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Esta chica no sabe que está a punto de ser asesinada

El aire en el estacionamiento del centro comercial Dockside, en Kent, se sentía inusualmente pesado aquella mañana de junio. No era solo el calor pegajoso del verano inglés, sino una presencia invisible, un depredador que acechaba entre las sombras de los autos relucientes. Molly McLaren, una joven cuya sonrisa solía iluminar cualquier habitación, sentía que el corazón le martilleaba contra las costillas. Tenía 23 años, sueños de ser entrenadora personal y un miedo que le recorría la columna como una descarga eléctrica. Lo que ella no sabía era que el hombre al que una vez llamó “novio” no estaba allí para hablar, ni para pedir perdón, ni para rogar una segunda oportunidad. Joshua Stimpson llevaba consigo un cuchillo de cocina y un hacha de mano, herramientas de una carnicería planeada con una frialdad sociopática.

Molly acababa de salir del gimnasio, siguiendo el consejo de su madre: “Ven a casa, estarás a salvo aquí”. Pero el peligro no estaba en casa; estaba justo detrás de ella. Mientras cerraba la puerta de su auto, el cristal estalló en mil pedazos de terror. Joshua no gritaba. No reclamaba. Simplemente comenzó el ataque. Lo que siguió no fue una pelea, fue una ejecución pública frente a testigos horrorizados que gritaban en vano. La sangre comenzó a teñir el asfalto mientras el destino de Molly se sellaba en un frenesí de odio que nadie pudo detener. Esta es la crónica de una muerte anunciada, donde la víctima hizo todo lo correcto y el sistema, el azar y la obsesión de un monstruo hicieron todo lo demás.


Todo comenzó con un simple “match” en Tinder el 31 de julio de 2016. Molly McLaren tenía 22 años en ese entonces y trabajaba como recepcionista. Era una mujer incansable; a su corta edad ya había pasado por empleos de ventas, consultoría financiera y hostelería. Sus amigos la describían como una chica popular, alegre y profundamente bondadosa. Joshua Stimpson, por su parte, trabajaba en un almacén y dedicaba su tiempo libre a correr maratones. Parecía, a simple vista, un hombre disciplinado y normal.

Molly, cautelosa por naturaleza, no quiso apresurarse. Solo había tenido una relación seria de seis meses anteriormente, así que decidió conocerlo bien a través de mensajes durante cuatro meses antes de aceptar una cita en persona en noviembre. La química fue inmediata. Ese mismo mes, Molly lo llevó a conocer a sus padres.

— Mamá, Joshua me dijo que es bipolar —confesó Molly durante una cena.

Su madre, Jo McLaren, sintió una punzada de preocupación instintiva, aunque durante los primeros meses no notó cambios de humor drásticos. Sin embargo, algo no encajaba. Joshua se pegaba a Molly como una sombra.

— No importa si ella tiene que ir a hacer un recado sola —comentaba Jo con su esposo—, él aparece de la nada y se queda pegado a ella. Es asfixiante.

Joshua pronto mostró señales de una inmadurez alarmante. Renunció a su trabajo por nimiedades, algo que Molly, acostumbrada al esfuerzo constante, no podía entender. Además, mientras Molly lo integraba en su círculo social, él jamás le presentó a nadie de su entorno.

— Siempre parece molesto cuando salimos con mis amigos —le decía Molly a una amiga—. Se queda en un rincón, con esa cara de víctima, como si le estuviéramos haciendo un favor por dejarlo estar aquí.

En marzo de 2017, Molly intentó terminar la relación, pero volvieron a los pocos días. El punto de quiebre definitivo ocurrió en abril, durante el Maratón de Londres. Las familias de ambos se reunieron para apoyarlo. Tras la carrera, Joshua comenzó a caminar delante de todos, ignorando a Molly y a sus padres, tratándolos como si fueran extraños.

Esa noche, en el hotel, los gritos de una pelea alertaron a los padres de Molly. De pronto, sonó el teléfono de Jo. Era su hija.

— ¡Mamá, ven a la habitación ahora mismo! —suplicó Molly.

Cuando Jo entró, encontró a Molly caminando de un lado a otro, temblando de rabia y asco.

— ¡Me ha estado espiando! —gritó Molly—. He descubierto que Joshua me ha estado tomando fotos y videos sin mi consentimiento, como si fuera una presa.

Joshua, por el contrario, estaba tumbado en la cama, tan tranquilo como si nada ocurriera, observando el techo con una indiferencia gélida que resultaba más aterradora que cualquier grito.

Lo que Molly no sabía era que Joshua tenía un historial oscuro con otras mujeres conocidas en Tinder. Alexandra Dell, quien lo conoció en 2013, vivió un infierno similar.

— No hables con otros hombres, ni siquiera con mis amigos —le ordenó Joshua la primera noche que salieron.

Cuando Alexandra llegó a su casa esa noche, tenía 25 llamadas perdidas. Joshua le enviaba fotos de ella misma caminando por la calle, criticando su ropa “indecente”. Él la seguía sin que ella se diera cuenta. Cuando ella finalmente rompió con él, Joshua le envió un mensaje que hiela la sangre:

— Voy a tomar un vuelo para ir a ahogarte.

Incluso le envió una foto del patio trasero de la casa de Alexandra. Ella no tenía idea de cómo él sabía dónde vivía. Al día siguiente, Alexandra encontró todos los neumáticos de su coche pinchados. Ella lo denunció a la policía y el acoso cesó… porque él encontró a una nueva víctima: Lia.

Con Lia, el ciclo se repitió. Tras una semana de conocerse, Joshua se volvió posesivo. Apareció en su puerta a las dos de la mañana con la excusa de cargar su celular.

— Si vuelves a aparecer así, llamaré a la policía —le advirtió Lia al amanecer.

Semanas después, en un bar, Joshua le arrojó una bebida a la cara frente a todos y esperó afuera durante horas, vigilando que ella no se fuera con nadie más. Joshua dejó de molestar a Lia en julio de 2016, exactamente el mes en que contactó a Molly.

Molly terminó definitivamente con él el 17 de junio de 2017, durante una fiesta de cumpleaños.

— Se acabó, Joshua. No puedo más —le dijo ella aparte.

Joshua estalló en gritos frente a todos los invitados y se marchó. Dos días después, las cámaras de seguridad lo captaron comprando un cuchillo de cocina pequeño y un hacha. Del 18 al 27 de junio, Joshua inició una campaña de difamación en Facebook, llamando a Molly “drogadicta” y etiquetando a sus familiares.

Molly, siguiendo el consejo de un amigo, imprimió todo y fue a la policía. Un oficial llamó a Joshua frente a ella:

— Voy a pedirte que dejes a esta chica en paz —dijo el oficial por el altavoz.

Joshua respondió con una calma inquietante, sin mostrar el más mínimo temor. Fue en ese momento cuando la policía descubrió que Joshua ya tenía reportes previos de sus exnovias. Jo, la madre de Molly, desesperada, comenzó a mostrar la foto de Joshua a los vecinos:

— Si ven a este hombre, llamen a la policía. Quiero a mi hija a salvo.

El 28 de junio, Molly fue al gimnasio para grabar unos videos de sus ejercicios. Esa tarde, mientras cenaba con amigos, vio entrar a Joshua con otra chica. Molly entró en pánico; lo tenía bloqueado en todas partes, ¿cómo sabía él dónde estaba ella?

— Me voy —dijo Molly a sus amigos—. Quiero ir a casa y contárselo a mi madre.

— No le hagas caso, ten cuidado —le respondieron. Fue la última vez que la vieron viva.

El jueves 29 de junio, Molly llegó al gimnasio a las 10:10. Seis minutos después, Joshua apareció. Molly se le acercó, tratando de ser valiente.

— ¿Por qué no estás en el trabajo? —preguntó ella.

— No es asunto tuyo —respondió él con frialdad.

Molly le tomó una fotografía y comenzó a escribir frenéticamente a sus amigos y a su madre.

— “Está aquí, en el gimnasio. Siento que siempre tengo que estar en guardia contra él”, fue su último mensaje.

Jo McLaren, al leer el mensaje, llamó a su hija:

— ¡Sal de ahí ahora mismo y ven a casa!

Molly salió del gimnasio caminando hacia su auto. No vio que Joshua la seguía en su vehículo, conduciendo lentamente por el estacionamiento. Molly subió a su coche. Justo cuando iba a arrancar, Joshua bloqueó su salida, bajó de su auto y abrió la puerta del conductor de Molly.

Benjamin Mortaba, un testigo que paseaba a su perro, vio el forcejeo.

— Pensé que era una pelea de novios —testificaría después—, pero cuando me acerqué, vi la sangre.

Joshua estaba encima de Molly, apuñalándola frenéticamente con el pequeño cuchillo de cocina. Benjamin entregó su perro a otro transeúnte y corrió hacia el coche.

— ¡Detente! ¡La estás matando! ¡Que alguien llame a la policía! —gritaba Benjamin.

Empezó a golpear el parabrisas y a darle puñetazos en el pecho a Joshua a través de la ventana, pero el atacante parecía estar en trance. Joshua ni siquiera parpadeaba. Benjamin intentó sacarlo tirando de una pierna, pero sus manos resbalaban por la cantidad de sangre que cubría todo el interior del vehículo.

— No hay forma de que sobreviva —pensó Benjamin con horror al ver las heridas en el cuello de Molly.

En un último acto de heroísmo, Benjamin corrió a su propio auto y bloqueó el coche de Molly para que Joshua no pudiera escapar.

Cuando la policía llegó, Joshua caminaba por el estacionamiento, con la ropa empapada en rojo y la mirada completamente vacía. Molly McLaren había recibido 75 puñaladas en la cara y el cuello. Increíblemente, aún respiraba cuando llegaron los paramédicos, pero fue declarada muerta a las 11:43 a.m.

Joshua Stimpson fue condenado a cadena perpetua con un mínimo de 26 años de prisión. Jo McLaren aún vive con la sombra de aquel último consejo.

— “Ven a casa”, le dije. Si tan solo le hubiera dicho que se quedara dentro del gimnasio, si hubiéramos ido nosotros a buscarla… tal vez Molly seguiría aquí.

La historia de Molly sigue siendo un recordatorio brutal de que, a veces, incluso haciendo todo lo posible por escapar, la obsesión de un depredador no conoce límites.