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LE DI A MI PRIMO AGUA DE CALZON | No se aguanto las ganas y provoco una Endogamia

El cuerpo de mi propio primo colgaba del viejo árbol del patio, balanceándose lentamente bajo la luz mortecina de la madrugada. Tenía la piel oscurecida, los ojos inyectados en sangre y el rostro desfigurado por una mueca de agonía que no era de este mundo. Lo peor no era el frío de su cadáver, sino saber que yo, con mis propias manos y guiada por una lujuria ciega, había trenzado la soga invisible que lo empujó al abismo. Nadie en el pueblo imagina el secreto que guardo. Me ven hoy, una anciana de ochenta años postrada en una silla de ruedas, viviendo de la caridad y la miseria, y piensan que soy una pobre víctima del destino. Qué equivocados están. La verdad es un monstruo que devora las entrañas: yo provoqué una endogamia maldita, destruí a mi familia y enterré a un hijo deforme. Esta es mi confesión, y no busco el perdón de nadie, solo aliviar el infierno que llevo por dentro antes de que la muerte venga a reclamar mi deuda con el más allá.

Todo comenzó a principios de los años ochenta. Yo era la menor de cinco hermanos en un México que se debatía entre el peso de las tradiciones y la modernidad. Tras la muerte de mi padre, mi madre cayó en una depresión tan profunda que su existencia se redujo a una cama y a lamentos constantes. Mis hermanos, cobardes y egoístas, se esfumaron. Formaron sus vidas, se casaron y nos dejaron solas. Me convertí, casi por decreto divino, en una “hija bastón”. Mi juventud se escurría entre tés medicinales, la limpieza de una casa sombría y el miedo paralizante de encontrar a mi madre muerta si decidía cruzar la puerta para vivir mi propia vida.

Llegué a los treinta y ocho años siendo virgen. En aquella época, una mujer de mi edad sin esposo ni hijos ya era catalogada como una solterona inútil, un desperdicio. Ver a las parejas de la mano en la plaza o escuchar el llanto de un bebé en el vecindario me abría una herida sangrienta en el pecho. Dios, ¿por qué a mí no? El deseo de ser madre era una obsesión silenciosa que me carcomía.

Pero el destino, que a veces tiene un sentido del humor bastante retorcido, movió sus fichas. Una llamada de larga distancia desde el gélido estado de Dakota, en Estados Unidos, cambió el rumbo de nuestra monotonía. Mi tía Patricia, la hermana mayor de mi madre, anunciaba su regreso. Presintiendo el final de sus días a sus casi ochenta años, quería morir en la tierra que la vio nacer. Y no venía sola. Traía consigo a Joel, su único hijo.

Joel era mi primo hermano. Curiosamente, él también cargaba con el estigma de ser un hijo bastón; un hombre soltero de mi misma edad que había dedicado su vida a cuidar a su madre. Cuando cruzaron el umbral de la casa, el ambiente se llenó de lágrimas y abrazos. Pero cuando me tocó el turno de saludar a Joel, algo en el cosmos se rompió. Al fundirme en su abrazo, sentí la anchura de su espalda varonil. Su aroma, una mezcla de tabaco, sudor y loción fuerte, me golpeó el cerebro. Nunca en mi vida había tenido a un hombre tan cerca. Mi cuerpo, dormido por décadas, despertó con la violencia de un volcán en erupción. Aquel no era solo mi primo; era el macho que mi carne reclamaba.

A partir de esa noche, la cordura me abandonó. Mientras mi madre y mi tía pasaban el día tejiendo frente al televisor, yo me transformé en una sombra lasciva. Joel consiguió trabajo y yo me encargaba de prepararle la lonchera. Cada mañana, al entregarle su comida y su agua fresca, imaginaba que era mi esposo, que me tomaba por la cintura y me besaba con pasión antes de salir. Pero la realidad era frustrante: Joel me trataba con una cortesía distante, casi glacial.

La frustración alimenta a la lujuria, y la mía se volvió peligrosa. Comencé a dejar la ventana del baño entreabierta a propósito. Desde la escalera, me quedaba estática, conteniendo la respiración, contemplando su cuerpo desnudo bajo el agua. Ver sus músculos, su piel mojada, sus formas masculinas, me hacía sudar de puro deseo. Por las noches, en la soledad de mi cama, tocaba mi cuerpo imaginando que aquellas manos fuertes me poseían sin piedad. La culpa me atormentaba, sí, pero el deseo era un fuego que ninguna moraleja familiar podía apagar.

Un fin de semana, el alcohol derribó los diques de la contención. Mi madre se había dormido temprano bajo el efecto de unos fuertes sedantes y mi tía Patricia se retiró a sus habitaciones. Nos quedamos Joel y yo solos en la mesa de la cocina. Le ofrecí una cerveza, luego otra, y la plática se extendió por horas. El calor del alcohol me nubló el juicio. Mis ojos no se despegaban de sus labios, de su pecho. No aguanté más. Me abalancé sobre él e intenté besarlo en la boca con la desesperación de una mujer sedienta.

Él me empujó con fuerza, tomándome de los hombros. Su rostro reflejaba desconcierto y enojo.

—¿Qué te pasa, Yolanda? ¿Estás loca? Eres mi prima, eres mi familia. Esto no puede ser —me espetó con la respiración agitada.

Se levantó y se encerró en su cuarto, dejándome sola con mi humillación. El rechazo, lejos de aplacarme, encendió en mí un coraje negro. “Vas a ser mío”, me juré a mí misma mientras limpiaba mis lágrimas de rabia. “A como dé lugar”.

En los días siguientes, el silencio de Joel era un castigo insufrible. Fue entonces cuando recordé las historias del barrio. Cuando éramos niñas, mi madre nos llevaba con doña Juanita, una curandera local que curaba el empacho y el mal de ojo. Pero los rumores en las esquinas decían que la anciana manejaba hilos más oscuros: amarres de amor y alta brujería. No lo dudé. Esperé el día en que Joel llevó a nuestras madres al médico para escabullirme hacia su casa, ubicada a unas calles de la mía.

Doña Juanita me hizo pasar a una sala que olía a copal, hierbas secas y misterio. Tras intentar disimular con una limpieza espiritual, me armé de valor.

—Señora Juanita, no vengo por un mal de ojo. Quiero un amarre. Uno poderoso, que dure para toda la vida. Estoy enamorada de un hombre y lo quiero a mis pies.

La vieja me miró de arriba abajo con sus ojos astutos, curtidos por los años y el conocimiento de las debilidades humanas.

—A tu edad, muchacha, esos caprichos salen caros —me advirtió con voz ronca—. Pero veo que hablas en serio. Te lo voy a poner fácil. Vamos a hacer un amarre de agua de calzón. Es infalible, pero escucha bien lo que te voy a decir: la dosis es exacta. Solo diez gotas cada mañana en su bebida. Ni una más, ni una menos. La magia tiene un precio y si abusas, la obsesión destruye.

Me entregó un papel con los ingredientes botánicos que debía hervir junto a mi propia prenda íntima usada. Salí corriendo al mercado, compré las hierbas y regresé a casa antes que los demás. En la cocina, puse la olla al fuego. Cuando el agua rompió en hervor, me levanté la falda, me quité el calzón sudado y lo arrojé al líquido burbujeante. Sentí una punzada de asco, no lo niego, pero el deseo era más fuerte que cualquier escrúpulo. Guardé el extracto resultante en dos frascos de vidrio bajo mi cama y compré un gotero.

A la mañana siguiente, vertí las primeras diez gotas en el agua de limón de Joel. Probé un sorbo por precaución; el sabor quedaba perfectamente enmascarado por el ácido del cítrico y el azúcar. Joel se llevó su lonchera con la misma indiferencia de siempre, pero yo ya no sentía rabia. Sabía que el veneno del amor ya estaba corriendo por sus venas.

Pasaron tres días y no veía cambios. La impaciencia es el peor enemigo de quien juega con lo oculto. Pensé que la vieja Juanita se había quedado corta, que diez gotas eran una ridiculez para un hombre tan fuerte como mi primo. “Le pondré más, total, ¿qué puede pasar?”, pensé con la soberbia típica del ignorante. Tripliqué la dosis.

El efecto fue devastador y casi inmediato. Una noche, mientras cenábamos en familia, sentí el peso de su mirada. Ya no era indiferente; era la mirada de un depredador hambriento. Sus ojos se clavaban en mi escote con una fijeza que me hizo temblar las piernas. Cuando terminamos de cenar, nuestras madres se despidieron para ir a dormir. Me quedé recogiendo la mesa y, de pronto, Joel se acercó por la espalda.

—Prima, déjame ayudarte con los platos. Tú siempre haces todo aquí —dijo con una voz pastosa, extraña.

Acepté. El aire en la cocina se volvió espeso, casi irrespirable por la tensión sexual. Compramos unas cervezas y nos sentamos en la sala. Joel no me quitaba los ojos de encima; su respiración era rápida, entrecortada. De repente, sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí. Me plantó un beso brutal, salvaje, mordiéndome los labios hasta sacarme un hilo de sangre. Yo respondí con la misma demencia. Sus manos subieron por mis muslos con una urgencia animal.

—Para, aquí no —le susurré, tomándolo de la mano.

Lo guié a toda prisa hacia el baño. Cerramos la puerta con pestillo y nos desvestimos a trompicones. Me amarré la falda a la cintura y él se desabrochó el pantalón. Me giró con rudeza, apoyando mis manos contra la pared azulejada del baño. Cuando me poseyó, sentí un dolor agudo mezclado con un placer indescriptible. Era mi primera vez. Joel se dio cuenta por la resistencia de mi carne, y eso pareció encender aún más su locura. Sus embestidas eran feroces, ajenas a toda ternura.

—Qué rico, prima… te he estrenado. Te juro que me tienes loco, no sé qué me pasa contigo —me gemía al oído con voz ronca.

A partir de esa noche, la casa se convirtió en nuestro picadero clandestino. Nos tomábamos en los rincones más insospechados: detrás de las puertas, en el lavadero, en la sala cuando las viejas salían a misa o al club de tejido. Joel desarrolló un deseo insaciable, una fuerza viril que parecía no agotarse nunca. Yo estaba flotando en una nube de triunfo; tenía al hombre que quería como un perro faldero a mis pies. Había olvidado por completo que compartíamos la misma sangre.

Pero el diablo cobra las facturas en domingo. Un día, confiados en que nuestras madres tardarían horas en la misa mayor, nos encerramos en mi habitación. Nos entregamos a un acto carnal frenético, explorando posiciones que desafiaban la decencia de la época. Al terminar, el cansancio nos venció y nos quedamos profundamente dormidos, desnudos y entrelazados entre las sábanas sudadas.

Un grito desgarrador, agudo como un puñal, nos arrancó del sueño.

—¡No! ¡Por los clavos de Cristo, no!

Abrí los ojos de golpe. Al pie de la cama estaban mi madre y mi tía Patricia. Sus rostros eran un poema de horror y asco. Mi tía, enfurecida, se abalancó sobre Joel a puñetazo limpio, llorando a moco tendido.

—¡Maldito, Joel! ¿Por qué? ¡Con tu propia prima! —le gritaba mientras mi primo se hacía bolita bajo las cobijas, incapaz de defenderse por la desnudez.

Mi madre cayó de rodillas al suelo, con la mano en el pecho, soltando un gemido que parecía salirle de las entrañas. La traición estaba consumada. Logré que salieran a la sala tras mil ruegos y bajé a darles la cara, envuelta en una bata. La vergüenza flotaba en el aire.

—Tía, mamá, perdónenme. Esto se nos salió de las manos —dije, intentando asumir una culpa que, en realidad, era solo mía por haber usado la brujería.

Mi madre se levantó, pálida como un espectro, y antes de subir las escaleras apoyándose en el pasamanos, sentenció con una frialdad que me heló la sangre:

—Patricia, hermana… lo mejor es que tú y tu hijo se vayan de esta casa. Les doy una semana para desalojar.

Cuatro días después, la mudanza estaba en la puerta. Mientras mi madre se despedía fríamente de su hermana, Joel se me acercó al oído, temblando.

—Esto es solo un bache, Yolanda. Yo te amo. Voy a volver por ti, nada nos va a separar —me susurró con los ojos desorbitados.

Para mi propia sorpresa, yo no sentía nada. El encaprichamiento se había esfumado con el escándalo. No me importaba que se fuera, ni que se acabaran los encuentros. Mi única prioridad era mantener tranquilas a las dos ancianas, cuya salud empezaba a resentirse por la terrible impresión. Joel intentó hincarse ante mi madre para pedirle perdón, pero ella solo le espetó un despectivo: “Ya lárgate”.

Pensé que la distancia enfriaría las cosas, pero el agua de calzón no es un juego. Una tarde salí hacia el mercado y, al cerrar la puerta, Joel saltó de la nada. Me quedé horrorizada al verlo. Su rostro estaba pálido, casi grisáceo; la frente le chorreaba un sudor frío y espeso, y sus manos temblaban como las de un epiléptico. Apestaba a alcohol barato. Me agarró de las muñecas con una fuerza descomunal.

—¡Yolanda, te necesito! No puedo vivir sin ti, el deseo me está quemando por dentro. Vamos a un motel, al parque, a donde sea, pero tienes que estar conmigo ahora —gritaba con la mirada perdida de un demente.

—Suéltame, Joel. Eso ya se acabó. Somos primos, entiende —le respondí, asustada por su violencia.

—¡No me importa! ¡Si no vienes por las buenas, te llevo a la fuerza! —aulló, levantando la voz.

Tuve que apelar a la astucia. Le dije que esperara un momento en la banqueta, que se me había olvidado el monedero dentro de la casa. En cuanto entré, pasé el cerrojo y no volví a salir. Me asomé por la cortina; Joel se quedó sentado en la acera durante horas, golpeando la puerta de vez en cuando y gritando mi nombre como un alma en pena. Mi madre tuvo que asomarse a la ventana para amenazarlo con la policía para que finalmente se marchara.

Al día siguiente, mi tía Patricia nos visitó deshecha en lágrimas.

—Estoy desesperada —nos confesó en la sala—. Joel se volvió loco. Dejó el trabajo. Se la pasa caminando en círculos por la casa, hablando solo con la pared. No duerme, toma botellas enteras de alcohol y no para de sudar. Además… tiene la piel extraña, se le está poniendo oscura, como si el hígado se le estuviera pudriendo.

El remordimiento me dio una bofetada. Sabía perfectamente que esa no era una enfermedad médica; era la sobredosis del elixir que yo le había suministrado. Corrí de inmediato a la casa de doña Juanita.

—Señora Juanita, por favor, ayúdeme a deshacer el hechizo. Ya no quiero a ese hombre, las cosas salieron mal —le supliqué, omitiendo el detalle del parentesco.

La anciana frunció el ceño, preparó un contrabrebaje con hierbas amargas en una botella y me dio las instrucciones de uso.

—Dáselo por las mañanas en dosis pequeñas. Tardará meses, pero limpiará su cuerpo. Pero dime una cosa, Yolanda… ¿cumpliste con las diez gotas verdad? No le diste más.

Tragué saliva, mintiéndole a la experta en artes oscuras.

—Sí, claro… solo diez gotas.

—Menos mal. Porque si un hombre toma más de la cuenta, la obsesión se vuelve eterna y su mente se quiebra para siempre. No hay retorno.

Regresé a casa con la botella guardada en el bolso, con el alma en un hilo. ¿Cómo iba a darle el remedio si Joel ya ni siquiera vivía con nosotras y estaba fuera de sí? Le di vueltas al asunto toda la noche en mi cama, incapaz de conciliar el sueño. Decidí que esperaría a la mañana siguiente para buscar una solución.

Nunca hubo un mañana para Joel.

A las seis de la mañana, unos golpes violentos y desesperados en la puerta nos sobresaltaron. Pensé que era él, viniendo a buscarme con un cuchillo. Pero al abrir, encontramos a mi tía Patricia tirada en el suelo, ahogándose en su propio llanto.

—¡Ayúdenme, por Dios! ¡Joel está muerto! —gritó antes de perder el conocimiento.

Mi madre y yo nos quedamos de piedra. Cuando logramos reanimarla, nos enteramos de la macabra verdad: Joel se había colgado con una soga en el árbol del patio durante la madrugada, incapaz de soportar el fuego invisible y la demencia que el agua de calzón había sembrado en su cabeza.

Un dolor agudo, un frío de tumba, se instaló en mi corazón. Yo lo había matado. Mi soberbia y mi lujuria lo habían empujado a esa cuerda.

La tragedia no terminó ahí; la brujería es una mecha corta que lo quema todo a su paso. Mi tía Patricia, consumida por la pena de perder a su único hijo, falleció dos años después. Mi madre, arrastrada por la culpa y el deterioro de ver a su hermana morir de dolor, la siguió a la tumba apenas un año más tarde. Me quedé completamente sola en el mundo, cargando con tres cadáveres sobre la espalda.

Pero el castigo más cruel, el que me partió el alma en mil pedazos y por el cual sé que arderé en el infierno, llegó nueve meses después de aquella fatídica mañana de domingo. Yo estaba embarazada. Había concebido un hijo de mi primo Joel en medio de nuestro frenesí maldito. Cuando llegó el momento del parto, el partero del pueblo ahogó un grito de horror al recibir a la criatura.

Mi hijo nació con severas deformidades físicas. Su cabeza tenía una forma monstruosa y su cerebro no se había desarrollado adecuadamente; un destino trágico dictado por las leyes inmutables de la genética y la consanguinidad, potenciado por la maldición que yo misma había desatado. El pobre angelito solo resistió unos días antes de expirar en mis brazos. Enterrar a mi propio hijo deforme fue el clavo final en mi ataúd en vida.

Han pasado cuarenta años desde entonces. Cuarenta años de un calvario silencioso. La culpa me mermó la salud de tal manera que perdí la movilidad de las piernas; llevo dos décadas confinada a esta vieja silla de ruedas, con la mitad del cuerpo paralizado, como si el fantasma de Joel me tirara de los pies hacia la tumba. Vivo en la absoluta miseria, en la misma casa donde ocurrió todo, comiendo las sobras que las almas piadosas del pueblo me regalan por lástima.

Sé que me queda poco tiempo en este mundo. Siento el frío de la muerte rondando mis noches, y la verdad es que ya no tengo miedo; quiero descansar de este tormento. Contar esto a través de estas líneas me devuelve un poco de la paz que perdí cuando decidí jugar con el agua de calzón. Si algo he aprendido en esta larga y miserable existencia, es que en el tablero de lo oculto no hay jugadas gratis. La brujería siempre te da lo que pides, pero se cobra con lo que más amas. Que mi historia sirva de advertencia para las almas incautas: el precio de una obsesión siempre se paga con sangre.

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