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Bajo Pérez, el Real Madrid pierde poco a poco la identidad de un gigante

Bajo Pérez, el Real Madrid pierde poco a poco la identidad de un gigante

Florentino Pérez estaba sentado solo en el palco vacío del Bernabéu cuando la ciudad ya había apagado casi todas sus luces. Desde allí, el estadio parecía perfecto: moderno, monumental, preparado para conciertos, finales, eventos globales y noches de fútbol que todavía no existían. Pero esa perfección arquitectónica tenía algo cruel. Cuanto más impresionante parecía el continente, más evidente se volvía la pregunta sobre el contenido: ¿qué clase de equipo habitaba ahora ese templo?

La derrota ante Barcelona había dejado al club en carne viva. No era solo el 2-0, ni la Liga azulgrana, ni la distancia en la tabla. Era el contraste. Barcelona había celebrado como una familia deportiva bajo Hansi Flick, mientras el Real Madrid parecía un proyecto lleno de nombres, tensión y dudas. La escena dolía más porque Florentino había dedicado años a construir un club invulnerable desde fuera. Pero el fútbol, ese animal ingrato, seguía recordándole que la invulnerabilidad no existe cuando el equipo se rompe desde dentro.

En el despacho presidencial, los informes se acumulaban. Rendimiento táctico, lesiones, mercado, coste salarial, perfiles de entrenadores, ventas posibles, ingresos del estadio, proyecciones comerciales. Todo estaba medido. Todo tenía cifras. Todo parecía controlable.

Todo, excepto la identidad.

Esa palabra era difícil para un presidente como Florentino. No porque no la entendiera, sino porque durante años creyó haberla protegido a través del poder: fichar a los mejores, ganar Champions, modernizar el estadio, convertir el Real Madrid en una marca superior. Y en gran parte, lo hizo. Sería injusto negar su obra. Pero una identidad futbolística no se conserva solo con poder económico. Se conserva con comportamientos, con jerarquías, con una idea de juego, con una relación honesta entre afición y equipo.

Bajo Pérez, el Madrid había alcanzado alturas históricas. Pero ahora, bajo el mismo Pérez, empezaba a perder algo menos visible y quizá más grave: la sensación de ser un gigante con alma reconocible.

Un asesor entró en el palco. Llevaba una carpeta.

—Presidente, el informe del área deportiva.

Florentino no miró la carpeta.

—Dime una cosa.

—Sí.

—Cuando la gente ve jugar al Real Madrid ahora, ¿qué ve?

El asesor dudó. Esa duda ya era una respuesta.

—Ve talento —dijo al fin.

Florentino asintió lentamente.

—No he preguntado eso.

El silencio del estadio pareció agrandarse.

La diferencia entre poder e identidad

El Real Madrid de Florentino había entendido como pocos el poder del fútbol moderno. La globalización, la televisión, las estrellas, la explotación comercial del estadio, la imagen planetaria. El club se convirtió en una institución capaz de competir no solo en el campo, sino en el mercado de la atención mundial.

Pero poder e identidad no son lo mismo.

El poder compra jugadores. La identidad define cómo juegan.

El poder llena estadios. La identidad hace que la afición se reconozca en lo que ve.

El poder firma patrocinadores. La identidad convierte una camiseta en una causa.

El poder atrae estrellas. La identidad les exige renunciar a una parte de sí mismas por algo mayor.

Durante mucho tiempo, el Madrid tuvo ambas cosas. Poder e identidad. Podía fichar nombres enormes y al mismo tiempo sostener una cultura de exigencia brutal. Podía ganar por talento, pero también por carácter. Podía vivir noches caóticas, pero el caos parecía favorecerle porque el equipo creía en una jerarquía emocional compartida.

Ahora el poder seguía ahí. La identidad, no siempre.

La plantilla tenía nombres que cualquier club envidiaría. Pero a menudo no transmitía una idea común. El estadio era una maravilla. Pero el Bernabéu, en varios partidos, no rugía con fe, sino con impaciencia. La directiva hablaba de futuro. Pero el equipo parecía atrapado en preguntas del presente.

Y cuando un gigante conserva el poder pero pierde identidad, empieza a parecer una estatua: grande, brillante, fotografiada por todos, pero inmóvil.

La presidencia como relato absoluto

Florentino no era un presidente cualquiera. En el Real Madrid, su figura se había vuelto casi inseparable del relato institucional. Para sus defensores, era el hombre que modernizó el club, el estratega que entendió el fútbol global antes que otros, el presidente de grandes Champions y operaciones históricas. Para sus críticos, era también el dirigente que a veces concentraba demasiado poder, que podía enamorarse de los grandes nombres y que no siempre protegía una planificación puramente deportiva.

Ambas visiones podían convivir porque ambas tenían parte de verdad.

El problema de un liderazgo tan grande es que absorbe demasiada luz. Cuando todo va bien, esa luz ilumina. Cuando todo va mal, deja sombras profundas. Si el entrenador fracasa, se pregunta si fue elegido por convicción o por relato. Si una estrella no encaja, se pregunta si se fichó por necesidad deportiva o por obsesión presidencial. Si el equipo no tiene identidad, se pregunta quién permitió que la estructura deportiva se diluyera.

La crisis de 2025-26 volvió a colocar a Florentino en el centro. No como único culpable, pero sí como responsable mayor de un modelo. El Madrid no era un club dirigido por casualidad. Tenía una idea de poder. Y cuando esa idea produjo un equipo confuso, el debate debía llegar hasta arriba.

El fichaje como sustituto de la conversación

Durante años, cada gran fichaje parecía responder a una pregunta emocional del madridismo. ¿Falta ilusión? Llega una estrella. ¿Falta gol? Llega un delantero. ¿Falta futuro? Llega un joven prodigio. ¿Falta impacto? Llega una presentación global.

El fichaje es una herramienta. En el Real Madrid, muchas veces fue también una forma de lenguaje. Pero cuando el fichaje sustituye a la conversación interna, se vuelve peligroso.

La llegada de Mbappé fue un ejemplo perfecto de poder. Deportivamente, su calidad era indiscutible. Comercialmente, su impacto era gigantesco. Emocionalmente, cerraba una historia de deseo aplazado. Pero la pregunta no era si Mbappé era grande. La pregunta era si el equipo estaba preparado para reorganizarse alrededor de su llegada sin perder equilibrio.

Esa conversación debió ser brutal antes de firmar el último documento. ¿Cómo conviviría con Vinícius? ¿Qué pasaría con Rodrygo? ¿Cómo se ajustaría Bellingham? ¿Qué sacrificios defensivos serían obligatorios? ¿Qué entrenador tendría fuerza para exigirlos? ¿Qué jugador aceptaría perder protagonismo?

Si esas preguntas se respondieron, el campo no siempre lo mostró. Si no se respondieron, ahí estuvo el pecado.

Un gigante no pierde identidad por fichar estrellas. La pierde cuando ficha estrellas sin definir qué ley común las gobernará.

La cantera como memoria incómoda

En Valdebebas, los canteranos miraban al primer equipo como se mira una promesa y una advertencia. El Real Madrid siempre ha tenido una relación compleja con su cantera. La celebra simbólicamente, la utiliza en momentos concretos, pero también vive fascinado por el mercado mundial. Bajo Florentino, la cantera muchas veces funcionó más como fábrica de valor que como columna vertebral del primer equipo.

Eso no es necesariamente un crimen deportivo. El Real Madrid debe competir por los mejores del mundo. Pero una identidad de gigante también necesita raíces. Necesita jugadores que no solo entiendan tácticas, sino la textura emocional del club. Necesita que los jóvenes vean una ruta, no solo una vitrina.

Durante la crisis, varios chicos de la cantera empezaron a preguntarse si el primer equipo era un destino real o un escaparate lejano. Un entrenador del juvenil les dijo:

—No confundáis llegar con pertenecer. Llegar al Madrid es difícil. Pertenecer al Madrid es otra cosa.

Esa frase podía aplicarse también a las estrellas.

Pertenecer no es firmar. No es posar. No es besar el escudo en una presentación. Pertenecer es entender qué duele aquí, qué no se negocia, qué significa perder, qué significa correr cuando el partido ya parece perdido.

El Madrid de Florentino había atraído a muchos jugadores que llegaban sabiendo que el club era enorme. La pregunta era cuántos entendían de verdad por qué.

La identidad táctica perdida

Hubo épocas en que el Real Madrid no tenía una etiqueta táctica rígida, pero sí una identidad competitiva clara: velocidad, pegada, jerarquía, experiencia, gestión de momentos, miedo escénico, supervivencia europea. No siempre dominaba desde la posesión. No siempre presionaba alto. Pero sabía competir en partidos grandes.

Ahora, incluso esa identidad híbrida parecía borrosa. ¿Era un equipo de transiciones? A veces. ¿De presión? Solo por tramos. ¿De posesión? No de manera sostenida. ¿De libertad ofensiva? Sí, pero con costes. ¿De bloque sólido? No lo suficiente.

La falta de identidad táctica no significa falta de entrenador únicamente. También revela planificación. Los perfiles fichados, las salidas, los roles, las renovaciones, los equilibrios salariales y emocionales forman parte de la táctica antes de que el entrenador dibuje una flecha.

Florentino había construido plantillas de talento enorme, pero el talento debía responder a un modelo. Si el modelo cambia según el entrenador y el entrenador cambia según la crisis, el equipo vive en provisionalidad permanente.

Eso desgasta la identidad.

El Bernabéu moderno y el madridismo antiguo

El nuevo Bernabéu era símbolo de ambición. Pero también abrió una tensión sentimental. Parte de la afición sentía orgullo por el estadio. Otra parte temía que el club se volviera demasiado corporativo, demasiado orientado al espectáculo global, demasiado brillante por fuera y frío por dentro.

No era una crítica simple. El fútbol moderno exige ingresos. Sin poder económico, ningún gigante compite. Pero el madridismo no quería sentirse reducido a consumidor de una experiencia premium. Quería seguir siendo parte de una religión deportiva dura, ingrata, exigente.

En una noche de derrota, un socio salió del estadio y dijo:

—Todo es más bonito que antes, menos el equipo.

La frase era injusta en su totalidad, pero reveladora emocionalmente. El club había mejorado muchas cosas visibles. Lo invisible, sin embargo, parecía deteriorado: la conexión entre grada y futbolistas, la claridad del proyecto, la confianza en el banquillo, la certeza de que cada decisión deportiva respondía a una idea y no a un golpe de efecto.

La identidad de un gigante vive en lo invisible.

Los jugadores como marcas y no como comunidad

Bajo el fútbol moderno, todos los grandes futbolistas son marcas. Eso no es culpa exclusiva de Florentino ni del Real Madrid. Pero en un club construido alrededor de estrellas globales, el riesgo se multiplica. Cada jugador llega con su entorno, su narrativa, sus patrocinadores, sus seguidores, su estrategia de imagen. El vestuario deja de ser solo un grupo de deportistas y se convierte en una convivencia de mundos.

El Madrid necesitaba convertir esas marcas en comunidad. No bastaba juntarlas.

Mbappé, Vinícius, Bellingham y los demás podían formar un ataque temible si aceptaban un pacto. Pero si cada uno defendía su relato personal ante cada derrota, el equipo se fragmentaba. La identidad blanca debía estar por encima de todas las identidades individuales. Esa era la tarea del club, del entrenador y de los líderes internos.

En una escena imaginaria, Arbeloa reunió a los jugadores y colocó sobre una mesa varias camisetas sin nombre.

—Esta es la única marca que importa cuando empieza el partido —dijo.

Nadie habló.

—Vuestros nombres venden. Esta camiseta exige.

Era una frase que el club entero necesitaba escuchar, no solo los jugadores.

La pregunta del socio

En una asamblea ficticia, pero verosímil, un socio de setenta años tomó la palabra ante Florentino.

—Presidente, nadie aquí puede negar lo que usted ha hecho. Pero quiero preguntarle algo simple: ¿qué es hoy el Real Madrid en el campo?

La sala quedó en silencio.

El socio continuó:

—No pregunto qué vale la plantilla. No pregunto cuántos seguidores tenemos. No pregunto cuánto genera el estadio. Pregunto qué ve el rival cuando nos estudia. Pregunto qué ve un niño cuando mira al equipo. Pregunto qué siente un jugador cuando se pone la camiseta.

Florentino escuchaba serio.

—Porque si la respuesta es solo “ve historia”, entonces estamos fallando.

La pregunta quedó flotando como una acusación elegante. No era odio. Era amor exigente. Ese tipo de amor que el Real Madrid siempre provocó en los suyos: un amor incapaz de aplaudir la mediocridad.

El error de confundir continuidad con control

Florentino había dado continuidad institucional al Real Madrid. Bajo su mando, el club mantuvo una línea de poder reconocible. Pero continuidad no siempre significa salud deportiva. A veces, si una estructura depende demasiado de una figura, el resto de áreas pierden autonomía real.

El Madrid necesitaba un proyecto deportivo capaz de sostenerse incluso cuando el presidente no fuera el centro de cada decisión. Necesitaba una dirección deportiva con autoridad, un entrenador respaldado, una política de plantilla coherente y una comunicación honesta. No porque Florentino no supiera decidir, sino porque el fútbol actual es demasiado complejo para depender de intuiciones presidenciales, por brillantes que hayan sido en el pasado.

La identidad de un gigante debe ser más grande que su presidente.

Esa frase podía sonar dura, pero era esencial. Florentino había sido enorme para el Madrid. Precisamente por eso, el Madrid debía prepararse para no depender emocionalmente de su figura como única brújula.

La noche de la confesión

Después de una reunión larga, Florentino se quedó con un colaborador veterano. Alguien que llevaba años a su lado y que, por lealtad, podía permitirse decir verdades incómodas.

—Presidente —dijo—, el problema no es que el club haya dejado de ser grande.

—Lo sé.

—El problema es que los jugadores no saben exactamente qué grandeza deben representar.

Florentino no respondió.

—Antes, incluso con estilos distintos, todos entendían el mandato: competir hasta el final, dominar los momentos, no regalar miedo. Ahora hay demasiadas interpretaciones. Unos creen que grandeza es espectáculo. Otros, estadísticas. Otros, carácter. Otros, obediencia. Falta una definición común.

Florentino miró hacia el campo vacío.

—¿Y quién debe darla?

El colaborador tardó un segundo.

—Usted debe permitir que el fútbol la dé. No solo el club. No solo la marca. El fútbol.

Esa era la confesión central. El Real Madrid no podía recuperar identidad desde un comunicado institucional. Tenía que recuperarla en entrenamientos, roles, decisiones dolorosas y autoridad deportiva real.

Reconstruir sin destruir

Criticar a Pérez no significaba pedir borrar su obra. Ese sería un error infantil. La historia moderna del Madrid no se entiende sin él. Pero precisamente porque su legado era tan grande, la crisis exigía una evolución, no una negación.

El club debía conservar ambición global, pero devolver prioridad al modelo deportivo. Debía seguir fichando talento, pero no talento incompatible. Debía explotar el Bernabéu, pero sin olvidar que el espectáculo principal debe seguir siendo el equipo. Debía cuidar la marca, pero recordar que la marca nació de la victoria, no al revés.

Reconstruir identidad implicaba tomar decisiones:

Respaldar a un entrenador con poder real.

Definir una idea de juego flexible pero reconocible.

Crear jerarquías claras en el vestuario.

Exigir sacrificios defensivos a las estrellas.

Dar rutas reales a los jóvenes.

Comunicar a la afición con menos grandilocuencia y más verdad.

Y, sobre todo, aceptar que el Real Madrid no puede vivir eternamente del carisma de su presidente ni del brillo de su estadio.

El gesto final

La última escena de esta historia ocurre en una mañana sin partido. Florentino baja al césped del Bernabéu. No hay cámaras. Camina despacio hasta el círculo central. El estadio vacío parece aún más grande desde abajo.

Allí lo espera Arbeloa.

—Presidente —dice el entrenador—, necesitamos una regla.

—¿Una regla?

—Sí. Que ninguna decisión de mercado se tome sin responder antes a una pregunta.

—¿Cuál?

Arbeloa mira las gradas.

—¿Esto nos hace más equipo o solo más famosos?

Florentino no responde de inmediato. Durante años, fama y equipo muchas veces caminaron juntos en el Madrid. Pero la crisis había demostrado que podían separarse. Y cuando se separan, la fama no defiende.

Finalmente, el presidente asiente.

—Escríbela.

Conclusión: la identidad no se inaugura, se practica

Bajo Pérez, el Real Madrid ganó mucho, creció mucho, dominó mucho. Pero en esta etapa crítica también empezó a perder lentamente rasgos de su identidad: la claridad competitiva, la conexión emocional, la autoridad del banquillo, la subordinación de las estrellas a una ley común, la sensación de que el club sabía exactamente qué quería ser en el campo.

Esa pérdida no era irreversible. Pero sí era real.

El final claro de esta historia no es una dimisión ni una revolución teatral. Es una decisión más profunda: el presidente más poderoso de la historia moderna del club debe aceptar que su mayor obra futura quizá no sea otro fichaje, otro estadio, otro golpe mediático, sino devolver al fútbol el centro del Real Madrid.

En la pared de Valdebebas, junto a la frase “Primero la idea, después los nombres”, alguien añadió otra:

“La identidad no se presume. Se entrena.”

Esa es la lección.

El Real Madrid puede seguir siendo un gigante bajo Pérez. Pero solo si Pérez entiende que un gigante no se define por la altura de su estadio ni por el precio de sus estrellas.

Se define por lo que sus jugadores hacen cuando nadie les garantiza la gloria.