divina del rey supremo.
Así que, debido a esta censura sistemática que duró siglos, hoy en día solo nos quedan pequeños y confusos fragmentos dispersos de la verdad histórica. Dependemos casi exclusivamente de las antiguas fuentes griegas, que podrían estar profundamente sesgadas por el odio cultural, y de evidencia arqueológica muda que insinúa grandes tragedias que no puede probar de manera concluyente. Pero a pesar de la neblina del tiempo, también contamos con la aplastante y lógica deducción sobre los devastadores efectos psicológicos que el poder absoluto tiene inevitablemente sobre la mente humana.
Por lo tanto, alejémonos de las especulaciones por un instante y detengámonos a pensar y analizar detalladamente en las cosas que sí sabemos con absoluta certeza histórica. Sabemos sin lugar a dudas que Jerjes fue criado y educado en un sistema cortesano altamente tóxico y específicamente diseñado desde su concepción para eliminar por completo su empatía humana.
Sabemos a ciencia cierta que fue condicionado meticulosamente desde el mismo día de su nacimiento para observar a los demás seres humanos como si fueran simples objetos inanimados o herramientas sin voluntad propia. En su mente adoctrinada, cada súbdito, soldado o familiar existía exclusivamente en la tierra con el único y divino propósito de servir incondicionalmente a su voluntad caprichosa. Sabemos que experimentó una de las derrotas militares más estrepitosas y profundamente humillantes de toda la historia antigua en las lejanas costas y aguas de Grecia.
Él regresó a la supuesta seguridad de su hogar persa con el ego completamente destrozado, el orgullo herido de muerte y su paranoia natural amplificada a niveles peligrosos y letales. Y sabemos que, después del fracaso monumental y sangriento en las tierras de Grecia, algo dentro del alma del monarca se rompió y cambió profunda y permanentemente para peor. El extenso y detallado registro histórico demuestra claramente que, tras la derrota, Jerjes se retiró y se aisló esencialmente de toda vida pública y participación en el gobierno del imperio.
Dejó abruptamente de liderar las grandes campañas militares que caracterizaban a los reyes persas, abandonando el rol de monarca guerrero conquistador de tierras extranjeras. Dejó por completo de viajar y recorrer las extensas provincias y satrapías que componían su inmenso y diverso imperio, prefiriendo el encierro a enfrentar las miradas de sus súbditos decepcionados.
Aterrado del mundo exterior, se retiró cobardemente hacia la segura oscuridad de sus gigantescos palacios amurallados, centrándose particularmente en la magnífica e imponente fortaleza de Persépolis, que él mismo estaba ampliando. En ese lugar aislado de la realidad, rodeado de eunucos y guardias, pasó los últimos años lúgubres de su reinado despilfarrando tesoros en gigantescos proyectos de construcción que glorificaban su ego roto. Las fuentes griegas, de manera vaga y casi misteriosa, simplemente describen sus actividades en esta época oscura como una serie de interminables y secretos «esfuerzos privados» dentro del palacio.
¿Cuáles eran exactamente, en la sombra de sus recámaras, esos oscuros y secretos esfuerzos privados a los que las fuentes antiguas se refieren con tanto pudor y evasión? Lamentablemente, las fuentes no son claras al respecto, pero por el contexto, sabemos fehacientemente que la atmósfera en la corte real persa se volvió progresivamente más cerrada, peligrosa e increíblemente aislada del pueblo.
Sabemos con certeza que los propios hijos varones del rey crecieron y se convirtieron en hombres en este ambiente enfermizo, observando aterrorizados cómo la paranoia de su padre se intensificaba día tras día. Sabemos que a medida que el monarca perdía el contacto con la realidad terrenal, el inmenso poder de los oscuros funcionarios de la corte se expandía dramáticamente y sin control alguno en las sombras. Este fue el caso particular de Artabano, el ambicioso e implacable comandante en jefe de la guardia personal del rey, cuya influencia política creció de manera desproporcionada y amenazante.
Todo este sombrío e inquietante panorama histórico nos sugiere una conclusión que es tan inevitable como profundamente trágica para la condición humana y la naturaleza del poder descontrolado. La implacable y devoradora maquinaria del sistema que su propia madre había ayudado a crear finalmente había terminado consumiendo por completo incluso al hombre más poderoso que se encontraba en su mismo centro de gravedad.
El todopoderoso rey dios Jerjes, vencedor de naciones y constructor de maravillas arquitectónicas, se había convertido paradójicamente en un prisionero absoluto e indefenso de su propio e inmenso poder dictatorial. La paranoia galopante y el aislamiento le habían arrebatado la capacidad de confiar genuinamente en cualquier persona que respirara cerca de él, viendo traiciones y complots asesinos detrás de cada cortina del palacio. Ya no era capaz de formar relaciones humanas genuinas, ni de experimentar el amor sincero, la amistad leal o la cálida familiaridad que da sentido a la vida de un ser humano normal.
Llegó a un punto de delirio y soledad tan extremo en el que ni siquiera podía estar absolutamente seguro de que sus propios hijos de sangre no intentarían asesinarlo para arrebatarle su pesada corona de oro. Este temor oscuro y constante, como trágicamente y pronto comprobaremos en el desenlace final de nuestra historia, era en realidad un miedo perfectamente razonable y justificado dadas las sangrientas circunstancias de su reinado.
Para todas las mujeres atrapadas en el lujo opresivo y claustrofóbico de la inmensa casa real, este largo período histórico debió haber sido una época sumamente angustiosa y verdaderamente aterradora. Imagina por un momento lo que significa despertar cada día y vivir a merced de los caprichos incomprensibles de un dios rey paranoico, aislado de la realidad terrenal y completamente desconectado de la empatía humana. Un ser implacable, amargado y todopoderoso que ostentaba, por ley y por tradición divina, el poder absoluto e incuestionable sobre la continuidad de tu propia vida material y emocional.
Él era el dueño de tu propio cuerpo físico, decidiendo cuándo, cómo y por quién sería utilizado, y poseía el derecho innegable de destruir a toda tu familia por un simple capricho de su mente perturbada. Y en aquel sofocante ambiente no existían vías de escape; no había cortes a las que apelar por justicia, no había caballeros nobles que ofrecieran protección real y no había ningún camino secreto hacia la libertad física. Y aquí es donde reside la lección histórica más profunda y descorazonadora de todas las que podemos aprender al estudiar esta antigua y civilizada tiranía asiática.
Este infierno de paranoia cortesana, control sexual absoluto y opresión sistemática no fue de ninguna manera una característica exclusiva, pasajera o única del turbulento reinado de Jerjes el Grande. Esta opresión, en toda su magnitud burocrática y brutalidad silenciosa, era verdaderamente la naturaleza fundamental y operativa del propio sistema imperial que se erigió sobre la sangre y el oro de cien naciones conquistadas.
Esta era exactamente y sin ninguna alteración significativa la manera metódica, implacable y efectiva en la que la renombrada y majestuosa dinastía Aqueménida funcionó ininterrumpidamente durante más de dos largos e influyentes siglos. Jerjes no fue la mente maestra diabólica que inventó de la nada desde cero esta máquina perfecta, opresiva, gigantesca y devoradora de voluntades humanas y dignidad moral. Él simplemente la heredó funcionalmente lista de sus ambiciosos antepasados imperiales, se dedicó a perfeccionarla astutamente con su propia crueldad refinada y, en última instancia, se la pasó intacta a la siguiente generación de monarcas tiranos.
Ahora, avancemos velozmente en la cronología de nuestra trágica historia hacia una cálida noche del mes de agosto del año cuatrocientos sesenta y cinco antes del comienzo de la era común. Nos adentramos sigilosamente bajo el amparo de la oscuridad lunar en el opulento, silencioso y aparentemente inexpugnable palacio real de la gran ciudadela de Persépolis.
Es la fatídica hora de la medianoche, y el gran Rey Jerjes Primero, el venerado gobernante absoluto del imperio unificado más vasto y diverso de toda la vasta historia de la humanidad antigua. Ese hombre, que una vez hizo temblar a la tierra misma con el peso y el paso de los millones de botas marchando en sus gigantescos e imparables ejércitos, yacía durmiendo su último y profundo sueño terrenal. Fue cruel, rápida y brutalmente asesinado de múltiples puñaladas traicioneras mientras descansaba vulnerablemente en la sagrada e íntima seguridad de su propia y gigantesca cama matrimonial dentro de las entrañas más profundas de su fortaleza de piedra.
Debemos admitir que los detalles exactos, minuciosos y definitivos que rodean a este magnicidio de altísimo nivel histórico son confusos, oscuros y se encuentran envueltos en las espesas brumas del pasado antiguo. Esta desafortunada falta de claridad narrativa se debe en gran medida a que las diversas fuentes históricas disponibles de diferentes culturas a menudo se contradicen mutuamente, presentando múltiples y diferentes narrativas de los sangrientos hechos de aquella noche.
Pero la versión más dramática, extensa y políticamente compleja de esta oscura historia de sangre y traición, la cual ha sido celosamente preservada por múltiples y respetados historiadores griegos a lo largo de los siglos, dice así. Artabano, el inmensamente poderoso e influyente comandante en jefe a cargo de la letal guardia real persa, el hombre juramentado solemnemente bajo la sagrada luz del fuego para proteger al rey con su propia vida.
Este mismísimo hombre de total y aparente confianza, cuyo único y sagrado trabajo remunerado era garantizar la constante seguridad y el bienestar personal del monarca supremo, fue irónicamente el arquitecto y líder de la gran conspiración asesina. Él, moviéndose furtivamente como una sombra letal en la noche, acompañado por un pequeño y selecto grupo de asesinos fuertemente armados y comprados con oro ensangrentado.
Aquellos traidores lograron evadir magistralmente todas las sofisticadas guardias, penetraron exitosamente las inmensas y pesadas puertas de madera de cedro que protegían los sagrados aposentos privados del confiado e indefenso rey dios que dormía plácidamente. Y allí mismo, en la más profunda intimidad y rodeado de la vasta riqueza inútil de su reino terrenal de oro y seda, lo apuñalaron repetidamente y lo mataron sin piedad mientras el monarca soñaba en la ignorancia.
Pero el astuto, ambicioso y maquiavélico asesino Artabano no detuvo su oscuro y sangriento plan maestro en el preciso y fatal instante en que derramó la sangre divina de su señor en las sábanas de seda. Inmediatamente después de cometer el magnicidio, en la misma agitada noche de sangre y acero frío, él ejecutó un astuto plan secundario de manipulación psicológica que resultó ser asombrosa y verdaderamente diabólico en su concepción lógica.
La brillante y malévola sofisticación que subyace detrás de este perverso plan nos revela dolorosamente cuán profunda, venenosa e irremediablemente había logrado penetrar la disfunción asesina y la desconfianza total en el propio y vulnerable seno de la sagrada familia real. Con las manos todavía tibias y húmedas por la sangre de su legítimo rey, el comandante se dirigió rápidamente hacia las lujosas habitaciones donde dormía plácidamente el hijo menor y más inexperto de Jerjes, el joven príncipe Artajerjes.
Con una actuación magistral digna del teatro más dramático, despertó abruptamente al joven y le dijo una mentira atroz y venenosa, afirmando que su hermano mayor, el gran Príncipe Heredero Darío, era el culpable del crimen. Le aseguró mirándolo fijamente a los ojos que Darío acababa de asesinar brutalmente a su padre en un acto de traición desesperada impulsado por una desmedida y ciega ambición por usurpar de inmediato el ansiado trono de oro.
Para respaldar su oscura y bien elaborada mentira, el frío y calculador comandante presentó rápidamente frente a los asustados ojos del joven príncipe diversas e ingeniosas pruebas que habían sido creadas con maestría y antelación. Utilizando palabras venenosas y calculadas, el veterano militar manipuló profunda y hábilmente el intenso y genuino dolor, la confusión inmediata y la furia ciega que nublaban por completo la mente inexperta y juvenil del destrozado príncipe heredero de Persia.
Y el joven e impulsivo Artajerjes, creyendo ciega e incuestionablemente en la elaborada y monstruosa mentira que su protector le había contado hábilmente entre las sombras temblorosas de la noche iluminada por antorchas parpadeantes. Lleno de ira justiciera, empuñó la espada de la venganza y ordenó inmediatamente la cruel e instantánea ejecución de su propio y completamente inocente hermano mayor, justificando el derramamiento de sangre como una justa venganza por la trágica y reciente muerte de su querido y divino padre.
Pasó un tiempo crucial y lleno de tensiones cortesanas en el imperio antes de que la terrible e innegable verdad histórica de aquella noche saliera finalmente a la luz pública, exponiendo todas las mentiras de la corte. Esto ocurrió únicamente en el preciso instante posterior en que el arrogante y confiado asesino, Artabano, cometió el fatal error de intentar consolidar directa y descaradamente todo el poder imperial absoluto para sí mismo, revelando sus verdaderas y oscuras intenciones finales.
Y fue solo en ese momento crítico de revelación cuando el joven rey Artajerjes, dándose cuenta con inmenso horror espiritual de que había sido cruelmente manipulado y usado como una herramienta ciega para cometer el imperdonable pecado del fratricidio contra su sangre. Despertó finalmente de su letargo psicológico inducido por la mentira y, lleno de una furia mucho más fría, oscura y letal que la anterior, ordenó la persecución inmediata del traidor.
Movilizando a los guerreros leales que le quedaban en el palacio, ordenó sin dudar que Artabano y la totalidad de sus asustados co-conspiradores ocultos fueran cazados implacablemente como perros callejeros, siendo atrapados, torturados y asesinados uno por uno. Te ruego que te detengas un instante a pensar seriamente en la inmensa cantidad de información sociológica, psicológica y política que este único, pero complejo relato antiguo nos transmite y enseña acerca de los regímenes monárquicos y totalitarios del mundo antiguo.
El hombre de mayor confianza en todo el imperio, aquel que encabezaba la guardia de élite, logró burlar todas las defensas y asesinó con sus propias manos manchadas al mismísimo rey dios al que juró proteger. Inmediatamente después del primer crimen, el propio hijo del rey, cegado por las mentiras, la paranoia infundida y el pánico del palacio, ordenó el asesinato a sangre fría de su propio hermano mayor y heredero legítimo.
Y es vital entender que absolutamente todos estos terribles y sangrientos hechos transcurrieron sin mayor obstáculo dentro de los cerrados e impenetrables confines del que se suponía era el palacio más fuertemente custodiado, vigilado y militarizado del mundo antiguo. Estaban rodeados en todo momento y lugar por una presencia constante y abrumadora de miles de tropas armadas hasta los dientes que teóricamente eran inquebrantablemente leales y que estaban dedicadas en cuerpo y alma a defender y salvaguardar la sagrada estabilidad y continuidad imperial y divina.
Ante este panorama histórico de traición y muerte generalizada en la corte imperial de Persépolis, surge obligatoriamente una pregunta profundamente existencial. ¿Cómo es siquiera humanamente posible que algo de esta colosal magnitud de traición sangrienta suceda bajo un sistema político fuertemente militarizado, a menos que toda la estructura sobre la cual está cimentado el sistema imperial esté completa e irremediablemente rota desde adentro?
¿Cómo explicamos semejante fallo catastrófico e insalvable de la seguridad estatal a menos que la venenosa cultura estructural del miedo crónico, la sospecha eterna y la paranoia corrosiva se haya propagado y expandido tan profunda y minuciosamente por todo el tejido social cortesano? Se había expandido hasta tal punto de putrefacción que incluso los miembros más íntimos, leales y poderosos del reducido círculo de confianza interno ya veían el asesinato violento de sus superiores y pares como el único y legítimo camino viable hacia su propia y desesperada supervivencia a largo plazo.
Durante el transcurso completo de toda su existencia como príncipe y soberano supremo, Jerjes había dedicado su tiempo libre a construir grandes defensas materiales y psicológicas a su alrededor para mantenerse a salvo de la traición ajena. Elevó con el sudor de millones de esclavos formidables muros de gruesa y sólida piedra alrededor de la enorme extensión de su magnífico palacio, y levantó con severas y crueles leyes incontables barreras arquitectónicas y culturales alrededor de toda su propia casa real y harén dorado.
Pero más trágico y definitorio aún, mediante el adoctrinamiento despiadado inculcado desde su cuna y sus crueles acciones diarias en el trono, él había construido de forma lenta pero segura e irreversible unos inexpugnables muros defensivos e invisibles para protegerse y aislarse a su alrededor y en contra de su propia compasión y humanidad subyacentes.
Y al final trágico y sangriento de sus dolorosos y paranoicos días en la cumbre del poder, absolutamente ninguno de esos inmensos e impenetrables muros físicos de roca, ni aquellas barreras psicológicas y emocionales invisibles lo lograron proteger eficazmente del acero traidor. Muy por el contrario, en lugar de servir como escudos protectores invencibles ante la muerte y la traición, lo que realmente hicieron fue transformarse trágicamente en los oscuros y fríos barrotes de la celda letal y de oro que lo atrapó irremediablemente con sus asesinos en la noche.
Para la inmensa mayoría de las aterrorizadas y prisioneras mujeres de la alta realeza que habitaban en el interior de los perfumados muros y bajo las celosas sombras sofocantes e interminables de la gran casa real persa, la violenta y sorpresiva noticia de la muerte definitiva de su carcelero, el Rey Jerjes, en realidad no cambió ni alteró en absolutamente nada sus destinos sellados y sombríos.
El joven y ahora endurecido príncipe Artajerjes Primero heredó el vasto trono y la pesada y maldita corona imperial manchada con sangre paterna y fraternal tras limpiar la corte, y junto con ello, naturalmente, asumió el mando, heredó el control absoluto y perpetuó implacablemente la existencia del opresivo sistema. El majestuoso e implacable Anderun, esa jaula de lujo extremo y estricta vigilancia constante operada por castrados, continuó operando de manera idéntica y eficiente devorando incansablemente las juventudes marchitas y el potencial reprimido de miles de mujeres sin libertad de expresión.
La fría, calculadora e inhumana práctica política de continuar considerando sistemáticamente a todas y cada una de las mujeres de la sangre noble y real como meros y desechables peones de ajedrez o activos políticos intercambiables para asegurar lucrativas e importantes alianzas continuó su curso inamovible en la corte de forma ininterrumpida. La desgarradora y absoluta falta de contacto con el mundo exterior, la vigilancia asfixiante sobre sus movimientos, la dolorosa falta de control sobre sus cuerpos y el destino, y la brutal reducción histórica de vidas humanas genuinas a simples e ignorados instrumentos políticos destinados al frío avance militar y dinástico imperial persistió en el tiempo y el espacio.
Todas y cada una de aquellas prácticas denigrantes, engranajes y mecanismos que componían el sistema tiránico de control y dominio persa siguieron funcionado eficientemente sin ninguna interrupción, y de hecho, bajo los nuevos reinados y las nuevas exigencias paranoicas del entorno, estas prácticas oscuras y abusivas se intensificaron y se volvieron aún peores con el inexorable paso del tiempo en el palacio. El propio hijo del nuevo rey Artajerjes, el temible y astuto futuro monarca Darío II, en un movimiento sumamente controversial e incestuoso que desafió la moral, terminó casándose forzadamente de manera legal y perpetua con su propia hermana de padre, la cual era conocida ampliamente en la historia política de la antigüedad como la formidable y letal princesa Parisatis.
Esta inquietante y perturbadora costumbre de establecer matrimonios de estado formales, permanentes e incestuosos entre hermanos y medio hermanos cercanos de la misma sangre real se volvió una práctica mucho más tolerada y ampliamente común en todas las generaciones posteriores de la decadente dinastía Aqueménida que controlaba el gran imperio con puño de hierro. Estas uniones ciertamente estaban levemente influenciadas y justificadas teológicamente por ciertas antiguas y retorcidas interpretaciones sagradas que los eruditos reales extraían caprichosamente de los textos espirituales de las tradiciones y enseñanzas del profeta del zoroastrismo antiguo.
Sin embargo, en su forma, función política y núcleo más puro y duro, estaban verdaderamente impulsadas y motivadas casi exclusivamente por el cálculo político más descarnado, frío y despiadado y por el deseo incontrolable y psicopático de mantener todo el poder absoluto, concentrado, sellado y sin compartir con familias extranjeras rivales.
Durante el transcurso implacable del siguiente siglo y medio completo, hasta el trágico y devastador día histórico en el cual las falanges invencibles lideradas por Alejandro Magno finalmente saquearon las riquezas de manera total y posteriormente quemaron y redujeron de forma deliberada toda la belleza deslumbrante de la grandiosa ciudadela de Persépolis hasta los mismísimos y negros cimientos calcinados que hoy vemos y fotografiamos, el sistema persistió tercamente en la sombra. Innumerables y olvidadas generaciones de mujeres persas inocentes y silenciadas fueron concebidas y nacieron de vientres nobles, vivieron toda su existencia bajo lujosas sedas sin tener libertad real para opinar o moverse, y finalmente murieron y fueron sepultadas ignoradas detrás de la fría seguridad de esos masivos muros amurallados y herméticamente sellados con bronce, cerraduras y tropas mortales.
Nunca tuvieron la bendición de conocer ni por un breve segundo existencial siquiera un mínimo atisbo de lo que significaba habitar o disfrutar en cualquier otra realidad alternativa, libre o diferente que no fuera la impuesta rígidamente por la inquebrantable cultura palaciega basada en el honor dictatorial, la obediencia total y sumisión ciega. Y he aquí finalmente, tras nuestro análisis extenso de esta brutal narrativa histórica del medio oriente, la conclusión filosófica de este lúgubre relato, que conforma verdaderamente y sin lugar a la duda más mínima y razonable la parte más y profundamente escalofriante, paralizante y perturbadora sobre todo el extenso y oscuro asunto sociológico del poder totalitario.
Aquel confinamiento implacable, inhumano, abusivo, humillante y perpetuamente destructivo de las esperanzas nunca, bajo ninguna circunstancia, se interpretó históricamente por las masas ni se percibió socialmente desde dentro o fuera por sus contemporáneos como un inmenso y trágico error colectivo que mereciera alguna clase de compasión, piedad y ayuda por las clases ajenas. De manera asombrosa e incomprensible, era ferviente, entusiasta y universalmente aplaudido, honrado, aclamado con alegría, y además era considerado desde el fondo del alma y el corazón persa como el paradigma definitivo de la gran civilización humana organizada.
En aquel tiempo remoto, funcionaba a nivel colectivo como el símbolo innegable, palpable y visual, encarnando físicamente el orden cósmico supremo predeterminado, inmutable y divinamente instituido, el curso perfectamente natural por donde fluye y debe de transitar la humanidad y todas las cosas bajo la luna, el sol y las estrellas eternas que cubrían las frías e inhóspitas pero doradas arenas del lejano y antiguo imperio de los poderosos persas.
Los reyes, en toda su arrogancia cimentada sobre montañas de oro y ejércitos de cientos de miles de guerreros inmortalizados en la roca y arcilla que fungían como dioses terrenales incuestionables quienes sin ápice de duda, sin titubeo existencial ni flaqueza emocional a la hora de las masacres sin precedentes y genocidios sistemáticos dictados con la palabra y el gesto para castigar pueblos enteros, creían firmemente en sus designios divinos. Pensaban y creían firmemente con una certeza y convicción absoluta e irrompible generada en un cerebro completamente lavado desde el alumbramiento por sus tutores eunucos, que al promulgar esta esclavitud e impartir muerte simplemente actuaban en total, perfecta, absoluta y simbiótica sintonía divina y que sencillamente, aunque fuera duro e inexorable para otros, únicamente hacían fiel, total, honrada y devotamente lo correcto para cumplir estricta y rígidamente con su gran y aplastante obligación dinástica.
Los muy venerados magos, sabios y sacerdotes engalanados en trajes de pureza absoluta y blancura infinita, bendecidos con los fuegos sagrados y purificadores que coronaban los altos templos al aire libre donde se adoraba eternamente y de manera constante bajo cielos estrellados e impolutos que cobijaban al imperio y bendecían su aparente, pero falso bienestar perpetuo y paz armada sin fisuras. Estos clérigos devotos e impecables que esparcían plegarias cantadas por todos los confines y que en cada celebración o evento público santificaban solemnemente tal violencia física y aniquilación mental con sus ceremonias, ofrendas de fuego purificador y rezos antiguos e incansables, mantenían firmemente en su núcleo espiritual y en la profundidad inescrutable de cada uno de sus sabios corazones endurecidos.
Todos aquellos sabios de barba gris y ojos cansados que habitaban en la corte como guías del monarca pensaban sinceramente y sin la más ínfima partícula o asomo de alguna remota duda traicionera que de esta forma oscura y hermética ellos, al bendecir silenciosamente estas atrocidades encadenadas diariamente durante siglos, ciertamente, fielmente y maravillosamente obedecían sin vacilar la incuestionable palabra antigua, honrando maravillosamente la ley universal y prestando un valioso y excepcional servicio cósmico irremplazable a las mismísimas e inescrutables deidades inmortales superiores.
Las incontables y silenciadas mujeres, madres e hijas enclaustradas que a lo largo y ancho de las épocas históricas nacieron, florecieron en belleza efímera y padecieron agónica, sumisa y terriblemente bajo el yugo pesadísimo e insoportable y la pesadumbre incalculable de este gran mecanismo político tan desproporcionado, triturador y destructivo en la psique humana. Incluso ellas mismas solían enarbolar defensas formidables sobre la propia opresión carcelaria, y esto ocurría debido exclusivamente a que, tristemente, de manera metódica y programática, habían sido cuidadosa y férreamente adoctrinadas desde la vulnerabilidad y ternura de sus primeros balbuceos para percibir todo esto como honor genuino, protección adecuada y superioridad sin igual, y no como un infinito y silencioso horror interminable ni una masacre.
Y he aquí de forma incontestable y terriblemente palpable, revelada a los ojos del tiempo como si estuviéramos observando desde los palcos de la existencia, lo que realmente simboliza y a lo que realmente se asemeja, expone de manera irrefutable y demuestra crudamente en la práctica el silencioso pero ensordecedor y aplastante funcionamiento perfecto y milenario de lo que los modernos nombramos como el gran concepto sociológico y humano, o sistema histórico complejo, de pura opresión ideológica sistemática llevada implacablemente y con pasmosa frialdad milimétrica hasta su grado máximo e insuperable de eficacia destructiva, letal y alienante para todas las sociedades pasadas y también futuras bajo el cielo de los hombres mortales.
Este éxito aterrador de las cadenas mentales invisibles pero irrompibles solo se concreta o logra manifestarse y florecer victoriosa, triste y permanentemente en las sociedades y mentes cuando irónicamente el momento culminante y tenebroso ocurre, en aquel preciso y sombrío instante en donde por fin y de manera inexorable, las múltiples víctimas sumisas, castigadas brutalmente o desprovistas completamente del propio concepto humano y básico sobre su ser y albedrío inalienable otorgado naturalmente desde siempre. Y entonces es que, finalmente, luego de incontables maltratos sin oposición y silencios en el gran sistema incomprensible y gigantesco de opresión y tiranía absoluta en medio del pánico de susurros ahogados y lágrimas derramadas inútilmente, su adoctrinamiento forzado resulta tan efectivo y perfecto en su brutal y cruel oscuridad que verdaderamente resulta letal para su libre ser y mente sumisa.
Terminan en ese abismo de locura al punto asombroso e inimaginable en el que trágicamente ya no tienen el poder, el vocabulario íntimo ni logran tener ni ostentar tan solo la diminuta y suficiente capacidad crítica o cognición rebelde necesaria como para vislumbrar vagamente o siquiera intentar divisar o simplemente llegar a distinguir su propia e irrefutable degradación sistémica en las sombras milenarias que habitan tristes. Sucede todo este terrible fenómeno psicológico, oscuro y alienante de la vida humana en los palacios y reinos o imperios extintos cuando la deslumbrante e intrincada belleza ostentosa, recargada de lujos materiales y ornamentaciones exquisitas sin precedente que forran la gran cárcel de oro forjado en la que viven atrapadas es tan iridiscente e hipnótica que ciega mentes vulnerables atrapadas eternamente.
Es entonces y solo entonces que la cárcel de lujo dorado y joyas brillantes logra engañar tan completa y perfectamente, con un éxito magistral, rotundo y totalizador, toda la percepción de la cruda y triste realidad circundante que eventualmente llegas, sin darte cuenta ni oponer un gramo de tenaz y mínima fuerza mental o rebelión intelectual interna, a olvidar profundamente entre tus propios suspiros ahogados. Terminas, de la noche a la mañana, olvidando que todas estas cosas magníficas, lujos de seda y copas de oro fino y resplandeciente no son un palacio genuino ni una fortaleza real construida y pensada amorosamente para proteger tu integridad física de los grandes males externos de los invasores o enemigos, sino que innegablemente se trata nada más que de otra pesada y cruel jaula construida expresamente sin amor.
Las majestuosas, grandiosas y melancólicas ruinas calcinadas de la gigantesca, mítica e inigualable y deslumbrante antigua metrópolis ceremonial y residencia divina y centralizada imperial que fue y es la ciudadela amurallada e imponente conocida por todos como la legendaria Persépolis, aún continúan manteniéndose erguidas y permanecen firmemente plantadas en este preciso instante de la historia y el presente humano. Se alzan orgullosamente desafiantes y resisten con la obstinación de las edades milenarias de manera firme, silenciosa y constante en lo más profundo, agreste, seco, despiadado, desolador y caluroso territorio y paraje que conforma la vastedad infinita del yermo implacable e indomable, solitario y hermoso espacio del inhóspito desierto que se encuentra a merced del viento cruel, constante y eterno en lo que fue antaño la gran maravilla arquitectónica sin igual en las tierras cálidas de la república islámica y país moderno en desarrollo incesante que hoy nombramos a nivel mundial como la gran nación o estado persa de Irán majestuoso hoy.
Sus enormes columnas cinceladas a mano, colosales pilares de dura roca tallada hace ya miles de años, se elevan melancólicamente hacia las infinitas alturas de lo que es la impresionante inmensidad del infinito azul y bóveda celeste sin límite como si, en un grito ensordecedor ahogado por la arena, intentaran todavía clamar a los dioses ausentes tras la catástrofe que aniquiló su forma sublime. Emergen esparcidas del árido polvo ancestral, luciendo destrozadas, incompletas y frágiles, asimilando y mostrando una gigantesca, evocativa, desoladora, perturbadora y lastimosa o inmensamente poderosa apariencia en ruina a través de la perspectiva trágica o nostálgica de sus despojos inmortales resistiendo al polvo cósmico como lo haría una macabra representación arquitectónica y dolorosa de gigantescos dedos amputados y desesperados que intentan arañar en vano el infinito cielo para la posteridad que las mira asombrada.
Los incontables, emocionados e infatigables grupos de personas, visitantes extranjeros, mochileros y curiosos modernos, en conjunto con asombrados y bulliciosos turistas internacionales armados con modernas cámaras y tecnologías contemporáneas que jamás imaginó el imperio, pasean plácida y calmadamente admirando todas las sombras misteriosas caminando incansablemente a través y por encima de todo el polvoriento, árido, enigmático, extenso y caluroso e inabarcable terreno que abarca la ruina milenaria con pasos distraídos del drama oscuro original que la bañaba. Ellos recorren todos los enormes, abandonados y secos patios agrietados por el sol incesante de las inclemencias climáticas, soñando, en la tranquilidad idílica de su visita vacacional o estudio erudito sobre las formas arquitectónicas clásicas de las antiguas y lejanas monarquías tiranías del oriente próximo oriental, sobre la grandeza heroica y desmesurada, pero vacía, sobre la infinita belleza perdida o desaparecida, todo el prestigio que, en las épocas arcaicas pasadas, alguna lejana vez, antes del fuego conquistador desatado por furia implacable bajo macedonia e invasores griegos vengativos, verdaderamente floreció libre y reinó absoluto y sin igual ni limitación como una era indiscutible.
Ellos únicamente consiguen evocar imágenes o espectros heroicos del glorioso y monumental reino del inmenso y aplastante esplendor palaciego majestuoso persa, con un halo dorado de nobleza legendaria, lujo y esplendor sin tregua que en efecto caracterizó aquella antigua nación desaparecida que dominó ferozmente a los continentes en una antigüedad enigmática. Sin embargo, en un lúgubre, callado pero elocuente y silencioso, trágico y constante contraste eterno contra todo ese frívolo, superficial e inocente ejercicio imaginativo moderno ignorante de los turistas, aquellas inmensas, erosionadas, mudas e imperturbables, agrietadas y pesadas y calizas piedras talladas, columnas oscurecidas y relieves polvorientos que forman el propio corazón del palacio derruido ciertamente nunca han olvidado todas aquellas oscuras tragedias inmensurables sufridas eternamente por tantos espectros mudos y lamentos contenidos allí mismo que ellas soportaron en sus épocas gloriosas ensangrentadas.
Esas milenarias e inquebrantables e inertes formaciones masivas calcáreas labradas majestuosamente recuerdan infinitamente de manera permanente, dolorosa y silenciosa otro tipo brutal, radicalmente muy distinto, trágico e infinitamente más perturbador de sucesos oscuros vividos intensamente. Ellas ciertamente rememoran vívidamente las lágrimas saladas invisibles y guardan para sí con un sepulcral silencio petrificado incólume todos y cada uno de los más tristes destinos lúgubres sin esperanza que padecieron cruelmente en vida y sangre las innumerables, invisibles y pisoteadas sufridas mujeres nobles que existieron.
Se trata indudablemente y lamentablemente de las desdichadas y silenciadas mujeres tristes cuyos propios nombres e identidades originales jamás, ni por compasión, por honor o decoro y sentido histórico humano de las tragedias o desgracias del poder o humanidad antigua fueron adecuadamente registrados para la posteridad de las ciencias o recuerdo público honorable sobre todas y cada una de las grandes estelas monumentales, cilindros de terracota grabados bellamente, rollos polvorientos amontonados de las antiguas crónicas o muros inmensos llenos de historia de batallas de los escribas. Las piedras talladas atesoran oscuramente las innumerables e infinitas voces de súplicas ahogadas temblando por terror, los incesantes lloros y gritos asustados y aterradores emitidos de forma desesperada pero ignorada de manera sistemática y silenciosa por completo que por el destino nunca jamás de los jamases fueron real, oportuna y compasivamente escuchadas en absoluto por algún salvador externo u oídos humanos que pudieran aliviar su aflicción.
Ellas rememoran sin cesar el eco lejano del constante, continuo y profundo terror perpetuado metódicamente en el Anderun, todas y absolutamente cada una de aquellas silenciadas existencias inútiles, destrozadas y marchitas vidas estériles encadenadas y sin uso posible o esperanza real y libre albedrío, las cuales de inicio a su lúgubre, oscuro y violento final mortal indeseado, fueron consumidas cruelmente y completamente transcurridas o, mejor dicho, trágica y opresivamente vividas con intenso y eterno dolor sordo íntegramente y en toda su lúgubre, larga, angustiosa y patética desesperación amarga para y por única y entera disposición y capricho voluble sumamente despótico de la infinita y descontrolada soberbia arrogancia sádica para obedecer y satisfacer, servir humillantemente y agradar efímeramente y sin gratitud eterna, al ego monstruoso o al placer de otro poderoso.
La oscura e innegablemente dolorosa, desoladora, compleja e intrincadamente perturbadora e infinitamente trágica e instructiva historia general cronológica, política y existencial del implacable e incomprensible funcionamiento hermético sobre la antigua, lujosa, enorme y rica pero cruel, violenta y destructiva, manipuladora, asesina y monstruosa corte de reyes enloquecidos por poder absoluto sobre los mortales inútiles del soberano persa. Toda esa sangrienta cronología íntima sobre su deslumbrante pero infame y gigantesca o pesada y terrorífica fortaleza opresiva e impenetrable de la antigua historia humana general que se erguía orgullosamente como la inmensa casa real de placer, miedo e intriga palaciega de rey tiranuelo paranoico llamado e inmortalizado por toda la eternidad incansable y memoria humana y académica bajo el nombre de la figura de un monarca arrogante y divino falso como el gran rey de reyes todopoderoso y asesino de su sangre que fue Jerjes persa, ciertamente no resulta o se configura en modo, forma y naturaleza histórica alguna de manera estéril o exclusiva ni conforma una sencilla historia que no te importa verdaderamente comprender o estudiar a detalle solo porque sea distante.
No es en modo, formato y análisis histórico social humano en forma y fondo estricto, una simple lección vacía, distante y meramente antigua sin validez empírica o uso en el mundo del presente. No es en lo absoluto solamente un capítulo fascinante, violento y anticuado lleno de anécdotas asombrosas y crueldad desenfrenada antigua perteneciente, aislada, extinta e irrelevante y por completo ajeno a lo que nos concierne que podamos ignorar para seguir en la historia inamovible de los acontecimientos y eras superadas antiguas simplemente.
Funciona innegablemente de forma muy distinta, se instaura firmemente, se consolida teóricamente, y finalmente prevalece existencial y socialmente, sirviendo hoy para la modernidad y nuestra comprensión del mal sistemático con mucha vigencia real como un poderoso llamado incansable, atemporal, y como una inmensa advertencia sumamente viva o latente, punzante e inmortal acerca de los inmensos, continuos, trágicos, destructores e inhumanos peligros reales. Es una gran y ensordecedora advertencia que reverbera sombría y resuena trágicamente y hace un eco profundo atravesando sin problema el paso veloz del tiempo incansable para impactar contundente a lo largo de cada época remota, a través de cada y todos los siglos ininterrumpidos y cruzando de forma certera por toda la memoria frágil de humanidad, llegando a afectar nuestra idea del poder opresivo desbocado que existió dentro del centro vital sobre el cual reposa y ha reposado a lo largo y ancho en la línea infinita del ser de toda sociedad humana y cada antigua o naciente gran, poderosa o frágil y vulnerable, y finalmente toda extensa civilización estructurada naciente antigua moderna presente y por siempre.
Toda esta increíble y dantesca narración basada en crónicas que analizamos, diseccionamos y observamos nos exhibe, muestra, comprueba e ilustra y demuestra dolorosamente y sin tapujos ni eufemismos falsos o velos ideológicos antiguos todo lo que sucede siempre de forma inevitable, fatal y matemática y lo que por fin invariablemente termina de alguna u otra manera ocurriendo fatalmente en los abismos infernales de crueldad humana, sin excepción compasiva histórica alguna que pueda salvarnos del caos. Eso resulta ser verdaderamente exacto, infalible y contundente al evidenciar de manera clara e indubitable la tragedia final que se desata, corrompe, aflige y golpea de manera funesta o violenta como el fuego asolador de macedonios cada vez que cometemos como entes sociales organizados el mayor descuido o imprudencia monumental y la espantosa equivocación cívica, política o fatal humana en conjunto global y general para construir todos aquellos ciegos aparatos oscuros y pesados que llamamos estructuras rígidas, burocracias letales y gigantes o complejos e incuestionables sistemas cerrados opresores sociopolíticos y también mentales o materiales de control hegemónico y alienante dictatorial inexpugnable.
Nos referimos trágica y analíticamente desde esta retrospectiva milenaria que hacemos ahora mismo, precisamente a todos aquellos sistemas nocivos e incomprensibles e implacables de las dictaduras desbocadas, reyes paranoicos e intocables de toda la extensa, intrincada e imperfecta cronología y desbordante y extensa línea de tiempo de historia general del gran o minúsculo ser humano mortal o divino que establecen o llegan absurdamente en algún punto fatídico de locura y obediencia sumisa en la tierra a ubicar a una única, paranoica o a otra singular persona privilegiada por la ignorancia de las masas populares, o situar a cualquier ser mortal efímero humano imperfecto y codicioso siempre en una inalcanzable, incomprensible, intocable, elevada y absurdamente cómoda, letal o irresponsable y omnipotente condición altísima de vida donde operan impunes más allá del reproche para siempre o de estar verdaderamente sujetos a la justicia y no ser castigados por estar exentos completamente del peso total de las miradas en reproche moral. Aquella posición divina falsa en donde estas mismas figuras endiosadas por el miedo general ajeno, situadas de forma absurda u opresiva de facto y mantenidas ciegamente por los ignorantes mediante fuerza y acero quedan situadas en un lejano pedestal mortal, pero intocable poder muy por encima y por entero eximidas completamente y más allá de poder recibir o que les exijan ninguna genuina de responsabilidad humana.
Todo esto ocurre trágica, ciega y sistemáticamente y sin poder o intentar frenarlo alguna vez en los milenios humanos en ese nefasto instante fatal histórico sin vuelta de hoja posible y punto de quiebre letal y definitivo donde los humanos, asumiendo o aceptando pasivamente la esclavitud milenaria que se impone mediante castigo brutal en el Anderun en el que de forma incomprensible pero real, llegamos a confundir voluntaria o mediante lavado de cerebros totalitario el mando absoluto o poder con divinidad. Cuando, como víctimas cómplices mudas de toda esa locura colectiva gigantesca alienante que devoró mujeres enteras e imperios y naciones vastas y opulentas que no opusieron resistencia, engañamos, y nos convencemos ciegamente nosotros mismos en nuestro letargo cobarde mediante propagandas falsas asumiendo ciegamente toda una retorcida, triste, injustificada y macabra visión que nos impone a fuerza de horror las cortes que dicen falsamente de manera inmutable o irrefutable que, en definitiva, existen para dominar ciegamente ciertas personas selectas que mágicamente según ellos simplemente han nacido bendecidas por la divinidad solo y únicamente con la obligación, divino privilegio o derecho inamovible de mandar despóticamente sin restricciones absolutas para siempre, y en un contraste sombrío, macabro, fatalmente oscuro, incomprensible, inhumano e insuperablemente triste, doloroso o deprimente condena sin fin que al mismo momento todos los demás están trágicamente condenados y destinados cruel e irreversiblemente de antemano y nacidos para servir incondicionalmente sin rechistar en el Anderun para obedecer ciegamente en sumisión hasta la fría tumba terrenal ajena.
Aquel inmenso recinto amurallado, con todos sus lujos excesivos, de opulenta ceguera e impenetrable grandiosidad, o inabarcable pero letal y falso maravilloso esplendor que devoró sin compasión inocentes de su imperio inmenso de tierras calientes que dominó un mundo entero antiguo pero colapsó al final de su decadencia inexorable en un acto final de catástrofe y violencia de griegos que asoló y extirpó por completo a la dinastía aqueménida de sangre letal, se ha reducido finalmente de un palacio. El palacio glorioso es solamente y tristemente escombros hoy día que yacen olvidados y rotos amontonados de ruinas inexpresivas solitarias perdidas por completo a la merced solitaria de la tormenta perpetua de milenios de viento eterno e implacable bajo el inmenso cielo ahora silente que vigila el lúgubre rastro milenario de sus cenizas que alguna vez tuvieron nombres que nadie osaba siquiera murmurar bajito para no enojar a un hombre que se proclamaba de forma arrogante dios intocable e iracundo supremo o ser superior con control de vida.
Todo su orgulloso, vasto e inabarcable e invencible gigante imperio, invicto pero sanguinario que cubrió de extremo a extremo el gran y enorme mundo que se conocía e ignoraba su debilidad naciente pero profunda por crueldad irracional ha finalmente desaparecido reduciéndose íntegramente a simple, efímero y olvidable polvo que ahora barre el viento a donde quiere con una innegable desoladora e indiferente burla milenaria y un destino que aplasta reinos que se consideran a sí mismos indestructibles mientras que los eones pasan imperturbables destruyendo la historia de todos. Pero verdaderamente y a pesar del fuego, tiempo asolador invencible y polvo milenario amontonado, la inmortal y vital o inmensamente oscura, cruda e increíble, contundente, dura e inalterable lección final milenaria moral e inolvidable y humana de dolor inconmensurable impartida en ese antiguo Anderun a las mujeres sin nombre en cautiverio de dolor y sangre en el pasado antiguo y oscuro innegablemente afortunadamente sobrevive indestructible entre la muerte.
La lección que aún de pie nos vigila estoicamente permanece inalterable. Porque aquel gran e ilimitado ejercicio tiránico infinito, absoluto, incontenible del poder dictatorial que operaba desde Persépolis como epicentro mundial antiguo de obediencia sangrienta e incestos de dinastías oscuras o asesinas crueles y ciegos asesinos que se traicionaron mutuamente para arrebatar coronas manchadas no funciona nunca limitándose o restringiendo sus letales y venenosos e inmensos y profundos daños invisibles solamente para destruir o afectar las vidas de tiranos.
No se restringe meramente o tan solo al pequeño e insignificante efecto esperado en el que corrompe inexorablemente únicamente el alma marchita negra, corrupta e indómita, asustada, triste y paranoica individual perteneciente de forma cerrada solo y exclusivamente a la pequeña y cobarde pero violenta e influyente persona miserable aislada del mundo e indolente e inhumana quien de forma circunstancial e inmerecida lo codicia para retenerlo. En lugar de quedarse inerte e inofensivo contenido en un solo rey loco que asesina parientes por sospechas en el trono que ocupa en la cima piramidal dictatorial corrompe irremediablemente absolutamente a la base total y se expande para asfixiar y corromper a todos y absolutamente sin ninguna excepción en cada ciudadano mudo de su imperio y de forma silenciosa sin dudar a todos aquellos que sumisos a los horrores que observan y perpetuando el encierro ciego en su Anderun para evitar castigos participan trágica voluntaria cobarde e inconscientemente en todo acto para seguir pasivamente y sin rebelarse activamente permitiendo para mantener la maquinaria y conservar de pie o mantenerlo perpetuamente con sumisa paz fingida sobre tierra y vida con llantos eternos silenciados de esclavas prisioneras o castigos sin control por siempre y el terror totalitario o letal para sobrevivir solos en el sistema fallido total.
Todo este poder corrompe el mundo entero transformando lo natural sistemáticamente y tuerce el universo y tuerce inevitablemente las más hermosas emociones purificadoras o nobles como pueden llegar o han llegado a ser concebidas como sagradas como resulta ser el amor libre convirtiendo toda aquella noble emoción inocente que fue algún día en algo repulsivo para la opresión que llamamos en base al dominio crudo posesivo sin control transformado en control letal. Y de ese mismo oscuro e intrincado, destructivo y asolador modo de alterar realidades tangibles y retorcer almas sanas, tuerce el deber puro en las formas y el gran concepto moral elevado que implica el sagrado y puro sentimiento intrínseco natural humano perteneciente que alguna vez y en origen verdadero sin mácula de codicia y dictadura o crueldad sistémica significaba para sus habitantes libres, convirtiendo a las almas libres en miedo constante.
Muta incomprensiblemente todas estas virtudes hasta transmutarlas y finalmente convertirlas monstruosamente irreconocibles o convertirlas retorciéndolas con dolor incalculable en un inquebrantable asfixiante abismo oscuro amargo terrible de paralizante dolor sin nombre o escape visible, transformándolas finalmente todas esas maravillosas cosas luminosas e inspiradoras de paz humana natural en miedo terrorífico cobarde eterno o silencio inquebrantable cobarde sin sentido. Y en su último acto culminante milenario implacable de deshumanización masiva o gran tragedia que azota todo sentido lógico para existir en plenitud de respeto que nos une como un solo sistema para subsistir libres por las edades que componen cada capítulo humano que narra tristezas parecidas transforma, denigra innegablemente e inexorablemente asola cruelmente el milagro universal para siempre e inunda de lodo los grandes y pequeños y vulnerables seres humanos rebajándolos a inútiles instrumentos de opresión ajena por toda una eternidad a disposición de los reinos del mal.
Y esto que hemos narrado analizado diseccionado largamente y observado con terror pasmado en los ojos y mentes en las últimas páginas imaginarias que nos ocupan el entendimiento sombrío sobre Persia inmensa majestuosa pero sanguinaria con su rey tiránico o cruel e impune al castigo de las cortes con esposas maltratadas e hijas en aislamiento no es en la inmensidad universal tan sólo antigua e intrascendente y lejana simple historia o fantasía. Todo aquello resulta innegable, crudo y sumamente oscuro y real en este instante, transcurriendo imparablemente sin freno hoy día en silencio; eso dolorosamente resulta ser una pesadilla presente que de forma inexorable en todo este tiempo ocurre y que dolorosamente, mi amigo, está ocurriendo sin parar ni compasión alguna a pesar de la modernidad justo ahora mismo e inevitable, letal y tristemente en todos y cada momento en pleno apogeo o desarrollo impune en los modernos sistemas en algún remoto y desconocido o cercano y oculto a la vez lugar de todo el mundo.
Continúa desarrollándose de maneras infinitamente distintas disfrazadas hoy mismo tras una miríada de engañosos e hipócritas sistemas pero idéntico mal en su oscuro y primitivo fondo psicológico y real. Todo ello operando ocultamente justo y exactamente detrás y bajo la lúgubre e infranqueable oscuridad protectora o de los engañosos amparos letales o impenetrables y altos muros enclaustrados blindados que esconden secretos de tortura contemporánea en un Anderun actualizado moderno dictatorial o doméstico opresivo de maltrato letal de dictadores ocultos tras muros que de manera terrible e impotente, trágica para ellos y frustrante para quienes logran enterarse al final de que dolorosamente tristemente nosotros verdaderamente no podemos de forma alguna alcanzar a ver.