El olor de la sangre y el humo de la pólvora siempre tienen un sabor amargo, pero en el verano de 1872, en las llanuras implacables de Wyoming, ese sabor era lo único que parecía real. Imagina que estás atrapado en un callejón sin salida, con el cañón de un revólver apuntándote directamente a la frente, mientras tres buitres humanos disfrutan de tu desesperación. Eso fue exactamente lo que pasó en ese maldito claro cerca de Laramie. El aire estaba tan denso por el calor infernal que casi podías masticarlo. Cuando el viejo revólver Colt de Cade rugió, no fue solo un disparo; fue el crujido del destino rompiéndose en dos. El primer hombre cayó como un saco de papas antes de que los otros dos supieran qué los había golpeado. Si buscas una historia de caballeros con armaduras brillantes, estás en el lugar equivocado. Esto es el Salvaje Oeste, donde la piedad es una debilidad y un error de un segundo te envía dos metros bajo tierra.
Déjame contarte cómo empezó todo, desde la perspectiva de alguien que ha visto lo suficiente de este mundo como para saber que la línea entre un héroe y un monstruo es delgada como un hilo de coser.
Cade tenía cuarenta y seis años, pero cargaba con suficientes fantasmas como para llenar un cementerio entero. Había sido soldado. Un buen soldado, de esos que siguen órdenes sin rechistar, hasta que una de esas órdenes lo llevó a destruir por error un pueblo pacífico llamado Solace Creek. Durante siete años, Cade intentó escapar de ese recuerdo. Pero el Oeste tiene una forma muy cabrona de arrastrarte de regreso al fango. Los fantasmas no cabalgan detrás de ti; cabalgan dentro de ti.
Ese martes por la tarde, Cade se había detenido junto a un álamo caído para que su caballo recuperara el aliento. Fue entonces cuando escuchó ese sonido que a cualquier hombre de bien le hiela la sangre. No era el aullido de un coyote. Era el grito agudo y desesperado de una mujer joven que se había quedado sin opciones.
Al acercarse, vio la escena. Tres hombres, vestidos con la elegancia polvorienta de los pistoleros a sueldo, tenían acorralada a una chica contra un tronco podrido. La chica era Eliza Reed, de veinte años, con el cabello del color del trigo de otoño y unos ojos que brillaban con un desafío que el mundo aún no había logrado borrarle a patadas. Uno de los tipos, un bruto con la cara marcada por cicatrices llamado Miller, la sujetaba de la muñeca. Otro buscaba algo en la tierra. El líder del grupo, Jesse Vain, llevaba un revólver con cacha de marfil como si eso le diera un alma.
—Solo dinos dónde está el relicario, Eliza, y tal vez te dejemos caminar de regreso al pueblo —dijo Vain, con una voz tan suave como una serpiente sobre una roca al sol.
Eliza le escupió en las botas. Luego, le plantó una rodilla en las costillas a Miller, haciéndolo retroceder maldiciendo.
—Prefiero verte en el infierno primero —susurró ella.
Cade observó desde el borde de los árboles. Vio los moretones en el cuello de la joven y la forma en que esos hombres se reían de su impotencia. Era la misma crueldad que había visto en la guerra. Harto de la injusticia, Cade espoleó a su caballo hacia el claro. El tintineo de sus espuelas cortó el calor como una campana fúnebre.
—Esto es un asunto privado, vagabundo —gritó Vain, acariciando el martillo de su arma—. Sigue cabalgando si quieres seguir respirando.
Cade ni siquiera miró las armas. Miró a la chica.
—No la toques —dijo Cade, con una voz baja y rasposa, como grava arrastrada por el viento.
Miller soltó una carcajada burlona.
—¿Escuchaste eso, Jesse? El viejo tiene corazón de héroe.
Vain no se rió. Era un estudiante de la violencia y reconoció la quietud absoluta de Cade.
—Estás muy lejos de casa, viejo —dijo Vain, buscando una estrella de sheriff que no existía.
—Estoy exactamente donde necesito estar —respondió Cade—. Déjenla ir y cabalguen hacia el este. No lo diré una segunda vez.
Miller dio un paso adelante, herido en su orgullo.
—Creo que te bajaré de ese caballo para ver si sangras gris.
Fue el último error de su miserable vida. Antes de que el arma de Miller pudiera salir de la funda, el Colt de Cade rugió. La bala impactó en el hombro de Miller, haciéndolo girar como un trompo y mandando su revólver a volar.
Vain y el otro pistolero reaccionaron rápido, pero Cade ya se estaba deslizando de su caballo, usándolo como escudo. Un segundo disparo de Cade le dio al otro hombre en el muslo, dejándolo en el suelo gritando de dolor. El retroceso sacudió el hombro viejo de Cade, recordándole que los años de soldado pasaban factura.
Jesse Vain, el único con un gramo de cerebro, se lanzó detrás de unas rocas rojas y disparó dos veces. Las balas astillaron el tronco cerca de la cabeza de Eliza.
—¡Agáchate! —le gritó Cade. Eliza se encogió dentro del hueco del árbol podrido.
Cade se movió entre la maleza. Esperó, con la respiración lenta. Cuando el sol brilló en el cañón plateado de Vain, Cade disparó. La bala golpeó la roca a centímetros de la cabeza de Vain, salpicándolo de esquirlas.
—Te dije que te fueras, Jesse —dijo Cade con una calma que aterrorizó al joven más que cualquier grito.
Vain se dio cuenta de que no se enfrentaba a un vagabundo, sino a un hombre que había hecho las paces con la muerte hacía mucho tiempo.
—¿Crees que esto termina aquí? —gritó Vain, con la voz temblando—. El alcalde Vance querrá tu cabeza en una estaca. ¡Eres un hombre muerto!
Cade no respondió con palabras. Disparó de nuevo, volándole el sombrero a Vain. Eso fue suficiente. El líder de los matones corrió hacia su caballo y huyó a todo galope, abandonando a sus hombres heridos en la tierra.
El silencio regresó, pesado y cargado de olor a azufre y sangre. Cade enfundó su arma y se acercó a Eliza. Ella lo miró, buscando la crueldad que solía encontrar en los hombres de esa región.
—¿Por qué te detuviste? —pregúntó ella en un susurro.
Cade se miró las manos cicatrizadas, las mismas que alguna vez llevaron antorchas en Solace Creek.
—Porque este mundo ya tiene suficiente suciedad —respondió simplemente. Le tendió la mano y, por primera vez en meses, Eliza sintió que no estaba sola.
Cabalgaron hacia el sur, hacia un cañón oculto. Mientras avanzaban, Eliza comenzó a hablar. Su padre había sido empleado en la oficina de tierras de Laramie. Era un hombre bueno que descubrió que el alcalde y el gobernador estaban vendiendo las mismas tierras a los trabajadores y al ferrocarril. Pero eso no era lo peor.
—Descubrió que había mujeres desapareciendo cerca de las rutas de carga al sur de Cheyenne —dijo Eliza, apretando el relicario de plata—. Chicas sin familia, viudas, de esas que nadie busca. Mi padre rastreó los pagos desde los campamentos del ferrocarril directamente hasta la oficina del alcalde.
El relicario no tenía una foto, sino un código grabado en el interior. Era la clave para abrir el archivo secreto donde guardaban los libros de contabilidad reales con los nombres de los compradores y las firmas de los políticos corruptos. A su padre lo habían asesinado por eso, simulando una enfermedad.
Al día siguiente, sabiendo que la ley en Laramie era una trampa, Cade decidió llevarla a Dusty Ridge, un pueblo fantasma abandonado. Desde allí, podían ver venir a cualquiera a diez millas de distancia. No tardaron en ver la columna de polvo. Un grupo de siete hombres armados, liderados por Jesse Vain y el alguacil del alcalde, llegó al pueblo listos para cobrar la recompensa por su silencio.
Cade salió a la calle principal, con su largo abrigo flotando al viento.
—Es difícil encontrarte, Sterling —gritó el alguacil—. El alcalde dice que eres un ladrón y un secuestrador.
—La única verdad en Wyoming es la que dice el alcalde —añadió el alguacil con una risa fría.
Cade miró a los hombres detrás de él, peones de rancho que solo buscaban dinero.
—¿Es por eso por lo que quieren morir? —preguntó Cade—. ¿Por un hombre que vende a sus hijas a la costa como si fueran ganado? ¿Un hombre que construye su mansión sobre los huesos de sus familias?
El alguacil, viendo que sus hombres dudaban, sacó su arma.
—Suficiente charla. Danos a la chica y el relicario o quemaremos este pueblo contigo adentro.
—No la toques —advirtió Cade—. Y no des un paso más hacia esa iglesia si quieres ver el amanecer mañana.
Jesse Vain, furioso, espoleó a su caballo y disparó. Cade se lanzó detrás de un abrevadero de agua y su Colt respondió con precisión letal. Una bala le rozó las costillas a Cade, haciéndolo sangrar, pero él no se detuvo. Derribó al primer hombre de su montura.
Desde la torre del reloj de la iglesia, donde Cade la había escondido, Eliza vio a un matón intentar flanquear al viejo con un cuchillo largo. Sin pensarlo, levantó la pequeña pistola que Cade le había dado y apretó el trallazo. El disparo le dio al hombre en el pecho, dejándolo seco en el suelo. Cade miró hacia arriba y le dio un asentimiento de aprobación.
El tiroteo fue feroz, pero la experiencia militar de Cade superó la codicia de los matones. Jesse Vain intentó sorprenderlo por detrás del establo, pero Cade lo estaba esperando.
—Esto es por la chica que intentaste romper y por el padre que asesinaste en la oscuridad —susurró Cade. Su arma rugió por última vez y Vain cayó de espaldas, con su revólver plateado quedando tirado en el polvo. El alguacil y los sobrevivientes huyeron despavoridos.
—Lo lograste —dijo Eliza bajando de la torre.
—No —dijo Cade—. Solo terminamos el primer capítulo de un libro muy largo. Ahora vamos al archivo.
Esa misma noche, se infiltraron en el viejo molino textil en las afueras de Laramie, donde estaba el archivo secreto. Usando el código del relicario, abrieron las pesadas cerraduras de hierro. Lo que encontraron fue una pesadilla viviente: diez mujeres jóvenes, algunas de no más de quince años, encerradas detrás de una reja listas para ser enviadas lejos en la oscuridad.
—Ya están a salvo —les dijo Cade con voz suave.
Pero cuando se preparaban para sacarlas, la pesada puerta de hierro del archivo se cerró de golpe con un estruendo. El alcalde Silas Vance apareció desde las sombras con dos ayudantes armados.
—Durante cuarenta años construí este territorio —gruñó Vance—, ¿y ahora un soldado retirado y la hija de un empleado creen que pueden quemarlo todo?
Cade se puso delante de Eliza y las chicas.
—Creo que tu trabajo terminó, Silas. El mundo ya ha visto suficiente de los tuyos.
Vance se rió.
—Tengo al gobernador, al juez y a la mitad de la legislatura de mi lado. Yo soy la ley aquí.
—No tienes la verdad —gritó Eliza, mostrando los libros y el relicario.
Vance apretó su escopeta.
—La verdad es lo que yo diga una vez que los entierre a todos en este sótano.
Cade vio el ligero movimiento del hombro del alcalde, el aviso de un disparo mortal. En ese milisegundo, Cade se movió con una velocidad que desafió sus años. Su Colt salió de la funda como un rayo. Vance disparó su escopeta, pero los perdigones fallaron por poco impactando en la pared de piedra. La bala de Cade fue más rápida y certera, dándole al alcalde directo en el corazón. El fino abrigo de seda de Vance se tiñó de un rojo violento mientras caía sin vida contra la puerta.
El escándalo sacudió el territorio de Wyoming hasta sus cimientos. Con las pruebas de los libros de contabilidad, el gobernador se vio obligado a renunciar en desgracia y la red de tráfico fue desmantelada. Eliza Reed se convirtió en una heroína en Laramie, utilizando la herencia de su padre y los fondos recuperados para construir un hogar para las mujeres rescatadas. Nunca olvidó al pistolero que apareció de la nada para salvarla cuando el mundo le había dado la espalda.
En cuanto a Cade Sterling, no se quedó para los juicios ni para los homenajes. Era un hombre que pertenecía al camino. Cabalgó hacia las montañas bajo el sol poniente de Wyoming y, por primera vez en siete años, los fantasmas del pasado ya no lo perseguían. Había encontrado, por fin, su propia redención.