El primer día de marzo del año mil quinientos ochenta y cuatro, el corazón de Amberes latía con una expectación lúgubre. Una multitud gigantesca y ruidosa abarrotaba la plaza central de la ciudad ubicada en los Países Bajos españoles. Decenas de miles de personas estaban de pie, hombro con hombro, intentando obtener una mejor vista de la ceremonia.
Todos en aquel lugar sabían que estaban a punto de presenciar algo que nadie había visto jamás. Se trataba de un castigo tan implacablemente brutal y diseñado con una crueldad tan deliberada que marcaría la historia. Durante siglos sería recordado como el ejemplo más vívido de hasta dónde puede llegar el poder absoluto sin control.
En el mismo centro de la amplia plaza, se había erigido una plataforma de madera inusualmente alta. Los arquitectos del terror querían asegurar que ninguna persona allí presente se perdiera lo que estaba a punto de ocurrir. A su alrededor, los soldados españoles luchaban denodadamente para mantener el control sobre la masa humana agitada.
—¡Retroceded, malditos, o probaréis el acero de mi lanza! —rugió un corpulento capitán de la guardia imperial.
—Solo queremos ver al traidor, mi señor —murmuró un anciano del público, bajando la mirada con temor a represalias.
—Pues calla y observa atentamente lo que le pasa a los insensatos que desafían a la corona —replicó el guardia.
Lo que estaba a punto de suceder era el resultado de una orden directa de Felipe II, rey de España. Él era, sin lugar a dudas, el monarca más poderoso de su tiempo y señor de un imperio colosal. En sus vastos dominios, que abarcaban continentes enteros, se decía con gran orgullo que el sol nunca se ponía.
La víctima de esta jornada infame era François Batel de Bayón, un noble flamenco de cincuenta y dos años. Había sido acusado formalmente de alta traición contra la sagrada corona española y de herejía imperdonable hacia Roma. Sin embargo, la inminente ejecución de este hombre iba a ser mucho más que una simple condena a muerte.
Pronto se convertiría en un dantesco espectáculo de humillación y en una degradación meticulosamente planificada desde las altas esferas. Iba a ser un martirio prolongado cuya única intención era infundir un terror paralizante en todos los testigos presentes. El mensaje era claro: desafiar al imperio español traía consigo un destino infinitamente peor que la muerte misma.
Lo que el rey Felipe II había preparado para este desdichado superaba cualquier método común de ejecución conocido. Trascendía con creces las prácticas punitivas habituales aplicadas desde el inicio de aquel tumultuoso siglo dieciséis en Europa. Conocer los detalles de esta sentencia basta para entender por qué pasó a la historia como un acto vil.
—Dicen que el mismo rey trazó los planos de los siniestros instrumentos en su oscuro monasterio —susurró un mercader asustado.
—Que Dios se apiade de su alma en las alturas, porque los españoles jamás lo harán en la tierra —respondió su compañero.
—Cerrad la boca, si un informante de la corona os escucha, seremos los próximos en subir al patíbulo —advirtió un tercer hombre.
Para comprender la razón por la cual aquel castigo resultó tan extraordinario, es imperativo remontarse al pasado reciente. Uno debe primero entender los oscuros antecedentes de la gran rebelión holandesa que desgarró toda la región flamenca. Este sangriento conflicto definió el trágico destino político y religioso de la zona durante la segunda mitad del siglo dieciséis.
Los Países Bajos constituyeron entonces un próspero grupo de diecisiete provincias situadas en el norte del continente europeo. Este territorio abarcaba las valiosas tierras que hoy en día ocupan las naciones de Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y Francia. Todas estas prósperas regiones formaban parte indiscutible de la poderosa corona española que el rey Felipe heredó legítimamente.
Las había recibido de manos de su difunto padre, el emperador Carlos Quinto, soberano del Sacro Imperio Romano Germánico. Estas provincias del norte eran tierras extremadamente ricas y servían como verdaderos centros neurálgicos del comercio internacional europeo. Eran bulliciosos epicentros de la manufactura de textiles de lujo y manejaban formidables finanzas que sostenían a reinos enteros.
Amberes, en particular, destacaba como una de las ciudades más opulentas y vibrantes de toda la cristiandad occidental. Rivalizaba abiertamente con metrópolis de la talla de Venecia y Londres en cuanto a importancia económica y poderío marítimo. Sus transitadas calles empedradas parecían estar, a ojos de los asombrados visitantes forasteros, literalmente pavimentadas con oro puro.
Mercaderes provenientes de todas las naciones del mundo conocido se congregaban a diario en sus bulliciosas bolsas comerciales. La inmensa riqueza fluía con la misma naturalidad que el agua cristalina discurría a través de sus famosos canales navegables. Pero muy por debajo de aquella engañosa superficie brillante y pacífica, un peligroso conflicto ideológico estaba echando raíces profundas.
El protestantismo, y de manera muy especial el estricto calvinismo más radical, comenzó a propagarse por las provincias septentrionales. Lo hizo con la misma velocidad aterradora que un voraz incendio de verano avanza cuando alcanza un barril de pólvora seca. Felipe II, por el contrario, era un monarca profundamente devoto y un implacable católico de inquebrantable fervor religioso personal.
El rey español veía la emergente fe protestante no solo como un error, sino como una herejía demoníaca imperdonable. Estaba firmemente convencido de que este mal teológico debía ser erradicado rápidamente sin mostrar la más mínima misericordia cristiana. Desde su inamovible perspectiva, solamente mediante el uso implacable del fuego purificador y la espada justiciera se podría salvar aquellas almas.
—No podemos bajo ningún concepto permitir que estos herejes profanen la casa de Dios con sus falsas doctrinas y blasfemias —declaró Felipe II.
—Su Majestad, enviaremos a nuestros mejores hombres armados para arrancar esta venenosa mala hierba de raíz —asintió el duque de Alba.
—Id con presteza y no dejéis que la compasión nuble vuestro divino y necesario juicio —sentenció el rey desde su frío trono.
En el año mil quinientos sesenta y seis, las tensiones sociales que se habían estado acumulando durante décadas estallaron violentamente. Lo hicieron a través de un evento de proporciones colosales que sacudió los profundos cimientos de toda la Europa católica. Este violento episodio fue conocido popularmente como la gran Furia Iconoclasta o la destructiva tormenta de las sagradas imágenes.
Durante aquel caluroso verano, turbas de calvinistas enardecidos irrumpieron violentamente en las antiguas iglesias católicas de los Países Bajos. Desataron de manera implacable una ola de enorme destrucción coordinada que no dejó ningún santuario importante intacto en la región. Armados con pesados mazos y grandes martillos de hierro forjado, hicieron añicos las bellas estatuas sagradas de santos venerados.
Los revoltosos no mostraron piedad alguna ante la belleza de las coloridas e invaluables vidrieras que adornaban los inmensos templos. Destrozaron aquellos majestuosos ventanales de cristal que habían requerido largos años de minucioso trabajo por parte de hábiles artesanos europeos. También arrancaron despiadadamente las hermosas pinturas de los antiguos maestros flamencos que colgaban pacíficamente en las sagradas paredes sacras.
Profanaron con furia ciega y descontrolada los altares mayores y saquearon los sagrarios donde se guardaba la sagrada hostia consagrada. En cuestión de unas pocas y frenéticas semanas, cientos de hermosas iglesias centenarias quedaron reducidas a dolorosas y lamentables ruinas. Junto a ellas, incontables tesoros artísticos acumulados con profunda devoción a lo largo de los pacíficos siglos desaparecieron trágicamente para siempre.
—¡Destruid sin miedo los falsos ídolos de Roma, quemad las imágenes de su hereje idolatría! —vociferaba un exaltado predicador calvinista alzando una antorcha.
—¡No dejaremos piedra sobre piedra de sus mentiras bañadas en oro que engañan al pueblo! —respondían sus enloquecidos seguidores en un coro ensordecedor.
—¡Alabado sea el Señor que nos guía a limpiar sus templos de abominaciones oscuras! —gritó otro hombre derribando una cruz de mármol.
Todas aquellas maravillas culturales fueron aniquiladas irremediablemente en medio de un frenesí de extremo celo religioso y hondo resentimiento social. Para los católicos devotos de la convulsa época, aquel brutal acto vandálico representaba un sacrilegio inimaginable y una inmensa ofensa a Dios. Pero para el aislado rey Felipe II, en la lejana ciudad de Madrid, el asunto tenía implicaciones que iban muchísimo más allá.
Aquello constituyó una declaración de rebeldía y guerra abierta que su inmenso orgullo real y su profunda fe no podían dejar sin castigo. Su reacción ante las alarmantes noticias llegadas desde el norte europeo fue de una violencia estatal verdaderamente abrumadora y calculada militarmente. Decidió enviar sin demora a las tierras del norte al temido duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, un letal general implacable.
El poderoso y lúgubre duque poseía una reputación siniestra y legendaria que se había forjado con muchísima sangre en las campañas italianas. En aquellas cruentas y mortales guerras del sur peninsular, las masacres indiscriminadas de civiles indefensos se habían convertido en algo tristemente cotidiano. En el año mil quinientos sesenta y siete, Alba hizo su triunfal y sumamente amenazante entrada militar en tierras flamencas con gran pompa.
Llegó arrogantemente acompañado por un formidable ejército compuesto por diez mil aguerridos veteranos endurecidos por incontables años de guerra sin descanso. Eran hombres violentos y desprovistos de escrúpulos, soldados sumamente letales que estaban totalmente acostumbrados a ejecutar y obedecer las órdenes más despiadadas posibles. El duque no perdió el valioso tiempo e instituyó de inmediato un estricto tribunal judicial especial para juzgar militarmente a los miles de culpables.
Este lúgubre organismo recibía oficialmente y con gran pompa el solemne título legal de Consejo de los Tumultos por parte de las autoridades. Sin embargo, los aterrorizados habitantes holandeses oprimidos no tardaron nada en bautizarlo en oscuro secreto con el macabro nombre de Tribunal de la Sangre. Y, a decir verdad histórica, aquellos desesperados ciudadanos flamencos no estaban en absoluto equivocados al otorgarle con gran pavor semejante apelativo descriptivo.
Se trataba, en esencia, de una verdadera máquina burocrática de ejecución legalizada que procesaba aceleradamente cientos de casos falsos o reales cada mes sin descanso. Según los registros de la época, entre mil y dos mil personas de diversas clases sociales fueron ejecutadas sumariamente sin mediar apenas piedad. Nobles, ricos mercaderes, humildes artesanos y ciudadanos comunes cayeron asesinados, acusados de herejía, alta traición o simplemente por simpatizar veladamente con los protestantes.
—No habrá un juicio compasivo para aquellos que han negado cobardemente al rey y a la verdadera fe divina, solo castigo mortal —sentenció el duque de Alba desde su estrado.
—Pero señor, muchísimos de ellos solo son simples campesinos analfabetos y asustados que actúan por pura confusión —intentó interceder tímidamente un buen fraile con voz temblorosa.
—La absurda ignorancia de las masas populares jamás perdona la repugnante traición perpetrada contra el santo imperio —concluyó fríamente Alba, firmando sin inmutarse otra larguísima lista de sentencias de muerte inminente.
Los cuantiosos y ricos bienes materiales de todos los condenados muertos fueron confiscados de manera sistemática y sumamente rigurosa por los agentes del implacable tribunal. Estas cuantiosas riquezas expropiadas ilegítimamente sirvieron inmediatamente para llenar hasta los topes las vaciadas arcas de la corona española y enriquecer a los ambiciosos funcionarios leales. El terrible coste humano directo de estas políticas económicas y militares implacables fue verdaderamente devastador y catastrófico para el tejido social de las prósperas ciudades flamencas.
Grandes y muy respetadas familias enteras de la región fueron destruidas económica y físicamente de la noche a la mañana debido a las implacables purgas dictadas por el duque. Los varones cabezas de familia eran brutalmente ejecutados en las plazas públicas principales mientras sus hijos huérfanos y viudas quedaban dolorosamente arrojados a la miseria más absoluta. El profundo terror asfixiante que se respiraba habitualmente en las frías calles no era en absoluto un mero efecto secundario o accidental indeseado del encarnizado conflicto.
Era, por el contrario, una eficiente y siniestra estrategia militar y política de estado cuidadosamente calculada para aplastar despiadadamente cualquier vago intento de resistencia futura popular. Las temidas y dolorosas ejecuciones públicas se llevaban a cabo de forma constante, rutinaria y muy metódica religiosamente cada semana en todo el ancho y largo del país. Se podían observar con pavor numerosos ahorcamientos multitudinarios, crueles y rápidas decapitaciones a espada, y aterradoras quemas en la hoguera de leña verde en incontables y abarrotadas plazas públicas.
Cada uno de estos dantescos y recurrentes eventos macabros estaba ideado y diseñado específicamente para sembrar profundamente la semilla del miedo paralizante en los valientes corazones flamencos. El oscuro objetivo final e innegociable de la gran administración política española local era asegurar a sangre y fuego una sumisión absoluta y total de toda la diezmada población local. Fue exactamente en este oscuro clima de sofocante opresión y desesperación absoluta y continuada donde surgió finalmente la figura heroica y decidida del noble patriota François Batel de Bayón.
François Batel de Bayón provenía originariamente de una antigua, muy ilustre y ampliamente respetada familia noble de profunda y antigua raigambre forjada en la verde Flandes. Era el muy afortunado y orgulloso propietario legal de extensas, ricas y muy fértiles tierras de cultivo intenso situadas estratégicamente en las proximidades rurales de la próspera ciudad de Bruselas. Gozaba de un inmenso y merecido prestigio público dentro de su comunidad local y era ampliamente visto por todos sus conciudadanos como un sensato y natural líder nato.
Había nacido plácidamente en el lejano año mil quinientos treinta y dos, viviendo sus primeros años en una tranquila época de relativa y agradable paz y prosperidad continuada ininterrumpidamente. Tenía exactamente y recién cumplidos cincuenta años maduros de edad cuando la gran y sangrienta revuelta social y religiosa del año sesenta y seis estalló tan de repente y violentamente. Era un gran hombre maduro, muy reflexivo y centrado emocionalmente, con una hermosa esposa amada devotamente, pequeños hijos inocentes en casa y numerosísimas y pesadas responsabilidades a su ineludible cargo diario.
Durante pasadas e incontables décadas exitosas había mantenido meticulosamente una impecable reputación cuidadosamente construida con esmero, basada íntegramente en el más alto honor militar y en la innegable gestión honesta y diligente. Sin embargo, un conflictivo François sentía arder en su fuero interno espiritual una profunda, innegable y muy sincera conexión teológica con la naciente e incipiente causa protestante religiosa emergente. Lejos de conformarse apaciblemente con la comodidad y seguridad absolutas de su elevada posición social privilegiada, comenzó valientemente a cuestionar de manera abierta y franca el estricto orden moral impuesto por España imperial.
—Si permanecemos inactivos y cobardemente callados mientras ahorcan indiscriminadamente a nuestros buenos vecinos, muy pronto seremos nosotros los siguientes que colguemos trágicamente de la áspera soga impuesta —dijo sentidamente François a su esposa una oscura noche, frente a la lumbre de la chimenea.
—Piensa un momento en el futuro de nuestros hijos inocentes, amado François, por favor no los condenes a la triste orfandad por culpa de una cruenta guerra desigual que simplemente no podemos ganar —le suplicó desconsolada ella, con grandes lágrimas brillando en sus dulces ojos.
—Es precisamente y por sobre todo por el amor inconmensurable hacia ellos por quienes siento que debo empuñar firmemente la espada vengadora, para evitar que el día de mañana crezcan y vivan como siervos y esclavos encadenados en su propia tierra natal amada —respondió él, tomando su cálida mano con absoluta firmeza y convicción plena.
Además de mantener con firmeza inquebrantable sus fuertes e íntimas convicciones religiosas, el orgulloso noble flamenco estaba íntimamente consumido por un muy hondo y profundo odio ardiente hacia la sistemática y continua opresión gubernamental española. Para su mente clara, el verdadero núcleo central de aquel enorme problema no residía tanto en las oscuras, complejas y sumamente aburridas sutilezas teológicas discutidas en el estéril debate religioso dogmático. Se trataba, en el fondo, de algo muchísimo más básico, esencial, visceral y absolutamente innegociable a cualquier nivel vital humano: la ansiada, deseada y fundamental libertad política frente a la asfixiante e insoportable dominación de una potencia extranjera usurpadora.
Anhelaba y deseaba vehementemente poder defender valientemente y a toda costa posible los antiguos y valiosos derechos forales tradicionales correspondientes históricamente a los prósperos Países Bajos frente al avasallador e injusto poder desmedido de la gran tiranía monárquica proveniente del oscuro exterior. Sencillamente no podía tolerar ni aceptar mansamente y de forma sumisa que una corte lejana, apática e indiferente situada en la ardiente ciudad de Madrid dictara egoístamente el trágico destino diario de su amada, rica y pacífica patria septentrional flamenca. Le enfurecían y le indignaban sumamente y de forma profundamente personal las crueles, injustas y enormemente aplastantes cargas de elevados impuestos fiscales abusivos que el ávido imperio de España imponía despóticamente de manera aleatoria y arbitraria para sufragar egoístamente y poder financiar militarmente sus estériles e interminables guerras de poder imperial a lo largo y ancho de todo el exhausto continente de Europa.
Le resultaba humanamente inaceptable y sumamente insoportable la grosera presencia militar constante y perpetua de brutales tropas armadas españolas que se pasaban las horas fuertemente armadas y listas para matar patrullando arrogantemente y asustando a los transeúntes por las tranquilas calles adoquinadas de todas y cada una de sus antes pacíficas e industriosas ciudades prósperas. Aquellos violentos y temibles soldados forasteros, curtidos en el brutal arte de la muerte constante, se comportaban sistemáticamente de manera extremadamente cruel, violenta y como si fueran una violenta fuerza de agresiva ocupación enormemente arrogante e intimidante en una región verde y pacífica y en una rica tierra soberana que legal, moral e históricamente, a todas luces, en realidad nunca y en ningún momento no les pertenecía de ninguna forma legítima o justificada en absoluto. Como ciudadano ilustre, él observaba desolado y con un inmenso y doloroso sentimiento interno de rabia y total y absoluta impotencia la metódica, inexorable, muy lenta y enormemente dolorosa y sistemática erosión legal que estaban sufriendo implacablemente y día tras día todas las importantes e históricas libertades locales, derechos fundamentales y grandes privilegios económicos de los que todas las importantes y unidas provincias libres del norte europeo habían disfrutado continua, sosegada y pacíficamente en una hermosa hermandad colectiva.
Múltiples y sucesivas generaciones completas y enteras de hombres esforzados, mujeres valientes y ciudadanos trabajadores ilustres y honestos de Flandes habían existido, progresado y vivido siempre muy pacíficamente y bajo el seguro, benigno y tranquilizador amparo político de los buenos y sabios antiguos gobernantes locales y paternales que de forma sensata respetaban profundamente los fueros legales firmados y las bellas y ricas tradiciones autóctonas de la población arraigada. Todo este enorme, pesado y deprimente cúmulo diario de flagrantes, sangrantes y constantes e incontables injusticias inaceptables e ilegales cometidas, llenó finalmente el corazón atormentado de François y los de muchos otros grandes e influyentes y valiosos hombres valientes afines a su gran causa de una inconmensurable, genuina y creciente indignación moral combinada con un abrumador fuego y una ira incontrolable y creciente en su espíritu. Todos ellos, unidos en hermandad, veían en silencio y con inconsolable pena y desolación inmensa y amarga cómo toda su rica y preciada herencia inmaterial y material de valor incalculable cultural y su formidable economía local de oro era y seguía siendo despellejada y saqueada sistemáticamente, de manera impune y a plena luz del ardiente día, por las sucias manos directas de un rey distante, avaricioso, sumamente insensible, enormemente egoísta y francamente y en definitiva verdaderamente lejano e indolente sentado en un trono remoto de oro manchado.
Por lo tanto, en el preciso momento en que la violenta y previsible rebelión militar contra España finalmente estalló por los aires de forma innegablemente abierta y completamente y para siempre irreversible, el noble ciudadano François de ninguna de las maneras ni por un brevísimo instante no dudó lo más mínimo y decidió con inusitada resolución y rapidez empezar a actuar y tomar durísimas y contundentes cartas serias de forma completamente personal y definitiva en el asunto sangriento. Tomó la muy heroica y arriesgadísima y peligrosa decisión vital de unirse profunda y formalmente en cuerpo, fe y alma a todos los miles y valerosos, pero pobremente armados y desesperados y furiosos insurgentes flamencos que luchaban incansablemente contra los tercios ocultos entre los oscuros árboles en las sombras profundas y frías de los espesos y húmedos bosques europeos de la gran resistencia del norte ocupado. Estos esforzados y patrióticos combatientes rebeldes de Flandes estaban siendo muy sabiamente guiados e inteligentemente comandados y liderados táctica y estratégicamente por el tan sumamente carismático, valeroso, fuerte, inteligente y legendario personaje de nombre noble conocido por todos sus seguidores como el príncipe Guillermo de Orange, un estratega militar ciertamente y sin ninguna duda indudablemente brillante e iluminado para su época tumultuosa bélicamente hablando.
Aquel noble príncipe tan respetado e inteligente, ilustre heredero de la riquísima y antigua Casa de Nassau europea, había sido, ciertamente, en los buenos y tranquilos tiempos lejanos y felices y pasados, y durante años prósperos, un servidor ciertamente leal, dócil y fiel que juró lealtad de forma abierta y directa y sin objeciones al incuestionable poder monárquico del mismo rey católico Felipe II de los españoles y sus inmensos dominios europeos. Sin embargo, después del paso doloroso del tiempo letal y tras observar y presenciar horrorizado y de primerísima y cercana mano y en viva carne la insoportable y aterradora y dantesca carnicería y la extrema y pura brutalidad de las letales legiones españolas invasoras, toda su antigua, sólida y sincera y previa inquebrantable lealtad inicial al gran imperio español rápidamente y de inmediato se mutó, cambió, se transformó radicalmente en odio puro, desprecio y en una muy violenta rebeldía armada incontenible contra Madrid y sus hordas. Tras renegar en voz alta, a los cuatro vientos, y públicamente del opresor, rápidamente se erigió de forma natural por méritos propios, coraje e inteligencia indudable, en el máximo, principal y supremo líder natural e indiscutible para aglutinar la naciente fuerza de la importante resistencia patriótica clandestina organizada secretamente en los bajos fondos, los densos bosques de Europa central y las calles nocturnas contra el avance implacable del letal imperio católico expansionista invasor y aniquilador de libertades conquistadas.
El ya comprometido hasta la médula François, sintiendo el deber patriótico latir, invirtió muy rápidamente, con extrema generosidad y desprendimiento sin igual, verdaderas e inmensas fortunas económicas inabarcables, enormes y colosales y verdaderamente cuantiosas sumas de grandes riquezas provenientes directamente e íntegramente de su amplio y muy abultado y sólido propio y privado gran patrimonio personal e inmenso acumulado y familiar de toda una larguísima vida exitosa, exclusivamente con la loable y fundamental firme y noble intención absoluta de empezar sin demora a reclutar guerrilleros y poder finalmente aportar la financiación vital indispensable, el soporte de oro necesario de emergencia perentoria para poder armar, vestir y preparar para la lucha y poder equipar dignamente hasta los dientes a todas las diversas, diezmadas y valerosas y aguerridas tropas holandesas rebeldes desesperadas luchando unidas. Sin dudar y confiando plenamente en el valor de sus valientes hombres elegidos para el duro combate que se avecinaba sangriento, el noble belga procedió velozmente y sin miramientos a utilizar decididamente sin restricción económica alguna casi todos sus infinitamente enormes y amplios e inagotables fondos, bienes, caudales y amplísimos e importantes recursos y medios puramente y de origen plenamente económico para el fin vital antes citado, comprando masiva y desesperadamente infinidad de letales y valiosas armas punzantes, ingentes cantidades necesarias y vitales de letal pólvora negra inflamable proveniente de oscuros y clandestinos rincones lejanos y, vitalísimamente necesario, de ricas y nutritivas, además de contundentes, vastas y vitales y necesarias muy nutritivas grandes e inmensas provisiones alimenticias perecederas y duraderas con las que sustentar dignamente y sin miedo al hambre para todos los hambrientos y sufridos e incontables cientos de cientos de valientes y duros y rústicos hombres libres que por honor a la patria hollada decidieron unirse finalmente en armas con el corazón ardiendo de furia y que se alzaron de manera valerosa y frontal contra la opresión mortal hispana. Él en persona, con una energía y furor patriótico irrefrenable e incombustible digno de alabanza y canto heroico en las mejores gestas cantadas, cabalgó de granja en enorme granja lejana y fértil y asumió por sí solo el pesado trabajo que todo esto comportaba, y con su propia labia y firme convicción persuasiva se encargó minuciosamente de reclutar pacientemente soldado tras soldado hasta formar un ejército y encontrar y lograr convencer para engrosar el creciente ejército, a hombres fieros y fuertes, decididos y dispuestos a morir como hombres libres, sacando una fuerza letal valiosísima y muy leal formada directamente de entre las más bajas, nobles, fuertes, pobres e inmensas y grandes capas de humildes jornaleros rudos y de todos los campesinos trabajadores del campo y de entre el grupo escogido de sus propios labriegos y numerosos sirvientes arrendatarios fieles e íntimos y de entre la población en pie que engrosaba a sus furiosos, ofendidos, atacados y enormemente descontentos, pobres y valerosos vecinos más leales a su apellido.
—¡Escuchadme con inmensa e irrefrenable gran atención, mis hermanos nacidos libres, pues os juro por los cielos que cada valioso y brillante último ducado forjado de oro sólido puro que actualmente ahora mismo obra, reside y ciertamente poseo bajo mis ricas, nobles y ensangrentadas y furiosas manos unidas será inmediatamente, valerosamente y voluntariamente por mí de buena fe y sin reservas gastado en comprar hierro y fuego, en contratar a los oscuros y fuertes herreros más rápidos y más formidables, con el principal, sagrado y único gran fin deseado y fin fundamental e inevitable de poder forjar incontables, duras, largas, muy mortíferas y miles de hermosas y finas espadas de buen acero afilado para con ellas poder exterminar y sangrar, y así ser capaces de expulsar para la eternidad y lejos a los oscuros, violentos, odiados, enormemente sucios e impuros y perversos monstruos de España, matando, de esta manera justa e ineludible en el campo letal a los malditos gobernantes, ladrones, destructores tiranos y opresores de Madrid! —afirmó rotundamente con su potente y varonil y gruesa voz de firme mando y furioso timbre, el furioso y enérgico guerrillero noble rebelde llamado François, situándose dramáticamente de pie sobre un altísimo, firme y grueso enorme baúl gastado de madera vieja oscura ante las pasmadas, atentas, furiosas y enormes y apretadas y atentas masas sudorosas y sucias y hambrientas multitudes de incontables campesinos arrendatarios suyos rudos y enormemente fieros congregados densamente en el húmedo, caluroso, pestilente y vasto enorme espacio techado del gigantesco e inmenso y oscuro recinto del granero de su extensa finca familiar de Flandes profundo en una oscura e intensísima y gélida y terrible noche europea fría, lluviosa y tormentosa del temible inicio invernal, preparándose para la larga y dura contienda inevitable inminente bajo la débil y titilante mortecina y oscilante y cálida amarillenta y viva luz del frágil fuego del farol encendido sobre su cabeza noble sudorosa.
—¡Mi estimado y bondadoso y buen y enormemente gran y respetado muy querido e importantísimo señor amo, mi inmenso patrón valiente, os juro, sin ninguna enorme vacilación ni cobardía en mis venas, que absolutamente y sin dudar ni flaquear todos y todos cada uno de los presentes y furiosos nosotros los hombres fuertes de la tierra viva y labrada que nos encontramos hoy firmes y aguerridos bajo vuestro mando estamos enorme e infinitamente todos listos y dispuestos y deseosos en el alma furiosa a seguiros a la guerra brutal letal, a las espadas, e incluso si ello implica marchar directos y dolorosamente cabalgando y de frente ensangrentados, cansados, agotados, muertos a espada ardiente hasta llegar y golpear de dolor de cabeza contra el duro hierro pesado incandescente ardiendo negro a las mismísimas e infernales y demoníacas e impías duras puertas inmensas calientes, humeantes y aterradoras candentes gigantes, terribles y ardientes puertas pesadas y ardientes terriblemente oscuras llameantes calientes negras y siniestras en forma forjadas y eternas de la entrada inmensa letal del oscuro gran averno letal, inmenso, aterrador fuego vivo del terrible averno doloroso infierno más bajo si es que llegar a ese fuego ineludible es algo totalmente justo y vital, honroso y además inevitable y plenamente en efecto e intensamente letalmente rigurosamente necesario para ganar esta cruenta gran batalla final encarnizada! —le gritó y aulló valerosamente e intrépidamente a pleno pulmón, respondiendo al vibrante llamado guerrero de rebelión letal inminente, encendido y con lágrimas de coraje rudo brillando en sus rasgados y duros fuertes e impresionantes valientes y profundos duros intensos ojos negros, un rudísimo, muy valiente, enormemente corpulento y enfurecido fuerte enorme muchacho fornido joven humilde, el cual era apenas y simplemente un pobre mozo robusto de las llanuras sucias que era solamente un enorme mozo campesino del fango y la tierra húmeda del campo oscuro holandés, el cual alzaba enérgicamente, con mucha fuerza muscular intensa furia tensa apretando firmeza pura de sus puños manchados fuertes inmensos rudos pesados grandes puños de trabajador de sol en lo más alto al cielo frío empuñando con sus venas marcadas letalmente gruesas firmes apretadas valientemente vigorosamente heroicamente en una de sus grandes callosas trabajadas e impuras inmensamente y grandes sucias e hirsutas manos llenas de durísimos grandes rudos callos de intenso campo duro asido fuertemente inmensamente mortal letal inusitado letal en las alturas el rudo inmenso afilado larguísimo mango letal inmenso rudo duro viejo y pesado grueso astillado duro oscuro mango largo mortal letal oxidado amenazante de pura madera vieja maciza de una vieja muy ruda enormemente grande dura antigua larga afilada oxidada tosca enorme pesada y punzante muy letal ruda antigua y herrumbrosa gran horca sucia dura grande pesadísima gran inmensa amenazante letal ruda herramienta inmensa dura y afilada horca granjera de duro pesado hierro.
—¡Siendo vuestras enormemente letales y valientes duras promesas sangrientas tan firmes y veraces como el mismo hierro punzante puro que portáis rudamente en vuestras encallecidas e inmensas callosas ásperas y mortales grandes valientes y humildes valiosas manos, entonces proceded sin perder ningún grandísimo letal momento valiosísimo más y preparaos con enorme furor e inteligencia mortal de forma sumamente rápida, letalmente violenta, muy implacable y eficaz para el combate inminente ineludible y sangriento terrible que viene pronto letal encarnizado fiero letal y brutal para matar fieramente de inmediato enormemente mortal a todo invasor español intruso odiado, amados y valientes compatriotas míos de armas valientes fuertes de esta rica, inmensa bella hermosa e importante inmensa tierra patria mía amada herida que sangra mucho dolor!, repito y reitero y advierto a todos vosotros que preparaos con letal fuerza, sangre férrea en enorme fiereza letal extrema mortal porque de hecho el maldito y ardiente dolorosísimo infierno es exactamente precisa e inevitablemente y literalmente el mismísimo espantoso horripilante enorme oscuro profundo e infernal y terrible ardiente y quemante hirviente de calor dantesco letal y negro y ardiente infernal candente gran inmenso terrible oscuro lugar infernal espantoso aterrante al cual de manera totalmente incesante segura mortal, inevitable y con total letal inmensa abrumadora absoluta enorme fuerza furiosa mortal inmensa abrumadora despiadada seguridad letal cruel certera de puntería mortífera inmensa letal incuestionable seguridad brutal letal aplastante e inminente de furia fiera imparable inmensa de guerra implacable, llevaremos a la negra espantosa y oscura muerte letal directa muy cruel dolorosa sanguinaria y sumamente veloz, sorpresiva a todas letal y cada inmensa letal inmensa enormemente numerosa sangrante y grande letal de las odiadas despreciadas armadas fuertemente y muy soberbias orgullosas letales armadas fieras altaneras enormes crueles letales e imperiales muy sangrientas y crueles feroces y asesinas patrullas opresoras invasoras inmensas extranjeras oscuras y brutales asesinas asesinas patrullas letales y sangrientas armadas patrullas militares reales enemigas hispanas crueles de hombres fieros del falso rey asesino ibérico oscuro y letal que pisoteen nuestros lares soberanos de nuestro país patrio holandés de una inmensa vez por todas y para todas las generaciones inmensas letales enormes infinitas venideras infinitas de hijos libres europeos soberanos! —concluyó letal, rotunda inmensa heroicamente y muy enormemente letal magistral solemne letal inmensamente enérgicamente aullando y gritando letal inmensamente fiera furiosamente el rebelde oscuro patriota noble muy herido valeroso de gran coraje fiero furioso inmensamente heroico furioso y beligerante letal amado noble jefe en llamas flamígero y líder natural entregándoles a todos su soldados letales valientes hombres picas formidables y relucientes oscuros letales inmensamente inmensos pesados mosquetes muy oscuros humeantes letales de disparo pesado, enormes, letales muy pesados largos fusiles oscuros de pólvora negra muy fina para armarlos letal formidablemente.